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  • Dos ventanas al vacío.
    A Ghost Story, de David Lowery.

    Cock-a-Doodle Dandy.
    Free Fire, de Ben Wheatley.

    En la sombra de la Bohemia.
    Especial 52º Festival de Karlovy Vary.

    Feminismo bizarro.
    Love Witch, de Anna Biller.

    Decálogo de una (buena) escena

    Paterson

    Despedimos oficialmente el curso cinematográfico, a falta de conocer el próximo 26 de febrero a los vencedores de los premios de la Academia, y para ello, rescatamos nuestro decálogo anual, y lo adaptamos al 2016 para hacer balance y revisión de las mejores escenas que nos ha dejado uno de los años más valiosos, en cuanto a cine se refiere, que recordamos en lo que va de siglo. Al seguir este decálogo una estructura idéntica al de 2015, y para evitar repetir lo ya expuesto hace un año en estas mismas páginas, hemos decidido prescindir de los textos introductorios y explicativos de cada postulado. Si quieren recordar los criterios seguidos para la elección de las películas en cada apartado, pueden hacerlo aquí.

    I. Poetizarás los textos

    Paterson ha logrado lo que no consiguieron Allen Ginsberg, Vicente Huidobro, Baudelaire o Heine: convencer de forma unánime al público medio de que la poesía es algo que va mucho más allá de la rima consonante. Jarmusch nos sorprendió con la ternura y la pasión de la medianía, nos descubrió que tras la fachada más ordinaria puede esconderse una persona extraordinaria, alguien capaz de dibujar sonrisas a su paso a golpe de ingenuidad poética y de genuina ilusión por la vida. Paterson nos devuelve el optimismo con la fuerza que emanaba de la antipoesía de Parra:

    “Qué vale más, ¿el oro o la belleza?,
    ¿Vale más el arroyo que se mueve
    O la chépica fija a la ribera?
    A lo lejos se oye una campana
    Que abre una herida más, o que la cierra:
    ¿Es más real el agua de la fuente
    O la muchacha que se mira en ella?
    No se sabe, la gente se lo pasa
    Construyendo castillos en la arena.
    ¿Es superior el vaso transparente
    A la mano del hombre que lo crea?
    Se respira una atmósfera cansada
    De ceniza, de humo, de tristeza:
    Lo que se vio una vez ya no se vuelve
    A ver igual, dicen las hojas secas.
    Hora del té, tostadas, margarina.
    Todo envuelto en una especie de niebla.”

    Xavier Dolan también presumió de poética este año, aunque la visión de Solo el fin del mundo es mucho menos alegre que el ejemplo anteriormente presentado. La poesía de Dolan se asemeja más al ideal solitario del ascetismo, a la melancólica tradición fatalista que nos recuerda como ineludible nuestro común destino con un memento mori que, no obstante, sugiere una apacible calma y sutileza que impera por encima de la frenética levedad de nuestras acciones. Una cadencia taimada domina el pulso del espectador, como lo hacen los versos de John Donne en su Nocturno sobre la festividad de Santa Lucía:

    “Mas yo soy por su muerte (tal palabra la injuria)
    el elixir de la primera nada.
    Fuera yo un hombre y, si lo fuera,
    sin duda lo sabría; sin duda prefiriera,
    de ser alguna bestia,
    ciertos fines y medios; pues incluso las plantas y las piedras odian
    y aman; todas las cosas, todo de algunas propiedades se reviste;
    si una nada ordinaria sólo fuera,
    como lo es una sombra, un cuerpo y una luz tendría al menos.”

    Pocas películas son capaces de recrear la trayectoria biográfica de su protagonista con la precisión con la que Neruda, de Pablo Larraín, dibuja a Pablo Neruda. El director consigue plasmar las dos caras del artista, la pasional y la afligida, con dos voces diferentes y dos perspectivas dramáticas de inapelable gravedad semántica. Un poeta atormentado por su éxito, perseguido por la sombra de un poema que no dejaría de acompañarle, como gloria y castigo, para anular la percepción romántica de su realidad hasta el día de su muerte:

    “Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
    Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
    Y tiritan, azules, los astros a lo lejos”.
    El viento de la noche gira en el cielo y canta.
    Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
    Yo la quise, y a veces ella también me quiso.”

    Dentro de su recurrente histrionismo cómico, Woody Allen introdujo, en Café Society, un cierre desgarradoramente poético que permite ver el canto apesadumbrado del protagonista en recuerdo de aquellos tiempos pasados que ya no volverán. Un ubi sunt perfectamente representado en esa escena final que recuerda al llanto afligido de Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre:

    “¿Qué se hicieron las damas,
    sus tocados y vestidos,
    sus olores?
    ¿Qué se hicieron las llamas
    de los fuegos encendidos
    de amadores?
    ¿Qué se hizo aquel trovar,
    las músicas acordadas
    que tañían?
    ¿Qué se hizo aquel danzar,
    aquellas ropas chapadas
    que traían?”

