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    Yvan Attal
    Yvan Attal
    || Críticas | ★★★☆☆ |
    Jugando con fuego
    Yvan Attal
    El zoom como medida del talento


    Yago Paris
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia. 2023. Título original: Un coup de dés. Director: Yvan Attal. Guion: Yaël Langmann, Yvan Attal. Productores: Yvan Attal, Emilien Bignon, Christine De Jekel, Olivier Delbosc. Productoras: Curiosa Films, Films Sous Influence, SND Films, France 2 Cinema, UMédia. Fotografía: Rémy Chevrin. Música: Dan Levy. Montaje: Albertine Lastera. Reparto: Yvan Attal, Maïwenn, Guillaume Canet, Marie-Josée Croze, Alma Jodorowsky, Victor Belmondo.

    El zoom es un recurso estilístico que siempre me ha generado sentimientos encontrados. Sus características fenomenológicas lo colocan en la cuerda floja: se trata de una herramienta que genera una impresión visual tan intensa, que resulta sencillo que su utilización desentone con el resto de recursos del filme. El zoom parece marcar su propio ritmo narrativo y estético, por lo que casi se podría argumentar que son el resto de recursos los que se tienen que adaptar a este. De lo contrario, resulta sencillo que la introducción de un zoom en una escena resulte ridículo, desfasado, excesívamente enfático, etc.; en resumidas cuentas, un derrape en la narración. Quizás es por ello por lo que me llama tanto la atención cuando este encaja con el engranaje del filme, aportando toda su intensidad a favor de las aspiraciones de la narración.

    Quizás por la generación a la que pertenezco, en estos casos en mi mente siempre aparece el ejemplo de It Follows (David Robert Mitchell, 2014), uno de los ejercicios narrativos más apabullantes que recuerdo haber visto. Dentro de este filme, que a su vez era abiertamente heredero de las virtudes de John Carpenter en general, y de su La noche de Halloween (Halloween, 1978) en particular, existe un uso extraordinario del zoom. Si la película se construye en buena medida como un plano subjetivo acechante que parece representar una suerte de realidad adulta que asola la frágil inocencia de la adolescencia, aparecen momentos donde la introducción final en dicho plano subjetivo de un zoom termina de redondear la sensación de opresión y angustia. En aquel caso se trata de un auténtico ejercicio de estilo, que a su vez es capaz de empapar sus imágenes de ideas, consiguiendo que el recurso formal sea discurso subtextual en sí mismo. En aquel caso quizás estamos ante una de las mejores películas de lo que llevamos del siglo XXI. No se puede apuntar tan alto a la hora de aproximarse a Jugando con fuego (Un coup de dés, Yvan Attal, 2023), pero el espíritu es similar.

    El nuevo trabajo en la dirección del también actor –y aquí, protagonista– Yvan Attal es un thriller que aspira a jugar en las grandes ligas del género entendido como ampulosa forma; no resulta descabellado imaginar al cineasta pensando en tótems como Alfred Hitchcock o Brian de Palma a la hora de armar su película. La historia es sencilla, por no decir que mediocre, y esta circunstancia parece ser lo de menos: Mathieu (Yvan Attal) lleva toda la vida siendo la sombra de su mejor amigo, Vincent (Guillaume Canet), un hombre más atractivo, más carismático y con mayor capacidad de liderazgo, al que además le debe la vida, literalmente –en el pasado, Vincent salvó las vidas de Mathieu y de su familia de un asalto a mano armada–. Al mismo tiempo, su matrimonio es la versión asentada –también se podría argumentar que aburrida– del de su colega y socio laboral. Todo gira en torno a querer verse reflejado en Vincent, lo que lo lleva a tomar decisiones arriesgadas que acaban complicando su vida, tanto a nivel individual como desde la perspectiva del matrimonio. En ese sentido, la película no podría estar más anclada a los convencionalismos del thriller.

