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    Cine Usa 2014
    Cine Usa 2014

    Última parada: Queens

    crítica de Fort Tilden (Fort Tilden, Sarah-Violet Bliss, Charles Rogers, EE.UU., 2014).

    Una de las sensaciones televisivas más refrescantes de las últimas temporadas llegó de la mano de Lena Dunham con su serie Girls, que comenzó su andadura en 2012 en la cadena HBO, contando las peripecias de un grupo de veinteañeras de Nueva York (Soshanna, Hannah, Jessa y Marnie) que deben hacer frente a las dificultades de la vida adulta, a través de un humor ácido y provocativo. En esta línea se mueve, claramente, Fort Tilden (2014), la ópera prima que ha unido a Charles Rogers y Sarah-Violet Bliss –aunque ella ya había participado en uno de los segmentos de El color del tiempo (2012)– como directores, tras una amplia experiencia como guionistas y montadores. Se trata de un proyecto tan pequeño y humilde que la etiqueta de indie casi le viene grande, y que sus responsables han logrado sacar adelante con grandes esfuerzos, disponiendo de muy pocos meses para su escritura y realización. Nunca habrían imaginado Rogers y Bliss que esta película, rodada con más cariño que medios (el presupuesto es mínimo), obtendría tan entusiasta respuesta en su paso por la 17ª entrega del Festival SXSW, donde se hizo con el Gran Premio del Jurado, un reconocimiento que, unido a las buenas sensaciones despertadas en otras citas festivaleras como Boston, Chicago o Nueva Orleans, no ha sido suficiente para evitar la escasa proyección de la cinta en salas comerciales, remontándose su discreto estreno en Estados Unidos y Canadá a hace un año.

    El filme nos presenta a dos amigas y compañeras de piso del barrio de Williamsburg, Brooklyn. Harper y Allie están más cerca de los 30 que de los 20, circunstancia que no impide que continúen inmersas en una etapa de inmadurez que les imposibilita hacerles ver qué quieren hacer con sus vidas. Harper vive de los cheques que su adinerado padre le extiende, supuestamente, para financiar su carrera como artista, mientras que Allie se ha inscrito como voluntaria del Cuerpo de Paz, pero, cuando más cerca está la fecha de viajar hasta Liberia, el destino que le ha tocado, menos segura se siente sobre si será capaz de entregar dos años de su juventud, alejada de los placeres superficiales a los que está acostumbrada. Egocéntricas, vagas y más preocupadas de disfrutar el presente que en pensar en el mañana, estas amigas parecen mirar por encima del hombro a las personas de su entorno que sí se han embarcado en proyectos vitales o profesionales reales. Cuando conocen a un par de chicos durante una fiesta, acuerdan encontrarse con ellos al día siguiente en Fort Tilden, la playa más cool de Nueva York, famosa por sus dunas y la cantidad de celebridades que la frecuentan. Sin embargo, lo que se preveía como una divertida excursión a la playa, con un rato de sexo, drogas y desenfreno en compañía de sus ligues como objetivo final, se transforma en una sucesión de calamidades que sacan a relucir todos los miedos e inseguridades de las jóvenes, poniendo a prueba, de paso, una amistad no tan férrea como la que creían tener. Fort Tilden es una suerte de road movie que sustituye el coche habitual por un par de bicicletas prestadas (que no tardan en desaparecer de la ecuación) y algún que otro taxi para recorrer el no demasiado amplio espacio que separa Brooklyn de Queens. Uno de esos viajes de autodescubrimiento que, en esta ocasión, aporta más quebraderos de cabeza que satisfacciones a sus protagonistas.

    por José Martín León
    agosto 28, 2016

    Crítica | Fort Tilden

    por José Martín León | agosto 28, 2016
    Listen up Philip

    El escritor maldito

    crítica de Listen up Philip (Alex Ross Perry, EE.UU, 2014).