    Mal ejemplo: La academia de las musas.

    Situar una gran película como La academia de las musas, de José Luis Guerín, como mal ejemplo poético en este decálogo tiene una razón de ser: la frustración que sufrimos los espectadores al ver cómo la cinta, pese a su más que notable potencial, no terminaba de alcanzar la excelencia por culpa de un guion demasiado académico, falto de pasión. Se habla de las musas, de la poesía, del sufrimiento del poeta, pero todo desde una perspectiva externa.

    Carol

    II. Erotizarás con criterio

    Carol es pura sensualidad contenida, es una implosión de sexualidad que termina por manifestarse en un arrebato incontrolable de pasión que transgrede cualquier barrera ideológica o política. Una película que utiliza el sexo como medio de superar diferentes trabas sociales y perceptivas. Lo más importante de esta corriente de erotismo resulta de la naturalidad del momento, la sutileza con la que el director despoja a las protagonistas de su ropa y las enfrenta a la fría lente sin romper con el calor y la intensidad del acto. Pese a que la escena en concreto está abordada con sublime sencillez y buen gusto, hemos de advertir de que las siguientes imágenes están dotadas, precisamente, de esa belleza natural sin censuras.



    The Neon Demon es un filme que juega con una premisa muy concreta: representar la belleza en su estado puro. Se trata de encontrar el ideal de perfección en un contexto donde se comercia con la forma estética. De este modo, Nicolas Winding Refn es capaz de mostrar erotismo, no sólo en la explícita sucesión de cuerpos femeninos desfilando por pasarelas decadentes, sino también, y quizá sea éste el aspecto más importante del metraje, en la misma edificación de su obra artística pasional. El director presenta una película llena de contrastes estéticos, donde la evidente sexualidad mediocre que manifiestan los personajes secundarios, choca con la pureza virginal de la protagonista, del mismo modo que la desagradable depravación y la orgía sanguinolenta de las acciones de éstos, supone la antítesis de la excelsa sensualidad que reflejan los motivos artísticos.



    Sin embargo, si tuviéramos que elegir una escena que representara la definición más certera de erotismo, no hay duda de que recurriríamos a La doncella. Park Chan-wook nos ha regalado uno de los ejemplos más insinuantes sobre la manifestación del sexo en su grado más elegante y sugerente. Cada detalle está situado en la posición precisa para que la escena alcance una potencia erótica indescriptible: la mirada traviesa que no puede evitar desviar la atención hacia la silueta de unos pechos reflejados en el agua; los pétalos de rosa que ofrecen un refuerzo sensorial al gesto reiterativo; los primeros planos de las pupilas dilatadas por el azoramiento sensitivo, seducción sin censura en la señora, y excitación irrefrenable en la criada; la preponderante participación de ambas bocas, la primera como vulneración de la intimidad y reflejo de la penetración más erótica, y la segunda como símbolo del instinto animal que enciende sus labios y los hace palpitar de forma incontrolable; la sudoración sofocada de la criada; las lágrimas incontenibles de la señora, primero de dolor y posteriormente de deseo, el pelo sobre la cara, la caricia que acompaña e invita al atrevimiento, el dulce caramelo que incrementa el abanico olfativo que se intuye del momento y, de fondo, una habitación vacía que sugiere intimidad, desinhibición para las emociones… todo se fusiona en un marco de perfección sexual sin igual.



    Mal ejemplo: Toc Toc.

    Antes de filmar una escena erótica, hay que planificar la estructura y su función dentro de la película. Y eso es precisamente lo que parece faltar a la escena seleccionada de Toc Toc, de Eli Roth: planificación. No existe orden, ni efectividad, ni sugerencia alguna en las imágenes. Lo que se muestra en pantalla es simple material gráfico sin ningún tipo de implicación argumental. Ni tan siquiera las reticencias iniciales de Keanu Reeves a consumar la sexual situación planteada, resultan en ningún momento creíble, pues responden a una estudiada ritualidad, falta de sorpresa o excitación, que se salda con un sometimiento resignado del hombre a los caprichos de las dos mujeres que tratan de seducirlo. Para concluir, vemos que el hombre ha quedado plácidamente dormido, ajeno a cualquier remordimiento que, no obstante, surgirá más adelante cuando despierte de ese descanso reconstituyente, mientras las jóvenes certifican con un gesto, de obviedad ignominiosa, la consecución del maquiavélico plan que habían ideado.