    Partir de historias simples (¿simplonas?) suele ser la manera en que grandes autores del cine entendido como lenguaje y puesta en escena encuentran espacio para desarrollar su desbordante creatividad visual. El cine de género cuenta con convenciones que, en mayor o menor medida, el espectador conoce. Al mismo tiempo, la evidencia de tantas buenas películas previas respalda por qué dichas convenciones son narrativamente exitosas. Como consecuencia, seguirlas supone un colchón de seguridad, que permite no tener que prestarle excesiva atención y recursos estilísticos a dejar claro lo que se cuenta en la trama. Como consecuencia, es habitual que el espectador pueda anticiparse al siguiente giro de la historia, pues el interés pasa a no estar tanto en qué sucederá, sino cómo nos lo contarán. Y esa parece ser la aproximación al relato que propone Attal, también en funciones de coguionista junto con Yaël Langmann, quienes adaptan muy libremente Ball-Trap, una obra de Eric Assous. La dupla de escritores comienza el relato prácticamente por el final, lo que permite desarrollarlo a modo de flashback, y por tanto dejando claro desde el primer momento el berenjenal en el que se ha metido el protagonista, algo que acaba con buena parte del misterio desde el inicio.

    Sin embargo, y ahí está el gran acierto de sus creadores, el relato no pierde interés, pues saber o poder predecir de antemano lo que ocurrirá no resta, sino que suma a las verdaderas intenciones subtextuales del filme. En ese sentido, se podría argumentar que la cinta requiere de la participación activa del público, y de su necesidad de anticipar, para completar el discurso de la misma. La intención de convertir el relato en lo más convencional posible va cobrando sentido a medida que avanza el metraje. Esto permite que también se entiendan mejor los motivos que han llevado a los creadores a construir un protagonista tan insulso, un ser gris y carente de personalidad, que transmite la impresión de avanzar por la vida sin que parezca tener demasiada influencia sobre esta. La idea de los caminos marcados, ya sea por los convencionalismos sociales, o ya sea por una idea de destino, se convierte poco a poco en el verdadero eje vertebrador del relato. La primera mitad de sus apenas 85 minutos de metraje parecen dispersos, pero cuando sucede la primera gran ruptura de lo cotidiano comienza a desencadenarse una serie de acontecimientos que permite armar el puzle mental y desvelar las verdaderas intenciones de la narración, que consisten en eliminar la capacidad de acción del protagonista y colocarlo a merced de su entorno, tanto cuando este le beneficia como cuando le perjudica.

    Estos convencionalismos genéricos, utilizados a favor del filme, no solo permiten convertir la narración en una especie de ejercicio metarreflexivo sobre la vida como una sucesión de acciones más o menos armadas para construir una narración, donde el azar, la coincidencia y el destino marcado se reparten las cartas del juego, sino que también permiten liberar al director en sus funciones de constructor de imágenes. El resultado, en las manos hábiles de Attal, es un filme también convencional en el plano visual, pero en este caso se trata de una falsa impresión. La aparente sencillez con que crea cada uno de los planos en realidad está atravesada por una noción clara de las pulsiones básicas del thriller –el desconcierto, la intriga y el miedo–. Al mismo tiempo, el realizador parece plenamente consciente de sus limitaciones, no yendo más allá de lo que sus capacidades le permiten. De esta manera, la construcción de las escenas es todo lo virtuosa que pueden ser, sin caer en el exceso. En otras palabras, Attal no derrapa a la hora de narrar.

