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    Cannes 2015 | Katharine & Audrey

    Carol, Todd Haynes

    Sol y sombra

    editorial de la cuarta jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Blanco o negro, raras veces gris. Así es Cannes. Lo que de noche es oro, a la mañana es cobalto. En 2011, tras la primera proyección de El árbol de la vida, de Terrence Malick, sonaron numerosos abucheos por parte de la crítica; doce horas después, deglutido el almuerzo, los silbidos se transformaron en vítores. Ese mismo año, el reverso lo padeció Nicolas Winding Refn (con Drive) o  Lars von Trier (Melancolía). Cannes es un certamen de contrastes, que presenta los hitos de la cinematografía pero que, más allá de su prestigioso palmarés, no ofrece los caracteres definitivos. Es el precio que hay que pagar ante tan multitudinaria presencia periodística. Es por ello, que muchos títulos defenestrados en la riviera francesa –se viene a la mente la reciente La caza de Thomas Vinterberg en 2013— logran un posterior acomodo en las listas de películas mejor valoradas del año; y, viceversa, largometrajes glorificados (y laureados) que sufren por conseguir una distribución digna. Pero esta alternancia global se puede ver reducida incluso a sectores en las propias salas. Aplausos en el parte oeste, desaprobación en la norte. De este modo, el estreno más importante del día de ayer, Carol de Todd Haynes, registró en el primer pase de prensa una estimación casi barométrica que comenzó en valores negativos y finalizó con el mercurio hirviendo. Todo gracias a una nueva exhibición de Cate Blanchett, dirigida de nuevo por Todd Haynes –en su tercera visita al evento galo tras Safe (Quincena, 1995) y Velvet Goldmine (Competición, 1998). La actriz ganadora de dos Óscar (por El aviador -2004- y Blue Jasmine -2013-), busca emular a Julianne Moore y seguir completando una estantería de valor incalculable. En esta ocasión, además, Blanchett no viene sola; Rooney Mara le corresponde narrativa e interpretativamente. Ambas, como nos contaba nuestro compañero Alberto Sáez, atrapan el elegante espíritu de las actrices del Hollywood Dorado y ofrecen dos caracterizaciones dignas de todos los elogios. Las herederas de Katharine y Audrey del cine actual.

    Retomando el punto de partida de este artículo, si alguien sabe de abucheos en Cannes es la directora y actriz Maïwenn Le Besco. Su anterior y primera visita, con Polisse (2011), se saldó con deserciones cronométricas durante la proyección e improperios de todo tipo tras el fundido a negro. En las listas de puntuaciones figuró en la última posición del festival a muchos puntos de la líder de ese año: Le Havre de Aki Kaurismäki. Pero hay que recordar que los premios no los entrega la crítica, sino un variopinto jurado que poco entiende de quinielas. Polisse se llevó ese año el Premio del Jurado ante la mirada atónita del respetable. Poco más se supo de ella. Su paso por la cartelera europea fue injustamente silencioso. Algo que espera revertir Maïwenn con Mon roi, un drama romántico encabezado por el siempre excelente Vincent Cassel. Esta vez, la prensa acreditada ha reaccionado de una forma más optimista, Le Besco aguarda en el tapete esperando la doble ficha blanca. Una nueva entrada en el palmarés supondría para la otrora promesa francesa un espaldarazo a una carrera aletargada y a la sombra de dos compañeras de generación como Mia Hansen-Løve y Lucile Hadzihalilovic. [Toda la información del Festival de Cannes en EAM]

    Emilio Martín Luna
    Redacción Madrid



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