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    Festival de Cannes 2017 | Día 6. Críticas: The killing of a sacred deer / The day after / The Florida project / L'Atelier / Out

    Nicole Kidman

    Un Munchausen extremo

    Crónica de la sexta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    Cuando todavía nos estábamos intentando sobreponer del maestro Haneke, esta mañana era el turno de uno de sus discípulos más aventajados. Yorgos Lanthimos abría el día con The killing of a sacred deer, la más terrorífica de todas sus distopías, la más kubrickiana de todas sus perturbaciones. El realizador griego es un hueso duro de roer, y puede que por ello hayamos escuchado los primeros (aunque tímidos) abucheos tras un pase de prensa en el Grand Théatre Lumiére. Cierto es que los aplausos pesaban mucho más, pero este hecho viene a confirmar la disparidad de opiniones que crea y las discusiones sobre hasta dónde llegará la dirección macabra y desestabilizante que está adoptando desde hace unos años el cine que puebla los festivales. Por suerte, Hong Sangsoo iluminaba la tarde para destensar un poco el ambiente y, con sus juegos narrativos y temporales, aliviarnos de tanta sobrecarga y devolvernos al cine de la sencillez mágica y emotiva. Mientras, por la Quinzaine se ha paseado Sean Baker con The Florida Project, su mirada pueril sobre la infancia en un barrio marginal en la puerta trasera de Disneylandia. En Un Certain Regard, un Cantet menor por aun así certero y humanista, con otro gran guion firmado junto a Robin Campillo, regresaba a la Croisette con L’atelier; y el irregular debut del director eslovaco Györg Kristóf.

    THE KILLING OF A SACRED DEER

    Yorgos Lanthimos, Grecia | COMPETICIÓN.

    Por Alberto Sáez Villarino

    El discurso freudiano referente al trauma señala al esfuerzo consciente y antinatural de interiorizar la tristeza como la principal causa de la manifestación posterior del odio y el rencor malsano. El momento traumático original quedará desdibujado y reducido a una serie de vagos recuerdos y recreaciones residuales imprecisas que, debido a la inicial represión emocional y al forzado interés de hacer olvidar el origen del dolor, terminará por reaparecer magnificado en un episodio de violencia autodestructiva o dirigida. The Killing of a Sacred Deer funciona como un relato acerca de la venganza, estéticamente sublime y desgarradoramente violento. La trama gira en torno a un neurólogo que observa desesperado cómo sus hijos contraen una enfermedad que él es incapaz de explicar. Pronto entenderemos que esta dolencia parece ser el resultado de una de las explosiones vengativas que comentábamos, siendo el neurólogo el objeto traumático inicial. La primera de las incógnitas será averiguar el tipo de relación que el protagonista tiene con un adolescente, Martin, cuyo extraño vínculo supondrá el primero de los golpes caricaturescos del filme.

    El guion va dejando pistas sobre el proceso mutable al que el protagonista está sujeto. Se aprecia un arrepentimiento en algunas de sus acciones; como la abstención al alcohol o el fraternal amparo de Martin. Una oscura personalidad, evidente en sus enfermizos gustos sexuales, parece contenida bajo una apariencia idealizada. El espectador dilucidará entonces que fue, justamente, la intoxicación etílica la causante de ese suceso penoso, transformado ahora en una respuesta retributiva muy fiel al código de Hammurabi. Yorgos Lanthimos compone una historia de venganza retorcida y, como hiciera Park Chan-wook con su obra maestra: Oldboy, su intención reside en la justificación definitiva de una violencia que inicialmente condenábamos de manera taxativa. Recurriendo a una sucesión de planos abigarrados y delirantes diálogos, a partir de una solemnidad escénica de gran dramatismo y complejidad, el director plantea un acercamiento al absurdo y lo aleatorio —algo que cobrará una importancia primordial en el desenlace—. El guion juega a confundir al espectador de forma constante con respecto a las intenciones del protagonista y su protegido. En un principio todo parece indicar que Martin no busca sino una figura paterna con la que compensar su falta de cariño y protección, pero con el transcurso del metraje y la actitud cada vez más obsesiva del muchacho, nos daremos cuenta de que la intencionalidad es muy diferente de lo que parecía a simple vista.