    En la recientemente estrenada Mientras seamos jóvenes (2014), Noah Baumbach hace desfilar en pantalla una parodiada retahíla de estereotipos hípsters. Todos sonreímos en la butaca recordando a algún conocido que saca fotos con su polaroid al tiempo que consulta la hora en su iPhone. Alex Ross Perry, en su tercera película, se mueve en las mismas coordenadas que Baumbach. Con un estilo totalmente diferente, con demasiada pose y un deje cansino provocado por la desidiosa voz del innecesario narrador. Pero al fin y al cabo se diseccionan temas similares. Listen Up Philip (2014) es una película sobre las crisis existenciales en un contexto acomodado y cultureta. Perry realiza un certero análisis de trances creativos, las crisis de la edad (toda década tiene la suya), la búsqueda de la naturalidad y del cliché como garantía de autenticidad. Philip es un joven escritor (que aparecerá en la lista 35 under 35) víctima de su “éxito”. Se erige a lo largo del metraje como el representante antipático de esos jóvenes bohemios asociados a tendencias culturales alternativas y alejados de lo mainstream. Todo el filme gira entorno a él y su ridículamente enfatizada vida. Cámara en mano nos reímos de nosotros mismos; sin darnos cuenta. Como ese que tiene sobrepeso y no cesa de mofarse de los rollizos (en todos los institutos hay uno).

    Las vicisitudes de este áspero literato nos reconcilian con nuestro “yo” más capullo, resabidillo e impertinente. No podría ser de otra manera. Nos hacemos acopio de todas las poses y actitudes de este afamado (en círculos reducidos) pseudointelectual. Cualquier amante del cine, la literatura, el arte o la música, en general, es un poco gafapasta. Pero hay quien extrapola eso a más ámbitos vitales y lo exterioriza con su forma de vestir, de peinarse e incluso los hay que se convierten en una caricatura. Hablo de esos que se transforman en hipérboles fácilmente parodiables (Baumbach los retrata con tino cartesiano). Uno lee a Cortázar, ve cine iraní, y escucha a Sigur Rós y ya se cree con el derecho de despreciar a los que tienen placeres mundanos. Detrás a algo tan contemporáneo y frívolo nos topamos con un pozo sin fondo de tristeza mal entendida. Nuestro protagonista es un escritor que tiene vocación de literato maldito. Su gran ambición es escribir libros sin someterse al engranaje de la industria editorial, los convencionalismos sociales. Su codicia es ser leído por pocos, no ser accesible ni asequible. Un cretino, que mecanografía su desdicha impostada, al que le gustaría habitar perpetuamente el territorio del cliché: el escritor maldito por excelencia, excéntrico e inestable emocionalmente. Un contador de historias que huye de las etiquetas para convertirse en un producto mil veces retratado por la crítica. Un Van Gogh del siglo XXI, fracasos en vida para conocer el éxito en la muerte. Un Hemingway, Allan Poe, un casi nada de Baudelaire. Todo bien sazonado. Pero en realidad este personaje esconde a un ser humano destrozado. Un ser horrible, insoportable, levemente deprimido. Un bicho capaz de no emocionarse con su novia, de ser inmune al rechazo y de admirar a un vejestorio que vive rodeado de una inquieta soledad.

    por Anónimo
    noviembre 26, 2015

    Crítica | Listen up Philip

    por Anónimo | noviembre 26, 2015

    La muerte camina despacio

    crítica de It Follows (David Robert Mitchell, 2014)

    Los fanáticos del cine de terror podemos estar de enhorabuena en los últimos años. Junto a las inevitables secuelas de sus grandes éxitos y a la interminable lista de remakes que desempolvan todo clásico del género que se precie de serlo, cada vez es más frecuente encontrar pequeñas perlas independientes, rodadas al margen de los grandes estudios y cargadas de nuevas ideas. Cuando aún está fresco el recuerdo del espeluznante cuento de horror The Babadook (Jennifer Kent, 2014), saludado por la crítica como el mejor filme de terror del año, ahora le toma el relevo, avalada por los inmejorables comentarios que arrancó de su paso por festivales como Cannes y Sitges, It Follows, la nueva sensación del género de la que todo el mundo habla. ¿Dónde reside el éxito de esta humilde producción de 2 millones de dólares de presupuesto que ya ha recaudado más de 14 solo en suelo americano?¿Realmente es tan aterradora como dicen o, como tantas veces, su fama es fruto del exagerado hype fomentado por un puñado de frikis? Por una vez, y sin que sirva de precedente, todo lo bueno que se ha podido oír o leer de It Follows es rigurosamente cierto, ya que estamos ante el que será, sin duda alguna, el clásico instantáneo de 2015.

