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    Crítica | Del inconveniente de haber nacido


    La tecnología no nos salvará

    Crítica ★★☆☆☆ de «Del inconveniente de haber nacido», de Sandra Wollner.

    Austria, 2020. Título original: The Trouble with Being Born. Director: Sandra Wollner. Guion: Sandra Wollner, Roderick Warich. Productores: David Bohun, Lixi Frank, Andi G. Hess, Timm Kröger, Astrid Schäfer, Viktoria Stolpe. Productoras: Panama Film. Fotografía: Timm Kröger. Música: David Schweighart, Peter Kutin. Montaje: Hannes Bruun. Reparto: Jana McKinnon, Ingrid Burkhard, Dominik Warta, Lena Watson, Susanne Gschwendtner.

    Algo muy extraño sucedía en In Fabric. En el último largometraje de Peter Strickland, el director y guionista construía una atmósfera perturbadora gracias a su férreo dominio del tempo narrativo, que se caracterizaba por la precisión de los movimientos de cámara, del encuadre y de la duración del plano. Mediante el uso de dichos recursos del lenguaje audiovisual, el autor británico conseguía hacer pasar por siniestro lo que era en realidad una propuesta gozosamente disparatada. Sin embargo, tras haber construido un crescendo por momentos fascinante, a la hora de metraje Strickland optaba por dar un volantazo y resetear la propuesta. Esto no solo suponía la pérdida de todo lo alcanzado hasta entonces, sino que, además, debido a lo que se narraba después, el filme caía en un mar de contradicciones que echaban por tierra cualquier aspiración por construir una gran obra.

    En ese sentido, Del inconveniente de haber nacido es un calco de In Fabric. La cinta de Sandra Wollner, segundo largometraje de su carrera, se presentó internacionalmente en la septuagésima edición del Festival de Berlín, dentro de la sección Encounters, donde cosechó el Premio Especial del Jurado. La autora, quien coescribe el guion junto con Roderick Warich, narra la historia de Elli (Lena Watson), una androide que ha sido programada para satisfacer los deseos sexuales de un pedófilo y al mismo tiempo aliviar su soledad. Por si esto no fuera suficiente, la androide ha sido diseñada a imagen y semejanza de su hija. La narración aglutina en su primera parte un conjunto de escenas de un notable potencial audiovisual. El primer plano hace uso de técnicas de modificación de la imagen digital con las que se obtiene la estética glitch, que se podría interpretar como una suerte de nacimiento artificial, de encendido de la androide, la protagonista de un relato que toma su punto de vista. En estos momentos se alcanza el estado de perturbación gracias a un certero uso de unas imágenes que no necesitan mostrar algo perturbador para resultar desconcertantes —especial mención al zoom-in al interior de la piscina.

    Otro aspecto llamativo consiste en la representación de la pederastia. Puesto que no se puede ni se quiere someter a una niña actriz a actuar en una escena sexual, la directora debe buscar la manera de sugerir sin llegar a mostrar. Esto da lugar a unos primeros minutos, probablemente los mejores de la película, donde todo parece normal —especialmente si se desconoce el argumento— pero al mismo tiempo una atmósfera turbia cubre la narración. Poco a poco, a medida que se suceden las escenas y uno empieza a sospechar lo que está ocurriendo, resulta estimulante descubrirse a uno mismo encontrando las dobleces perversas en su interpretación y no tanto en escenas que, descontextualizadas, no generarían dicho efecto —aunque es evidente que la autora es consciente de dicha situación y juega con ella para generar tal efecto.

    The Trouble with Being Born, Sandra Wollner.
    Berinale 2020 | Encounters.

    «El resultado final es la composición de una obra descompensada, contradictoria y en última instancia entregada al golpe de efecto, que se resume en el empobrecedor paso de generar perturbación con las imágenes a hacerlo con un esquivo y elíptico guion».


    Tras una vibrante escena nocturna en unos bosques de cargado aliento a subconsciente perturbador, que recuerda a discípulos de David Lynch como Philippe Grandrieux, la propuesta se resetea. Elli se pierde y la encuentra otro hombre, que decide quedársela y regalársela a su madre, para que tenga compañía, previo borrado —parcial, como se descubrirá posteriormente— de la identidad y la memoria de la androide. Comienza una nueva situación, de propuesta similar —la androide como posibilitadora de lo imposible, ya sea ejercer la pederastia con una hija o recuperar a un hermano muerto en la adolescencia—, pero que en ningún caso alcanza el nivel de perturbación o interés de la primera parte. El mero hecho de que lo que se proponga sea menos atractivo y además sea una repetición de lo expuesto en los minutos previos ya debería ser un indicador de que esta segunda parte iba a lastrar el conjunto de la obra, pero Wollner se muestra incapaz de crear una sola imagen perdurable. Como señala con acierto Mariona Borrull, «la trama se desarticula para llegar, desde una crueldad con aires al cine de Michael Haneke, a una marisma de imágenes de impacto que se siente más efectista que efectivo». El resultado final es la composición de una obra descompensada, contradictoria y en última instancia entregada al golpe de efecto, que se resume en el empobrecedor paso de generar perturbación con las imágenes a hacerlo con un esquivo y elíptico guion.

    Cabe destacar, no obstante, el cruce de caminos que se da entre la Under the Skin de Jonathan Glazer y el último cine de Terrence Malick. La primera se localiza en la mirada de esa androide que observa con atención, sin terminar de comprender qué lleva a los humanos a comportarse como lo hacen. Mientras redundantes repeticiones en off exponen la programación de la androide —su ficticio pasado, sus artificiales motivaciones, su prediseñada razón de ser—, poco a poco la figura robótica se empapa de cierta desazón, como si fuera capaz de mimetizar los patrones de conducta y de pensamiento de quienes la rodean, como le sucedía al personaje de Scarlett Johansson en la obra de Glazer. La conexión con Malick se manifiesta en la versión gélida del insistente uso del recurso de la cámara que sigue a unos personajes que caminan por diferentes parajes, entre el no lugar de extrarradio y la frondosa naturaleza, perdidos, desorientados, como si caminar pudiera colocarlos, casi como por arte de magia, en el rumbo adecuado. Esto contrasta con las caminatas de Elli, que tiene un objetivo marcado que se propone alcanzar cueste lo que cueste. Sin embargo, aunque la androide todavía no lo sabe, su destino está abocado al fracaso: si sigues a personas perdidas, estás condenada a la perdición.


    Yago Paris |
    © Revista EAM / Madrid



    | Anexo | Entrevista a Sandra Wollner en el Festival de San Sebastián.

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