    El desmesurado ritmo y volumen musical, la brusquedad de los movimientos de cámara, o la exagerada gesticulación de los personajes completarán el resto de indicadores satíricos de un relato que, por momentos, empieza a tomar el camino de lo fantástico y lo paranormal. Cuando el protagonista descubre el que parece el único remedio posible para la salvación de su familia, basado en una condición que poco tiene que ver con la práctica médica —vemos el concepto del perdedor derrotado en su propio terreno—, el filme se adentrará en una trama cabalística de difícil explicación, aunque no imposible, si bien podemos aceptar la aparición de síntomas como una respuesta psicológica del organismo, algo parecido a un síndrome de Munchausen extremo. En cualquier caso, el daño ya estará hecho en la desfragmentación del núcleo familiar, que trae como respuesta estremecedora la reacción fría y egoísta de una madre hacia sus propios hijos. (★★★★)

    THE FLORIDA PROJECT

    Sean Baker, Estados Unidos | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Por Alberto Sáez Villarino

    Sean Baker presenta a la gran promesa de la Quincena de realizadores: The Florida Project. Un maravilloso retrato pueril sobre la situación social de un grupo de familias en una zona residencial de albergues lowcost. Moonee es una niña de seis años que vive con su madre adolescente en los suburbios de Florida, junto a ese mundo de fantasía e ilusión infantil que compone el parque de atracciones Disney World. La niña vive cada día como si estuviera de vacaciones, siempre acompañada por su inseparable amigo Scooty, y el resto de la pandilla de pícaros traviesos que corretean por los alrededores haciendo diabluras y causando el caos entre los vecinos. Para mantener un poco el orden está Bobby, el encargado del recinto de viviendas que, pese a su fuerte temperamento, tiene un gran apego hacia sus huéspedes, a quienes protege de manera incondicional, como si fuera el líder de una manada —de nuevo la jungla y el sistema jerárquico tan recurrente en esta edición del festival—, frente a los extraños personajes que puedan rondar los alrededores de su jurisdicción. Siniestras figuras que representan el constante peligro que se cierne sobre la clase marginada y desprotegida por el gobierno.

    Baker vuelve a recurrir a una estética muy dinámica y luminosa, aprovechando la cercanía con Disney World para establecer un paralelismo antitético entre el concepto de felicidad de los niños primer mundo, rodeados de castillos, princesas y melódicas carrozas fantásticas, y el de los inadaptados y excluidos sociales, que recrean todo ese universo a partir de ruinosas casas abandonadas, prostitutas, decadentes transexuales exhibicionistas y ruidosas peleas sangrientas. Halley, la madre de Moonee, vive trampeando el sueño de toda redneck adolescente, sin preocupaciones, sin responsabilidades y sin educación. Mientra ella se hace cargo de “cuidar” a Skooty, la madre de éste, que trabaja en un restaurante de comida rápida, le proporciona alimento para ella y los chicos a diario. Todo funciona como un arcaico sistema de trueque muy pragmático y bien definido hasta que, tras una discusión, Halley y Ashley rompen su acuerdo, y la madre de la protagonista se ve obligada a recurrir a formas más sórdidas y efectivas de conseguir el dinero para el alquiler y la comida. Entonces la película nos introduce de lleno en el ambiente pernicioso de la marginalidad, donde no existe mayor sentimiento que el odio insano e irracional, que actúa como un arma de doble filo, tan nociva como autodestructiva. (★★★★)

    THE DAY AFTER

    그 후, Hong Sang-soo, Corea del Sur | COMPETICIÓN.