    La cinta se apunta a esa nueva corriente de títulos con estética ochentera —Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), Maniac (Franck Khalfoun, 2012), The Guest (Adam Wingard, 2014)— que ha constatado que lo retro vende entre un público nostálgico de la manera de hacer cine entre finales de los 70 y buena parte de los 80. It Follows no oculta en ningún momento su carácter referencial, tomando prestados elementos narrativos y estilísticos de clásicos del terror como La noche de Halloween (John Carpenter, 1978), Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984) o It (Tommy Lee Wallace, 1990), pero su acierto reside en que su guión sabe asimilar todos esos ingredientes para construir una historia cargada de personalidad propia. Es cierto que el barrio en donde se desarrolla la acción nos remite directamente a aquella comunidad de Haddonfield de Halloween y que el grupo de amigos protagonista bien podría formar pandilla con aquella Nancy que fue objeto del acoso del temible Freddy Krueger —también el miedo a dormir y quedar indefenso ante el ataque de la fuerza maligna es algo coincidente—, pero lo cierto es que, conforme se van desvelando los detalles de la trama, la película cada vez se va pareciendo menos a un slasher tradicional para tomar unos derroteros espirituales más próximos a los del terror asiático. De hecho, al igual que en títulos como The Ring (Hideo Nakata, 1998) o The Eye (Oxide Pang Chun, Danny Pang, 2002), la pesadilla de la joven protagonista de It Follows nace fruto de una terrible maldición, en esta ocasión traspasada a través de su primera relación sexual con un chico. El sexo, tan castigado por serial killers como el Jason Voorhes de Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980), se convierte aquí, por obra y gracia del guión, en causa (y curación) de un mal espectral del que, por mucho que se intente huir, no hay escapatoria posible porque siempre acaba encontrando a su presa.

    por José Martín León
    mayo 13, 2015

    Crítica | It follows

    por José Martín León | mayo 13, 2015

    Racismo ilustrado

    crítica a Dear White People (Justin Simien, 2014)

    Michael Brown, un joven afroamericano de 18 años, desarmado y sin antecedentes penales es asesinado por un policía blanco en la localidad de Ferguson. En los días posteriores, entre el 9 y el 19 de agosto de 2014, las calles de esta ciudad de Misuri se convierten en un hervidero de protestas ante el exceso de una acción policial con claro componente racial. Pronto estalla una batalla campal entre manifestantes y policía que acaba con la aplicación de un expeditivo toque de queda. Los altercados de Ferguson, llegados en pleno siglo XXI, no son los únicos disturbios raciales que han salpicado la Historia reciente de los Estados Unidos. Es importante remarcar esto en un contexto donde es fácil pensar, de forma errónea, que algunas cuestiones ya han sido superadas y digeridas por la sociedad. Si algo ha puesto de manifiesto la Historia ha sido el olvido al que, muy a menudo, suele abonarse una Humanidad de clara mentalidad cortoplacista. Lo hemos visto en los acontecimientos de Ferguson o en el reciente auge de la xenofobia y los partidos de extrema derecha que lacran las democracias occidentales. El oscuro pasado de los pueblos del viejo y el nuevo continente sigue manifestándose en la gran pantalla a través de ciertas propuestas fílmicas. Y lo hacen dando respuesta a unos motivos muy concretos. Si el cine (y la literatura) vuelve una y otra vez la mirada hacia lo abyecto es porque sabe lo fácil y rápido que resulta olvidar. El contexto que ve nacer películas como 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013) o la reciente Selma (Ava DuVernay, 2014), marcan los discursos y refuerzan la necesidad no solo de reivindicar lo conseguido sino, sobre todo, exponer los traumas colectivos para no volver a tropezar con la misma piedra.

