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    Karlovy Vary 2015 | Día 8. Críticas: La giovinezza (Youth) / 45 years / Last summer

    Harvey Keitel en Karlovy Vary

    Shit happens

    Crónica de la octava jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    En la jornada de reflexión, un caballero acaparó todos los aplausos y miradas. Ya lo anunciaban los presentadores del Grand Hall: «llega el momento más esperado de esta 50ª edición». El reguero de personas que ocupaban butacas, pasillos y huecos así lo atestiguaban. Los fotógrafos cuerpeaban y se movían al mismo son, como si de una bandada de pájaros que hubiera tomado la corriente de aire perfecta se tratara. Delante, tenían al Señor Lobo, tan elegante como cercano, junto a su orgulloso sobrino. La reacción del respetable fue de órdago, con una ovación cerrada de las que calan. «Karlovy Vary es una casa para mí», apostillaba Harvey Keitel con orgullo. El gran actor neoyorquino retornaba a la ciudad checa tras su Life Achievement Award en 2006 que le convirtió en la imagen de renovación del certamen. Uno de los spots –en la parte inferior de este artículo— más aplaudidos de cada entrega es el que protagoniza este camaleón que nada tiene ya que demostrar. «Shit happens», entona. Y es así, el Festival de Karlovy Vary llega a su fin. Lo hace con la melancolía del filme que Keitel prologa, una maravilla que dividió en Cannes y que entusiasmó a Carlsbad. Una de las grandes sensaciones que extrapola La giovinezza en su último tercio de metraje es la de anhelar que no haya epílogo; que siga el carrusel, que la fiesta no tenga punto, ni final, ni seguido. Es, quizá, el mayor halago que se le puede hacer a una película. También la mejor alabanza a una celebración como este capítulo número cincuenta de un cada vez más joven KVIFF. Tristemente, el cierre llegará hoy, con el anuncio del palmarés. El domingo, desplazamiento a Praga, y, después, vuelta a casa. Con la maleta rebosante de recuerdos. Y sin aterrizar aún, deseando volver.

    Youth

    LA JUVENTUD

    La giovinezza, Paolo Sorrentino, Italia / Horizons.

    «La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella, la borró igual que el departamento de propaganda [...] La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchar por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia». Milan Kundera

    Existen pocos directores como Paolo Sorrentino que mimen tanto a sus protagonistas. No obstante, son una extensión de sí mismo, de ese gran ego que jamás provoca la indiferencia. Si en La gran belleza (La grande bellezza, 2013) delineaba a los fantasmas de la inspiración y todos los caminos perdidos, de uno de éstos nace La juventud (La giovinezza, 2015), hermoso afluente del discurso de ese Jeep Gambardella a quien convirtió en un icono del cine moderno Toni Servilio. La diferencia entre el señor Gambardella y Fred Ballinger, el motor del noveno largometraje del cineasta napolitano, yace, primero, en la empatía de éste, la humildad –forzada o no— de un genio; segundo, en su pasado, mientras el de Gambardella era hueco, en Ballinger resulta tan robusto como desolador. La taciturna mirada atrás del compositor británico compone las dudas de su futuro. Una incertidumbre que comparte con su mejor amigo, Mick, un cineasta venido a menos que esperar coronar, por fin, su trayectoria con una exitosa película. Ambos, ven el minutero como un problema, a la irreversibilidad como una losa. La huida del Estro es un efecto secundario, crear es sólo el eco de los sentimientos. Sorrentino presenta una serie de caracteres memorables –encarnados por unos soberbios Michael Caine, Harvey Keitel y Paul Dano—, desamparados por la indefinición existencial, sin un mapa estelar que les guíe en ese desierto del destierro conceptivo y vital. Ahí, en la duda, la lírica de La juventud lleva al espectador a una travesía impensable: a la emoción. El realizador italiano subraya que la vida es una tragedia, pero también que es nuestro deber vivirla. [95/100]

    Anexo: crítica de Alberto Sáez Villarino desde el Festival de Cannes:

    «La giovinezza refleja una lucha contra el tiempo mientras se mira melancólicamente al pasado fingiendo buscar el futuro, un desafío a la muerte (literal o profesional), intentando prolongar inútilmente la juventud o bien, cualquier momento efímero. El resto de la vida parece una sucesión de vicisitudes que alteran la rutina voyeurística diaria de los personajes...»


    45 years

    45 AÑOS

    45 years, Andrew Haigh, Reino Unido / Horizons.