    III. No usarás la violencia de forma gratuita

    Desde la subjetividad absoluta, podríamos afirmar que Animales nocturnos es la mejor película que nos ha dejado el año 2016. La cantidad de tópicos llevados a análisis y la simultaneidad de líneas narrativas diferentes utilizadas, la sitúan en una posición estructural única, de la que podemos sacar provecho analizando cada uno de los componentes que aborda. Uno de esos parámetros es el uso de la violencia, pues es de admirar la forma en la que representa un tipo de crueldad diferente en cada nivel narrativo. En concreto, la parte metaficticia del filme, en la que se proyecta la historia dentro de la novela, es un cuento de violencia y tensión progresiva que, al margen de la estudiada sucia-pulcritud con la que se representa la escena, conecta de manera asombrosa con el resto de manifestaciones violentas del metraje, pues da sentido a lo que ocurre en el presente fílmico, y se construye a raíz de lo ocurrido en el pasado (flashbacks). La secuencia seleccionada corresponde al inicio de toda esa vehemencia paulatina, y en ella podemos contemplar el primer nivel de toda esa ira: la violación del espacio de seguridad de los protagonistas, quienes son aislados e inmovilizados en un enclave inhóspito a merced de tres degenerados que parecen haberla tomado con esta inocente familia. Con sólo 1 minuto, Tom Ford presenta, construye y desarrolla un planteamiento fascinante basándose en un único eje: la violencia.



    Este año, para celebrar la llegada del 2016, tocaba película de Tarantino y, por supuesto, cuando se habla de violencia y cine, es necesario hacer una parada en la irónica crueldad del influyente director. Los odiosos ocho comenzaba con un uso de la violencia discriminatorio e irónico. En la escena seleccionada se aprecia a un caza recompensas transportando a una joven forajida que no resulta muy bien parada a lo largo del metraje, debido a la barbarie misógina que el personaje interpretado por Kurt Russell evidencia en toda su actuación. Como en la mayoría de obras del director, estas explosiones esporádicas de violencia física y verbal introductorias, cumplen una función sarcástica de demanda social. Se busca representar un acto despreciable para que la potencia del mensaje adquiera una fuerza gráfica a la altura de lo que se quiere denunciar. Asimismo, la visión sociopolítica del salvajismo ofrecerá, con el avance narrativo, un punto de vista más explícito, en el progresivo aumento de la crueldad, hasta culminar en el sangriento desenlace que no tiene otra justificación que la sinrazón vehemente.



    High-Rise es la pieza más excéntrica y brutal que hemos encontrado este año en lo referente a violencia. Quizá, lo más escalofriante de esa representación no se encuentre en las explícitas escenas, que las hay y en gran número, sino en la justificación que el director presenta para llevar a cabo esa orgía de golpes: la simple condición humana. Ben Wheatley otorga al hombre un carácter completamente envilecido a causa de su involución sociable. En la siguiente escena podemos apreciar las consecuencias de esa barbarie; las víctimas, tanto del atentado físico, como del psicológico, personificadas en esos niños que lograron quedarse dormidos pese a la matanza indiscriminada que ocurría a su alrededor. No existe la contención posmoderna, ni tan siquiera la espectacularidad moderna con su pirotecnia bestial, lo único que queda patente son los golpes, duros, secos, sin mesura ni pudor. Un mensaje de total pesimismo donde la violencia se presenta como la principal protagonista de las relaciones humanas, para las cuales, el director prefiere no dulcificar la situación, ni hacerla más digerible con trucos de edición, sino que aplica las escenas como una sucesión de puñetazos implacables, lo que cobra una importancia absoluta al proporcionar un certero vehículo de transmisión que no deja lugar a dudas sobre su objeto de denuncia.



    Mal ejemplo: Escuadrón suicida.

    El problema que tenemos con Escuadrón suicida es similar al que encontramos el año pasado con El año más violento: las promesas incumplidas. Comenzaba el año con un aluvión de mercadotecnia sobre los antihéroes de DC, que prometía, con una de las campañas más atractivas y eficaces, cambiar el oxidado esquema de las adaptaciones de novelas gráficas y, sin lugar a dudas, lo mejor de esta película se quedó en los clips e imágenes promocionales. Un festín de violencia y pop-art que se desvaneció con la sorprendente sobriedad del producto final. En esta escena, en la que se aprecia el rescate de Harley Queen por parte de Joker, se evidencia esta falta de innovación y la desperdiciada oportunidad de crear algo verdaderamente transgresor. Lo que podría haber sido una operación de violencia desmedida y locura irrefrenable de nuestro villano favorito, un magníficamente caracterizado Jared Leto, se quedó en un anodino tiroteo sin mayor repercusión. Nos prometieron una cinta basada en la fan-fiction para adultos y, aunque el resultado final no fue tan malo, lo peor sin duda fue la lacerante decepción al comprobar que no pasaba de la media establecida por el empacho Marveliano.