    Por Alberto Sáez Villarino

    Hong Sang-soo vuelve a recurrir a una intrincada edición fílmica para la expresión eficiente de sus principales obsesiones, que se resumirán ahora en las relaciones sentimentales y la infiel figura del hombre. El comienzo de la película presenta dos líneas narrativas protagonizadas por tres personajes cada una, de los cuales, sólo uno será diferente entre ellas. El primer escenario muestra al gerente de una oficina de publicidad, a su mujer y a su amante, mientras que el segundo cambiará a ésta última por su nueva empleada. La película, en un elegante blanco y negro, hace uso de unas peculiares tomas largas con cámara fija con las que el director pretende evidenciar una discrepancia ideológica o un conflicto de intereses. La primera de las escenas de The Day After comienza con una de estas secuencias, en la que la mujer interroga a su marido sobre una presunta infidelidad de la que empieza a sospechar. La escena revela esa comunicación deficiente tan habitual en el director; el hombre, a pesar de hablar el mismo idioma que su mujer, es incapaz de defenderse, con palabra alguna, de las constantes acusaciones. Por un lado desearía confesar su adulterio, sin embargo, su estado de sobriedad le impide decir la verdad. El alcohol es el único medio que encuentran los hombres para sincerarse, independientemente de su dominio del lenguaje.

    Tras esta secuencia, la película alternará los dos relatos principales: la relación sentimental entre el jefe y la amante, y la relación laboral con su nueva empleada, historias que comparten espacio aunque se encuentran separadas en el tiempo por un período indeterminado. Mediante una clara yuxtaposición narrativa, muy sugerente en diversos momentos del montaje interescénico, el director irá cotejando ambas historias para generar la sensación de repetición y circularidad presente en todo el filme. Vemos al hombre repitiendo las mismas acciones y diálogos que, un tiempo atrás, protagonizó con su amante, lo que nos hace pensar que el jefe ve en su empleada a una nueva conquista amorosa, sustituta de la anterior que parece haber salido de su vida. Sin embargo, poco después, la primera reaparecerá de nuevo en escena para unificar el cronotopo narrativo y dar origen al gran desencadenante dramático de la trama. Una cómica confusión que nos llevará a uno de los diálogos más interesantes, enmarcado en otra escena de apariencia muy similar a una anterior, con distinta variante protagónica. En éste se mezclará la manifestación del duelo, las implicaciones del amor, la fe religiosa y la ruin idiosincrasia masculina del cobarde que aprovecha su posición laboral —sí, jerárquica—, para un beneficio personal. (★★★★)

    L'ATELIER

    Laurent Cantet, Francia | UN CERTAIN REGARD.

    Por Víctor Blanes Picó

    En un año en el que los discursos de extrema derecha han llegado a acariciar e incluso conseguir el poder en distintos lugares del planeta, muchos se preguntan, todavía de manera ingenua, qué hemos hecho mal para que esto suceda. En la nueva película de Laurent Cantet se dejan entrever algunas razones históricas y sociales, pero sobre todo se apunta una manera de encontrar las respuestas. L’atelier gira en torno a un taller de escritura organizado por una afamada escritora de nombre Olivia en La Ciotat, al sur de Francia. Los adolescentes que participan son el fiel reflejo de la sociedad francesa multicultural y diversa, donde los roces por motivos sociales y raciales surgen con cualquier comentario, y más después de los recientes ataques terroristas. Entre los asistentes, Antoine, un joven que coquetea con ideas extremistas y las expresa sin miedo a provocar, se sentirá como una rara avis dentro del grupo.