    Un hermoso plano final cierra una de las grandes exhibiciones actorales que dejará, sin duda, el 2015. 45 años (45 years) —que distribuirá Golem en España— supone el gran salto de Andrew Haigh, director británico que encandiló a la crítica hace cinco años con Weekend, el retrato íntimo de una pareja homosexual en Nottingham que triunfó en el South by Southwest. En su tercera película, Haigh nos desvela los réditos de un matrimonio maduro –no sólo cronológicamente—, que navega en calma, con la vista ya en el puerto. Ella, es una mujer segura de sí misma, autoconsciente. Él, es un adolescente de setenta años, inseguro, tan torpe como balbuceante. Se aman, lo demuestran en cada instante, siempre con la luz diurna como testigo. Pero la noche lo delata, al menos a ojos de ella. Y así comienza un pausado viaje por el sendero de la soledad, desde la desconfianza. Charlotte Rampling y Tom Courtenay hacen olvidar al espectador que está viendo ficción en toda una demostración de interpretación minimalista, donde todos los gestos cuentan, que instala la tristeza y la amargura en la pantalla. La refinada realización de Haigh nos descubre a un gran narrador, que logra lo imposible: otorgar nuevos aires al drama romántico. Unas horas después, nuestra memoria hace el resto, como nos contaba Gonzalo Hernández tras proyección en la Berlinale, donde obtuvo los Osos de Plata interpretativos:

    «Finalmente, Andrew Haigh, director inglés que despuntó en la escena internacional con su segundo largo, Weekend —un drama homosexual dirigido con bastante elegancia—, nos recibe con una propuesta engañosamente contenida, abordando la aparente quietud de una pareja anciana que, a una semana para su cuarenta y cinco aniversario, recibe la noticia de que el cadáver de una mujer ha sido encontrado, el que fuera el primer amor del marido. Es el pistoletazo de salida para abrir antiguas heridas que estropeen la aparente tranquilidad de un matrimonio más que asentado, despertando inseguridades en ella. Una Charlotte Rampling intensa en su moderación, acumulando en su personaje una rabia y una impotencia que se acumulan de manera creciente, explotando en unos primeros planos magníficos, que la actriz sostiene como sólo una mujer de su altura es capaz de hacer. Ella es parte de la razón de que la trama avance, silenciosa, entre miradas de reproche casi ocultas y gestos mínimos de dolor, aquellos que marcan los picos emocionales, aparentemente fríos; de una cinta que juega la engañosa baza del relato amable de pareja anciana que redescubre su amor en los últimos estadios de su vida; pero aportando una oscuridad de sentimientos que, bajo la superficie, se intuyen inclementes, especialmente los de ella que, a la manera de una Joan Fontaine luchando contra el recuerdo de la eterna Rebecca, debe sobreponerse a los efluvios del pasado ocultando en su interior cuestiones que podrían arruinar todo aquello que para ella significaba seguridad. En los últimos minutos, sólo queda la certeza de algo terrible, de una verdad desgarradora que se queda en el aire. Haigh se ha superado con 45 Years. Es un filme que crece en el recuerdo, merced a un cierre magnífico, y que seguramente le valdrá nuevos éxitos a Charlotte Rampling, no sin merecimiento». [75/100]

    The last summer

    LAST SUMMER

    Leonardo Guerra Seràgnoli, Italia / Horizons.

    La primera escena de Last Summer aturde. En ella, un aparente capitán de yate comparte tabaco, roces y miradas con dos atractivas mujeres que suben a la cubierta tras un placentero baño bordeando la eslora. Unos minutos cargados de erótica clásica que se acaban difuminando con la brisa marina en pro de un drama familiar que cuece a fuego lento y cuyo regusto combina aflicción y dulzura. La ópera prima del director transalpino Leonardo Guerra Seràgnoli nos adentra en la difícil despedida de una madre y su hijo. Ella, Naomi, una estirada japonesa con el rostro de una espectacular Rinko Kikuchi; él, un niño de seis años llamado Kenzoburo que le rehúye, apenas la recuerda. Todos los detalles previos a este choque aparecerán de forma indirecta o intuitiva. El mencionado preámbulo nos descubre a un un matrimonio interracial, un divorcio, una custodia y un reparto equitativo. El silencio domina cada una de las secuencias, donde los rasgados ojos de los protagonistas luchan por contactar o huir, según se tercie; y donde el uso del idioma marca la distancia entre ambos. Los primeros y desconcertantes protagonistas del filme se convierten en jueces y testigos de un duelo que no dejará ganadores, o puede que sí. Seràgnoli dibuja con tino los males de la élite social, dominada por el orgullo, deshumanizada y desarraigada, para luego redimirla. Es la exposición al fracaso, del que no escapa nadie. El dolor siempre será un acompañante, poco importa la cuna de procedencia. [70/100]

    Emilio Martín Luna
    © Revista EAM / Enviado especial a la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary


    El fulgor efímero

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