    Dear White People, la primera película de Justin Simien, ve la luz en el contexto de esa Norteamérica post racial que defiende el fin de las tensiones raciales entre blancos y negros, la de los Estados Unidos de la integración y la convivencia, como si el racismo fuese cosa de un vergonzoso pasado. En algún momento de la cinta, uno de los rectores de la universidad de élite en la que Simien, de forma mordaz, ubica las tensiones raciales entre esa generación post Malcom X verbaliza esa muerte del racismo. Es una respuesta tajante, propia de esos momentos en los que se quiere dejar de hablar de algo porque incomoda demasiado. El motivo son las protestas del sindicato de estudiantes negros ante la idea de integrar estudiantes blancos en una residencia de tradicional mayoría negra. Samantha (White), la portavoz de ese sindicato de estudiantes negros quiere recuperar el agresivo discurso de los movimientos sociales de los 60 y los 70, mientras se acuesta con un estudiante blanco. No es el único personaje que, en Dear White People, se adueña de un personaje que no parece corresponderle, forzando el mantenimiento de unas apariencias construidas en base a lo que los otros se esperan de ella. Un ensimismado joven homosexual que no logra encajar ni en una residencia de blancos y ni en otra de negros, un joven con aspiraciones alimentadas por un padre controlador, una chica sin más aspiraciones que las de aumentar las visitas en su canal de Youtube y Samantha, la portavoz del sindicato de estudiantes que no quiere serlo. La juventud negra que retrata la película de Justin Simien es una juventud desnortada que reclama un lugar en el mundo sin saber cuál debería ser.

    por Anónimo
    marzo 15, 2015

    Crítica | Dear White People

    por Anónimo | marzo 15, 2015
    La conspiración de noviembre

    Espías sin identidad

    crítica a La conspiración de noviembre (The November Man, Roger Donaldson, 2014)

    Desde que Pierce Brosnan alcanzara la popularidad con aquella serie de los 80 titulada Remington Steele, han sido los papeles de detective o espía los que mejor han encajado con el porte de perfecto gentleman del actor irlandés. Fue él quien logró relanzar la figura del mítico James Bond –después de que Timothy Dalton le hiciera bastante daño con sus dos fallidas incursiones–, interpretándolo en cuatro de las entregas más exitosas de la franquicia hasta que decidió tirar la toalla tras Muere otro día (Lee Tamahori, 2002). También desempeñó las labores de espía en productos bastante más sobrios como la notable El sastre de Panamá (John Boorman, 2001), basada en una obra de John Le Carré, uno de los novelistas que más y mejor han cultivado en género de suspense en las últimas décadas. Sin embargo, en los últimos años parece que Brosnan ha intentado huir de su encasillamiento en este tipo de personajes, dedicándose a deambular entre comedias, dramas y algún musical con desigual fortuna. La conspiración de noviembre (2014) es el título con el que retorna al cine de acción que, en definitiva, es el que mejor se le ha dado siempre.

    There Are No Spies fue el título de la séptima entrega de las aventuras literarias del agente de la CIA retirado Peter Devereaux, personaje creado por el escritor Bill Granger. Sobre este libro, los guionistas Karl Gajdusek y Michael Finch realizan una adecuada actualización para sustituir el trasfondo de la Guerra Fría de la época de su publicación (1987) por una complicada conspiración entre URSS y Estados Unidos con el conflicto checheno como telón de fondo. De este modo, la conspiración de noviembre intenta ser el inicio de una nueva saga cinematográfica mezclando las intrigas políticas propias de John Le Carré con el cine de espionaje más trepidante que vive su mejor momento, no solo gracias a las películas de Bond de la era Daniel Craig, sino también a la taquillera serie de Bourne, su competidora más aventajada. El mayor problema de la película reside en que su argumento, en un intento de aparentar una mayor complejidad o tocar demasiados temas, se acaba enredando de tal manera en su trama que el espectador termina casi tan perdido como su protagonista. Mafias rusas, agentes de la CIA infiltrados, un futuro presidente de Rusia con un pasado de criminal de guerra que esconder, una mujer inocente que clama venganza y la rivalidad/admiración mutua entre los personajes del maduro y frío Devereaux y su joven discípulo David Mason, mucho más impetuoso, son los ingredientes principales de una historia bastante farragosa y confusa que, sin embargo, se hace considerablemente soportable gracias al buen ritmo que logra imprimirle su director.

