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    Crítica: Abou Leila

    Morir en el desierto

    Crítica ★★★★☆ de «Abou Leila», de Amin Sidi-Boumédiène.

    Argelia, Francia, 2019. Título original: Abou Leila. Dirección: Amin Sidi-Boumédiène. Guion: Amin Sidi-Boumédiène. Compañías productoras: Thala Films Production / In Vivo Films. Presentación oficial: Semana de la Crítica del Festival de Cannes. Distribuidora en España: Flamingo Films. Fotografía: Kaname Onoyama. Reparto: Slimane Benouari, Lyès Salem, Azouz Abdelkader, Fouad Megiraga, Meriem Medjkrane, Hocine Mokhtar, Samir El Hakim. Duración: 135 minutos.

    Un reportaje televisivo sobre el terrorismo en la Argelia de los '90 sirve de contraplano a la partida de cartas que juega el gerente de un hotel de carretera, en mitad de la noche, junto a algunos amigos. «Yo ya no veo la tele», comenta uno de ellos, indignado ante la truculencia de lo mostrado. Una fotógrafa —mujer blanca entre tuaregs— acompaña a dos aldeanos en la búsqueda, atravesando el sol y la arena, de un enigmático asesino. En mitad del arduo viaje, ella dice, más para sí misma que para sus acompañantes: «Yo vine aquí a fotografiar paisajes, no sangre». Sin embargo, acaso consciente de que el desierto nos devuelve la imagen de lo que somos, del mundo que hemos hecho, terminará capturando con su cámara un inesperado paisaje interior: el agujero que han dejado en el pecho de un hombre las fauces de un leopardo de Berberia. A punto de finalizar el metraje, S. regresa a través del ensueño a sus días como agente policial de tránsito, y entonces descubrimos el episodio que terminó por abocarlo a la locura: nunca pudo superar que uno de sus compañeros muriera tiroteado en sus propios brazos, víctima del fanático que da título al filme, Abou Leila.

    Estos tres instantes de la ópera prima del argelino Amin Sidi-Boumédiène sintetizan la inquietud central que anima las imágenes de Abou Leila, y asimismo dan cuenta de tres maneras de mirar la violencia en la contemporaneidad: desde aquellos que prefieren ignorar el reflejo mediático, gélido, de un horror que sienten lejano, hasta quienes son demasiado frágiles para asumir la brutalidad esencial del mundo. Sidi-Boumédiène apuesta por ofrecer como única solución clara a esta disyuntiva la que atañe a la representación del hecho violento, abogando por un cine que no tema plasmar el lado oscuro de los hombres, pero susceptible de superar lo meramente ilustrativo y testimonial. De ahí que la violencia aflore desenfocada, o apenas la vislumbremos, cuando tiene lugar en el espacio de lo real, y sin embargo se despliegue en toda su truculencia en los tramos oníricos de Abou Leila, que son los que permiten amplificar el significado —psicológico, incluso vivencial— de lo atroz de matar y ver morir.

    La epopeya de S. y Lofti, sin otra brújula que una pista vaga, los lleva hacia un sur —más que geográfico— desolado, inversión tan solo aparente del Argel del que provienen: territorio desesperanzado, que abraza la muerte con resignada naturalidad, si bien el Mal, presencia extraña, llegará, como la pareja, desde el norte. Ambos héroes adquieren en el relato contornos cervantinos: si el primero es un demente hipersensible que guía a su compañero tras los muy dudosos pasos de un legendario terrorista, el otro es un policía pragmático que no pestañearía si el abismo le devolviese la mirada. Este último, no obstante, parece un híbrido de los personajes de Albert Camus y de Carlos Onetti: un tipo exiliado de sí mismo que, en su pretensión de izar una bandera ética en el imperio del vacío, decide darle sentido a sus acciones fingiendo creer en la quimera de otro. No hay un hogar al que regresar para ninguno de los dos, aunque a S. el destino le depara el más cruel de los giros: comprender que la violencia forma parte de la —su— naturaleza, como alcanzará a asumir, batiéndose por su vida, en esa inconmensurable caja de resonancia del desasosiego del ser humano que es el desierto.

    Abou Leila, Amin Sidi-Boumédiène.
    Talents | DA Film Festival | La estrenará en España Flamingo Films.

    «Los paisajes exteriores fulguran en la pantalla con una belleza terrorífica, y al modo de los antihéroes de Anthony Mann, mujeres y hombres, apenas minúsculos insectos en el paraje, transitan los mudos arenales que esconden, aun cuando todo parece diáfano y a la vista, el arcano de la muerte».


    Los paisajes exteriores —más abrumadores a medida que la ficción avanza— fulguran en la pantalla con una belleza terrorífica, y al modo de los antihéroes de Anthony Mann, mujeres y hombres, apenas minúsculos insectos en el paraje, transitan los mudos arenales que esconden, aun cuando todo parece diáfano y a la vista, el arcano de la muerte. Hasta que S. y Lofti descarrilan en su travesía vacilante e insegura, los sucios cristales de su vehículo parecen acaso blindarlos de lo circundante —como se insiste en no pocos planos—. Curiosamente es S., un alma herida en permanente duermevela, quien menos teme implicarse en el entorno que los rodea. Como moviéndose entre dos planos existenciales —que se solaparán cuando, en el tercio final del largometraje, el desierto lo engulla—, revivirá de manera trágica la historia abrahámica que tanto lo marcó en su infancia —según una formulación ciega y cavernaria del Islam— tan solo para llegar a la terrible certeza de que ya no hay inocencia posible; o de que la inocencia, en el peor de los casos, puede emerger como una forma lamentable de cobardía.

    El director de fotografía Kaname Onoyama, que debuta en el cine tras colaborar con artistas musicales como Dua Lipa, Alicia Keys o Stormzy, otorga a la película un fragor que bascula entre el costumbrismo de raigambre telúrica y un perturbador sentido de lo onírico —reforzado por el elocuente montaje sonoro. Merece especial atención, por representativo de lo que es este filme, el meta-encuadre en que S., enmarcado en la ventanilla de ese coche que lo aísla de otro plano más amplio, el que abarca al mundo, se queda dormido mientras se proyectan sobre su faz las hojas mecidas por el viento. Si cabe achacarle algo a Abou Leila es que en ocasiones traicione su comprensión en clave de misterio de los ciclos de la vida y la muerte, la realidad y lo imaginado. No creemos que las abundantes explicaciones en torno a la relación entre Lofti y S., o acerca del pasado de ambos, ayuden a clarificar nada realmente significativo, y parecen muestras de inseguridad de un cineasta primerizo que teme ser coherente con esos audaces primeros compases, en los que planea sobre el conjunto una sugerente sombra conjetural. Pese a sus discutibles deslices hacia la literalidad, Abou Leila se impone como un fresco humano demoledor, por momentos en la mejor tradición del existencialismo de raíz gala. Incluso la sentenciosa conversación en off que, en los minutos postreros, parece deducir sentidos unívocos de la narración, es un llamamiento a interrogarnos acerca de nuestra mezquina complicidad, disimulada gracias al cinismo, con tenebrosos regímenes de lo real | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid



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