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    Crítica: Atlantis

    La culpa siempre es de Rusia

    Crítica ★★★☆☆ de «Atlantis», de Valentyn Vasyanovych.

    Ucrania, 2019. Título original: Атлантида. Dirección: Valentyn Vasyanovych. Guion: Valentyn Vasyanovych. Producción: Garmata Film Studios (Valentyn Vasyanovych, Iya Myslytska), Limelite (Vladimir Yatsenko). Intérpretes: Andriy Rymaruk, Liudmyla Bileka, Vasyl Antoniak. Fotografía: Valentyn Vasyanovych. Montaje: Valentyn Vasyanovych. Diseño de producción: Vlad Odudenko. Sonido: Sergiy Stepanskiy. Presentación en la sección Horizontes del Festival de Venecia de 2019 (Premio a la mejor película). Duración: 106 minutos.

    Del poco cine ucranio al que se tiene acceso parecen surgir dos constantes, y ambas muy evidentes. La primera la de una sociedad traumatizada y embrutecida, hiperviolenta y hasta deshumanizada. La segunda es que ese sentimiento nacional tiene un culpable único, la extinta URSS y ahora Rusia. Toda categorización absoluta lleva a un error absoluto. Es posible que para el consumo interno esta justificación funcione y refuerce su sentimiento nacionalista, pero para el espectador un tanto ajeno a la realidad de esa zona conflictiva del planeta puede parecer un reduccionismo demasiado simple. Basta repasar la historia revolucionaria en la creación de la URSS (el cine de Dovzhenko sería un exponente), y el papel de Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial para entender, no justificar, los recelos leninistas y estalinistas hacia esa parte de su país. Es decir, presentarse como víctima inocente sin hacer un reconocimiento de los propios errores no parece una manera interesante de abordar un problema, y trasladado al cine no es más que el ofrecimiento de una visión reduccionista de la realidad. La cabeza de lanza de este exorcismo autojustificativo la ostenta Loznitsa, cuyas ficciones y documentales inciden, podría decirse que de manera machacona una y otra vez, en esa visión unidireccional, alentada, qué duda cabe, por el afán expansionista de Rusia y sus injerencias en Crimea. Vasyonovych, director de fotografía de la deshumanizada The tribe, utiliza los mismos recursos estilísticos que ésta para dibujar un futuro distópico pero nada alejado de Ucrania después de una guerra abierta con Rusia, es decir, nuevamente Ucrania como víctima de un enemigo exterior sin autocrítica.

    Ucrania, 2025 es la fecha de inicio. En ese momento, un país arrasado, sin sol, con lluvia, nevando o con el cielo cubierto de nubes grises, que intenta retomar una normalidad imposible mediante la reactivación de su industria, el desminado de amplias zonas del país y la recuperación de los cuerpos de soldados combatientes enterrados en fosas comunes después de haber sido ejecutados por las tropas rusas. Utilizando fundamentalmente largos planos fijos en los que apenas hay movimiento de cámara, y en los que los diálogos son breves y cortantes entre las personas que aparecen, Vasyanovych va dibujando el futuro que espera a ese pais y las dolorosas heridas abiertas por la guerra. La primera escena de la película es sintomática: dos personas vestidas paramilitarmente colocan unas siluetas metálicas en lo que parece una mina al aire libre abandonada o una escombrera. Sucesivamente se retan a disparar variando aleatoriamente el objetivo de sus armas automáticas y dificultándose uno al otro la tarea hasta que la excitación les lleva a dispararse uno al otro. Por algo van provistos de chaleco antibalas, su agresividad y frustración interna les hace saber que no son capaces de dominar el impulso una vez empuñada la arma de guerra. Hasta ese momento no sabemos si son resistentes de una guerra acabada pero con el país ocupado, si son policías o miembros del ejército ucranio haciendo ejercicios, pero sí advertimos ya ese latente estado de guerra que no se ha olvidado.