    por José Martín León
    marzo 12, 2015

    Crítica | La conspiración de noviembre

    por José Martín León | marzo 12, 2015
    The Voices

    Macabra realidad alternativa

    crítica a The Voices (Marjane Satrapi, 2014) | ★★★ |

    Marjane Satrapi logró labrarse cierto prestigio gracias a su autobiográfico cómic Persépolis, donde reflejó su difícil infancia en el opresivo Irán del régimen del Sha. Narrada con un encomiable sentido del humor, aquella novela gráfica fue espléndidamente trasladada al cine en la cinta homónima Persépolis (2007), que ella misma codirigió junto a Vincent Paronnaud, logrando acaparar multitud de reconocimientos, entre ellos el Premio del jurado en el Festival de Cannes. El tándem de realizadores volvió a repetir éxito (en menor medida) con Pollo con ciruelas (2011), donde aparcaba un poco la ironía de su anterior obra para sumergirse en las aguas del realismo mágico. Tras emprender su primer trabajo en solitario con la fallida The Gang of the Jotas (2012), Satrapi sorprende a propios y extraños eligiendo una comedia negra como The Voices para debutar en el cine americano. Sin duda, un cambio de registro, tono y aspiraciones cuanto menos desconcertante que, bajo su apariencia amable y doméstica oculta unas elevadas dosis de mala baba.

    El juguetón guion de Michael R. Perry ofrece una divertida relectura del típico asesino en serie con apariencia de tipo inofensivo y agradable, ese que tan bien ejemplificara Anthony Perkins con su encarnación de Norman Bates en la indispensable Psicosis (Alfred Hitchcok, 1960). Aquí es un atinado Ryan Reynolds –demostrando que su gran trabajo en Buried (Rodrigo Cortés, 2010) no fue fruto de la casualidad– el encargado de personificar al lobo con piel de cordero; ese simpático vecino de al lado que cualquiera podemos tener y bajo cuya anodina fachada se puede ocultar al más letal de los psicópatas. La construcción del personaje no puede considerarse excesivamente original, ya que vuelve a incidir en los traumas de la infancia, la sexualidad ambigua y la figura de la madre como detonante de los conflictos emocionales, presentes en cintas como la ya citada Psicosis o aquella sucia joya del slasher que fue Maniac (William Lustig, 1980). De hecho, The Voices casi podría considerarse un remake velado de ésta última, solo que en tono de comedia indie y sustituyendo la obsesión del asesino de arrancar las cabelleras de sus víctimas para exponerlas en maniquís por la no menos enfermiza fijación de guardar las cabezas en la nevera de casa. El filme comienza con las formas de una típica comedia romántica de las de toda la vida, jugando con las tonalidades rosas y pastel de la lograda fotografía de Maxime Alexandre, para mostrarnos una realidad distorsionada y excesivamente dulcificada del personaje cuando toma su medicación. Este universo colorista choca con el ambiente gris y triste de la vivienda del protagonista, solo visible por éste cuando deja de consumir las pastillas que le mantienen emocionalmente controlado. El Jerry interpretado por Reynolds lucha en todo momento por superar el recuerdo de su dramática infancia, acudiendo a terapia con una psiquiatra (acertadísima Jacki Weaver) e intentando reinsertarse en la sociedad a través de su trabajo en una fábrica de accesorios de baño. Gemma Arterton y Anna Kendrick interpretan a dos estereotipos de mujer totalmente opuestos que entran en la vida de Jerry para desestabilizarla todavía más. Mientras la primera está estupenda en su rol de mujer explosiva, superficial y antipática, la Kendrick vuelve a reincidir en su habitual registro de chica mona y adorable de la que te podrías enamorar a segunda vista, algo que sabemos que se le da muy bien.

    por José Martín León
    marzo 04, 2015

    Crítica | The Voices

    por José Martín León | marzo 04, 2015

    Soy John Wick. Tú mataste a mi perro... ¡prepárate a morir!