    La narración se compone de pequeños fragmentos, escenas sueltas, con constantes elipsis, que se limitan a narrar eventos concretos. Como consecuencia, muchas de las escenas se componen de una única acción, o de apenas un par, y lo mismo sucede con el número de planos. Si una escena se puede resolver con un único plano, donde se narra una única acción, así ocurre. Como consecuencia, la cámara, algo temblorosa y muy móvil, explora el espacio o sigue a sus personajes por el mismo desde la distancia, en función de cuál sea la intención de cada momento. Al mismo tiempo, la reducción al mínimo del montaje dentro de una escena es el reflejo de la claridad de Attal en el uso de la puesta en escena. El resultado más habitual suele ser el uso del movimiento de cámara como herramienta para transmitir ideas al tiempo que se ahorran cortes de plano, lo que permite aumentar la intensidad de la narración a nivel puramente visual. El resultado es una propuesta formal sólida, que se mantiene en un estado de estimulación constante, gracias en buena medida a un ritmo coherente, que se construye principalmente a partir de la adecuada relación entre planos.

    Al igual que sucedía en It Follows, aquí la cámara funciona como un ente que escruta, tratando de desentrañar el vacío vital de unos personajes acomodados en una vida de aburrida clase alta, donde dan la impresión de estar pidiendo a gritos la aparición de conflictos, que parecen generar sin querer pero ante la necesidad de un cambio. Y esta mirada que escruta adquiere sus picos álgidos a través del uso del zoom, utilizado de manera generosa y siempre certera, para cerrar la escena en cuestión con una descarga de intensidad visual. La utilización narrativa y estilística del zoom por parte de Attal es la culminación de su buen hacer tras las cámaras, la confirmación de que estamos ante un cineasta que entiende la capacidad de sugestión de sus imágenes –aunque, de manera explícita, pueda resultar una sugestión vacía, cerrada en sí misma–. Jugando con fuego es convencional de manera abierta y autoconsciente, pero es precisamente la manera tan certera con que las piezas de lo estereotípico se arman –y se filman– lo que permite que la labor de Attal se aleje de lo anodino. ♦


    por Yago Paris
    mayo 26, 2024

    Crítica | Jugando con fuego

    por Yago Paris | mayo 26, 2024
    || Críticas | ★★★★☆ |
    El acusado
    Yvan Attal
    La zona gris, en tela juicio


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Francia, 2021. Título original: «Les choses humaines». Dirección: Yvan Attal. Guion: Yvan Attal, Yaël Langmann (Novela: Karine Tuil). Producción: Yvan Attal, Olivier Delbosc. Productoras: Curiosa Films, Films Sous Influence, France 2 Cinema, Gaumont. Fotografía: Rémy Chevrin. Música: Mathieu Lamboley. Montaje: Albertine Lastera. Reparto: Ben Attal, Suzanne Jouannet, Pierre Arditi, Charlotte Gainsbourg, Mathieu Kassovitz, Camille Razat, Benjamin Lavernhe, Judith Chemla. Duración: 138 minutos.

    Lo que logra el director Yvan Attal en El acusado, aparte de la mejor película de su carrera, hasta la fecha, es un verdadero triunfo del equilibrio y la objetividad sobre un tema muy peliagudo que, sin duda, continúa despertando debates a diario: el de las agresiones sexuales. Todos recordamos las ampollas que levantó en su día una cinta como Acusados (Jonathan Kaplan, 1988) que, basándose en hechos reales, mostraba el calvario de una joven que sufría una violación múltiple en el interior de un bar, mientras decenas de testigos jaleaban y animaban sin mover un dedo por defender a la víctima. A aquella traumática experiencia se uniría la vivida durante un juicio en el que la acusación no dudaba en poner el foco de atención en una supuesta conducta indecorosa y provocativa de la mujer, acusándola poco menos que de incitar a aquellos hombres a tener relaciones sexuales con ella a la vista de todos. Más de treinta años después, el movimiento #MeToo ha conseguido concienciar a la sociedad de la situación de desamparo a la que estaban sometidas tantas mujeres, animándolas a denunciar y señalar con el dedo a los depredadores sexuales que han tratado de silenciarlas, casi siempre ejerciendo abusos de poder. En España, por ejemplo, el último paso para tratar de acabar con esta plaga, recrudeciendo las penas contra los verdugos y protegiendo con más contundencia a las víctimas, ha sido la aprobación de una ley denominada como «solo sí es sí», que habla de la importancia del consentimiento bilateral antes de consumar una interacción sexual, como manera de acabar con cualquier ambigüedad que pudiera surgir en una situación denunciada, ya sea ejercida bajo el uso de la fuerza o no, acabando así con aquella fina línea que separaba el abuso de la agresión sexual. De esto habla la película, de vacíos legales, peligrosas zonas grises a las que se pueden agarrar los violadores cuando no se puede demostrar si hubo o no consentimiento por parte de las víctimas y de cómo una única verdad universal puede ser contada y distorsionada, interesadamente por una parte u otra, llegando a convertirse en relativa, sin que se llegue a saber a ciencia cierta qué sucedió en realidad.

