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    Crítica | La mafia ya no es lo que era

    Ridiculizar a la Mafia y no morir en el intento

    Crítica ★★★★☆ de «La mafia ya no es lo que era», de Franco Maresco.

    Italia, 2019. Título original: La mafia non è più quella di una volta. Dirección: Franco Maresco. Guión: Uliano Greca, Francesco Guttuso, Giuliano La Franca, Franco Maresco, Claudia Uzzo. Música: Salvatore Bonafede. Fotografía: Tommaso Lusena. Edición: Francesco Guttuso, Edoardo Morabito. Compañías productoras: Dream Film Ila Palma / Tramp Ltd / RAI Cinema / Sicilia Film Commission. 105 minutos. (Puede verse en Filmin y su festival Atlántida).

    Grotesco es lo que produce risa o burla por buscar lo ridículo, extravagante o absurdo. Ninguna palabra mejor para definir lo que Maresco se ha propuesto en su última película para desnudar su Palermo natal y la íntima conexión que siempre une a las realidades más execrables con la connivencia del silencio colectivo. Tres líneas narrativas sirven para que Maresco vaya cerrando el círculo sobre el verdadero objetivo de su obra: por un lado la celebración del 25º aniversario del asesinato de los jueces Falcone y Borsellino; por otro la presencia de la octogenaria fotógrafa Letizia Battaglia, ojo que no sólo ha dejado evidencia gráfica de las guerras mafiosas de los 80 y 90 con el clan de los Corleone dirigido por Totó Riina sembrando el terror en Italia, sino que ha elaborado un legado visual impagable de la Italia del siglo XX; y. finalmente, la esperpéntica presencia de Ciccio Mira, un improbable productor televisivo, teatral, musical, inventor del lema «Palermo es una ciudad que canta napolitanas, vota a Berlusconi y celebra a la mafia», quien coincidiendo con el aniversario de los atentados contra los dos jueces prepara un espectáculo con cantantes neomelódicos para honrar la memoria de los fallecidos. Hay farsa, hay comedia, hay ridículo en cada una de las situaciones que Maresco filma para La mafia ya no es lo que era, pero no hay que olvidar en ningún momento que la farsa no es sino consecuencia de una realidad trágica. Al escepticismo (de mierda, según Battaglia) de Maresco se une la lucidez infatigable de la fotógrafa y el cinismo de Mira, transmitiendo una imagen devastadora acerca de la complacencia muda entre la ciudad (al final llegaremos al Estado) y eso que nadie sabe qué es, pero a lo que nadie se atreve a condenar y llamar por su nombre: Mafia.

    Maresco lanza preguntas a los viandantes pero nadie responde, «¿qué piensa de Falcone y Borsallino?, ¿irá al homenaje de hoy?», o responde de mala manera. El aniversario se transforma en una fiesta juvenil, alegre y musical, olvidando la trascendencia e importancia de lo que supone. «Serios, no os riais», dice la fotógrafa a un grupo de jóvenes a los que retrata durante la celebración que desazona a Battaglia y confirma el escepticismo del cineasta, a quien se le adivinan esos mismos modos irónicos e incisivos de Moretti para desnudar la realidad de su país. Esto, que funciona como una especie de prólogo, realmente termina siendo la excusa propiciatoria para el gran hallazgo del documental. Utilizado en su anterior película, Belluscone, una storia siciliana (2014), Ciccio Mira aporta la mirada hipócrita, cobarde, huidiza, viscosa de alguien que, organizando un homenaje musical a los jueces asesinados, es incapaz de decir una sola palabra contra la Mafia durante toda la película, pareciendo más una burla a los magistrados que un homenaje real, o incluso un homenaje a la mafia. Un buscavidas, exbarbero, director de una televisión de barrio cutre y casposa como el espectáculo musical que organiza, que no tendría lugar ni en los sueños más feístas de un Fellini filmando en barrios deprimidos. Una persona a la que sigue un productor al mismo nivel de incompetencia, pero aquejado de una enfermedad mental que le lleva a comunicarse con extraterrestres, que rebrota cuando teme por su vida una vez que «alguien» le ordena cancelar el espectáculo una vez iniciado porque están «molestando a gente importante».

