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    Crítica | Pebbles (Koozhangal)

    Like a rolling stone

    Crítica ★★★☆☆ de «Pebbles» de Vinothraj P.S.

    India, 2021. Título original: «Koozhangal». Dirección: Vinothraj P.S. Guion: Vinothraj P.S. Fotografía: Jeya Parthiban, Vignesh Kumulai. Edición: Ganesh Siva. Diseño de producción: Njan Oodu, Sinju. Sonido: Hari Prasad. Música: Yuvan Shankar Raja. Intérpretes: Karuththadaiyaan, Chellapandi. Productores: Nayanthara, Vignesh Shivan, Sai Devanand.S. Compañías productoras: Rowdy Pictures Private Limited, Learn and Teach Production. Duración: 73 minutos.

    El camino está lleno de piedras, los guijarros del título. Unos tropiezan contra ellas cegados por la ira, otros pueden tragárselas para abrillantar la suavidad de sus formas. Entre Karuththadaiyaan y Chellapandi, el padre y el hijo que protagonizan este camino de ida y vuelta por las áridas llanuras del sur de la India, en medio de una sequía asfixiante y demoledora, no hay muestra alguna de cariño ni ternura. El trazo de los personajes es esquemático, como la idea y concepto que justifica la película, que comprende un muy breve periodo de tiempo, mayor que el reflejado en las imágenes, pero no mucho más que esa mañana y mediodía de calor abrasador y húmedo que hace traspirar constantemente. Todo equilibrio pende de un hilo cuando lo básico para subsistir no está asegurado, como ese plano de apertura en el que un nido colgante resiste, de manera inexplicable, la entrada y salida de sus moradores, en una rama sin hojas que la amparen; un nido sujeto en un equilibrio que apunta un desastre inminente pero que aguanta porque en la naturaleza de las cosas está su vocación de permanencia, como le ocurre a la familia sobre la que pivota la historia.

    El esquema argumental es simple y eficaz: un hombre, con el ceño fruncido a lo largo de toda la película, entra en un colegio interrumpiendo a su paso toda la actividad. Busca a su hijo y cuando lo encuentra la disyuntiva que se plantea es clara: o con tu madre o conmigo; no hay posibilidad de situarse en el medio para conseguir un equilibrio en esa pareja que parece haberse roto. Esa mujer y madre a la que no veremos nunca en pantalla, harta del alcoholismo y maltrato de ese hombre, ha vuelto a su casa materna y ha abandonado a marido e hijos. La reacción del conyuge abandonado es la de apostar por la violencia como solución de la ruptura, buscar a la esposa y vengarse de la afrenta, obligarla a regresar sin evitar el castigo físico. Esta especie de road-movie de doble recorrido alterna el viaje en un autobús urbano con el regreso a pie. Ese autobús que se desplaza por carreteras y caminos polvorientos permite al director transmitir los efectos del calor asfixiante que no hacen sino aumentar la irascibilidad del hombre, mientras el niño se entretiene con el paisaje o con sus globos. El camino de los adultos no impide que la infancia encuentre resquicios por los que asomarse en su ingenuidad y necesidad de distensión sin perder de vista que, en algún momento, la violencia va a desatarse.

    El director decide seguir a esta pareja, pero necesita también sus espacios de reposo donde lo etnográfico, lo social, encuentra acomodo para que situemos el contexto de la acción. La pobreza de esta gente puede sentirse en lo rudimentario de sus ropas, en lo precario de las construcciones, en la inexistencia de servicios, pero se hace evidente cuando para comer hay que cazar ratas utilizando el ingenio que provoca el hambre. La necesidad famélica de mostrar en toda su crudeza el día a día de esa actividad mecánica por parte de los cazadores hacia sus presas, conecta a éstos con la figura del hombre que persigue a la mujer huida y no la encuentra en casa de sus padres porque ha decidido regresar con sus hijos, obligando a padre e hijo a desandar el camino cuando el niño rompe todos los billetes para retrasar ese momento que se antoja similar al de un cazador ante su presa. Retrasar al padre para dilatar el momento del reencuentro y posibilitar un cambio de actitud, molestarle de todas las maneras posibles e intentar hacerle ver que una familia se sostiene sobre la cooperación y no desde la sumisión. Pebbles es una película que se construye horizontalmente, a ras de tierra, con personas que atraviesan el cuadro de izquierda a derecha en el sentido de su movimiento y donde la cámara, para concedernos un respiro, de vez en cuando, se desorienta y sigue a otros personajes para volver al punto de partida, como si hubiera un relevo, una entrega de un testigo invisible por el que el objetivo se torna basculante y juega con el travelling, sin que podamos olvidar que tras cada encuadre, cada fotograma estático, continúa el peligro, la amenaza; incluso sobre ese hombre lleno de ira, que, cegado por la rabia, se ve obligado a detenerse ante la presencia de una cobra —por ello desentona el plano del inevitable dron desde la alturas, es una película de tierra que se masca, no de aire que oxigene.

    Koozhangal, Vinothraj P.S.
    Película ganadora del Tiger Award del Festival de Róterdam 2021 | 📷 Jeya Parthiban, DOP.

    «Pebbles es una película que se construye horizontalmente, a ras de tierra, con personas que atraviesan el cuadro de izquierda a derecha en el sentido de su movimiento y donde la cámara, para concedernos un respiro, de vez en cuando, se desorienta y sigue a otros personajes para volver al punto de partida, como si hubiera un relevo, una entrega de un testigo invisible por el que el objetivo se torna basculante».


    El niño, receptor mudo de la violencia de su padre, espera que el tiempo, o el territorio, o ambos, hagan mella en la ofuscación del adulto y relaje la amenaza que se cierne sobre esa madre fuera de plano, aunque sea recibiendo golpes que se descuentan de los que su madre puede terminar recibiendo. Por eso intenta el boicot, retrasa su paso, obliga a desandar trece kilómetros bajo ese sol achicharrante, renuncia a ser trasladado en moto por su maestra para hacer de lastre a ese paso enérgico masculino, de caderas rítmicamente acompasadas con la idea de venganza, un paso que se retroalimenta desde el propio odio. Cuando finalmente se llega al pueblo, el tiempo parece retrasarse en su avance, como si el agua y la comida hicieran ver la realidad de otra manera y ya no urgiera esa necesidad de expresarse a través de la severidad. Hasta el ritmo de la filmación parece disminuir en sus pulsaciones; ya no hay prisa por llegar a ningún sitio ni las imágenes necesitan nervio. La cámara se recrea en el plano fijo, en la muestra de un escenario de paisajes herrumbrosos en medio de la nada, donde el agua sólo ha dejado los vestigios de su existencia pasada en forma de pequeños puentes, vaguadas, cauces secos. El agua, esa agua que ha ido a buscar la madre a un pozo excavado en la arena, evitando así el último atisbo de vehemencia que muestra el hombre cuando irrumpe en la cabaña, juega como elemento de relajación, de antídoto contra la rabia. En un mundo de hombres desocupados sólo vemos trabajar a las mujeres, el doble plano final invita al contraste, al reposo, a la tranquilidad, a la paciencia. En ese grupo de mujeres que espera tranquilamente su turno para rellenar sus vasijas cuando termine la anciana que lo está haciendo, tiene que encontrarse la madre y esposa de los viajeros. Nada nos indica quién es, todas mantienen la misma pose, la misma mirada, el mismo recipiente a llenar. Paciencia o ira, dos maneras muy diferentes de enfrentarse a las frustraciones de la vida, y que retratan un mundo dominado por lo masculino que debería aprender de la reflexión femenina en esta prometedora ópera prima del director indio.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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