    Basada en una novela homónima de Karine Tuil, el guion del propio Attal y Yaël Langmann realiza un impecable trabajo de construcción de sus personajes, haciendo que el espectador se cree una imagen muy clara de cada uno de ellos, con sus luces y sombras. Así sucede, sobre todo, con el protagonista masculino, Alexandre Ferel (espléndido Ben Attal, hijo del realizador), un brillante estudiante universitario e hijo modélico de una familia bien parisina, a quien vemos ayudar con sus maletas a una señora, a su llegada al aeropuerto desde Estados Unidos. La primera imagen que nos llevamos es la de un joven educado y sensible, algo que se alterará cuando descubramos cómo se desenvuelve en sus relaciones con el género opuesto –ese vínculo, entre tóxico y morboso, con una mujer bastante mayor que él–. El padre, Jean Ferel (Pierre Arditi), es uno de los periodistas más populares del país, un mujeriego acostumbrado a llevarse a la cama a sus jóvenes becarias, mientras que la madre, Claire (inconmensurable, como siempre, Charlotte Gainsbourg), es una ensayista que se caracteriza por su activismo feminista radical –ese alegato donde realiza distinciones de clases en lo referente a los abusadores sexuales, refiriéndose, especialmente, a la figura de los inmigrantes ilegales como delincuentes sexuales en potencia, no solo resulta xenófobo, sino que se le acabará volviendo en su contra en una maestra ironía del destino–. Claire dejó a su marido por otro hombre y será, precisamente, la hija de este, Mila (maravilloso descubrimiento el de Suzanne Jouannet), una chica de 17 años y judía ortodoxa, quien acabará denunciando al hijo de su madrastra de haberla violado en un cobertizo durante una fiesta a la que acuden juntos. Al igual que sucede con Alexandre, la muchacha pasa de generar una imagen ingenua y vulnerable a mostrar ciertas contradicciones que irán aflorando a lo largo del juicio. En este sentido, el filme ejecuta una gran labor humanizando y otorgando complejidad a sus personajes de forma muy creíble, dotándoles de contradictorias aristas para que ninguno de los dos involucrados en la situación den «el perfil» de víctima y verdugo de manual. Si la primera mitad de El acusado funciona como espléndido drama familiar y como implacable estudio de personajes, desde el instante en que se produce la supuesta violación, la cinta deriva en una fascinante intriga judicial donde tanto Alexandre como Mila son desnudados ante la audiencia en una guerra sin cuartel con el objetivo de desmontar las versiones encontradas.