    crítica a John Wick (Chad Stahelski, 2014) | ★★★★★ |

    En El último gran héroe (Last Action Hero, John McTiernan, 1993), la reivindicable joya protagonizada por Arnold Schwarzenegger en el punto álgido de su carrera, se exponía con sorna la fragilidad de algunas de las excusas que les servían a los héroes de acción de los 80 y 90 para liarse a tortas y a tiros con el villano de turno. El guion de Shane Black y David Arnott hacía buen uso de una ficticia saga que servía para reflexionar con ironía sobre este asunto. Así, en la cinta de McTiernan, Arnold Schwarzenegger interpretaba (además de a una versión deformada de sí mismo) a Jack Slater, un superpolicía que en su cuarta aventura cinematográfica debía vengar la muerte de nada más y nada menos que su primo segundo… Con esto, El último gran héroe se convertía también, de algún modo, en la última gran película de acción de la historia tal y como concebíamos el género hasta entonces. En el mismo año en el que triunfaba Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), la infografía comenzó a ganarle terreno a los efectos especiales tradicionales, de forma que para presentar una explosión gigantesca ya no era absolutamente necesario acordonar varias calles, contratar a un equipo de expertos en explosivos, a un equipo de seguridad especializado y a doscientos especialistas dispuestos a salir huyendo de las llamas. Bastaba con recrear todo aquello mediante un ordenador.  

    Independence Day (íd, Roland Emmerich, 1996) podría ser uno de los mejores ejemplos de cómo el cine de acción asimiló las nuevas tecnologías para hacer más fácil lo imposible, culminando poco después en Matrix (The Matrix, Larry & Andy Wachowski, 1999), película que no sólo dio carpetazo a un milenio, sino a una manera de hacer (y entender) el cine espectáculo. A partir de entonces, las action movies se convirtieron (moviéndonos siempre en el terreno de las superproducciones de Hollywood, ojo) en aparatosos catálogos digitales en los que el píxel sepultó a la pólvora, buscando una sofisticación visual que conectara con los gustos de un nuevo público y haciendo posible que actores no especialmente capacitados para la acción física se convirtieran en nuevos reyes del género. Seguramente sin proponérselo, Keanu Reeves estuvo presente en dos grandes hitos de ambas concepciones del cine testosterónico: por una parte recogió un proyecto rechazado por Jean-Claude Van Damme, Speed (íd, Jan DeBont, 1994), que se convirtió en una de las grandes referencias de la acción de aquella década, a pesar de que su director no volviera a estar nunca jamás a la altura de esa ópera prima; por otra, fue el mejor ejemplo de que, con un arsenal de efectos de ordenador bien mezclados con efectos de cable tradicionales, cualquiera podría lucir en la pantalla como un implacable luchador de artes marciales. Algo que, por mucho que le desagrade a los fans de Matt Damon, desvirtuó la esencia del cine de acción intentando recuperar el favor de las masas.

    por Unknown
    marzo 04, 2015

    Crítica | John Wick

    por Unknown | marzo 04, 2015
    Heaven Knows What

    Irritante y chillona en lugar de impactante

    crítica a Heaven Knows What (Ben Safdie & Joshua Safdie, 2014) / ★★

    En el cine, lamentablemente, intenciones y resultados difieren mucho, y películas como Heaven knows what son el ejemplo perfecto de esto. Con un pie en el cine de John Cassavetes (cuánto daño han hecho los influidos por el trabajo de este grande del cine americano) y otro en el realismo documental más sucio e inmediato, el filme de los hermanos Ben y Joshua Safdie quiere erigirse como dura, exigente y realista. Los cineastas parten de las experiencias personales de su protagonista Arielle Holmes, que Joshua Safdie y el productor Sebastian Bear-McClard encontraron como vagabunda en las calles de Nueva York. Fascinados por la muchacha y tras ayudarla en lo posible, se enteraron de la complicada historia de su vida y la animaron a escribirla en forma de libro, una vez se desintoxicara. Un texto a partir del cual los hermanos se unieron a Ronald Bronstein (co-guionista con un Safdie y co-montador con el otro) para llevarlo a la gran pantalla. Una tortuosa historia de amor y las duras condiciones de vida en unas calles donde a nadie le importa nadie, no solo para Holmes para el grupo de compañeros vitales que se encontraba por el camino. La Gran Manzana como urbe indiferente a todo, donde nada se detiene por más de un par de segundos para desviar la mirada de su teléfono o llegar a su siguiente compromiso. El problema es que la historia de Holmes, dicho con todo el respeto, no interesa mucho.

