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    Crítica: All These Sleepless Nights

    La realidad supera a la ficción (y viceversa)

    Crítica ★★★☆☆ de «All These Sleepless Nighs», de Michal Marczak.

    Polonia, 2016. Título original: Wszystkie nieprzespane noce. Dirección: Michal Marczak. Guion: Michal Marczak. Música: Lubomir Grzelak. Fotografía: Michal Marczak, Maciej Twardowski. Reparto: Krzysztof Baginski, Michal Huszcza, Eva Lebuef, Natalia Atmanska, Anastazja Bernard, Anna Bilenska, Michal Brzozowski, Cezary Ciszewski, Wiktoria Frydrych, Paulina Hanzel, Dominika Jendrasik, Julia Karasinska, Kaja Kukula, Mateusz Kuwal, Mikolaj Maluchnik, Maja Murzyn. Duración: 100 min.

    Siempre es estimulante encontrar películas que retan al espectador desde el principio, dispuestas a forzar sus límites hasta las últimas consecuencias. En All These Sleepless Nights, Michal Marczak combina documental y ficción en pos de un relato más real que la propia realidad, una historia auténtica puesta bajo la lupa aumentadora de las ficciones. En un año sin especificar —asumimos que de esta última década—, Krzystztof y Michal, dos estudiantes de arte, comparten un pequeño piso en Varsovia. Los dos amigos llevan una vida de universitarios comunes. Sus fines de semana se resumen en borracheras interminables y farras antológicas. Hasta aquí no hay ficción alguna: el Krzystztof de la cinta es el Krzystztof de la vida real, y su relación con Eva Lebuef es tan auténtica como la que esta tuvo con su amigo, tal y como se especifica en el filme. Entonces, ¿dónde está la trampa? Como ha reconocido el propio Marczak, sus imágenes son testimonios directos de sucesos que ocurrieron a sus protagonistas, si bien algunas situaciones fueron orquestadas por el propio director para conseguir un mayor impacto emocional. Un buen ejemplo se ve en la escena en que Eva y Krzystztof se conocen. Aunque, a priori, este encuentro parece casual, Marczak reconoció que él mismo lo forzó, ya que estaba convencido de que ambos se enamorarían. El director también ha admitido haber recreado otras situaciones —como los bailes de Krzystztof—, por lo que la barrera entre realidad y ficción se hace cada vez más difusa.

    A pesar de esto, los problemas a los que se enfrentan los protagonistas no están ficcionados. Entre tanta fiesta, tanto Krzystztof como Michal encaran sus primeras crisis de identidad, ansiosos por encontrar tanto su propósito en la vida como a la persona adecuada para compartirlo. Un sentimiento de anomie característico de la juventud, y que ha servido como fuente inagotable de inspiración para innumerables movimientos artísticos contemporáneos, ya sean los beatniks, la nouvelle vague o el grunge. De Godard y compañía parece tomar Marczak sus principales referencias estilísticas, sumándoles, acaso, un toque del Malick más reciente. Siguiendo la máxima de los franceses de que el raccord no es más que un estorbo para la creatividad, el realizador polaco opta por romper todas las normas posibles, reforzando con ello la sensación de documental. La cámara, hiperactiva, es tan sonámbula a quienes persigue, y durante los 100 minutos de metraje descubrimos incontables homenajes —intencionados o no— a los enfants terribles del París de los cincuenta. El primero de estos guiños radica en su forma. Al montaje discontinuo y rupturista se unen otros rasgos como el absoluto desprecio por la linealidad temporal —empezar un documental in medias res para después destrozar el tiempo es, cuanto menos, reseñable—, la iluminación imperfecta o, en definitiva, ese gusto por la apariencia descuidada y casual. La imagen rota, ruidosa, granulada, nos traslada a una época muy distinta de la que se captura en el filme, combinándola además con elementos casi anacrónicos —escuchar Colores en el viento en polaco es toda una experiencia intercultural—. En una época en la que la correcta factura audiovisual suele anteponerse al resto de los valores de una producción, este «autosabotaje» supone un quiebre a la normativa. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que la imagen esté descuidada, y de hecho la película está plagada de planos destacables. Simplemente, su capacidad evocadora va más allá de su fotografía y se sirve de otros recursos —sonidos, música o cortes de montaje— para generar, más que emociones aisladas, una auténtica experiencia.

    Wszystkie nieprzespane noce, Michal Marczak.
    Presentada en los festivales de Sundance y Karlovy Vary.

    «A pesar de la monotonía de las tramas o del existencialismo simplista que rige las acciones de los protagonistas, se aprecian sensaciones verdaderas. En su intento por invocar una hiperrealidad, el director quizá peque de ambicioso, pero gracias a ello consigue que, sin alcanzar la meta deseada, su película sea algo diferente».


    Sin embargo, lo que más sorprende son las similitudes entre la trama del filme y las grandes obras de la nouvelle vague, no tanto por temática como por los pequeños detalles que le dan vida. El eterno cigarrillo, los romances extranjeros, el rebelde autodestructivo, la traición de la amistad por el amor… La vida de estos universitarios polacos no difiere mucho de las tramas de Al final de la escapada o de, sobre todo, Jules y Jim. Resulta muy revelador que las preocupaciones de estos personajes, totalmente ficticios, coincidan tanto con la de los jóvenes protagonistas de All These Sleepless Nights, aunque casi medio siglo les separe. Al que se sienta comprensiblemente tentado de acusar cierto exceso melodrama—o incluso cierta repetición—, que recuerde que casi todo lo contado es real. En otras palabras, que la vida puede ser igual o más melodramática que la ficción, y no existe ninguna norma que la obligue a ser más original. El riesgo experimental de Marczak se justifica con el resultado final. La honestidad del filme vence a las posibles dudas que pueda generar tanto en su estética como en su desarrollo narrativo. A pesar de la monotonía de las tramas o del existencialismo simplista que rige las acciones de los protagonistas, se aprecian sensaciones verdaderas. En su intento por invocar una hiperrealidad, el director quizá peque de ambicioso, pero gracias a ello consigue que, sin alcanzar la meta deseada, su película sea algo diferente. Y es que su naturaleza se acerca más a lo asociativo que a lo meramente causal. Las acciones pueden no ser verídicas, pero las emociones lo son sin duda | ★★★☆☆


    Juan Montón Velasco |
    © Revista EAM / Madrid


    Festival de Cine Alemán

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