    Las escenas de juicios, lejos de frenar el ritmo del relato, están rodadas con gran veracidad y se sostienen gracias a unos diálogos brillantes. Especialmente afinados son los alegatos presentados por los abogados de ambos protagonistas. Mientras que la abogada de Mila insiste en que la actitud pasiva de su representada se debía a que el miedo le impedía reaccionar, tanto ejerciendo oposición física como diciendo un simple «no», el defensor de Alexandre se escuda en que la chica era consciente de lo que iba a suceder desde que acompañara al acusado hasta el cobertizo, por lo que se trataría de una relación íntima claramente consensuada. Según esta segunda versión, la denuncia de la joven correspondería a una venganza después de que Alexandre se llevara sus braguitas, como parte de un reto efectuado por su grupo de elitistas amigos, en clave de broma pesada. La película de Attal es lo suficientemente inteligente para enfrentar las dos visiones sin que estas difieran en exceso, más que en pequeños matices o percepciones, al mismo tiempo que jamás se termina de mostrar qué sucedió al cerrarse esa puerta, por lo que al espectador no le queda otro remedio que formarse su propio veredicto, como si fuese un miembro más del jurado de la historia. Lejos de ser una obra manipuladora o tramposa, El acusado tiene la valentía (casi temeridad) de dejar en el aire esa cuestión tan espinosa que se ha querido erradicar, la posible existencia de las zonas grises, y que sea el espectador quien decida qué creer o pensar, al tiempo que pone sobre la mesa temas tan sugestivos como la existencia de juicios mediáticos paralelos y cómo la sociedad tiende a dictar su propia sentencia sin pararse a pensar que la vida de alguien que (tal vez) podría ser inocente esté en juego. De igual manera se muestra cómo se trata de torpedear la credibilidad de la víctima, sacando vivencias pasadas que pudieran ensuciar su imagen pública. Una historia muy interesante y necesaria, rica en dilemas morales y judiciales, creada para generar controversias y encendidos debates, dirigida con excelente pulso por Attal y defendida por unos actores magníficos, hacen de esta propuesta llegada desde Francia una de las citas ineludibles con el cine de calidad dentro de unas carteleras tristemente dominadas por títulos comerciales. ⁜


    Les choses humaines, Yvan Attal
    La estrena en España Karma Films.

    por José Martín León
    septiembre 11, 2022

    Crítica | El acusado

    por José Martín León | septiembre 11, 2022

    Estupidez humana

    Crítica ★★☆☆☆ de «Buenos principios», de Yvan Attal.

    Francia y Bélgica, 2019. Título original: Mon chien Stupide. Dirección: Yvan Attal. Guion: Yvan Attal y Yaël Langmann (basado en la novela de John Fante). Productoras: Same Player / Montauk Films / Good Time Production / StudioCanal / France 2 Cinéma / Scope Pictures. Fotografía: Rémy Chevrin. Montaje: Célia Lafitedupont. Diseño de producción: Samuel Deshors. Reparto: Yvan Attal, Charlotte Gainsbourg, Ben Attal, Adèle Wismes, Pablo Venzal, Panayotis Pascot, Eric Ruf. Duración: 116 minutos.

    El cine del subgénero familiar se arriesga a caer, valga la redundancia, en la familiaridad. Para evitarlo, deben representarse las vicisitudes de la familia en cuestión de tal forma que su verosimilitud nos permita compartirlas y entenderlas, pero al mismo tiempo que su desarrollo cuente con algunos elementos inesperados o únicos, pues al fin y al cabo la mayoría de las familias, aunque puedan tener unas pautas similares, tienen rasgos específicos, que no se encuentran en ninguna otra. Esto debería ser todavía más apreciable cuando la historia nos la narra alguien especialmente comprometido con dicho material, acaparando en este sentido las labores de director, protagonista y coguionista, y hasta el punto de contar con otros miembros de su propia familia en el elenco. Esto es lo que sucede con la última película de Yvan Attal, cuyo anterior trabajo fue la entretenida Una razón brillante (Le brio, 2017), aunque su energía se debía sobre todo al carisma de sus dos personajes principales, interpretados por el veterano Daniel Auteuil y la reveladora Camélia Jordana. Ahora en cambio, en esta nueva película titulada insulsamente Buenos principios (el título original sería traducido literalmente como Mi perro Estúpido, pero al parecer era menos recomendable para la distribuidora ante los presuntos gustos del público general, que preferiría ver otra cinta más del montón antes que algo con cierta personalidad), la desgana se extiende enseguida al reparto. En este acompañan al propio Attal su pareja en la vida real, Charlotte Gainsbourg, y uno de sus hijos en común, Ben Attal, interpretándose prácticamente a sí mismos. Pero como adelantábamos, ello en lugar de dotar a la historia de una cualidad más propia, más profundamente sentida, la hace seguir unos derroteros de lo más ordinarios e intrascendentes.