    IV. Aportarás lirismo a la narración prosaica

    Este año hemos podido asistir a dos trabajos cuya construcción narrativa resultó de una pulcritud mayestática. La primera de ellas es, por supuesto, Animales nocturnos, cinta que, no sólo es capaz de erigir tres diferentes niveles argumentales independientes y perfectamente verosímiles por separado, sino que además, acierta a cohesionarlos en su conjunto mediante un sincretismo sublime. En cualquier caso, dentro de la brillantez narrativa de Animales nocturnos, lo que realmente consigue hacer de esta película un ejemplo único en su especie es la posibilidad de extraer cualquier fragmento de su metraje y llevarlo a análisis de forma independiente, sin que por ello pierda un ápice de sentido, algo que nos recuerda a la prosa elegante y despiadada de Kenzaburo Oé. En los fragmentos seleccionados de cada obra, el autor expone una explicación muy libre de lo que para él significa el título de su creación, algo que tiene un sentido intrínseco propio y, al mismo tiempo, aporta una serie de pistas sobre cuál es el verdadero significado de la pieza al completo:

    “Tienes razón. Es una cuestión personal. Cuando estás solo dentro de una cueva privada, al final llegas a una salida lateral que conduce a una verdad que te concierne a ti y a todo el mundo. Eso recompensa los sufrimientos padecidos. ¿No le ocurrió así a Tom Sawyer? Tuvo que sufrir en una cueva oscura, pero al mismo tiempo encontró el camino hacia la luz y un saco de oro. Sin embargo, lo que experimento ahora es como cavar en solitario el pozo vertical de una mina, recto hacia abajo, hacia una profundidad sin esperanzas y que nunca se abrirá al mundo de nadie más. Así que, aunque sude y sufra en mi cueva privada, mi experiencia jamás le importará o concernirá a nadie. Lo único que hago es cavar y cavar, algo estéril y vergonzoso. ¡Esta vez Tom Sawyer está en el fondo de un pozo sin salida y no me sorprendería que enloqueciera!”

    Una cuestión personal, Kenzaburo Oé.



    La segunda de esas películas a las que nos referíamos en este punto referido al lirismo es La doncella. Park Chan-wook también se muestra muy certero en el planteamiento de su semántica, con la diferencia de que su estilo deviene mucho más solemne y provisto de un valor académico y formal casi tan importante como el propio mérito artístico. La factura, de innegable elegancia escénica, ha de recordarnos sin duda a los grandes dramas clásicos, donde las presentaciones de personajes, las acciones de los mismos, o los detalles descriptivos forman parte de un estudiado plano de procedimientos a seguir en cada situación cotidiana, como el que una vez fue recomendado por Ovidio:

    “La mujer diminuta cabalgue sobre los hombros de su amigo. Andrómaca, que era de larga estatura, nunca se puso sobre los de su esposo Héctor. La que tenga el talle largo, oprima con las rodillas el tálamo y deje caer un poco la cabeza; si sus músculos incitan con la frescura juvenil y sus pechos carecen de máculas, que el amante en pie la vea ligeramente inclinada en el lecho. No te sonroje soltar, como una Bacante de Tesalia, los cabellos y dejarlos flotar sobre los hombros, y si Lucina señaló tu vientre con las arrugas, pelea como el ágil partho, volviendo las espaldas. Venus se huelga de cien maneras distintas; la más fácil y de menos trabajo es acostarse tendida a medias sobre el costado derecho.”

    El arte de amar, Ovidio.



    La juventud es un maravilloso relato sobre la soledad, el romanticismo, la vanidad y la nostalgia. Todo en ella es delicado; incluso cuando lo mostrado tiende a la brutalidad o al salvajismo, su esencia y su forma continúa firme por la senda de la sublimación sensorial. Así, Sorrentino presenta una narrativa lírica y sin brusquedades sonoras, que nos hace recordar a la fabulosa novela La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem. Ambas obras exploran la dificultad de mantenerse fiel a unos principios, y a nuestra propia voluntad, cuando existe algo tan poderoso llamado presión social, algo que nos mueve a abandonar nuestras inquietudes o, al menos, encaminarlas hacia un proceso condescendiente de complacencia ajena. Todo ello respetando a los héroes que han marcado nuestra vida, ya sean éstos personas reales o auténticos superhéroes de capa y antifaz.

    “Era perfectamente posible que una canción te destrozara la vida. Sí, la maldición musical podía caer sobre una solitaria figura humana y aplastarla como a un gusano. La canción, aquella canción, la mandaban a por ti desde algún otro lugar, a arruinarte la existencia. La canción era tu destino asqueroso personal, se manifestaba en forma de zumbido pop emergiendo de la radio por todas partes. En el mejor de los casos era la banda sonora de tu destrucción, el tema principal. Los días quedaban reducidos a un montaje de su ritmo de cencerro, con su inexorable doble línea de bajo y voces picantes, una especie de sorna salmodiada rodeada de gemidos de placer."

