Despedimos oficialmente el curso cinematográfico, a falta de conocer el próximo 26 de febrero a los vencedores de los premios de la Academia, y para ello, rescatamos nuestro decálogo anual, y lo adaptamos al 2016 para hacer balance y revisión de las mejores escenas que nos ha dejado uno de los años más valiosos, en cuanto a cine se refiere, que recordamos en lo que va de siglo. Al seguir este decálogo una estructura idéntica al de 2015, y para evitar repetir lo ya expuesto hace un año en estas mismas páginas, hemos decidido prescindir de los textos introductorios y explicativos de cada postulado. Si quieren recordar los criterios seguidos para la elección de las películas en cada apartado, pueden hacerlo aquí.
I. Poetizarás los textos
Paterson ha logrado lo que no consiguieron Allen Ginsberg, Vicente Huidobro, Baudelaire o Heine: convencer de forma unánime al público medio de que la poesía es algo que va mucho más allá de la rima consonante. Jarmusch nos sorprendió con la ternura y la pasión de la medianía, nos descubrió que tras la fachada más ordinaria puede esconderse una persona extraordinaria, alguien capaz de dibujar sonrisas a su paso a golpe de ingenuidad poética y de genuina ilusión por la vida. Paterson nos devuelve el optimismo con la fuerza que emanaba de la antipoesía de Parra:
“Qué vale más, ¿el oro o la belleza?,
¿Vale más el arroyo que se mueve
O la chépica fija a la ribera?
A lo lejos se oye una campana
Que abre una herida más, o que la cierra:
¿Es más real el agua de la fuente
O la muchacha que se mira en ella?
No se sabe, la gente se lo pasa
Construyendo castillos en la arena.
¿Es superior el vaso transparente
A la mano del hombre que lo crea?
Se respira una atmósfera cansada
De ceniza, de humo, de tristeza:
Lo que se vio una vez ya no se vuelve
A ver igual, dicen las hojas secas.
Hora del té, tostadas, margarina.
Todo envuelto en una especie de niebla.”
Xavier Dolan también presumió de poética este año, aunque la visión de Solo el fin del mundo es mucho menos alegre que el ejemplo anteriormente presentado. La poesía de Dolan se asemeja más al ideal solitario del ascetismo, a la melancólica tradición fatalista que nos recuerda como ineludible nuestro común destino con un memento mori que, no obstante, sugiere una apacible calma y sutileza que impera por encima de la frenética levedad de nuestras acciones. Una cadencia taimada domina el pulso del espectador, como lo hacen los versos de John Donne en su Nocturno sobre la festividad de Santa Lucía:
“Mas yo soy por su muerte (tal palabra la injuria)
el elixir de la primera nada.
Fuera yo un hombre y, si lo fuera,
sin duda lo sabría; sin duda prefiriera,
de ser alguna bestia,
ciertos fines y medios; pues incluso las plantas y las piedras odian
y aman; todas las cosas, todo de algunas propiedades se reviste;
si una nada ordinaria sólo fuera,
como lo es una sombra, un cuerpo y una luz tendría al menos.”
Pocas películas son capaces de recrear la trayectoria biográfica de su protagonista con la precisión con la que Neruda, de Pablo Larraín, dibuja a Pablo Neruda. El director consigue plasmar las dos caras del artista, la pasional y la afligida, con dos voces diferentes y dos perspectivas dramáticas de inapelable gravedad semántica. Un poeta atormentado por su éxito, perseguido por la sombra de un poema que no dejaría de acompañarle, como gloria y castigo, para anular la percepción romántica de su realidad hasta el día de su muerte:
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
Y tiritan, azules, los astros a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.”
Dentro de su recurrente histrionismo cómico, Woody Allen introdujo, en Café Society, un cierre desgarradoramente poético que permite ver el canto apesadumbrado del protagonista en recuerdo de aquellos tiempos pasados que ya no volverán. Un ubi sunt perfectamente representado en esa escena final que recuerda al llanto afligido de Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre:
“¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?”
Mal ejemplo: La academia de las musas.
Situar una gran película como La academia de las musas, de José Luis Guerín, como mal ejemplo poético en este decálogo tiene una razón de ser: la frustración que sufrimos los espectadores al ver cómo la cinta, pese a su más que notable potencial, no terminaba de alcanzar la excelencia por culpa de un guion demasiado académico, falto de pasión. Se habla de las musas, de la poesía, del sufrimiento del poeta, pero todo desde una perspectiva externa.
por Alberto Sáez Villarino
enero 18, 2017
enero 18, 2017
Decálogo de una (buena) escena
por Alberto Sáez Villarino | enero 18, 2017