    Атлантида, Valentyn Vasyanovych.
    Ganadora de Orizzonti de la Mostra de Venecia.

    «El tratamiento formal es rígido, esquemático porque se suceden situaciones filmadas de manera detallista pero a ritmo lento de manera reiterada y en las que el paseo por el horror y el recuerdo es permanente. Es precisamente en ese repaso desde lo que era su vida, su casa, su familia muerta, sus relaciones, a lo que ahora se ha convertido en donde el director encuentra ese camino de reconstrucción que necesariamente pasa por el reencuentro con el amor como equivalente a esperanza».


    Terminará resultando que ambos son antiguos combatientes del ejército que han sobrevivido a la destrucción, pero sólo lo han hecho físicamente, porque anímicamente están derrotados. El silencio, el frío, la humedad, la soledad convierten a estos dos personajes, que pronto será uno tras una sobrecogedora escena de inmolación, en meros zombis sin expectativas. Sergiy procura encontrar un objetivo entre tanto desastre, Iván ha arrojado la toalla y ya no es capaz ni de hacer una soldadura correcta en su trabajo. Ese ambiente que circunda la vida diaria de las personas une Atlantis con aquella corriente crítica que hace un par de años se cansó del llamado «cine de la deshumanización», una colección anual de películas, normalmente amparadas y alentadas desde el Festival de Cannes, que parecían competir en mostrar cuanto peor comportamiento humano mejor, una deriva nihilista sin redención posible. Vasyanovych intenta huir de esa etiqueta haciendo evolucionar a su personaje hacia un positivismo humanista difícil de valorar ante los silencios constantes, su soledad permanente y sus viajes a zonas recientemente desmilitarizadas o donde se está recogiendo restos humanos. Paradójicamente la salida que el director ofrece a su personaje es la del voluntariado, un voluntariado que tiene voz y cuerpo de mujer. Una vez que Vasyanovych deja solo a su personaje central y éste continúa con su trabajo diario de transportista de agua potable al ejército en sus labores de reconstrucción, un encuentro fortuito con una furgoneta estropeada en mitad de la nada le abre el camino para sentirse útil, su reconstrucción pasa de servir a los vivos a servir a los muertos enrolándose en los «tulipanes negros», una asociación de memoria histórica que recupera los restos de los muertos en la guerra.

    El tratamiento formal es rígido, esquemático porque se suceden situaciones filmadas de manera detallista pero a ritmo lento de manera reiterada y en las que el paseo por el horror y el recuerdo es permanente. Es precisamente en ese repaso desde lo que era su vida, su casa, su familia muerta, sus relaciones, a lo que ahora se ha convertido en donde el director encuentra ese camino de reconstrucción que necesariamente pasa por el reencuentro con el amor como equivalente a esperanza. El principal problema quizás, sea esa falta de mesura a la hora de recrearse en cada plano, de reiterar algo que se hace evidente desde que Sergiy y Katya se conocen de manera ocasional y empiezan a colaborar juntos en el traslado de los cuerpos a los equipos forenses o a los lugares de enterramiento. El calor vuelve a la vida del exsoldado, aunque sea de manera tan rústica como visualmente impactante, llenar de agua la pala abandonada de una excavadora y prender fuego debajo de ella para improvisar un baño caliente en medio de la desolación personal, familiar y nacional. Todo ha sido arrasado por la guerra, de todo tiene culpa Rusia, incluido el desastre ecológico provocado por el armamento lanzado y por el envenenamiento deliberado de las aguas. Todo indica que hay que abandonar Ucrania para no morir en poco tiempo, pero al final, cualquier reconstrucción necesita de la propia, y para ello hay que empezar a amar, aunque sea a oscuras o con imágenes estroboscópicas. «Hay un futuro» es lo que vende Vasyanovych, aunque sea tan triste como el que vemos durante toda la película | ★★★☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid



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