    La fortaleza de la soledad, Jonathan Lethem.



    Mal ejemplo: Trumbo.

    Trumbo contaba con todos los ingredientes para convertirse en la nueva Truman Capote. Por desgracia, pese a que se pudo sacar un biopic de gran interés histórico y anecdótico, el director decidió prestar mucha más atención a los fríos datos y a las explicaciones sociopolíticas, que al lirismo de la narración. Este hecho restó toda la fuerza argumental a una crónica que, con el potencial suficiente para alcanzar la inmortalidad artística, se vio condenada a una fecha de caducidad demasiado temprana, pues no acierta a convertir este relato de prejuicios y quema de libertades en un siniestro cuento de guerra, desperdiciando lo que podría haber sido un maravilloso paralelismo entre el macartismo, la caza de brujas y la censura ideológica padecida por Dalton Trumbo, y el drama bélico, la Primera Guerra Mundial y la mutilación física sufrida por el protagonista de Johnny cogió su fusil.

    Hail, Caesar!

    V. Harás reír sin humillarte

    El humor es algo que siempre ha caracterizado a los hermanos Coen. En el caso de su última película, ¡Ave Cesar!, hay que destacar la ironía que estos realizadores ponen en cada una de sus escenas, para lograr que el resultado sea tan histriónico como hilarante. En el presente caso, con un trasfondo social tan arraigado en nuestra cultura como es la falsedad de lo políticamente correcto, y los ignominiosos esfuerzos de los medios de comunicación por no ofender ni excluir a ningún grupo social, surge esta escena en la que los portavoces de las religiones mayoritarias estadounidenses se reúnen para discutir los posibles aspectos sensibles que una cinta sobre religión puede llevar implícitos. El humor llegará cuando nos demos cuenta de que, más que el impacto sacrílego, lo que los religiosos prefieren discutir son los aspectos artísticos y cinematográficos, cuestiones como quién interpreta al mesías o los posibles fallos de raccord serán presentados ante un excéntrico magnate del cine.



    Puede que Paterson no esté dotada de esa agudeza capaz de hacernos reír a carcajadas sin parar, pero sin duda, es una de las obras que logran, con mayor eficacia, la principal función de toda comedia: ponernos de buen humor. Desde que comienza el metraje, una sonrisa se dibujará en nuestro semblante y no desaparecerá hasta que nuestro cerebro nos obligue, en contra de nuestra voluntad, a pensar en otra cosa que no sea en ese entrañable conductor de autobús; y lo cierto es que, una vez vista la cinta de Jim Jarmusch, nada más allá de la ingenuidad y la bondad volverán a tener sentido en nuestra cotidianidad. Si hay una película capaz de cambiarte la vida, esa es Paterson. Esta escena muestra la sencillez con la que el avance narrativo logra esta misión tan optimista. La participación del perro es crucial, pues en primer lugar lo vemos mirando atentamente por la ventana mientras Paterson arregla su buzón torcido, algo que se relacionará con otra escena y los mismos protagonistas —buzón, perro y Paterson— más adelante; después nos sorprende que la reacción de Marvin no es festejar la llegada de su dueño y salir a recibirle como la mayoría de mascotas, sino tomar posesión de su sillón estableciendo una clara postura de liderazgo y, por último, una ordinaria conversación entre Paterson y su novia, pero trazada de forma magistral, con inusitada sencillez y cariño, nos ayuda a permanecer de buen humor.



    Uno de los ejemplos más humorísticos y sarcásticos que nos dejó el 2016 fue Wiener Dog. La importancia cómica de esta película reside en la efectividad con la que consigue retratar la excentricidad en el carácter de las diferentes clases sociales, desde la frialdad y la hipocresía de la clase alta, hasta la involuntaria comicidad de la clase baja, con su sinceridad y sequedad dialéctica. Todas las relaciones serán vistas desde una óptica diferente y un estrato social distinto, siendo lo más original e innovador de este planteamiento el hecho de que todas esas narraciones estarán unidas por un simple perro salchicha, que representa en última instancia una visión irónica y comparativa del animal con respecto a los humanos. El humor propuesto por Todd Solondz es claramente corrosivo y tendente al absurdo, pero el director consigue contextualizarlo en un escenario de crítica social para que esa absurdidad resulte muy eficaz en su mensaje.



    Mal ejemplo: Mi gran boda griega 2.

    La frescura, la originalidad, la excentricidad y el limpiacristales; todo lo que hizo de aquel primer choque de culturas tan improbable que fue Mi gran boda griega, una experiencia única y de un humor irrepetible, se esfumó en este segundo intento que, en ningún momento, estuvo a la altura de su predecesora. Algún chiste aislado y la incómoda necesidad de repetir cada secuencia de su exitosa primera parte, hicieron de esta cinta un absoluto fracaso.



