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    Berlinale 2025
    Berlinale 2025
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    El mensaje
    Iván Fund
    El placer del no saber


    Carlos Grau
    Berlín |

    ficha técnica:
    Argentina, España, Uruguay, 2025. Título original: El mensaje. Dirección y guion: Iván Fund, Martín Felipe Castagnet. Compañías: Rita Cine, Insomnia Films. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Gustavo Schiaffino. Montaje: Iván Fund. Música: Mauro Mourelos. Reparto: Mara Bestelli, Marcelo Subiotto, Anika Bootz, Betania Cappato. Duración: 91 minutos.

    Existen películas que tratan abiertamente de transmitir un mensaje. O incluso varios. Otras lo hacen de manera sutil, disimulándolo en una narración transversal y heterogénea. Y de algunas se diría que no tienen ninguno, forzando a muchos espectadores a la pura elucubración o a escudriñar en su cerebro buscando lugares comunes del filme, con tal de encontrarlo. El mensaje de Iván Fund entraría, en todo caso, en esta última categoría. Bajo la premisa de que uno tuviera interés en averiguarlo, claro.

    En la Argentina rural, la joven Anika (Anika Bootz) parece que puede comunicarse con los animales, o al menos eso dan por hecho tanto sus figuras paternas como sus clientes. Porque Myriam (Mara Bestelli) y Roger (Marcelo Subiotto) no dudan en explotar económicamente la asombrosa capacidad de la niña, publicitando sus habilidades y siendo contratados por personas preocupadas, deseosos de saber porque su perro está triste o su gato apenas come. La mujer transmite a los dueños el mensaje de Anika tras hablar con la mascota, el hombre se encarga de concertar citas y cobrar tras ellas. Y es inevitable razonar que la enorme precariedad de la industria del cine argentino, con el desmantelamiento del INCA a la cabeza, resulte en películas tan modestas y “pequeñas” como El mensaje. Pero, en realidad, Fund lleva haciendo un tipo de cine independiente y muy intimista desde hace casi veinte años, como ya observamos en Los labios (2010) o Piedra noche (2021), aunque su nueva producción sea la más minimalista de su carrera, una bonita y curiosa road movie de una familia que vive en su furgoneta y recorre el interior del país ganando su sustento de forma extraordinaria.

    Nacido en Venezuela en 1984, criado en Entre Ríos y residente desde 2002 en Buenos Aires, puede trazarse un claro paralelismo entre la vida de Fund y El mensaje, por el espíritu nómada tanto del director como de su película, que es algo más que una bella historia de 91 minutos. Igual que la veracidad de los mensajes de la niña son un secreto, no lo es menos la sensación de misterio que produce la película, con un blanco y negro que en este caso sí logra alcanzar la poética y la trascendencia, lo que no puede decirse lo mismo de muchas películas contemporáneas que descartan el color con la única pretensión de la propia pretensión. El mensaje no solo se desprovee del color sino de muchísima información, permitiendo al espectador vivir una narración fabulística mayormente observacional, en los caminos que recorre la furgoneta, en el sonido del cantar de las cigarras y en el cielo nocturno estrellado. En esos momentos, el inconsciente procesa las conversaciones previas de familiares y de los clientes, los detalles de la naturaleza y los estímulos directos que propone la película, con melodías de metales de fondo, simples y dispersas, que se interponen de forma magnífica en los momentos de reflexión, sin inundar nunca la narración con una sensación de didactismo emocional.

    El mensaje es un misterio y poco importa, sobre todo a la propia Anika en quien no vemos indicios de que realmente ella misma lo sepa (ni que le de importancia), así como nunca se explicita la veracidad de sus lazos familiares – bebiendo aquí de Hirokazu Koreeda - ya que los personajes se llaman por sus nombres de pila y se balancean entre la verdad y la mentira. Uno nunca está seguro de la verdadera relación familiar entre ellos, pero sus sentimientos si se sienten sinceros y auténticos.

    Toda esta apuesta por la ambigüedad, rodada en los paisajes de Entre Ríos de la juventud del director, contrasta con la intimidad pura del contacto con los animales, una fuente inmensamente poderosa a través de la cual conservamos la alegría y el asombro infantil, en un mundo que constantemente nos dice que estas expresiones son signos de debilidad o inmadurez. Quizás el mensaje de El mensaje sea la importancia de la comunicación, o la necesidad de creer, o la pérdida de la inocencia (los dientes de la niña bajo la almohada no despiertan la atención del Ratoncito Pérez). Poco importa. En ese no saber uno puede acomodarse y disfrutar de una película redonda y emotiva, cariñosa y melancólica, que deja un regusto de querer ser revisitada a la vez que se tiene suficiente convicción de que probablemente uno no fuera a descubrir nada nuevo. Y aun así. ♦


    por Carlos Ibarra Grau | #Berlinale2026
    julio 24, 2026

    Crítica | El mensaje

    por Carlos Ibarra Grau | #Berlinale2026 | julio 24, 2026
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★☆☆☆
    Dreams
    Michel Franco
    El ángel redentor


    Rubén Téllez Brotons
    Berlín |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, México, 2025. Título original: Dreams. Dirección y guion: Michel Franco. Compañías: Teorema, Freckle Films, AR Content. Festival de presentación: 75º Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Yves Cape. Montaje: Óscar Figueroa, Michel Franco. Reparto: Jessica Chastain, Isaac Hernández, Rupert Friend, Marshall Bell, Eligio Meléndez, Mercedes Hernández. Duración: 100 minutos.

    Michel Franco demuestra con tan sólo los cinco primeros planos de su nueva película que entiende perfectamente el funcionamiento de los mecanismos de la puesta en escena, que el trabajo que realiza con la imagen y el sonido es riguroso y está pensado al milímetro, que sabe manejar los instrumentos formales de su oficio para tejer con ellos un discurso que, sin embargo, resulta bastante problemático. La cinta se abre con un plano general de un camión que está aparcado en una carretera poco transitada, es de día y no se escucha ningún ruido; el siguiente plano también tiene como sujeto central al camión, aunque esta vez es de noche, la posición de la cámara ha cambiado y se escuchan una serie de voces que, desde dentro del vehículo, piden ayuda. Lo que en un principio podía parecer un cuadro cotidiano atravesado por algunos destellos armónico y bellos —esa luz suave y translúcida bañando el paisaje—, se desvela pronto pura ilusión, truco, máscara que oculta una realidad que el telón de lo cotidiano no puede sostener: el tercer plano, ya situado dentro del camión, muestra a un grupo de migrantes mexicanos que, hacinados durante horas en ese espacio minúsculo, han conseguido entrar en Estados Unidos. Cuando, en el cuarto plano, unos hombres abren las puertas y les permiten salir, la cámara sigue, en un largo travelling, a Fernando, uno de los mexicanos, mientras camina por un campo vacío, capturando a contraluz el movimiento de los músculos de su espalda. El quinto plano es el reverso del anterior: vuelve a ser de día y la cámara ya no está situada detrás del joven, sino delante: el sol deja de ser un núcleo irradiador de estímulos estéticos para convertirse en un castigo que aplasta un cuerpo, sudado y exhausto, que lleva horas andando sin descanso.

