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    Crítica | Camille

    Principios artísticos

    Crítica ★★★★☆ de «Camille», de Boris Lojkine.

    Francia, 2019. Título original: Camille. Dirección: Boris Lojkine. Guion: Boris Lojkine y Bojina Panayotova. Compañías productoras: Unité de production, Centre National du Cinéma et de L'image Animée, Canal+, Procirep, Ciné+. Fotografía: Elin Kirschfink. Montaje: Xavier Sirven. Reparto: Nina Meurisse, Fiacre Bindala, Bruno Todeschini, Grégoire Colin, Augustin Legrand, Michel Zumstein y Ousnabée Zounoua. Duración: 100 minutos.

    Solo contaba con veintiséis años la fotógrafa francesa Camille Lepage cuando fue asesinada en mitad del arduo conflicto civil que, en 2014, aún asolaba la República Centroafricana —y cuyas consecuencias mantienen al país hoy asomado a un precipicio. El prometedor trabajo de la joven apenas había comenzado a despuntar, pero hoy su claridad naturalista, que algunos dirían al borde de la desvergüenza impúdica, hace de él uno de los documentos más valiosos de una atroz guerra político-religiosa cuyas implicaciones ideológicas y culturales Europa imagina a duras penas. A Boris Lojkine, que hace cinco años firmaba su ópera prima Hope (2014), no le interesa, sin embargo, urdir una radiografía de la labor fotoperiodística de Lepage; en cambio, y como la escena inicial nos deja claro, nos hallamos frente a un filme sobre el arte y su posibilidad de trascender los marcos limitadores del «oficio». La entrevista de Camille con el director editorial de una célebre publicación terminará en decepción cuando este le deje claro que a sus obras les falta un objetivo y una dirección claras. En los minutos postreros, una reflexión en off de la protagonista se erigirá en réplica a este duro cuestionamiento: con su cámara, Camille pretende recoger de manera instintiva las realidades inasibles de un lugar y de su gente y, de esta manera, entregarse a una noción de lo humano que no entiende de barreras entre su mundo —el de una chica francesa que ha gozado de toda clase de privilegios económicos y educativos— y ese África donde el tribalismo rebaja la importancia de la vida y de la muerte.

    Con un formato que remite al de las fotografías realizadas por Lepage y una vivacidad audiovisual descarnada, consecuentemente alérgica al aburguesamiento moralista de las imágenes, Camille nos habla de una millennial que ha decidido acortar con sus ejercicios creativos la distancia entre ella y el «otro»; no se hace preguntas acerca de lo que es digno o indigno de ser captado, sino que prefiere que sean las imágenes mismas las que formulen las preguntas. Así pues, en tiempos de mojigatería mediática, la película acaba articulando cuestiones a la orden del día acerca de la legitimidad de mostrar el horror sin tapujos. Camille no interroga: se desliza entre manifestantes y cadáveres, irrita a sus compañeros de profesión porque «está siempre en medio», y se ciñe a enfocar y disparar. Lojkine y la co-guionista Bojina Panayotova piensan a su Camille como una rebelde de clase, pero también una subversiva generacional, que se bate contra la afasia ideológica de sus congéneres para tratar de entender una realidad que, finalmente, encontrará más allá de su comprensión. Acaso nos hallemos ante el largometraje más lúcido acerca del abismo entre Europa y África desde Los caballeros blancos (Les chevaliers blancs, Joachim Lafosse, 2015), pues si bien el relato honra los esfuerzos de la cándida Camille, no deja de señalar asimismo su carácter naíf, que la conducirá irrevocablemente a la tragedia porque, simplemente, la voluntad no basta para aprehender las claves de un universo de códigos y parámetros ajenos a los suyos.

    Cargada de auténtica pasión por lo humano, Camille reduce a sus esencias la crisis que atestigua su inquieto objetivo: los hombres se matan entre sí, y ello es siempre condenable, una violencia exenta de justificación. Aunque no hay sombra de arrogancia en sus palabras y acciones, su arrojado humanismo es tan admirable como finalmente incompatible con la dramática situación centroafricana. Dos planos lo manifiestan con sutileza: en el primero de ellos, Camille escucha en la radio lo que está sucediendo a unas calles de donde se aloja; en el otro, el empapelado de la pared del hotel la enmarca en un paisaje que responde a una imagen esquemática, estereotipada, del África central. Como reflexionaba el brillante documental Los médicos voladores de África Oriental (Die fliegenden Ärzte von Ostafrika, Werner Herzog, 1970), la fricción que se produce entre una cultura de la mirada —que siempre presupone la capacidad transformadora de la agencia individual— y una cultura colectivista —donde las necesidades imperiosas de lo comunitario anulan la posibilidad de la expresión del «yo»—, nos llevará, una y otra vez, al fracaso en nuestras tentativas de acercarnos a lo africano en todo su complejo fragor. En ese sentido, el valor de Camille es doble: se muestra capaz de trazar los contornos de un personaje inequívocamente heroico, una artista a contracorriente —a la vez que fruto de su tiempo— y, por otro lado, dibuja los límites de un quehacer artístico honesto y valioso, pero cuyos esfuerzos difícilmente borren la frontera entre dos cosmovisiones irreconciliables. | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


    Camille, Boris Lojkine.
    Atlántida Film Fest.



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