    VI. Ni tanto ni tan poco: la música como un justo y preciso acompañamiento

    The Neon Demon (The Demon Dance – Cliff Martinez y Julian Winding). Escuchar.
    Sing Street (Drive It Like You Stole It – Hudson Thames). Escuchar.
    La juventud (Simple Song #3 – Sumi Jo). Escuchar.
    Everybody wants some (Rapper's Delight – Sugarhill Gang): Escuchar.









    Mal ejemplo: American Honey.

    Rihanna es como un comodín en la edición cinematográfica, se recurre a ella de forma casi religiosa para buscar implicar al espectador en la trama y, aunque en ocasiones funciona bien, hay otras, como por ejemplo en American Honey, que no termina de encontrar su sitio. Precisamente esta película se presenta como una inadaptada fílmica, pues busca llegar a las almas adolescentes y libres con un producto adrenalínico y sin mayor trascendencia dramática, logrando que su evocadora fotografía capte la atención de un público joven que se deja seducir sin mucha reticencia ayudado por la incisiva y pegadiza banda sonora. Pero llega un momento en el que ni siquiera Rihanna consigue que todas estas piezas desordenadas y sin finalidad narrativa tengan sentido, y entonces el entramado se viene abajo para un desenlace decepcionante y casi tan agotador como el resto del metraje. Andrea Arnold pierde toda la fuerza y la repercusión argumental que sí pudimos vislumbrar en sus anteriores creaciones como Fish Tank y, sobre todo, Red Road. Parece que tratar de fusionar sus dos mejores trabajos no ha salido tan bien como desearíamos.



    VII. No aburrirás (I): la originalidad como pilar maestro en la construcción argumental

    La metaficción y la intertextualidad son recursos ampliamente tratados tanto en el cine como en el arte en general. La importancia de Animales nocturnos recae en la capacidad para trazar una perfecta estructura narrativa puramente cinematográfica, y acompañarla de una sublime interdisciplinaridad artística sin que el resultado obtenido peque de barroquismo sobrecargado. Para lograr este propósito, la película presume de gran innovación estructural, y establece una división de forma y contenido en tres niveles diferentes de ficcionalidad. Cada nivel podrá entenderse de manera independiente y funcionará, asimismo, como uno de los engranajes de esa obra de ingeniería artística que es el filme de Tom Ford, donde además de los elementos evidentes extraídos de la literatura y el cine, se aprecia una gran cantidad de matices derivados de la pintura, la arquitectura y, por supuesto, la moda.

    En la siguiente infografía pueden verse los cuatro pilares artísticos que rodean a ese ejercicio cinematográfico: a la izquierda encontramos la influencia de la arquitectura, una residencia exquisita, diseñada por el arquitecto Scott Mitchell, de cuya pulcritud emana un inquietante aire de frialdad e inadaptabilidad. A la derecha tenemos la evolución en el vestuario de la protagonista, pasando del negro riguroso hasta el verde esperanzador y, en este caso, irónico. Arriba encontramos la aportación de la pintura, con obras de Robert Motherwell, Richard Misrach, John Currin y Mark Bradford. Por último, en la parte inferior, hemos situado las dos referencias más significativas de la narrativa de Ford, el hard boiled de John Connolly, y el cinismo poético de Richard Ford, aunque no hay duda de que en una obra tan lírica como Animales nocturnos, podemos encontrar muchas otras aportaciones literarias y poéticas.

    Infografía

    Parece difícil creer que una película de extraterrestres pueda entrar en un compendio de originalidad, sin embargo, La llegada resulta un ejercicio de consolidación de una disciplina injustamente olvidada —la lingüística— con el paso de los años y la evolución del primer mundo hacia un lenguaje universal (el inglés, por supuesto). El filme de Denis Villeneuve se atreve a abordar, de forma muy superficial, la teoría del relativismo lingüístico para explicar la tendencia del ciudadano americano a establecer una posición defensiva y de hostilidad frente a cualquier hecho desconocido; la hostilidad, parece decir, no está en su genética, sino en su lenguaje. Sin embargo, lo verdaderamente importante es el protagonismo del lingüista, el hecho de que una persona sea capaz de comprender e incluso comunicarse con cualquier persona —o especie—, sin haber tenido nociones previas o tan siquiera conocer la existencia de un dialecto concreto. El estudio del habla enfocado hacia estructuras de aprendizaje, comunicación y patrones reiterativos. Un entendimiento que llegará, en gran medida, gracias a la capacidad de comprender al vehículo portador del mensaje cifrado que, en este caso, no corresponde a un sujeto corriente, sino a un extraterrestre.