    A través de un corte de montaje, Franco consigue encapsular la idea del sufrimiento que experimentan los migrantes cuando intentan llegar al país de las oportunidades en busca de una vida mejor, pero también explicita su desinterés por la experiencia de dicho sufrimiento. En su cine, la empatía destaca por su inexistencia: sus imágenes operan en un plano sintético y hierático en el que lo importante nunca es una vivencia en sí misma, sino su conceptualización. El cambio del cuarto al quinto plano de la cinta enuncia la existencia de un agotamiento provocado por la prolongación de un esfuerzo continuado, además de una profunda sensación de desamparo y desesperación, pero también supone la materialización fílmica de la negativa formal con la que el cineasta rechaza capturar dicho agotamiento en toda su agónica fisicidad. La puesta en escena de Dreams está enteramente marcada por ese propósito de distanciamiento emocional. Cuando Fernando sube una empinada cuesta de camino a la casa de la mujer con la que mantiene una relación sentimental, el director coloca la cámara en lo alto de la calle y lo filma en un largo plano general. El diseño urbano del espacio, las condiciones meteorológicas y la gestualidad del actor confluyen en la insinuación del cansancio que la subida le provoca, pero, de nuevo, el propio proceso y sus consecuencias permanecen encorsetados dentro del contorno de la gramática que Franco utiliza para describirlos. Esto no es de por sí algo negativo, pero ayuda a entender el lugar desde el que el cineasta mira tanto a sus personajes como el mundo que retrata.

    La primera hora de Dreams es un constante y obsesivo girar en círculos concéntricos: el director observa las tensiones que surgen entre Fernando y su pareja debido a sus diferentes orígenes sociales: él es un mexicano de clase obrera que llega a Estados Unidos soñando con convertirse en un bailarín de ballet, ella es una rica heredera yanqui que tiene una “fundación benéfica” en México; él está completamente enamorado y quiere que su relación desemboque en el día a día típico de una pareja burguesa, ella disfruta de sus encuentros sexuales, pero no quiere salir a la calle con él para evitar las posibles miradas insidiosas de sus propios amigos; él lo ha dejado todo por estar con ella, ella no quiere perderlo todo por estar con él. La cotidianeidad de las instantáneas que concatena Franco durante gran parte de la cinta está atravesada por el proceso de mercantilización a través del cual el personaje interpretado por Jessica Chastain intenta introducir al de Isaac Hernández dentro de su orden diario sin alterarlo lo más mínimo. En la exploración de esa grieta que se abre entre el deseo y el poder, de esa contradicción que define a la millonaria que se disfraza de filántropa para limpiar su conciencia, la película crece y gana densidad: la indeterminación del personaje, su incapacidad de decidir entre su amante o el dinero de su —racista— familia convierte cada plano en una cámara llena de ecos que nunca permiten decodificar por completo su psicología. Como consecuencia de esa incertidumbre, de esa dificultad para romper el hermético silencio que sella el rostro de Chastain, va surgiendo poco a poco una tensión malsana que encuentra en la repetición del gesto rutinario una incubadora perfecta en la que depositar el huevo de la serpiente de su violencia.

    El problema surge cuando, alcanzada la media hora final de la película, Franco deja fuera de campo la violencia ejercida por los de arriba para exponer y amplificar la de los de abajo, a quienes retrata como verdaderas bestias movidas por un irrefrenable impulso de venganza. En ese sentido, Dreams puede leerse como una extensión discursiva de Nuevo orden: si allí el cineasta mostraba la revolución de las clases oprimidas como un baño de sangre y crueldad, aquí le confiere a Fernando un carácter simbólico para introducir la misma idea dentro de un ámbito particular e íntimo. El mundo para el director de Memory es un lugar horrible poblado por personas despiadadas, pero su democratización de la explotación, su caricaturización del proletariado, la omisión que hace del papel fundacional que la división en clases sociales tiene dentro de las dinámicas opresivas y la presentación de la violencia como un suceso bidireccional dentro de dicho sistema no son sino las estrategias que emplea para redimir a quienes se benefician de su existencia. El último plano de la cinta no puede leerse sino como un llanto mudo en favor de los opresores. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 18, 2026

    Crítica | Dreams (Michel Franco, 2025)

    por Rubén Téllez Brotons | junio 18, 2026
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    ¿Qué te dice esa naturaleza?
    Hong Sang-soo
    Mucho más que una cuestión lingüística


    Rubén Téllez Brotons
    Berlín |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2025. Título original: *그 자연이 네게 뭐라고 하니* (*Geu jayeoni nege mworago hani*). Dirección y guion: Hong Sang-soo. Compañía de producción: Jeonwonsa Film Company. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Hong Sang-soo. Montaje: Hong Sang-soo. Música: Hong Sang-soo. Reparto: Kwon Hae-hyo, Ha Seong-guk, Cho Yun-hee, Kang So-yi, Park Mi-so. Duración: 108 minutos.

    El conflicto principal con el que se encuentra Hong Sang-soo en What does that nature say to you es la dificultad para trasladar la totalidad de la experiencia de una emoción al lenguaje cinematográfico sin perder, durante el proceso de traducción, una parte de los sentidos que le dan valor a dicha experiencia. “No se puede hacer literatura si únicamente se leen libros; hay que salir a vivir, a experimentar el mundo, para poder escribir”, dice un personaje en determinado momento de la cinta. Otro personaje afirmará más adelante que, por el contrario, le gusta “conocer el mundo a través de los libros”. Es precisamente desde ahí, desde la búsqueda de un sistema de filmación que permita condensar esos intensos retazos de cotidianidad que se pierden en los tiempos muertos de cada día dentro de una gramática fílmica “sencilla, que utilice pocos recursos” —así define el protagonista los poemas que escribe la madre de su novia—, desde donde Hong construye su nueva película. La búsqueda del cineasta no es meramente lingüística; la alteración de las formas de percepción e interpretación de un gesto en apariencia banal que ordena tanto las imágenes como las acciones de los personajes deviene en una sutil resignificación de los mismos y obliga a hallar nuevas formas cinematográficas que puedan almacenar sus signos no en forma de reminiscencia cristalizada, sino de viva y lánguida impresión sensorial.

    Un ejemplo de dicho proceso de resignificación: fumar, en la cinta, nunca es una actividad que se haga para llenar un tiempo muerto, para pasar el rato o para amenizar una larga espera. La actividad está definida por el valor subjetivo que tiene dentro de la vida de cada personaje y, por ello, no funciona nunca como un engranaje que opera de forma imperceptible dentro de su ámbito diario, sino como un símbolo que insinúa la existencia de una serie de acontecimientos pasados que define su forma de actuar en el presente, o como una finalidad en sí misma que produce una serie de placeres estéticos o sensoriales. El suegro del protagonista le invita al principio de la película a subir a la parte superior de una pequeña montaña para fumar: el proceso de subida, la conversación que mantienen durante el mismo, la contemplación del paisaje que llevan a cabo una vez han llegado a su destino y el valor que este tiene dentro de la geografía vital del personaje interpretado por Kwon Hae-hyo actúan como conversores del momento en un instante lúdico que Hong prolonga en el tiempo. Los cigarrillos son el punto de llegada, pero también el escenario que pisan el resto de elementos al salir a escena.

    A través del uso que hace del zoom, Hong marca el momento en el que una escena deja de ser una cámara de ecos pretéritos que definen a los personajes que la protagonizan para pasar a convertirse en una encapsulación de una experiencia agradable. La entrada o salida de un sujeto en una secuencia modula el sentido de la misma y, por tanto, también condiciona la escala del plano en el que está siendo filmada. La naturaleza tiene un papel fundamental dentro de la cinta, puesto que ejerce de catalizador de los recuerdos de los protagonistas y, al mismo tiempo, de fuente de placeres de los que disfrutan siempre adoptando una posición contemplativa. Dependiendo del momento, el mar, unos árboles o unos pequeños setos pueden ser puntos clave dentro de la arqueología vital de las criaturas del Hong o, sencillamente, espacios vivos que inducen a quienes los contemplan en estados sensoriales no menos vivos. El misterio es un velo que recubre la naturaleza, que la envuelve y difumina no tanto para convertirla en un puzle de difícil solución, como para potenciar esas emociones que provocan en sus observadores.

