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    Crítica: Una vez más

    Lo que dejamos al marchar

    Crítica ★★★☆☆ de «Una vez más», de Guillermo Rojas.

    España, 2019. Título original: Una vez más. Dirección: Guillermo Rojas. Guion: Guillermo Rojas. Música: Pablo Cervantes. Fotografía: Jesús Perujo. Reparto: Silvia Acosta, Jacinto Bobo, Teresa Arbolí, Julia Rodríguez, Celia Vioque, Beatriz Arjona, Cristina Domínguez. Productora: Summer Films / Canal Sur Televisión / Sarao Films. Duración: 112 min.

    Como ya hemos visto en otras películas del D'A Film Festival, la nostalgia es uno de los sentimientos preferidos de los cineastas independientes de nuestro país, sobre todo para aquellos que ya han dejado atrás la veintena. Formados durante una de las etapas más complicadas para el sector laboral español, el celuloide patrio no ceja en su empeño de capturar esa famosa precariedad que les persiguió durante varios años, que cambió sus vidas para siempre y que parece seguir esperándoles a la vuelta de cada esquina. En Una vez más, Guillermo Rojas hace su debut como director para narrar una historia que no por conocida pierde un ápice de realidad. Reconociendo sin complejos la innegable influencia tanto de las películas de Woody Allen como de la trilogía Before…, el realizador cordobés hace de Sevilla su Manhattan particular. Huyendo del tópico andaluz, Rojas se esfuerza en enseñar una ciudad alegre pero tranquila, un lugar que permite el espacio necesario para la introspección y el recogimiento, idóneo para las reflexiones que protagonizarán el filme. Este cuenta la historia de Abril, una treintañera afincada en Londres que vuelve a casa por unos días para asistir al funeral de su abuela. El retorno despertará en ella muchas emociones, casi todas ellas ligadas a su reencuentro con Daniel, el novio que dejó en España cuando se marchó a otro país en busca de un futuro mejor.

    Siguiendo los pasos de Linklater, Una vez más transcurre prácticamente en un único día, y, como en la trilogía del cineasta texano, toma como protagonistas a dos personas enamoradas que, por distintas circunstancias, han visto cómo sus sentimientos no les han llevado a la situación en la que ambos desearían estar. Sin embargo, un elemento novedoso en la producción española respecto del magnum opus de Linklater radica en que, a diferencia de Jesse y Céline, Abril no viaja a un lugar desconocido, sino a la ciudad que la vio crecer. Daniel, por su parte, no se ha movido de allí. Por este motivo, el rol que desempeña la ciudad de Sevilla no es únicamente el de un bonito decorado, sino que establece un inteligente paralelismo con el proceso de reconocimiento –ante el otro y ante sí mismos– que experimentan los dos protagonistas. Como no podría ser de otra manera, la cinta depende especialmente de su guion y de sus interpretaciones, y en ambos casos está a la altura. En primer lugar, el libreto de Rojas consigue enhebrar conversaciones inteligentes e interesantes, a pesar de caer a veces en una excesiva afectación sentimental. Aun así, los diálogos no serían tan efectivos sin el destacable desempeño de los dos actores principales. Por un lado, Silvia Acosta consigue transmitir preocupación sin histeria, una actuación contenida y muy lograda. Jacinto Bobo, por otro, consigue aportar carisma y confianza a su personaje. Pero el verdadero mérito aparece cuando comparten plano: al interactuar, ambos transmiten una naturalidad magnética y exhiben una complicidad sorprendente, convirtiendo a la cámara en un verdadero testigo invisible de lo que ocurre en pantalla. En relación con este aspecto, es necesario destacar el auténtico acierto que supone mantener el acento andaluz de los actores y alejarlo del encasillamiento cómico que sufre en el audiovisual nacional, quebrando estereotipos.

    Una vez más, Guillermo Rojas.
    Especials | DA Film Festival.



    «Ethan Hawke afirmaba que Richard Linklater le había demostrado que no era necesario recurrir a grandes artificios para crear una historia interesante: dos personas –y sus dilemas, y sus psicologías, y sus remordimientos…– son más que suficientes. Una vez más, con sus defectos, es una prueba de ello».


    En cuanto a su propuesta audiovisual, la película demuestra desenvolverse bien con una imagen naturalista sin llegar a inmiscuirse en el documental. Sin asumir riesgos innecesarios ni pretender lucirse con alardes técnicos, cumple su función con holgura. Al contrario que algunas compañeras de cartel en el D'A, el filme de Rojas no busca empezar un debate sobre la forma cinematográfica ni sobre la hibridación de sus géneros. En este sentido, la sencillez es su principal virtud, representando una historia canónica con introducción, nudo y desenlace. La fotografía de la cinta, acorde con la tesis que esta plantea, apuesta por la predominancia de luz natural, conduciendo el relato con delicadeza mientras permite disfrutar de los magníficos ambientes en los que se ubican las acciones. Respecto al montaje, la cinta acusa cierta falta de ritmo en algunos tramos, con una repetición innecesaria de temas y situaciones –sobre todo musicales. Ante la posibilidad de sugerir, el director opta por hacer explícitas mediante el diálogo algunas cuestiones fundamentales, cosa que aporta volumen y dimensiones a sus tesis, pero que también termina privando de cierta polisemia a su narrativa. En una entrevista reciente, Ethan Hawke afirmaba que Richard Linklater le había demostrado que no era necesario recurrir a grandes artificios para crear una historia interesante: dos personas –y sus dilemas, y sus psicologías, y sus remordimientos…– son más que suficientes. Una vez más, con sus defectos, es una prueba de ello | ★★★☆☆


    Juan Montón Velasco |
    © Revista EAM / Madrid


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