    The Wailing ha supuesto la gran sorpresa del año. Lo que en un comienzo parecía otra de las típicas parodias surcoreanas al género policial, con todos sus excesos y su violencia desmedida, terminó por convertirse en una escena apoteósica de gran eficacia audiovisual. En el siguiente extracto, se aprecia de forma íntegra uno de los momentos más espectaculares de la película. Vemos como la comedia deja terreno a una solemne ritualidad delirante por medio de un duelo provisto de gran pirotecnia visual y potencia dramática desmedida. En la secuencia quedan patentes las diferentes ceremonias litúrgicas asociadas a procedimientos culturales dispares, la excentricidad del chamán y la gravedad hermética del hechicero satánico, ambas corrientes protocolarias de atavismo milenario chocan en un estallido de violencia rítmica con sublime fotografía, disputando su batalla sobre el cuerpo convulso de una joven poseída, que se retuerce al son de las prácticas vudús en uno de los combates a distancia más espectaculares que hemos visto en la historia de la cinematografía de todos los tiempos.



    Mal ejemplo: El principito.

    El principal problema de la adaptación cinematográfica de El principito, reside en que se enfrenta, como ocurrió con Alicia en el país de las maravillas, a uno de los ejemplos literarios más originales de la literatura metafórica. Cuando se reducen la riqueza alegórica de los epítetos, las paradojas, los símbolos, las metalepsis y los demás recursos retóricos al montaje de una sencilla obra de animación, el relato queda condenado a una simpleza narrativa que parece, no ya de mal gusto o detestable, pero sí innecesaria, puesto que nos obliga a cambiar la percepción idealizada de un personaje cuya existencia en nuestra memoria compone, en sí mismo, una representación de la lucha por la mejora personal.

    Green room

    VIII. No aburrirás (II): el ritmo narrativo

    Películas que comienzan de menos a más: Green Room tiene un claro punto de inflexión rítmico, situado además en el punto exacto marcado por el propio título, esa habitación verde que servirá de catalizador de la trama y de escenario principal de la acción. Los personajes, un grupo de música metal, dan un concierto en un antro de nazis; todo marcha sin muchas complicaciones hasta que la banda entra en esa habitación epónima y sus componentes se vuelven de manera inmediata en testigos de un crimen. Los perpetradores, que son los mismos dueños del local, comienzan a dar muestras de agresividad y los protagonistas deciden encerrarse en el cuarto, rodeados por un centenar de skinheads dispuestos a evitar que puedan testimoniar lo que acaban de presenciar. En ese momento, el ritmo se vuelve endiabladamente violento y su intensidad persistirá en progresivo aumento hasta que llegue el vehemente desenlace. A pesar de sus escenas altamente brutales y explícitas, Green Room consigue que mantengamos la atención en todo momento gracias a esa intensidad cadenciosa que se sustenta por la admirable estructuración de Jeremy Saulnier.



    Películas divididas en fragmentos de intensidad progresiva: Animales nocturnos. Como ya hemos mencionado en varias ocasiones, la obra maestra de Tom Ford queda dividida en tres relatos diferentes, los cuales se subdividen a su vez, en partes más pequeñas que simularán los capítulos de una novela. Cada parte comienza con un ritmo taimado, introductorio y por momentos onírico, y termina con una secuencia enfática que resalta el apartado genérico que se está abordando, ya sea mediante el acercamiento de un punto crítico del guion, una secuencia de acción, o la presentación de una incertidumbre para la que no hallaremos respuesta.



    Películas que van de más a más: Comanchería. Uno de los grandes acontecimientos visuales y sonoros del año fue la cinta de David Mackenzie. Su premisa principal consiste en alterar metafóricamente los pilares del western clásico, cambiando tabernas por entidades bancarias, forajidos por contables, y dividiendo a los vaqueros en dos grupos, los que están dentro de la ley (el sheriff y su ayudante), y los outsiders que lucharán por una causa noble. En la escena inicial, vemos como los atracadores consiguen robar con éxito un banco, pero cuando pensábamos que la trama comenzaría entonces a girar en torno a la búsqueda y captura de esos hermanos, nos asalta la secuencia de otro atraco a otro banco de la misma cadena. Desde esa sensacional apertura, el ritmo continuará sin ceder terreno ni un minuto en un magnífico ejemplo de manejo de la acción.



    Mal ejemplo: Madame Bovary.

    Le fallaron las fuerzas a Sophie Barthes, pese a que el comienzo de Madame Bovary auguraba la posibilidad de un reencuentro con la prosa minuciosa y elegante de Flaubert, finalmente no pudimos encontrar más que un esfuerzo extenuante y casi irrealizable por seguir el elocuente ritmo lírico del escritor, dejando de lado por completo la cadencia energética de un filme que se ahogó extenuado a los pocos minutos por tratar de cumplir una reescritura irrepetible.