    En ese sentido, resulta brillante la solución visual que Hong encuentra para poner en escena dichas emociones. A través de la aplicación de un ligero desenfoque óptico tanto sobre los cuerpos de los actores como sobre el resto de los elementos —coche, mesas, bancos, árboles, el propio horizonte— que forman parte del espacio en el que sucede la escena, Hong elimina cualquier distancia pueda existir entre ellos, democratizando el peso que tienen dentro del plano y situando a los espectadores ante una divertida disyuntiva: ¿se debe colocar la mirada sobre el paisaje o sobre los cuerpos? ¿Qué tiene más importancia, la línea de diálogo que permite reconstruir una parte acotada de la historia del personaje o la encendida mezcla de azules —el cielo— y verdes —las hojas— que tiene lugar justo delante de él? En el tercer plano de What does that nature say to you el protagonista y su novia se bajan del coche para charlar y fumar mientras contemplan el mar. De forma genuina, ella le invita por primera vez desde que empezaron a salir a subir a su casa; él se pone nervioso ante las altas posibilidades que hay de que sus suegros —a quienes no conoce en persona— estén allí. Al inicio de la conversación, la composición del plano está equilibrada, el desenfoque es tenue y los movimientos de los actores centran gran parte de la atención de los espectadores. Sin embargo, a medida que avanza la secuencia, los personajes se van escorando hacia la derecha, dejando en gran parte del plano un vacío que el mar no tardará en llenar. Todos los elementos de la composición terminan así teniendo el mismo peso: el sonido del mar y su impactante presencia no son menos relevantes que la presencia de los personajes y los sonidos —los diálogos— que intercambian. El placer sensorial provocado por la contemplación de un espacio hermoso convive en un mismo encuadre con unas palabras que codifican la historia íntima del protagonista. Es el tercer plano de la película, pero Hong ya ha encontrado una forma de resolver el principal conflicto al que se enfrentaba. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 29, 2026

    Crítica | ¿Qué te dice esa naturaleza? (그 자연이 네게 뭐라고 하니)

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 29, 2026
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    Si pudiera, te daría una patada
    Mary Bronstein
    La eutanasia de la realidad


    Carlos Grau
    Berlín |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: If I Had Legs I'd Kick You. Dirección y guion: Mary Bronstein. Compañías: Elara Pictures, Animal Pictures, Rocket Science. Festival de presentación: Festival de Sundance. Fotografía: Christopher Messina. Montaje: Lucian Johnston. Reparto: Rose Byrne, Delaney Quinn, A$AP Rocky, Christian Slater, Conan O'Brien, Danielle Macdonald, Daniel Zolghadri, Josh Pais, Ronald Bronstein, Ella Beatty. Duración: 113 minutos.

    Una de las escenas más recordadas de Tenemos que hablar de Kevin (2011) situaba a Tilda Swinton (Oso de Oro Honorifico en la presente Berlinale) en medio de unas obras en plena calle donde encontraba un inmenso alivio en el ensordecedor ruido de un taladro de perforación, que solapaba durante unos segundos el llanto continuo e insoportable de su bebé. Si bien el cine viene ya un tiempo explorando – y con contundencia– la salud mental en la maternidad, el acercamiento de la estadounidense Mary Bronstein (Nueva York, 1979) en If I had legs I'd kick you (Si tuviera piernas te patearía) resulta fresco y novedoso, no tanto por el qué sino por el cómo. Estrenada en Sundance en enero y presente en la Sección Oficial en Berlín, la segunda película de la directora británica recoge el guante de la incomodidad del filme de Lynne Ramsay y lo tensa hasta la deformación de la realidad, a una distorsión y a una percepción del entorno de la madre que apuesta por el género fantástico y abraza el terror psicológico. Así, atendemos a ese concepto algo manido de “película-experiencia”, colocando al espectador en situaciones cercanas a lo insufrible para llevarlo a la simbiosis con el mundo interior de su protagonista.

    Linda (Rose Byrne) habla con la terapeuta de su hija, la Dra. Spring (interpretada por la propia Mary Bronstein), en una sesión de grupo, donde atendemos a su fase de negación ante los problemas de la pequeña, quien sufre un grave trastorno que la llevara a ser alimentada a través de un tubo en el estómago. Una niña cuya presencia en el filme reside en el fuera de campo, tan solo aparecen su voz y sus pequeños pies en la escena de apertura, como si su imagen no fuera digna de ser vista por su madre, o que su madre no fuera capaz de verla. Con ello, estamos ante un cine altamente expresionista, algo que advierte la directora al inicio del filme a través del personaje interpretado por Conan O´Brien, el terapeuta de Linda: percepción es realidad, autorizando desde ahí a la abstracción como medio de representación de las tribulaciones de ella, interpretada por una estupenda Rose Byrne sometida a primeros y primerísimos planos de su rostro, haciéndonos cómplices de cada mirada y microgesto de padecer por su hija, por un padre ausente que es solo una voz al teléfono, por la desaparición de una paciente trastornada y por el traslado, ante la inundación y rotura del techo de su casa, de madre e hija a un hotel, quedando ésta postrada a la cama con el tubo de alimentación.

    En un seguimiento de su personaje principal a la Dardenne, pero con planos cerradísimos y claustrofóbicos en lugar de los planos medios del cine de los hermanos belgas, Bronstein atrapa a Linda en una ratio de pantalla cuadrado de la que no tiene escapatoria, así como el espectador, aturdido ante esta mirada visceral a la maternidad de la productora A24. Una maternidad que está dejando de ser vista por el cine actual como algo eminentemente bello y luminoso, floreciendo historias acerca de la corrosión de la culpa, de la búsqueda del perdón, de vicisitudes continuas que angustian mente y alma. Pero, para alcanzar la deformación de la realidad exprimiéndola hasta la pesadilla, pareciera que a Bronstein no le quedara otra herramienta en If I had legs I'd kick you que terminar usando el artificio, abusando de un uso estrepitoso del sonido cuando parte de un techo se derrumba, se golpea una puerta o se grita acaloradamente en una discusión. Pese a esta hipertensión psíquica algo forzada y altibajos de verosimilitud, la inmisericordia – o el compromiso- de la cineasta por llevarnos a los límites de la incomodidad no hace posible desconectar de lo que está sucediendo en ningún momento en pantalla. El arriesgadísimo aparato formalista es mantenido con una digna terquedad que nunca se plantea abandonar, sino todo lo contrario y en escalada; una virtud que resultará algo similar a esa bendita locura que es la mother! (2017) de Darren Aronofsky. La película funciona asimismo como crítica social a la inoperancia de muchas terapias, un campo devenido nueva religión, como todo lo emergente con respecto a la salud mental, quedando abocada mucha gente al miedo existencial y a la desesperación. La propia Linda es una reconocida terapeuta de profesión, pero es incapaz de ayudarse a sí misma, buscando fuera los recursos incapaz de hallarlos en su interior.

    En sus discursos de agradecimiento por los galardones de La habitación de al lado (2024), Almodóvar defendía la eutanasia alegando la libertad del ser humano para vivir, pero sobre todo para morir cuando la vida sea insufrible. Y así, el cine contemporáneo se está plagando rápidamente de fugas, evasiones, fabulas, cintas de terror y fantasías que parecen huir de la insufrible realidad, distorsionándola a través de la alegoría para hacerlas habitables. O quizás acercándose a esa otra realidad, la de la percepción. ♦



    por Carlos Ibarra Grau | #Berlinale2026
    enero 14, 2026

    Crítica | Si pudiera, te daría una patada

    por Carlos Ibarra Grau | #Berlinale2026 | enero 14, 2026
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★★
    Kontinental'25
    Radu Jude
    Europa, 2025


    Rubén Téllez Brotons
    Berlín |

    ficha técnica:
    Rumanía, 2025. Título original: Kontinental'25. Dirección: Radu Jude. Guion: Radu Jude. Compañías: Saga Film. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Marius Panduru. Montaje: Cătălin Cristuțiu. Música: Matei Teodorescu. Reparto: Eszter Tompa, Annamária Biluska, Marius Damian, Ilinca Manolache, Oana Mardare, Șerban Pavlu, Adrian Sitaru, Gabriel Spahiu, Adonis Tanta. Duración: 109 minutos.