    Bien es verdad que esta sensación deriva de la propia filosofía del protagonista, un cincuentón que se arrepiente de varias decisiones tomadas a lo largo de su vida, y en particular las que le han conducido a su situación actual de padre de familia, con una mujer con la que se ha extinguido la llama del pasado y con cuatro hijos con distintos grados de rebeldía. Para colmo su vocación de escritor está en horas bajas, pues desde su primera novela no ha vuelto a redactar nada valioso, aunque sus encargos ocasionales les permiten a todos mantenerse holgadamente en una mansión cerca del mar. Vamos conociendo rápidamente estos hechos durante la secuencia de montaje introductoria, guiada por la voz en off de dicho personaje tan desafortunado. Hay que advertir que, obviamente, el mismo comparte la ironía de dicha situación, pues de lo contrario no se entendería una de sus frases pronunciadas en esos primeros instantes, donde prácticamente llega a desear la muerte de sus hijos. El problema es que es difícil identificar exactamente donde pretende situar el cineasta la crítica, si sobre sí mismo o su alter ego, o sobre la imagen que puede dar exteriormente o incluso sobre los caprichos del destino, lo cual sería paradójico. Ante esta indefinición o falta de incisión del mensaje crítico, la trama discurre con demasiada levedad. En otras palabras, Buenos principios no quiere juzgar claramente a nadie, al menos durante buena parte del metraje, pero ante la falta de una dirección del conflicto, o simplemente de una estructura que pueda separar algo mejor los buenos y malos o las virtudes y los defectos, cada trauma aparece de forma anodina, casi frívola, cada discusión surge sin grandes implicaciones ni perturbaciones. Y nos acaba dando igual, por lo antipático que nos está cayendo, que al protagonista se le incendie la casa o le parta un rayo, aunque evidentemente tales accidentes son imposibles en esta tragicomedia de tono tan apagado.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 14, 2019

    Crítica | Buenos principios

    por Ignacio Navarro | noviembre 14, 2019

    Oratoria de extrarradio

    Crítica ★★★ de Una razón brillante (Yvan Attal, Francia, 2017).

    La interesante Una razón brillante (Le brio, 2017) aborda con mirada singular algunos de los lugares comunes del cine educacional enfrentándose con acierto a las cuitas sociales y discursos reflexivos enfocados principalmente a generar debates e incomodar conciencias. El carácter popular de la película, así como los efectos cómicos, sacan a relucir las profusas dotes del cine comercial galo para enhebrar obras sumamente elaboradas. El actor y realizador Yvan Attal avanza en pos de sus actores y ejecuta su estilo encadenando sostenes emocionales que buscan de inmediato conectar con el espectador. Neila Salah (sobresaliente Camélia Jordana) es una estudiante de derecho árabe que vive en el extrarradio parisino. El primer día de clase tiene un enfrentamiento con Pierre Mazard (Daniel Auteuil), un veterano profesor con tendencias racistas. El choque entre ambos activa la eterna lucha de clases y la difícil integración de los más desfavorecidos en la alta cultura francesa. Un concurso nacional de retórica les obligará a entenderse por circunstancias forzosas y desarrollar las particulares decisiones fílmicas de Attal por un cine de concienciación no exento de ironía y crítica hacia una Francia actual en insondable crisis de identidad. Podríamos percibir Una razón brillante como una reconversión europea de los arquetipos hollywoodenses de la comedia clásica norteamericana, reunidos en el gran pulso de sexos de los dos protagonistas principales. También porque lleva hasta la extenuación los tropos artísticos del profesor con su alumna en una habilidosa reinterpretación del mito de Pigmalión y Galatea para la cual el director exhibe un talante sentimental como objeto central del relato. Bajo estas pesquisas no es difícil albergar un trabajo eficaz tras la cámara aunque la cinta mantenga en todo momento una cierta e inevitable linealidad, evitando sobresaltos innecesarios. Es una lástima que Attal abrace el consenso (al fin y al cabo, estamos viendo un producto de claras hechuras comerciales), y no de un pequeño salto en el deseo de rasgar la superficie narrativa del filme queriendo con ello ahondar en pasajes más oscuros.

