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    Crítica | Una razón brillante

    Oratoria de extrarradio

    Crítica ★★★ de Una razón brillante (Yvan Attal, Francia, 2017).

    La interesante Una razón brillante (Le brio, 2017) aborda con mirada singular algunos de los lugares comunes del cine educacional enfrentándose con acierto a las cuitas sociales y discursos reflexivos enfocados principalmente a generar debates e incomodar conciencias. El carácter popular de la película, así como los efectos cómicos, sacan a relucir las profusas dotes del cine comercial galo para enhebrar obras sumamente elaboradas. El actor y realizador Yvan Attal avanza en pos de sus actores y ejecuta su estilo encadenando sostenes emocionales que buscan de inmediato conectar con el espectador. Neila Salah (sobresaliente Camélia Jordana) es una estudiante de derecho árabe que vive en el extrarradio parisino. El primer día de clase tiene un enfrentamiento con Pierre Mazard (Daniel Auteuil), un veterano profesor con tendencias racistas. El choque entre ambos activa la eterna lucha de clases y la difícil integración de los más desfavorecidos en la alta cultura francesa. Un concurso nacional de retórica les obligará a entenderse por circunstancias forzosas y desarrollar las particulares decisiones fílmicas de Attal por un cine de concienciación no exento de ironía y crítica hacia una Francia actual en insondable crisis de identidad. Podríamos percibir Una razón brillante como una reconversión europea de los arquetipos hollywoodenses de la comedia clásica norteamericana, reunidos en el gran pulso de sexos de los dos protagonistas principales. También porque lleva hasta la extenuación los tropos artísticos del profesor con su alumna en una habilidosa reinterpretación del mito de Pigmalión y Galatea para la cual el director exhibe un talante sentimental como objeto central del relato. Bajo estas pesquisas no es difícil albergar un trabajo eficaz tras la cámara aunque la cinta mantenga en todo momento una cierta e inevitable linealidad, evitando sobresaltos innecesarios. Es una lástima que Attal abrace el consenso (al fin y al cabo, estamos viendo un producto de claras hechuras comerciales), y no de un pequeño salto en el deseo de rasgar la superficie narrativa del filme queriendo con ello ahondar en pasajes más oscuros.

    Pygmalion (Anthony Asquith, Leslie Howard, 1938), primera de las dos famosas versiones cinematográficas de la obra teatral de George Bernard Shaw (el musical My Fair Lady sería la otra), se perfila como modelo embrionario de Una razón brillante; sin embargo las decisiones de puesta en escena difieren notablemente. En Pygmalion (1938) la comparación entre dos escenas manifiesta la condición de los personajes con detalles muy concisos de forma. Al principio de la película el profesor Higgins (Leslie Howard), experto en fonética, tiene un encuentro con Elisa (Wendy Hiller), una vendedora de flores. La presentación de los personajes difiere en cuanto al ángulo y la colocación frente a la cámara. Mientras Higgins permanece de pie erguido en el plano Elisa lo hará cabizbaja agachada sobre una columna. La escena subraya la figura del profesor elevada por encima de la figura de la florista para entablar una analogía acerca de las clases sociales y de la cultura. Mucho más adelante, ya en el último tercio de la cinta, volveremos a reparar en una construcción similar. Elisa discute con Higgins pero el objeto principal del foco sigue siendo la figura dominante del profesor mostrada en una posición ventajosa. El ángulo de la cámara adopta diversas alteraciones de encuadre en el devenir de la conversación. La realización basada en el recurso del plano contra plano utiliza distintas perspectivas para enfocar el rostro de la mujer o del hombre. Observamos a Higgins en primeros planos ligeramente contrapicados que resaltan su opresión, dominación. En el lado contrario los planos cercanos de Elisa obedecen a un tenue picado evidenciando el carácter sometido de la muchacha. La comparativa queda completamente quebrada en el instante que la chica se crece en la discusión y notamos un cambio muy significativo en la praxis escénica. Entonces la figura de la mujer se abalanza hacia el profesor y en un imperceptible raccord de continuidad veremos a Higgins empequeñecido, tumbado sobre un sillón, en una postura de derrota mientras la mujer de pie erguida sobrevuela el encuadre desde lo vertical como una escultura poderosa ante la mirada rendida de su creador. “Solo tenía que levantar un dedo para ser tan fuerte como usted”, la frase surte paralela al efecto del plano mostrando el empoderamiento de la florista y la cinta se erige como ejemplo ideal de la orientación de la cámara en favor de su discurso de poder. Las diferencias principales al trasladar este discurso a un lugar contemporáneo residen en la dureza del entorno quedando Niela no solo de Galatea frente a las enseñanzas de Pierre sino invirtiendo los papeles en la activa batalla de la protagonista mucho más firme ante la mirada superior de su profesor. La Neila de Una razón brillante optará por manifestar una entereza que quedaba lejos de aquella florista de Pygmalión causada por un afán académico de superación que la haga destacar en un sistema inflexible con los de su clase. La llegada de Neila por primera vez a la facultad de derecho nos muestra una arquitectura grandiosa, que amenaza y desafía desde la entrada, pero su determinación y carácter le impiden encogerse.