    Radu Jude es uno de los pocos cineastas en activo que entiende la ciudad como archivo histórico y como caja de resonancias de la actualidad: las viejas casas en ruinas, los traslúcidos rascacielos de cristal y acero, los chalets de diseño amontonados dentro de pequeñas urbanizaciones aisladas del resto de construcciones, los descampados, las plazas llenas de carteles electorales, pantallas publicitarias y estatuas de metal oxidado, los supermercados y centros comerciales, los parques nocturnos llenos de basura, las aceras que se pierden en la lejanía de un horizonte sin futuro, las carreteras y sus atascos; cada elemento que compone las urbes en las que acontece la acción de sus películas no es sino un signo que evidencia las tensiones y violencias que las han moldeado. Y Jude lo sabe; por eso diseña en cada una de sus cintas un dispositivo de filmación distinto que le permite acercarse a los diferentes rostros del prisma arquitectónico de las ciudades y entender a través de sus movimientos pasados y presentes el funcionamiento de los mecanismos de la contemporaneidad. La ciudad en las obras del cineasta rumano nunca es un escenario neutro por el que caminan unos personajes sin pasado común, ni una conjunción de ladrillos, asfalto y contaminación sobre la que los protagonistas proyectan sus emociones; la ciudad no es una percha que sostiene la subjetividad de los recuerdos y sensaciones de sus habitantes; todo lo contrario: no hay una sola acción humana que no esté condicionada por el entorno en el que es realizada.

    La crispación que afectaba a los personajes de Un polvo desafortunado o porno loco y que convertía sus intentos de comunicación en un intercambio de insultos y gritos estaba provocada por el frenético ritmo que imponía la ciudad, además de por la sobreestimulación a la que se veían sometidos cuando caminaban por sus calles; y la desesperación agónica que motivaba a la protagonista de No esperes demasiado del fin del mundo a publicar, bajo seudónimo, vídeos abiertamente machistas, racistas y homófobos encontraba su germen en el interminable devenir de una jornada laboral que, definida por la precariedad y la ausencia de derechos laborales, se desarrollaba casi enteramente dentro de un espacio de tránsito —el coche— que, a su vez, se movía dentro de otro —la autovía— que desembocaba en la muerte —inolvidable el fragmento de las cruces colocadas al pie de la carretera—. Pues bien, Kontinental´25 supone un paso más allá dentro del proceso de indagación que Jude lleva a cabo dentro de las ciudades, puesto que aquí los elementos urbanos no intervienen en el devenir argumental desde los márgenes, ni son figuras epigonales que presionan a los personajes desde el fondo del plano, sino que se incrustan en la columna argumental del relato para romperlo por completo, condicionando y oprimiendo, en el proceso, las vidas de las criaturas que lo habitan.

    El protagonista es un hombre en situación de pobreza extrema que se dedica a limpiar la basura que la gente tira en las calles y parques. El director captura el contraste entre la loable labor que realiza y el desprecio que recibe de parte de los transeúntes con los que se cruza, utilizando planos generales estáticos que le sirven para unir de forma inexorable los conceptos de encuadre y espacio filmado. Jude mantiene la cámara —un Iphone 16— fija durante casi toda la película y los pocos movimientos que realiza son paneos que no exigen un cambio de posición del aparato: de nuevo, lo importante no son las emociones o recuerdos que un determinado lugar le trae a los personajes, sino el modo en que dicho lugar —barrio, parque, casa— condiciona todos los aspectos de su vida. A los quince minutos de metraje, una alguacil, con la ayuda de la policía, desaloja al protagonista del sótano en el que vive: una empresa de pisos de lujo le ha comprado la totalidad del edificio al único propietario y piensa derruirlo para poder reconstruirlo según sus intereses. El protagonista se suicida y la alguacil se ve aplastada por un sentimiento de culpa del que no consigue librarse.

    Comienza entonces un encadenado de diálogos a través de los cuales intenta deshacerse del peso que sobre su conciencia ejerce el recuerdo del suicidio. El despliegue verbal que la mujer lleva a cabo con la ayuda de sus compañeros de trabajo, su marido, su sacerdote de confianza, su mejor amiga y un antiguo alumno al que dio clase años atrás, se ve refutado por la propia estructura —arquitectónica— que sostiene su rutina. Su angustia y sus lágrimas no surgen del dolor que le provoca el suicido del hombre, sino de la dificultad casi irracional que tiene para seguir con su día a día como si nada hubiese pasado, de la imposibilidad de librarse de la mancha que ha ensombrecido la impoluta imagen que tenía de sí misma. “No has cometido ningún delito”, le dice en determinado momento su jefe. La frase explícita la principal diferencia que la separa del resto de su círculo social: su incapacidad para olvidar un rostro; no una vida, no un final, no los factores y fuerzas que provocaron dicho final: sólo un rostro convertido en presencia fantasmal que le impide disfrutar del trayecto en coche de vuelta a casa, que aparece y desaparece para arruinarle las vacaciones en familia, que la pone frente al espejo de sus contradicciones. Después de las lágrimas, la alguacil se despide de su marido en el porche de su casa. Situados en el gran plano general en el que los filma Jude, no son más que pequeñas figuras de juguete que se abrazan dentro de una gran maqueta de chalets de lujo. Las confesiones de la mujer se estampan contra la fachada de su impoluta casa, cuya construcción, se intuye, esconde otra injusticia no constitutiva de delito.

    Jude utiliza como base argumental el punto de partida de Europa 51 desechando, eso sí, toda la retórica católica que inundaba la cinta de Rossellini para poder trazar un meticuloso y por momentos irónico seguimiento del proceso de descomposición de la autopercepción de la alguacil. Su intento de huida hacia delante se ve frustrado en todo momento por los signos de una ciudad devenida en parque turístico —esas maquetas de los dinosaurios colocadas en el parque— que no dejan de recordarle que su vida se levanta sobre una serie de violencias que, desde la muerte del protagonista —sí, el hombre del principio sigue siendo el protagonista legítimo de la obra—, ya no puede ignorar. La gentrificación y la especulación inmobiliaria ejercen de núcleo temático de la obra, pero Jude se adentra, en ningún momento de forma superficial, en tantas otras cuestiones que resulta imposible abordarlas todas en un sólo artículo. Debido a la homogeneidad con la que el director consigue empastar las distintas herramientas formales que utiliza, Kontinental'25 puede parecer una obra menor al lado de sus dos anteriores ficciones, cuyos cambios de registro eran más evidentes y bruscos —no en un sentido negativo—, pero, nada más lejos de la realidad, la cinta protagonizada por Gabriel Spahiu y Eszter Tompa no supone sino un paso adelante dentro de su filmografía, uno coherente tanto a nivel ético como estético, que lo confirma como uno de los cineastas más rigurosos, comprometidos y audaces de la actualidad. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    diciembre 11, 2025

    Crítica | Kontinental'25

    por Rubén Téllez Brotons | diciembre 11, 2025
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    El sendero azul
    Gabriel Mascaro
    Donde el agua aprende a recordar


    Ignacio Arona
    Madrid |

    ficha técnica:
    Brasil, México, Chile, Países Bajos, 2025. Título original: «O Último Azul». Dirección y guion: Gabriel Mascaro y Tibério Azul. Compañías: Desvia Filmes, Cinevinay, Quijote Cine, Viking Films (coproducción Brasil-México-Chile-Países Bajos). Festival de presentación: Festival de Berlín 2025 (Oso de Plata Gran Premio del Jurado). Distribución en España: Karma Films (estreno 12 de diciembre de 2025). Fotografía: Guillermo Garza Morales. Montaje: Omar Guzmán, Sebastián Sepúlveda. Música: Memo Guerra. Reparto: Denise Weinberg, Rodrigo Santoro, Miriam Socarrás, Adanilo, Rosa Malagueta, Clarissa Pinheiro, Dimas Mendonça, Daniel Ferrat, Heitor Lóris. Duración: 86 minutos.