    Pygmalion (Anthony Asquith, Leslie Howard, 1938), primera de las dos famosas versiones cinematográficas de la obra teatral de George Bernard Shaw (el musical My Fair Lady sería la otra), se perfila como modelo embrionario de Una razón brillante; sin embargo las decisiones de puesta en escena difieren notablemente. En Pygmalion (1938) la comparación entre dos escenas manifiesta la condición de los personajes con detalles muy concisos de forma. Al principio de la película el profesor Higgins (Leslie Howard), experto en fonética, tiene un encuentro con Elisa (Wendy Hiller), una vendedora de flores. La presentación de los personajes difiere en cuanto al ángulo y la colocación frente a la cámara. Mientras Higgins permanece de pie erguido en el plano Elisa lo hará cabizbaja agachada sobre una columna. La escena subraya la figura del profesor elevada por encima de la figura de la florista para entablar una analogía acerca de las clases sociales y de la cultura. Mucho más adelante, ya en el último tercio de la cinta, volveremos a reparar en una construcción similar. Elisa discute con Higgins pero el objeto principal del foco sigue siendo la figura dominante del profesor mostrada en una posición ventajosa. El ángulo de la cámara adopta diversas alteraciones de encuadre en el devenir de la conversación. La realización basada en el recurso del plano contra plano utiliza distintas perspectivas para enfocar el rostro de la mujer o del hombre. Observamos a Higgins en primeros planos ligeramente contrapicados que resaltan su opresión, dominación. En el lado contrario los planos cercanos de Elisa obedecen a un tenue picado evidenciando el carácter sometido de la muchacha. La comparativa queda completamente quebrada en el instante que la chica se crece en la discusión y notamos un cambio muy significativo en la praxis escénica. Entonces la figura de la mujer se abalanza hacia el profesor y en un imperceptible raccord de continuidad veremos a Higgins empequeñecido, tumbado sobre un sillón, en una postura de derrota mientras la mujer de pie erguida sobrevuela el encuadre desde lo vertical como una escultura poderosa ante la mirada rendida de su creador. “Solo tenía que levantar un dedo para ser tan fuerte como usted”, la frase surte paralela al efecto del plano mostrando el empoderamiento de la florista y la cinta se erige como ejemplo ideal de la orientación de la cámara en favor de su discurso de poder. Las diferencias principales al trasladar este discurso a un lugar contemporáneo residen en la dureza del entorno quedando Niela no solo de Galatea frente a las enseñanzas de Pierre sino invirtiendo los papeles en la activa batalla de la protagonista mucho más firme ante la mirada superior de su profesor. La Neila de Una razón brillante optará por manifestar una entereza que quedaba lejos de aquella florista de Pygmalión causada por un afán académico de superación que la haga destacar en un sistema inflexible con los de su clase. La llegada de Neila por primera vez a la facultad de derecho nos muestra una arquitectura grandiosa, que amenaza y desafía desde la entrada, pero su determinación y carácter le impiden encogerse.

    por David Tejero Nogales
    abril 01, 2018

    Crítica | Una razón brillante

    por David Tejero Nogales | abril 01, 2018

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