    Y lo que resulta es un irritante acercamiento al subgénero de los drogadictos y la crónica urbana como protagonistas, contando una historia de amor y desamor en las calles de Nueva York que sigue todos los previsibles pasos de un manual de guionista principiante. El potencial de la idea se diluye en feísmo visual y música atronadora. Buscan impactar al espectador a cañonazos, sacudir su ánimo e implicarle en la historia para que sienta lo que Harley, alter ego de Holmes, experimenta cada jornada. Pero ese recurso no siempre funciona. En Heaven knows what, por ejemplo, lo que hace es poner de los nervios. Y un espectador frustrado no es el mejor amigo de una propuesta que ante todo quiere ser honesta. El problema es que esa honestidad tiene más cálculo que de espontaneidad, es una operación donde los elementos están muy claros, así como las intenciones y los resultados deseados. Que no son los obtenidos, ni de cerca. Ganadora del Premio a la Mejor actriz (ex-aequo) en la pasada edición del Festival de Sevilla de Cine Europeo, algo que se entiende más que nada como recompensa a Holmes por haber superado esa parte de su pasado, la película ve reducido su pretendido impacto porque dramas así han sido ficcionados muchas veces en pantalla.

    por Anónimo
    marzo 01, 2015

    Crítica | Heaven Knows What

    por Anónimo | marzo 01, 2015
    Honeymoon

    El despertar de la nueva carne

    crítica a Honeymoon (Leigh Janiak, 2014) / ★★★

    Honeymoon podría ser un ejemplo perfecto de todo lo que debería ser una ópera prima que carece del presupuesto y los medios necesarios para salirse de los parámetros de la serie B. La debutante directora Leigh Janiak sabe que, a falta de grandes efectos especiales o excesivas florituras visuales, el éxito de su empresa pasa por sorprender al espectador a través de una historia que atrape su atención desde el minuto uno y que no lo suelte hasta una vez concluidos los títulos de crédito finales. Por eso, a través de un guión coescrito junto a Phil Graziadei, Janiak sabe aprovechar muy bien los pocos elementos de los que dispone para construir una efectiva cinta de suspense psicológico, que saca un fenomenal partido de los únicos cuatro actores que aparecen en ella. El escenario en donde se enclava la trama no es nuevo, desde luego. La cabaña perdida en el bosque ya ha sido utilizada en multitud de éxitos del género, desde Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) a La cabaña en el bosque (Drew Goddard, 2012), pasando por la imprescindible Posesión infernal (Sam Raimi, 1981), por lo que el amenazante lago cercano a la casa, los crujidos de madera a medianoche y la omnipresente sensación de los personajes de estar siendo vigilados por alguien o algo son situaciones con las que cualquier aficionado al terror ya se encuentran familiarizados.

    Janiak, sin embargo, utiliza todos esos tópicos para ofrecer algo totalmente diferente. Los primeros 20 minutos de metraje son bastante desechables y no sirven más que para mostrarnos el exceso de cursilería de los sentimientos que se profesan los recién casados desde que se instalan en la granja familiar de ella, situada en los bosques de una Canadá que continúa asentándose como destino turístico de pesadilla tras el reciente estreno de Tusk (Kevin Smith, 2014). Con este romanticismo empalagoso conocemos a Paul y Bea, la típica pareja que acaba de pasar por la vicaría y comienza a hacer planes de futuro del tipo ser padres. Una vez superada la introducción y su presentación de personajes, Honeymoon se va tornando en una experiencia bastante más oscura y climática, presentándonos a una Bea que se levanta de la cama, sonámbula, en mitad de la noche, para aparecer en medio del bosque, desnuda y confundida. Es a partir de ahí cuando comienzan los comportamientos extraños, las sospechas del marido y las incógnitas acerca de unas extrañas marcas que la muchacha presenta en sus muslos. Resulta conveniente no desvelar mucho más de la trama, pero lo cierto es que, mostrando lo mínimo posible y manteniendo un ritmo lento pero preciso, la directora consigue momentos de verdadera incomodidad. El minimalismo de la puesta en escena y el tratamiento del desequilibrio mental tan vinculado al sexo se acercan más a los territorios de la polémica Antichrist (Lars von Trier, 2009) que a los títulos de terror antes citados y, lo que es más sorprendente, el guión termina descubriendo una perturbadora relectura de aquellos clásicos de la ciencia ficción de los años 50 del tipo El enigma de otro mundo (Christian Nyby, Howard Haks, 1951) o La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).