    El sendero azul se abre con un gesto inquietante —el avión que arrastra un lema paternalista— que introduce al espectador en un futuro cercano donde el Estado brasileño, transformado por décadas de crisis demográfica y desigualdad, ha decidido intervenir de forma directa en la organización de la vejez. Gabriel Mascaro no pretende reconstruir un escenario político plausible; su interés reside en explorar cómo una sociedad que se cree protectora puede convertir el cuidado en un dispositivo de control. El film instala desde el inicio una tensión entre tutela y autonomía, una cuestión especialmente relevante en un país que ha alternado políticas de inclusión con etapas de abandono institucional, donde la vejez continúa marcada por desigualdades económicas profundas. En ese contexto alegórico aparece Tereza, interpretada con una serenidad magnética por Denise Weinberg, que reacciona ante su jubilación forzosa con una pregunta esencial: ¿qué significa tener tiempo libre cuando la vida entera se ha vivido en un sistema que nunca permitió imaginarlo? Su resistencia no nace del ideal neoliberal de la autosuficiencia, sino de una intuición que toca lo íntimo: la imposibilidad de entregar los últimos años a un sistema que solo reconoce a los mayores como sujetos administrables. Mascaro despliega así un doble movimiento: por un lado, plantea la ficción de una política estatal que ha neutralizado la complejidad afectiva de envejecer; por otro, elige como eje dramático la negativa de Tereza a que su identidad quede definida por un expediente burocrático.

    La película encuentra su respiración verdadera cuando la protagonista decide huir hacia el Amazonas. Mascaro, lejos de convertir la selva en un escenario exotizante, la emplea como un espacio de desplazamiento perceptivo: un territorio que obliga a la protagonista a reaprender su relación con el tiempo, con el cuerpo y con la comunidad. Los travellings laterales que registran el avance del barco no buscan embellecer el paisaje, sino acompañar la metamorfosis interior de Tereza, que pasa de la frontalidad rígida —la fábrica, la casa, la oficina pública— a un movimiento que le permite reapropiarse de su propia presencia. La secuencia de los caracoles luminiscentes, que en lecturas apresuradas se ha interpretado como un gesto meramente decorativo, funciona en realidad como una suspensión del tiempo: un instante en el que el cuerpo envejecido de la protagonista entra en contacto con algo que no exige utilidad ni clasificación. Mascaro integra estos elementos como rupturas poéticas dentro de un relato que no renuncia a la comedia, al comentario social ni a un musical inesperado que irrumpe en mitad de la selva, y que lejos de ser un exceso funciona como afirmación de vitalidad. Es precisamente en estos desvíos donde la película articula su reflexión sobre la vejez: no como un proceso de apagamiento, sino como una etapa donde todavía pueden abrirse caminos nuevos, donde el deseo no desaparece y donde el cuerpo conserva capacidad de elección. En un Brasil que ha visto cómo las personas mayores han sido instrumentalizadas política y discursivamente —desde la retórica de la protección hasta la del abandono—, El sendero azul rechaza ambas posturas y propone una mirada menos paternalista: la vejez como territorio propio, no como problema a gestionar.

    El tramo final reafirma esa tesis sin caer en un cierre edificante. El relato de Tereza no se convierte en un alegato heroico ni en una oda a la autosuficiencia. Mascaro evita el riesgo de glorificar la fuga: su cámara no acompaña a la protagonista para celebrar una libertad abstracta, sino para registrar la dificultad real de sostener una vida fuera de los marcos establecidos. El desplazamiento nocturno hacia el desenlace, filmado con una delicadeza que no necesita subrayados, es uno de los momentos más reveladores del film. Tereza avanza por un sendero apenas iluminado, entre sombras vegetales que parecen absorberla; la escena expresa la mezcla de incertidumbre, miedo y determinación que define su viaje. Allí, la película alcanza una dimensión política más compleja que la que sus detractores le atribuyen: no se trata de denunciar las políticas sociales ni de ensalzar la libertad individualista, sino de mostrar cómo cualquier sistema —progresista o no— puede volverse opresivo cuando reduce la vejez a un mero asunto administrativo. El sendero azul sugiere que la respuesta está en un vínculo renovado entre comunidad, espacio y deseo, en una vejez que no renuncia a su capacidad de imaginar el mundo. Mascaro consigue así una obra que combina riesgo formal, momentos de genuina ligereza y una reflexión inesperada sobre el futuro de un país donde el debate sobre los cuidados se ha vuelto urgente. Frente a quienes ven en la película un gesto ideológico simplista, El sendero azul propone exactamente lo contrario: un espacio ambiguo, sugestivo y abierto para repensar cómo queremos envejecer y qué tipo de sociedad podrá acompañarnos en ese trayecto. Es ahí, en esa mezcla de lucidez y extrañeza, donde la película encuentra su verdadera fuerza. ♦


    por Ignacio Arona
    diciembre 11, 2025

    Crítica (II) | El sendero azul

    por Ignacio Arona | diciembre 11, 2025
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    Blue Moon
    Richard Linklater
    El silencio y sus ojos


    Rubén Téllez Brotons
    Berlín |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: Blue Moon. Dirección: Richard Linklater. Guion: Robert Kaplow. Compañías: Detour Filmproduction, Wild Atlantic Pictures. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Shane F. Kelly. Montaje: Sandra Adair. Música: Graham Reynolds. Reparto: Ethan Hawke, Margaret Qualley, Bobby Cannavale, Andrew Scott, Simon Delaney, Patrick Kennedy. Duración: 100 minutos.

    Blue Moon es un caso particular y aislado dentro del marco genérico en el que se agrupan aquellas películas en las que la palabra deja de ser una comparsa que puntualiza, acentúa con sutileza o contradice las imágenes para convertirse en su principal sostenedora; y lo es porque, al mismo tiempo que se construye así misma a medida que sus personajes hablan, no tiene como principal finalidad sino la exploración de la propia comunicación verbal. Se podría decir, de hecho, que Linklater y Robert Kaplow —guionista de la cinta— trazan sobre la pantalla una alambicada ecuación cuya incógnita a descifrar no es otra que el peso que tiene una palabra. ¿Cuánto dolor puede almacenar una unidad gramatical compuesta por tres o cuatro sílabas? ¿Cuántos jirones de amores frustrados se esconden dentro del cuerpo de una eme, de una uve, de una ele? ¿Cuánto se puede acercar un adjetivo al contorno de la emoción que signa y expresa? ¿Realmente puede una palabra catalizar y expresar un sentimiento coagulado y confuso? Eso es lo que se preguntan los responsables de la película.

    “No one ever love me that much”, lo dice Rick en Casablanca y lo repite una y otra vez el personaje interpretado por Ethan Hawke, a medida que los escasos cien minutos de metraje de Blue Moon se van convirtiendo en ceniza y humo, en materia muerta y espeso olor a puro consumido, en espejismos rotos y sensaciones abstractas. Lorenz Hart (Hawke), el protagonista, es un conocido letrista que ha firmado sonadas canciones para musicales de Hollywood y Broadway, pero esta noche, la noche en la que Kaplow sitúa la acción de la cinta, la noche en la que Linklater va a apresar con su cámara, rehuyendo de las elipsis y los saltos temporales, la paulatina descomposición de una esperanza yerma, se estrena la primera obra que Richard Rogers, su habitual compañero de composiciones, ha escrito en compañía de otro artista. La exitosa entrada de Rogers en el sistema comercial de la escena artística estadounidense de los años cuarenta supone la confirmación del inicio del fin de la carrera de Hart, cuyos versos, filtrados por el tamiz de un humor ácido que descompone las superficiales certezas sobre las que las perfectas familias yanquis levantan su cotidianidad, han sido condenados al silencio de un olvido que el tiempo desvelará efímero.