    IX. Romperás la cuarta pared: desarrollo de los personajes

    Uno de los aspectos más sorprendentes de Animales nocturnos es el proceso creativo y desarrollador de su personaje principal. Y no nos referimos a Amy Admas y su estupenda interpretación dando vida a una mujer de temperamento tan voluble como Susan, sino al verdadero protagonista sobre el que gira toda la historia, Edward Sheffield, un escritor que trata de alcanzar el éxito con una novela de tintes autobiográficos. Lo más impactante de este desarrollo es que esta minuciosa y descriptiva presentación idiosincrática, representada por la figura de Jake Gyllenhaal, se realiza sin mostrar ninguna imagen del personaje, más allá de la que podemos leer en los episodios ficticios mostrados a través de la imaginación de Susan, y en los flashbacks, también extraídos del recuerdo de la mujer. Un recurso muy astuto que aporta un misterioso dinamismo a todo el avance narrativo.



    En el momento que, para nuestra desilusión, termina Paterson, habremos llegado a un punto de conexión con su protagonista homónimo de una relevancia casi familiar. La simplicidad de su monotonía nos atrapará sentimentalmente de forma que, más que la identificación con él, que también, sentiremos un vínculo afectivo de implicaciones irracionales si nos detenemos a pensar por un momento que se trata de un personaje de ficción, inexistente en el mismo universo por el que circulamos. Lamentaremos sin duda este inconveniente, pues el hecho asumido de no poder seguir disfrutando y aprendiendo de la filosofía optimista con la que plantea su vida, nos deja en el abismo del desamparo, expuestos a una infelicidad que se presenta sin aviso en situaciones comprometidas, para las cuales nos gustaría contar con su ayuda o su consejo con el fin de aprender a ser un poco más tolerantes cada día, sabiendo valorar lo verdaderamente importante y la belleza que nos rodea. Llegamos a un punto en el que ansiamos la exhortación de un ser ficcional mucho más que la de cualquier conocido que se presente en nuestra imperfecta vida real, y eso, eso es la definición de empatía. Todos queremos recurrir a Paterson en busca de unas palabras de apoyo, siempre ofrecidas con la pasividad más comprensiva.



    No podíamos olvidarnos de una de las mejores cintas del año: El renacido que, pese a haber sido una de las grandes protagonistas del curso pasado, se estrenó en España a comienzos del 2016 y, por ello, su implicación en las listas de mejores películas se ha visto condicionada por la lejanía de su presentación en salas frente a la proximidad de sus grandes competidoras. En cuanto al desarrollo del personaje, El renacido expone también un trabajo sublime, y pese a que no se centra en crear una empatía directa con su protagonista, como hace Paterson, sí establece una línea de desarrollo argumental basada en dos personajes antagónicos que, finalmente, resultarán más parecidos de lo que pensábamos. Leonardo DiCaprio y Tom Hardy se dejan la piel en sus interpretaciones para ofrecernos una espectacular actuación conjunta de una potencia casi tan impactante como la propia imagen. Un paralelismo entre el bien y el mal que queda reflejado en una de las escenas finales donde, en la lucha definitiva, cuesta identificar por momentos quién representa a la justicia y quién se opone a ella.

    https://www.youtube.com/watch?v=tQBRH1Tdk-k

    Mal ejemplo: Batman V. Superman: El amanecer de la Justicia.

    El universo fandom presagiaba para este año pasado uno de los mayores enfrentamientos de la historia: Batman contra Superman. Los dos superhéroes más influyentes de DC Comics se cruzaban con la promesa de un choque desmesurado. Sin embargo, ni la lucha fue tan iconoclasta como esperábamos, ni el proceso de transformación de los personajes resultó muy elaborado, por lo que en la representación de ambos personajes faltó la expresión de sendas muestras de conflicto interior así como la demonización de, al menos, uno de ellos, para atacar sin piedad al otro y convertirse de verdad en el enemigo de la población civil.

    El hijo de Saúl

    X. Plantearás un ejercicio estético deslumbrante y coherente

    Este año no ha brillado por la ironía de sus películas, de manera que hemos optado por cambiar el décimo mandamiento de una buena escena, Ironiza y vencerás, por otro de mayor repercusión visual, y que ha tenido un apabullante número de grandes ejemplos, de entre los cuales, por motivos de concisión, sólo hemos podido seleccionar tres, quedando fuera trabajos tan sublimes como el de Mátyás Erdély en El hijo de Saúl, Seamus McGarvey en Animales nocturnos, o Natasha Braier en The Neon Demon. Así, dejaremos que los fotogramas de los tres finalistas expresen lo que sería imposible describir con 1.000 palabras:

    Los odiosos ocho – Robert Richardson:

    The hateful eight

    El renacido – Emmanuel Lubezki:

    The revenant

    Café Society – Vittorio Storaro:

    Café Society
    Feelmakers

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