    «Son de celebrar historias como esta, que rehúyen del populismo sin avergonzarse de su legitima compilación popular. Una razón brillante favorece el disfrute intelectual del eterno retorno del mito de Pigmalión y asoma con esperanza en las cicatrices de una sociedad de clases realmente contaminada».


    Ahora bien, la forma personal de Una razón brillante a la hora de planificar el discurso de clase de sus dos intérpretes principales recurre en su mayoría a arreglos textuales o a una visualización modesta que filma por separado los entornos de Neila y Pierre para adecuarlos y prepararlos al discreto punto de vista de la cámara. El filme contiene ostensibles ejemplos de imágenes telescópicas en el seguimiento diario de Neila, secuencias que describen la rutina de la joven en el metro, o en el transporte público. Es ahí donde aspiramos a un lenguaje social en la forja de una mujer que habita su propio empoderamiento, circunscrita en las distancias de un mundo microscópico en el que lo público, lo mundano y cotidiano se acercan con el movimiento. Las escenas en donde Pierre y Neila concurren en el mismo espacio público, bien sea el tren o en un mismo Uber, registran el marco en torno a la igualdad y paridad de la cinta. Por otra parte, la esquemática vida diaria de Pierre se plasma en la vida académica, en las cenas con vino en el restaurante cercano a su casa, o en los detalles de sus relaciones personales (una madre con la que no tiene contacto). La elección de Attal en el modo de vehicular la existencia de ambos personajes radica por tanto en lo cotidiano. Juntos perfilan un espacio focalizado al trasluz de sus vidas personales entablando una relación de fuerte relieve emocional. Por ello quizás pasen desapercibidas las transparentes decisiones formales del director, medidas y coherentes con el bautismo de su alegato. El rostro de Neila brilla en los planos como luz etérea y fresca alrededor de la decrépita existencia del profesor, un Pierre al que paulatinamente acaba sobrecogiendo y desestabilizando. Esos planos desempeñan y articulan las imágenes más emocionantes de la película, un eje o núcleo que no deja abandonarse a Neila excepto cuando es víctima del desengaño y Attal desplaza su rostro moviéndolo hacia márgenes más recónditos del encuadre. En suma, una serie de lances que hacen del filme una experiencia psicológica apasionante y equilibrada. Son de celebrar historias como esta, que rehúyen del populismo sin avergonzarse de su legitima compilación popular. Una razón brillante favorece el disfrute intelectual del eterno retorno del mito de Pigmalión y asoma con esperanza en las cicatrices de una sociedad de clases realmente contaminada. Muy recomendable. | ★★★ |


    David Tejero Nogales
    © Revista EAM / Badajoz


    Ficha técnica
    Francia, 2017. Título original: «Le brio». Dirección: Yvan Attal. Guion: Victor Saint Macary, Yaël Langmann, Yvan Attal, Noé Debré, Bryan Marciano. Compañía productora: Chapter 2 / France 2 Cinema / Moonshaker / Nexus Factory / Pathé Productions Ltd / Umedia. Montaje: Célia Lafitedupont. Música: Michael Brook. Fotografía: Rémy Chevrin. Reparto: Daniel Auteuil, Camélia Jordana, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Romain Gary, Yvonne Gradelet, Yasin Houicha, Nozha Khouadra, Jean-Baptiste Lafarge, Louise Loeb, Claude Lévi-Strauss, François Mitterrand, Yves Mourousi, Nicolas Vaude. Duración: 95 minutos.


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