    Pero eso Hart no lo sabe; no sabe que sus canciones seguirán siendo escuchadas y cantadas y emitidas y reproducidas después de su muerte, y, por ello, se sienta en la barra de un bar para intentar convencerse de que no todo está perdido, de que su (cuestionable) “fracaso” —según los términos del capitalismo— como letrista no trae de la mano su “fracaso” como persona: esto es, su hundimiento en la tramoya del espectáculo de su vida, su desaparición en las entrañas de una oscuridad insumisa. Hart se toma una copa mientras espera a que llegue Elizabeth, una joven de la que lleva tiempo enamorado y con la que mantiene una ambigua relación de amistad. La certeza de que su amor no es recíproco es tan real como su tristeza, pero, aun así, el letrista permanece colgado de un fino hilo de esperanza: cuando su amada llegue, le expondrá sus sentimientos con la mayor claridad, frontalidad y precisión verbal posible. A la mencionada ecuación sobre el peso del lenguaje se le suma otra sobre la posibilidad de asir un futuro cercano. Esta es, por tanto, la noche en la que se resolverán todas las incógnitas.

    Blue Moon está enteramente compuesta por largos parlamentos a través de los que Hart dilata la resolución de dichas incógnitas: en la inestabilidad de la duda, de la posibilidad de un sí, se habita con mayor comodidad que en la concreción de un no. Las palabras son, en la primera mitad de la cinta, elementos abstractos, inaprensibles, con los que se construyen conversaciones sobre imprecisiones: sobre horizontes imaginados —que no imaginarios—, sobre romances aún por suceder, sobre canciones y musicales no estrenados. El tono de los diálogos está marcado por la tensión desenfadada de una sonrisa no muy estable que Hart se esfuerza por mantener por temor a que, en su ausencia, los nervios y miedos que le embargan se vuelvan incontenibles. Son precisamente sus palabras las que expresan dichos miedos y nervios a fuerza de no describirlos, de eludirlos y ocultarlos bajo una torrencial cascada de frases tan brillantes como intercambiables. Es la otredad, lo innominado, lo que permanece fuera de campo, lo que concreta el significado de cada palabra; y es el valor de la emoción oculta lo que precisa el peso y la intención de dicha palabra. En ese sentido, resulta asombroso el trabajo de puesta en escena que realiza Linklater con el fin de ajustar cada plano al subtexto verbal que late bajo cada escena, esquivando en todo momento la explicitud didáctica o el subrayado tosco. La aparente literalidad que rige la composición del encuadre no es más que una quimera: la alternancia de dos primeros planos de Hart —cada uno filmado desde una posición y angulación diferente— durante una secuencia en la que conversa con el personaje de Bobby Cannavale le permite al director formular visualmente el desajuste que existe entre la ficción y la realidad, la disonancia que separa lo dicho de lo sentido, lo proyectado de lo verdaderamente existente.

    Dichas disonancias desaparecen alcanzado el ecuador del metraje. La entrada en escena de Elizabeth derriba las máscaras y la retórica y devuelve la palabra al camino de la descripción precisa. Las fugas y disociaciones desaparecen, el espacio se acota aún más y todo queda reducido a un par de personas que, encerradas en una pequeña habitación, charlan. La tensión crece a medida que el instante inevitable se acerca, las altísimas posibilidades de que la respuesta final sea negativa, de que Elizabeth confirme las sospechas de Hart, de que corrobore que las esperanzas del letrista no eran más que eso, esperanzas, se van concretando poco a poco. Linklater, sin embargo, deja que los planos respiren; no coloca la cámara a medio palmo del rostro de los intérpretes para acentuar las emociones espontáneas del momento, sino que augura las que surgirán en un futuro muy cercano debido, precisamente, a la ausencia —intuida también por el protagonista— de un futuro un poco más lejano.

    “No one ever love me that much”; la fascinación que la frase le produce a Hart surge de la precisión con que las siete palabras que la componen describen el magma de un sentimiento encendido y, al mismo tiempo, encapsulan todo el dolor que su pronunciación produce en su emisor. La búsqueda de las palabras exactas que describan y encapsulen la emoción nuclear de la que surgen —y alrededor de la que orbitan— el resto de emociones espontáneas en Blue Moon termina, paradójicamente, con la asunción, por parte del director y del guionista, de la imposibilidad de hallar una respuesta: es el silencio final de un Hart destrozado lo que se impone en el cierre de la película. La desolación controlada que se inscribe en las facciones de Ethan Hawke y la apertura del plano que lleva a cabo Linklater son las muestras más rotundas de sus respectivas maestrías. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 27, 2025

    Crítica | Blue Moon

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 27, 2025
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★★★☆
    Dreams (Sex Love)
    Dag Johan Haugerud
    El placer del relato autobiográfico


    Ignacio Navarro Mejía
    Berlín |

    ficha técnica:
    Noruega, 2024. Título original: «Drømmer». Dirección y guion: Dag Johan Haugerud. Producción: Hege Hauff Hvattum y Yngve Sæther. Compañías: Motlys AS y Novemberfilm. Distribución en España: Filmin. Fotografía: Cecilie Semec. Montaje: Jens Christian Fodstad. Música: Anna Berg. Diseño de vestuario: Ida Toft. Reparto: Ella Øverbye (Johanne), Selome Emnetu (Johanna), Ane Dahl Torp (Kristin), Anne Marit Jacobsen (Karin), Andrine Sæther (Anne). Duración: 110 minutos. Formato: Digital. Idioma original: Noruego.​

    Narrar una historia en el cine del subgénero del coming of age, en concreto sobre el descubrimiento sexual del o de la protagonista joven, varía mucho según el contexto en que se ubica. Cuando es en un país tradicional o conservador, con escasas o nulas libertades sociales y muchas restricciones domésticas o familiares, a las dudas ligadas al crecimiento personal se unen los obstáculos ajenos, y al drama intimista se asocia una vertiente de denuncia más amplia. Son muchos los ejemplos en el cine cuyas historias se han movido entre estas dos dimensiones, y el doble conflicto se acentúa cuando el o la protagonista es homosexual, pues esos países (por ejemplo, en la cultura árabe o asiática) en que reside suelen condenar, especialmente, esta orientación, incluso como delito en su respectivo código penal. En cambio, si tal progresión o aprendizaje se realiza en una sociedad mucho más libre y progresista, en pocas palabras, tolerante, sin ningún tipo de discriminación jurídica o moral en esta materia, aquel se limitará más al mundo interior de quien lo experimenta, sin aparentes censuras, o al menos no tan directas, de su entorno. Pues bien, una de las sociedades más abiertas y avanzadas en este sentido es la noruega, cuyas nuevas generaciones pueden interactuar fácilmente y con total libertad, según sus deseos y caprichos. Una joven noruega, por tanto, podrá enamorarse y llevar a término su enamoramiento según su exclusivo criterio, más allá, por supuesto, de la correspondencia de la persona, de uno u otro sexo, a quien se dirija.

