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    Cine Alemán Siglo XXI

    LOS JUEGOS DEL HAMBRE (THE HUNGER GAMES, 2012)

    PROSAICA INANICIÓN

    Las cifras hablan por sí solas. El pasado fin de semana, Los juegos del hambre recaudó la estratosférica cifra de 21,5 millones de dólares en Estados Unidos. Con estos son ya 337 millones los que suma en su país de origen y 531 en total, sabiendo que falta –aparte de lo que se embolsará por inercia– la recaudación de las decenas de países donde aún no se ha dejado ver. Será el cuarto estreno más taquillero de la historia, por detrás de Avatar, Titanic y El caballero oscuro.

    Se trata del primer episodio de la trilogía literaria de Suzanne Collins, un fenómeno de ventas mundial comparable a Crepúsculo, Harry Potter y sagas así, todas ellas con el embrión del papel como excusa de esas adaptaciones sublimadas por millones de adolescentes. De algún modo, son la respuesta mezquina de Hollywood a un tipo de cine marginado por las distribuidoras, cuyo rango de explotación y recursos económicos sitúan sus aspiraciones a niveles infinitamente precarios. Lo cierto es que la industria norteamericana se mantenía en suspenso tras el final de esa fábula protagonizada por Harry Potter. ¿Y ahora qué?, se preguntaban muchos. Quizá los superhéroes ayuden a inflar la bolsa de las majors, se decían otros. Pero Los juegos del hambre ya era un proyecto de entidad mucho antes de que pudiéramos hacernos todas estas preguntas (a fin de cuentas, muy vagas y obvias). Lionsgate contrató a Gary Ross –director de la polícroma Pleasantville– para dar forma en imágenes a las palabras de Suzanne Collins. Ambos acordaron que Jennifer Lawrence (nominada a un Oscar por Winter’s Bone, un proyecto inversamente proporcional a Los juegos del hambre) fuera la encargada de dar vida a Katniss Everdeen, una joven que se ofrece –a cambio de su hermana– como tributo para participar en un reality consistente en reunir a veinticuatro personas de los doce distritos que componen una futurible región de los Estados Unidos, donde imperan la pobreza y la moral perdió la batalla frente al caos de la broma infinita y los dictadores de neón, para matarse entre ellos. Básicamente, esta es la premisa del (primer) gran taquillazo de la temporada.

    Jennifer Lawrence in The Hunger Games
    Jennifer Lawrence en Los Juegos del Hambre (The Hunger Games, Gary Ross, Estados Unidos, 2012)
    Poco importa que Katniss viva permanentemente adherida a una tristeza que, a falta de trazo fino, hemos de suponer que deriva de la precariedad y el opulento fascismo proveniente del Capitolio. Allí, dentro de una selva-plató y junto a Peeta, el segundo candidato del Distrito 12, luchará a muerte por sobrevivir: hay un amplio catálogo de muchachos, desde una fría máquina de matar –un rubio inexpresivo “entrenado desde pequeño”– hasta una niña de diez años que sabe cazar como un depredador y que le profesa un ferviente cariño (no me pregunten por qué) a Katniss. Y sin embargo, esa heroína, una arquera cuyo bonito semblante no disfraza su condición de marioneta a merced del telespectador, también es piedra de toque en la historia: una alegoría del nazismo que ataca de principio a fin las referencias del espectador y, por ende, su inteligencia. Este mundo del que miles de lectores aseguran estar fascinados resulta tan kitsch como banal. Su atractivo es nulo, y la dirección de arte –supongo, porque afortunadamente no he leído los libros– le hace un flaco favor a un relato sin peso narrativo, cuyos esquemáticos personajes me dan igual, ni siquiera logran enfadarme (cosa que podrían hacer, pues son banales y carecen de alma) o que conecte con ellos en algún instante del filme. Gary Ross ha decidido rodar toda la peli con un movimiento constante de la cámara: no sabe lo que es un trípode. Su director de fotografía, tampoco. Esto, como cualquiera sabe, provoca inestabilidad y puede llegar a marear. Apenas hay dos fotogramas encuadrados con firmeza. Nada más empezar, cuando veo que las dos primeras escenas han sido filmadas con numerosos primeros planos y ni uno solo general que contextualice los hechos, tengo la certeza de que estoy ante un bluff. Y es que, no posee ningún atributo memorable, sino todo lo contrario. Hay saltos de montaje, efectos visuales que hemos visto hace mucho, una ambientación que aúna el mal gusto de la Reina de Corazones, Agatha Ruiz de la Prada (fíjense en el vestuario de colores perversamente alegres), y el retrofuturismo sucio post-Demolition Man. La cinta se autodefine cuando observas que ese páramo de rectitud en donde la tecnología alcanza un desarrollo agresivo también es país para antidisturbios que usan escudos y disuelven protestas a golpe de manguera. Ni siquiera me hace gracia el histriónico y casi siempre genial Woody Harrelson, al que le han colocado una horrible peluca rubia.

    Jennifer Lawrence and Josh Hutcherson, The Hunger Games
    Jennifer Lawrence & Josh Hutcherson en Los Juegos del Hambre, la adaptación de la novela de Suzanne Collins
    Finalmente, Gary Ross alcanza su anticlímax con un ademán shakesperiano que desemboca en un coitus interruptus subliminal. Y por favor, no me vengan con la retahíla de turno: “Como no has leído el libro… Es maravilloso… El director captura muy bien ciertos ambientes, la psicología de los personajes… Qué gran película…”. (Cuidado, no adaptación, ya que si esta es verdaderamente fiel al universo de su autora, bien podríamos hallarnos ante una de las mayores naderías de la literatura contemporánea). Está plagada de fallos, tanto de forma como de contenido. Rompe (sin querer) las normas sin conocerlas, quiere ser heterodoxa mediante el desconocimiento de la ortodoxia. Recuerdo cuando el término blockbuster era sinónimo de entretenimiento o, al menos, se le exigía un mínimo de diversión. Con todo, Los juegos del hambre tiene efectos secundarios: provoca sequedad de ojos; pero con la suficiente dosis de optimismo, resulta ser un remedio para el insomnio.

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    Imdb The Hunger GamesPor Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
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