    por José Martín León
    febrero 24, 2015

    Crítica | Honeymoon

    por José Martín León | febrero 24, 2015

    Manual de cine independiente

    [Americana 2015] Crítica a Before I disappear (Shawn Christensen, 2014) /★★/

    Sujeto A: hombre o mujer, más bien joven, con tendencia al aislamiento y la autodestrucción (si se acerca al suicidio mejor); alérgico a la comunicación y a la socialización; que tontea o directamente está metido de lleno en el mundo de las drogas; que vive en un bucle vital del que no puede salir; alguien de quien es fácil sentir compasión y hasta pena. Sujeto B: persona más bien centrada cuya ingenuidad le permite disfrutar de la vida; en ocasiones antítesis del sujeto A y quien, mediante sus encuentros con este, le dará un nuevo motivo por el que seguir luchando, una buena razón para cambiar el rumbo de su vida o directamente para seguir viviendo. Decora el relato con varias escenas musicales, algunos bailes y escenas a cámara lenta y ya lo tienes. ¿Les suena? Argumentos como este, con sus pequeñas variaciones de género, los hemos visto una y mil veces. Puede que modulado y rebajado para encajar en una comedia romántica adolescente de instituto, como en Las ventajas de ser un marginado; o estirando la diferencia de edad entre los dos protagonistas para crear una buddy movie transgeneracional, como en la reciente St. Vincent. Sea como sea, es el ABC de cualquier producción independiente del cine norteamericano. Año tras año, salen de Sundance o SXSW un buen puñado de películas mediocres que siguen este modelo. Cortadas todas por el mismo patrón, son carne de ópera prima, un manjar demasiado suculento (y, generalmente, muy fácil de desvirtuar y que quede en nada) que los cineastas noveles se afanan a devorar sin reflexión alguna. Sería algo así como el mainstream del indie, lo comercial de lo independiente, si es que se puede dar esta paradoja.

    Dentro de esta descripción encaja a la perfección Before I disappear, primer largometraje del todoterreno Shawn Christensen, que escribe, dirige y actúa en esta historia basada en su cortometraje Curfew, ganador del Óscar en 2013. Puede que encontremos aquí la razón por la que la película hace aguas. Si bien narra la historia de Richie, un joven treintañero que, justo cuando está a punto de suicidarse, recibe la llamada de su hermana para que cuide de Sophie, su resabida sobrina, la cinta introduce una serie de tramas secundarias que intentan dar soporte dramático a la transformación del protagonista pero que torpedean el relato a base de personajes interesantes en situaciones mal llevadas o que, directamente, les falta fondo. En definitiva, el retablo que intenta crear alrededor del personaje de Richie es más bien un cuadro lleno de borrones y totalmente desordenado. Parece que es fruto de querer expandir una historia que en su origen era mucho más sencilla. Ay, el temible paso del corto al largo. Y es que el correcto toma y daca entre sujeto A y sujeto B (en este caso, Richie y su sobrina Sophie) no daba suficiente de sí para construir un largometraje de hora y media. Christensen parece comprenderlo, pero para introducir nuevas aristas a la historia hace falta mucha maestría y, sobre todo, capacidad narrativa y reflexiva para aunar el discurso en una sola voz sin dispersiones: que todo orbite de manera equilibrada y razonada alrededor de Richie. Esto, desafortunadamente, no lo consigue.

    por EAM
    febrero 19, 2015

    Crítica | Before I Disappear

    por EAM | febrero 19, 2015

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