    En el cierre de su trilogía de 2024, titulada Dreams (tras Sex y Love) y merecida ganadora del Oso de Oro en la última edición de la Berlinale, el noruego Haugerud es coherente con el contexto descrito. Como su protagonista (Ella Øverbye) es una joven conciudadana nórdica, que se enamora de su profesora de instituto, la historia discurre por ese proceso interno, a sabiendas de que el éxito o fracaso del sentimiento a priori solo depende de la relación entre quienes lo profesan o sufren (reduciendo hasta lo imprescindible el evidente y añadido conflicto derivado de la diferencia de edad). De ahí que la narración esté articulada de una manera tan introspectiva, con la voz en off prolongada y recurrente de la protagonista, justificada, además, por su plasmación en un diario al que tienen acceso su madre y su abuela. Cuando son informadas de lo que está ocurriendo con su hija y nieta, respectivamente, no lo entorpecen, sino que tratan de entenderlo, cada una a su manera, y dialogan con la protagonista para ayudarla y apoyarla. Por tanto, esa voz en off revela la conciencia de su autora, pero también su vertiente literaria, que la película, por su condición cinematográfica, no rehúye o ciñe a un mero recurso estilístico, sino que se alimenta de ella. La cinta se ofrece entonces como un libro abierto, cuya narración adquiere una musicalidad, un ritmo inherente al montaje y al despliegue de emociones de su protagonista, de tal manera que una crítica fácil hacia esa voz en off (pues es común, desde un análisis ortodoxo, criticar su uso excesivo) no podría llevar a su supresión (parcial o total) sin afectar a toda esa estructura narrativa. Para quien esto escribe, aquella es, por el contrario, una de las principales virtudes de Dreams, tanto por su coherencia como por el hipnótico ensimismamiento en que sumerge al espectador.

    Haugerud, en cualquier caso, sabe que nos está contando, también, una historia generacional. Las dos generaciones siguientes a la de la protagonista envidian lo que en esta se está manifestando, tanto el enamoramiento como su sorprendente proyección literaria. Y es que esta verbaliza tal proceso con descripciones y metáforas impropias de alguien tan joven, además de inexperta en aquello que padece y describe… si bien, quizá, no sea tan impropio ante la convicción de que la generación a la que pertenece le permite dar rienda suelta a tales emociones. La inmadurez parte de la inseguridad, de la falta de entendimiento cabal, y aquí la protagonista tiene muy claro lo que siente, mientras que su madre y su abuela, al echar la vista atrás y juzgar sus valores adquiridos desde el presente, pueden dudar ante lo que hasta hace poco eran certezas y asideros sólidos (incluso lo que puede pasar después de la muerte). El libreto, aquí, juega igualmente con los contrastes de escenas a dos, entre la joven y la mujer que ama, y entre la madre y la abuela, diferenciadas no solo por el contenido, sino también por el tratamiento estético, pues las escenas de la primera categoría están envueltas por un halo de ensoñación (por ejemplo con la primera llegada al piso de la profesora, acompañada de la música y las palabras en off), mientras que las de la segunda categoría son más austeras y cotidianas (por ejemplo los paseos por el bosque de las dos mujeres, incluido su encuentro con unas vecinas). Quizá en estos cambios tonales la película pierde algo de impulso, pero si se hubiera limitado a la trama principal, perdería también esa intrigante profundidad en el tratamiento de las relaciones interpersonales. Al final todos los personajes coinciden y la película adquiere otra dimensión, cuando se revela el verdadero interlocutor de la protagonista, si bien tal desenlace es más un apéndice juguetón que la solución de un misterio, para quien, no lo olvidemos, simplemente está transitando por una etapa inicial de su vida, que lo tiene todo por delante y que no tiene miedo de descubrirlo. ♦


    por Ignacio Navarro
    noviembre 17, 2025

    Crítica | Sueños en Oslo [Dreams (Sex Love)]

    por Ignacio Navarro | noviembre 17, 2025
    || Críticas | D'A 2025 | ★★★★☆
    El diablo fuma
    (y guarda las cabezas de los cerillos
    quemados en la misma caja)
    Ernesto Martínez Bucio
    Satán golpea la puerta


    Carles M. Agenjo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    México, 2025. Título original: El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja). Dirección: Ernesto Martínez Bucio. Guion: Ernesto Martínez Bucio, Karen Plata. Compañías productoras: Mandarina Cine. Fotografía: Odei Zabaleta. Música: Emilio Hinojosa. Producción: Alejandro Duran, Gabriel Gavica, Carlos Hernández Vázquez. Reparto: Mariapau Bravo Aviña, Rafael Nieto Martínez, Regina Alejandra, Donovan Said Martínez, Laura Uribe Rojas, Carmen Ramos, Gamboa Bernardo, Micaela Gramajo. Duración: 97 minutos.

    El debut en la ficción de Ernesto Martínez Bucio es como un relato que se recuerda desde un tiempo futuro. Las imágenes de un grupo de hermanos desatendidos en una casa de la periferia de D. F. en los primeros 90 parecen sacadas de un álbum familiar o de un vídeo doméstico que todavía funciona. Esto le sirve al director mexicano para alternar distintas texturas –ficción en digital, simulacro de archivo en Hi8 y fotos fijas de cámara desechable– que, precisamente, refuerzan ese discurso tan extendido de cierta coming of age sobre la ausencia paterna –de las transparencias de la infancia en Estiu 1993 (2017) a la hija en busca de sentido de Tótem (2023)– que ubica la reconstrucción de la memoria como principal valor narrativo y estético. De hecho, no es casual que la relación de aspecto sea de 1.55:1. Si Isaki Lacuesta le dio apariencia cuadrada a la deslumbrante Segundo premio (2024), convirtiendo la intimidad de cada encuadre en una posible carátula de CD, Martínez Bucio opta por un formato rectangular que invoca aquellas antiguas fotos impresas, recuerdo de una realidad distinta a como la imaginamos hoy. Esta mirada hacia los huecos de la memoria como espacio rugoso y reescrito en presente encuentra en el naturalismo su mejor registro. Siguiendo la estela del cine de Carla Simón, los movimientos y temblores de cámara –con predilección por el primer plano– se subordinan a una encomiable dirección de actrices y actores –obra de Michelle Betancourt y Paulina Álvarez– y a las dinámicas de un reparto entre la niñez y la adolescencia, más cerca de las pulsiones de lo natural que de los códigos profesionales. En este sentido, las peleas, los juegos y hasta los momentos de intimidad entre Marisol, Vane, Elsa, Víctor y Tomás respiran verdad en cada escena.

    No obstante, Martínez Bucio tiende a subrayar la mirada fragmentaria de su propuesta, sumando capas a un conjunto que no las necesita. Las escenas grabadas con handycam, donde el grupo de hermanos aparece disfrazado en el comedor de su casa, son un apunte interesante que permite interrogarnos sobre la intrigante ausencia de sus padres, el porqué de su partida sin avisar. Pero el hecho de que estas escenas se repitan e incluso de que algún plano juegue a su propio rebobinado –como si alguien estuviera manipulando el montaje a través de un dispositivo que, por desgracia, no se desarrolla durante la trama– resulta un tanto accesorio. Más acertada fue, en cambio, la apuesta del director argentino Hernán Rosselli –Premio FIPRESCI en la última edición del FICX– en la insólita Algo viejo, algo nuevo, algo prestado (2024), donde los protagonistas de una ficción criminal eran los mismos que aparecían, 20 años antes, en unas imágenes reales, rescatadas del olvido. No es el caso de Martínez Bucio, que plantea una simulación de material de archivo grabado en el mismo presente y la misma casa donde opera la ficción principal. Como si prefiriera jugar al montaje extraño y laminar que a profundizar en la verdad oculta de un tiempo anterior. Por otra parte, está la cuestión del género. El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) es algo más que un drama de registro naturalista. Su extenso título –extraído de una poesía de la guionista Karen Plata– responde a la dimensión fantástica del relato y a un personaje clave.