    ¿Cómo Maresco consigue reírse de este mundo alrededor de la mafia, satirizar a un barrio como la Zona de expansión norte de Palermo (el Z.E.N.) lleno de familias de «huéspedes del Estado», eufemismo para referirse a los presos de la mafia, y seguir vivo en el intento? Quién sabe, quizás la respuesta esté al final de la película y la condena judicial; general de carabineros incluido, en el proceso iniciado por el magistrado Ninno di Matteo (una de las personas más protegidas de Italia, cuya presencia en el documental muestra cómo las imágenes que Bellocchio utiliza para filmar la protección de Tomasso Buscetta en El traidor correspondían con la realidad) que ha demostrado la connivencia y el pacto entre la Cosa Nostra y el Gobierno de Berlusconi para poner fían al estado de terror y muerte de comienzos de los 90 a cambio de beneficios económicos y vista gorda. Pese a ese pacto de silencio entre los dos poderes, Maresco se introduce en la «bocca lupo» de Palermo con Battaglia, sabiéndose ambos señalados y amenazados. Maresco insiste, quiere encontrar una reacción civil contra la barbarie, e intenta que tanto Mira como los cantantes del espectáculo (por llamarles de alguna manera) digan «no a la mafia», algo imposible, ni tan siquiera para un pobre discapacitado, manipulado e incapaz de entonar una nota musical, que sostiene haber salido del coma gracias a la intercesión de los espíritus de Falcone y Borsellino.

    La mafia non è più quella di una volta, Franco Maresco.
    Disponible en Filmin.

    «La ironía, la burla, la chanza, el humor grotesco no abandonan en ningún momento un documento realmente impagable, una versión sórdida y con sorna que complementa la no menos interesante perspectiva de las consecuencias de la mafia que ofrece el otro documental italiano del año pasado: Selfie, de Agostino Ferrente». 


    «Repita conmigo: «No a la mafia». Vamos, es muy fácil. Dígalo. «No a la mafia». ¿Nada? Si no es capaz de pronunciar esas cuatro palabras seguidas, sepa usted que padece una extraña afasia, pero no se asuste: una amplia porción de la población siciliana sufre un bloqueo similar». Así se dirige Maresco a Mira, burlándose de él, intentando comprometerle sin éxito porque acepta esta especie de humillación sin pestañear, filmándole en blanco y negro la mayor parte de las ocasiones que aparece en pantalla contrastando con el color del resto de la película. Y ello porque la ironía, la burla, la chanza, el humor grotesco no abandonan en ningún momento un documento realmente impagable, una versión sórdida y con sorna que complementa la no menos interesante perspectiva de las consecuencias de la mafia que ofrece el otro documental italiano del año pasado: Selfie, de Agostino Ferrente. «Nessuno» es la palabra más repetida ante las preguntas de Maresco cuando Mira es interrogado por algo o por alguien, «nessuno» o el silencio incómodo que descubre la vigencia de los códigos del hampa y el temor a la represalia. Nessuno fue quien cegó al Polifemo de Ulises, lo que sirve a Mira, en otro de esos momentos estelares de la película para lanzar una teoría sobre el origen de la mafia y de la "omertá" en el héroe homérico, olvidando que Ulises era griego, y no siciliano. Mira se convierte en un personaje que respira debilidad en cada escena ante el ojo y la palabra de Maresco, con un miedo latente a equivocarse y molestar a quien no debe (el momento en que es filmado sin saberlo, o eso se dice, redactando un «manifiesto» para el concierto en el que Maresco le pide que incluya «no a la mafia» también es grandioso), alguien incapaz de pronunciar correctamente «Ingmar Bergman» pero que pretende pasar por intelectual. Todo lo filmado permite al director continuar percutiendo en la risa como elemento de defensa y ataque ante una sociedad podrida | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid




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