    La novela que escriben debe girar en torno al pasado industrial de esta ciudad costera. Los conflictos por el cierre del astillero a finales de los años 80 siguen estando presentes en la mente de sus habitantes. Sin embargo, Antoine está mucho más preocupado por los acontecimientos del ahora, por un mundo que rechaza con vehemencia y sin esconderse. Estas discusiones entre el resto del grupo y Antoine marcan el desarrollo narrativo de la cinta. Al principio, L’atelier parece querer bucear en las heridas del pasado y analizar cómo afectan a los conflictos del presente. Pero conforme Antoine va cogiendo protagonismo y su voz se va alzando en cada discusión, la cinta se va concentrando en las rencillas e incoherencias de su discuros y olvida esa reflexión sobre el tiempo pretérito. Quizás por la urgencia que imprimen los tiempos que corren, por la necesidad de retratar las tensiones más recientes, Cantet se decanta por esta vertiente para llevarla a la relación personal entre el joven y Olivia (impecables Marina Foïs y Matthieu Lucci). En su afán por intentar entender sus pensamientos, Olivia se irá interesando más y más por Antoine para, a través de la literatura y el proceso de escritura, intentar sacar a relucir su verdadero interior, sus motivaciones y frustraciones más íntimas. L’atelier es clara heredera de La clase, especialmente en su primera mitad y en su estrategia de colocar en un espacio de formación conflictos tanto sociales como personales. Cantet y su guionista habitual, Robin Campillo, vuelven a demostrar una pluma exquisita para construir diálogos vivos y naturales sobre los que se asienta por completo la narrativa y la presentación de los personajes. Este elemento, acompañado por una realización ágil de primeros planos, coloca de nuevo a Cantet como un director humanista comprometido con las turbulencias sociales de su país y con el cine. (★★★)

    OUT

    Györg Kristóf, Eslovaquia, Hungría, República Checa | UN CERTAIN REGARD.

    Por Víctor Blanes Picó

    «Aquí empieza el mar. En ningún caso es donde termina». Esta sugerente frase abre el debut cinematográfico del director eslovaco Györg Kristóf. Y en cierta medida encapsula la estrategia narrativa que emplea en Out. Ágoston trabaja en una central eléctrica a punto de cerrar al este de Eslovaquia. Con 50 años y una vida que se debate entre la monotonía y la parálisis emocional, ha llegado el momento de buscar nuevas oportunidades en el extranjero. Atraído por un escueto folleto, decide viajar hasta Letonia en busca de trabajo en un intento de hacer realidad sus sueños: conseguir una buena pesca. Esta situación de desempleo podría entenderse como el punto de inicio del mar. A partir de aquí, todo se abre y es imposible imaginar dónde podría terminar, tanto en la vida de Ágoston como en el desarrollo de los acontecimientos de la ficción.

    La película empieza mostrando una serie de trampas que rodean la vida del protagonista: un tarotista en televisión, una estafa laboral, un soborno para conseguir un nuevo trabajo… Pero nada se interpone en su camino por alcanzar la felicidad tal y como él la concibe. Kristóf echa mano de un buen puñado de tics propios de la ópera prima para que Out pueda aspirar a tener un empaque visual y expresivo apetecible: tiene sus toques de humor extraño y absurdo bien llevados, la imprescindible escena festiva en la que los protagonistas bailan al son de la música electrónica en un intento de desahogo, un buen puñado de personajes secundarios histriónicos… Pero el mayor problema de Out no está tanto en su nada sorprendente puesta en escena como en su capacidad narrativa. Esa necesidad de que un buen pez pique el anzuelo que persigue durante todo el filme no es más que una metáfora del anhelo de libertad. Y eso le lleva a encontrarse con personajes y forzar situaciones que, en su conjunto, acaban quedando como pequeñas viñetas muy desiguales, con sus aciertos y lugares comunes, que no consiguen hilarse de manera adecuada. El resultado es una película que se debate entre el retrato cómico de un personaje y el chiste fácil de la situación, pero que nunca se concentra en que el soporte expresivo escogida sirva para narrar de manera tanto empática como simpática el viaje de un hombre rumbo a ninguna parte. (★★)

    Feelmakers

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