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    Crítica | El glorioso caos de la vida

    El latido del amour fou

    Crítica ★★★☆☆ de «El glorioso caos de la vida», de Shannon Murphy.

    Australia-Estados Unidos, 2019. Título original: Babyteeth. Dirección: Shannon Murphy. Guion: Rita Kalnejais. Compañías productoras: Whitefalk Films, Create NSW, Screen Australia. Fotografía: Andrew Commis. Montaje: Steve Evans. Reparto: Eliza Scanlen, Toby Wallace, Ben Mendelsohn, Essie Davis, Andrea Demetriades y Emily Barclay. Duración: 120 minutos.

    Basta atender a la presencia en carteleras durante la última década de títulos como Ahora y siempre (Now Is Good, Ol Parker, 2012), Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, Josh Boone, 2014) o A dos metros de ti (Five Feet Apart, Justin Baldoni, 2019) para constatar la buena salud de la que goza uno de los subgéneros más apreciados del cine popular estadounidense: los romances adolescentes abocados inevitablemente a la tragedia. Sin embargo, baste comparar la recepción amable que obtuvieron las producciones mencionadas, especialmente Bajo la misma estrella —digna adaptación del best seller de John Green— con las dudas que ha sembrado El glorioso caos de la vida, debut en el ámbito del largometraje de la australiana Shannon Murphy. La principal explicación para ello la encontramos en una manifestación habitual de elitismo cinéfilo: a la película de Boone, de claras hechuras comerciales, se le perdonaban la cursilería arrebatada y la apuesta por el efectismo melodramático, mientras que los aires indie de El glorioso caos de la vida inducen a diferentes expectativas. Como si Murphy tuviera que aclimatarse a una concepción átona de lo romántico y lo trágico. Lo que ocurre, afortunadamente, es que decide tomar el sendero diametralmente opuesto.

    Así, manteniéndose fiel pero, a la vez, innovando en el registro al que se abona, El glorioso caos de la vida es una revisión de los amoríos trágicos teen inscrita en el seno de un núcleo familiar; es decir, no solo lidiamos con un filme sobre el amor y la muerte, sino a propósito de cómo estos son capaces de trastocar un hogar. «No estoy listo para ser funcional», dice Moses, el joven marginado del que se enamora Milla, y aunque Henry y Anna, los padres de la chica, pretendan erigirse en guardianes de un orden afectivo y social estable, terminará desvelándose que esa «funcionalidad» es apenas un torpe simulacro. Los ansiolíticos, los antidepresivos e incluso la morfina mantienen a raya los temores de una pareja ante la idea de perder a su hija a causa del cáncer que sufre. Aquí también El glorioso caos de la vida demuestra un talante disruptivo, optando por un sentido del humor que prefiere esa excentricidad que solo puede aflorar del espacio íntimo compartido a la comicidad habitualmente patética, lastimosa, de otros largometrajes temáticamente similares. La vitalidad adolescente, impulso existencial hacia ninguna parte, reluce ennoblecida —también estéticamente gracias un puñado de escenas que bordean el preciosismo— a la luz de una contemporaneidad que se protege de sus demonios duplicando las dosis de oxicodona.

    En el melancólico plano que culmina la narración, el cielo se funde con el mar en el horizonte y, así, la muerte se integra definitivamente en la vida. Murphy no solo esboza un tierno fresco familiar en la frontera improbable de la bufonada; consigue, además, hacer del amour fou una vía para meditar acerca de la mortalidad humana como tabú psicosocial. Lo elusiva que resulta El glorioso caos de la vida a la hora de brindarnos detalles de la enfermedad de Milla basta como declaración de intenciones y principios, aunque hay quien ha preferido leer estas elipsis —equívocamente, a nuestro parecer— a modo de gesto frívolo; en todo caso, la realizadora no persigue, en modo alguno, una aproximación realista a la vivencia del cáncer. Embriagados de arrojo sentimental, Milla y Moses brindan sentido a un relato que no es sino una oda a la belleza de la inmadurez, a la felicidad, fugaz pero sublime, de quien se ha permitido perder el control, no ya desde la despreocupación pueril, sino a partir de una vertiginosa hiperconsciencia. Vivirse y vivir a los demás con la fiera calidez de quien sabe que un día habrá de dejarlo todo atrás. La misma desesperación vitalista que permeaba una de las más conmovedoras estrofas de Agustín-García Calvo: «Ese mundo no es el mío,/ es el tuyo, el que en tus pupilas/ hundido está desde siempre/ y no lo alcanza mi vista./ A ese mundo quisiera entrar,/ antes que suene la hora/ —¡ay!— de mi vida». | ★★★☆☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


    Babyteeth, Shannon Murphy.
    Sección oficial de la Mostra de Venecia.


    Estaba en casa, pero...
    Nuestras derrotas

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