    Romana es la abuela que, de la noche a la mañana, se ha convertido en tutora improvisada de cinco hermanos –que encarnan estupendamente los debutantes Donovan Said, Laura Uribe, Regina Alejandra, Rafael Nieto y Mariapau Bravo– que no entienden por qué sus padres ya no están en casa. No es casual que Romana –interpretada por la mexicana Carmen Ramos– sufra brotes de esquizofrenia. Lo que para sus nietos es un golpe en la puerta, para ella es germen de paranoias, de un intruso que ha entrado en casa o, sin ir más lejos, la llegada del diablo. Por suerte, ésta nunca es evidente. Martínez Bucio dosifica su presencia con extrema concisión. La atmósfera de superstición se manifiesta a cuentagotas –mediante la oscura fotografía de interiores de Odei Zabaleta– al servicio de una realidad concreta. La de una familia disfuncional atravesada por el abandono de unos padres y la ansiedad de unos hijos que intuyen en el ritual de la plegaria ante una vela o el dibujo de un mural con fotos recortadas su modo de procesar el dolor. Esto otorga al conjunto un aire refrescante que subvierte las zonas comunes del cine de terror. Lo demoníaco transita así de sombra amenazante a protector ángel del hogar que, a su modo, vela por el confinamiento del vulnerable ante un futuro incierto. Esta forma de incluir la otredad en lo doméstico es uno de los grandes activos de la película. Como si el diablo fuera el paraguas cósmico de un microuniverso de incógnitas y juegos infantiles donde los niños celebran karaoke a ritmo de Massiel y la tele es la toma de contacto con el exterior y con una sociedad sacudida por la visita del Papa que, literalmente, parece vivir en otro planeta. ♦


    por Carles M. Agenjo
    abril 28, 2025

    Crítica | El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)

    por Carles M. Agenjo | abril 28, 2025
    || Críticas | ★★★★☆
    Sorda
    Eva Libertad
    Comunicarse y saber escuchar


    Ignacio Navarro Mejía
    Málaga |

    ficha técnica:
    España, 2025. Dirección: Eva Libertad. Guion: Eva Libertad. Producción: Distinto Films. Fotografía: Gina Ferrer. Montaje: Marta Velasco. Música: Aránzazu Calleja. Dirección artística: Anna Auquer. Reparto: Miriam Garlo, Álvaro Cervantes, Elena Irureta, Joaquín Notario. Presentación: Festival de Berlín 2025. Duración: 109 minutos.

    Quienes tenemos la suerte de pertenecer al colectivo de personas sin diversidad funcional a menudo no somos conscientes de la realidad paralela que las personas que si están afectadas por una u otra de estas limitaciones tienen que sobrellevar. La propia expresión de «limitación» no es la más adecuada, no solo por sensibilidad sociopolítica, sino porque es la de «diversidad» la que mejor expresa la realidad anterior: una realidad distinta, que implica otro tipo de percepción, por una u otra razón, a la del resto de la población. Coincidiendo con la reciente reforma del artículo 49 de nuestra Constitución (aunque ahí sustituyendo el término «disminuidos» por el de «discapacidad») y los avances realizados en nuestra sociedad en favor de la accesibilidad y la atención de estas personas, es importante que su visibilidad se dé también en sus distintas manifestaciones artísticas, que pueden llegar y concienciar al gran público, sobre todo cuando parten de casos reales. Ciñendo el foco, hablamos en este caso concreto de la sordera, una condición quizá menos grave, a priori, que otras que priven de otros sentidos o de la movilidad física, pero que también condiciona, como es obvio, la existencia de quien la sufre. Siguiendo la estela de la sorprendente ganadora del Oscar CODA y de la meritoria y coetánea película The Sound of Metal, la murciana Eva Libertad nos presenta su ópera prima, titulada significativamente Sorda, que en su tratamiento dramático y estilístico se podría ubicar, en cierto modo, entre las dos cintas anteriores, pero que en realidad es mucho más personal. De hecho, tiene su antecedente más directo en un cortometraje de la misma cineasta y con la misma protagonista, que no es otra que su hermana Miriam Garlo, por lo que la historia adquiere tintes incluso autobiográficos.

    La película, presentada con éxito en la sección Panorama de la reciente Berlinale y ahora lanzada en competición oficial en el festival de Málaga, sigue con constancia y empatía la experiencia, a lo largo de unos dos años, de una mujer sorda. Esta tiene una pareja oyente (interpretado con gran convicción y cercanía por Álvaro Cervantes) y ambos están en esa fase avanzada de su relación en que la maternidad y paternidad respectivas ya no son un objetivo más o menos inminente, sino una suerte sobrevenida que puede o no acontecerles. Pues bien, poco lleva avanzado el metraje cuando llega la noticia del embarazo, acogido con ilusión por la pareja pero con cierto recelo por los padres de la protagonista (sobre todo la futura abuela), temiendo que la niña que entonces es apenas un feto nazca también sorda. Los médicos afirman que la posibilidad es de un 50%, y la comprobación no puede realizarse hasta pasado un tiempo después del parto, por lo que buena parte de la narración afronta estas dudas, que generan temores distintos según quien las asuma. El conflicto principal es el de la superación de la protagonista para vivir con normalidad pese a su sordera y en su relación con otras personas, pues desde que aparece en pantalla se nos muestra como una mujer autónoma y segura de sí misma. Pero la maternidad es el desencadenante para, progresivamente, hacerla recobrar mayor conciencia y recaer en sus limitaciones, por emplear ahora de nuevo, y más correctamente, esta palabra. La narración es sutil en esta evolución, pues ello se revela, al menos en la primera parte, sobre todo en determinados gestos y miradas (no en contrastes violentos), al margen del lenguaje de signos que ella y todo interlocutor suyo debe emplear. Este lenguaje aparece sin embargo incorporado como una gestualidad natural, como una prolongación del normal comportamiento de cualquiera de los personajes, sordos u oyentes… hasta que esa normalidad deja de ser tal, en paralelo al avance del embarazo, el parto (rodado en un plano secuencia de una tensión y emoción increíbles) y el posterior crecimiento de la niña recién nacida.

    Esta progresión enmarca por tanto el conflicto personal y profundiza en él, yendo más allá de la intimidad personal para entrar en el terreno social (aunque sin caer nunca en lo moralista ni didáctico), al abordar varias dimensiones de la maternidad de una mujer sorda, no solo por ella misma sino también en relación con otras personas de su entorno. El drama es evidente por la citada diversidad funcional, y aquí las dos realidades son compartidas por las personas sordas y oyentes, pero en verdad son dos realidades, como señalábamos al principio, y ello se confirma en la última parte del metraje, lógica y consecuente con lo narrado hasta entonces. En todo caso, más allá de esos impactantes minutos finales, la virtud más llamativa de Libertad y su equipo (predominantemente femenino) reside precisamente en el riguroso y sensible trabajo con que despliegan la referida progresión de su película. Ya hemos mencionado el marco temporal que abarca, y ese paso del tiempo está escenificado y editado con una fluidez asombrosa, conduciendo cada escena a la siguiente con un ritmo muy ajustado y transiciones invisibles. Esto, en efecto, es tanto mérito de la puesta en escena como del montaje, cuidados hasta un nivel poco habitual en este tipo de cine, que a menudo cae en la austeridad, por no decir la dejadez, estética. En Sorda ocurre todo lo contrario, sin llegar a apostar por una estilización que chocaría con sus pretensiones naturalistas, pues ese cuidado queda patente en el diseño de los encuadres (con una inteligente profundidad de campo en la colocación de los términos, un respeto del juego de ejes y miradas y una sucesión entre ellos basada en el movimiento de los personajes, con sus entradas y salidas de campo u otras acciones orgánicas) o, a mayor escala, en el ensamblaje de las secuencias, consiguiendo como decíamos esa progresión natural. Gracias a ello, tenemos la impresión genuina de haber sido participes privilegiados de la vida de una persona (sintetizados en un par de años), que, aunque pertenezca a una «realidad» distinta de la nuestra, nos genera una empatía que trasciende no solo las condiciones personales, sino la línea que separa la ficción de la realidad, al fin y al cabo, común a todos. ♦


    por Ignacio Navarro
    abril 04, 2025

    Crítica | Sorda

    por Ignacio Navarro | abril 04, 2025

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