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    Crítica | Capitán América: El soldado de invierno

    Capitán América: El soldado de invierno

    Patriotas con sabor a óxido

    crítica | Capitán América: El soldado de invierno, de Anthony y Joe Russo, 2014

    Frío, lo que se dice frío, no. Es un Invierno más bien primaveral, mercenario y amnésico, junto al gran obelisco in memoriam y la sede de S.H.I.E.L.D (acrónimo de Strategic Homeland Intervention, Enforcement and Logistics Division), en Washington. El paréntesis quizá sea irrelevante, okay, mas conviene ir asumiendo toda información desinformadora para el espectador. Ya hablé en anteriores críticas de estos productos siameses unidos por un frágil cordón argumental al Gran Progenitor y, ay, también Gran Esperanza. Es decir, Los Vengadores. Que a un año vista para el estreno de su nueva aventura, La Era de Ultrón, cargan y recargan ya los artilugios y los superpoderes con que han de maravillar al respetable. Y así no hay quien piense en paz, ni en ella. Pues la velocidad exige tomar nuevos viejos caminos: intimidación, violencia, épica 0% materia grasa, e incluso el "adoquín fascistoide" arrojado por los aires como si fuera una pelota de ping-pong. El mismo sonido metálico que emite al golpear el escudo con la estrella de cinco puntas: pink-ponk, pink-ponk. O chakín-chakín si el material se transforma en balas directas a tu cuerpo ignífugo, quizá a prueba de artillería pesada o vaya usted a saber qué tipo de artefactos. Y así no hay quien piense en ningún sol. Ni siquiera en quedarse viudo: un sueño con pantalones ajustados muy recurrente. Ya no es frío, sino una polaroid invernal atrapada en el tiempo con marmita. El Capitán América se cortó literalmente las alas, y ahora hay quien aspira a cortárselas definitivamente. A sus noventa y muchos, luego de aniquilar a medio régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, tras certificar su patriotismo sometiéndose a un proceso reconstituyente para reconstituir su lamentable constitución física: un flaco y bajito sin músculo era, y en un Apolo lo convirtió su gobierno. Ah, la patria. Ah, Tío Sam. Me resulta difícil frenar mis impulsos y no decir que no a El Capitán América: El soldado de invierno. Porque no hay más, tan sólo una vaga certidumbre a propósito del héroe en sí: una figura estólida que, mal que les pese a ciertos frikis (lectores de cómics, no freaks o monstruos), es el resultado directo de la ironía más vergonzante. Estados Unidos necesitaba un símbolo cuya potencia de fuego pudiera derrocar a los regímenes totalitarios. Por ello, decidió convertirse en lo que había denostado por una gris época, esto es, una nación-probeta que promulgaba la supremacía racial. ¿Quién sino el Capi representa el arquetipo de superhombre anhelado por Hitler? Y, para más inri, rubio. En fin. No incidiré más en ese aspecto, que a nadie interesa. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, las coreografías y los tiros. Chakín, pink-ponk. Y el termostato a veinte: ni frío ni calor. La vista y la temperatura idóneas.

    Capitán América: El soldado de invierno

    En 2006, La Casa de las Ideas inició un proyecto que se presumía renovador a muchos niveles. A partir del revulsivo propiciado por la línea Ultimate, y en su afán por imponerse en número de ventas a su gran competidor, DC Cómics, los jefes convocaron una reunión con los principales guionistas y dibujantes del famoso sello editorial. Fue aquel un intercambio que poco después cristalizaría en un crossover titulado Civil War. Una colección que mediría semana tras semana, número a número las expectativas y, sobre todo, la fidelidad del lector; ahora obligado a seguir simultáneamente las (des)aventuras de varios superhéroes, ya fueran los X-Men o Los 4 Fantásticos o los mismísimos (Nuevos) Vengadores, con Iron Man, Lobezno, Spider-Man y Capitán América a la cabeza. Entre otros muchos. Aquel crossover bajó el telón con un acontecimiento sin precedentes y tal vez peligroso en términos editoriales: un volumen para la historia, firmado por guionistas de estatura legendaria como Jeph Loeb y ese talento fulgurante que es Brian Michael Bendis; con el remanente del no menos virtuoso Straczynski, cuyo ideario se filtraba a la pluma de John Romita Jr. o Ed McGuinness. Salpicaduras de sangre sobre el escudo en la portada de La muerte del Capitán América: El hijo caído. Pero, eh, acordamos que los personajes de Marvel están exentos de las leyes ortodoxas: nacen, crecen (o nacen crecidos), luchan y mueren. Y después, resucitan. Y a lo peor, vuelven a morir. De tal modo que su peso dramático se ve reducido al de una mosca frotándose las patas. Eso le sucede a la película que dirigen, no sin solvencia pero con el más rijoso espíritu industrial, Anthony y Joe Russo. El espectador sucumbe a cualquier ley preestablecida, hasta el punto de que ni tan siquiera le conmociona una resurrección con un fondo de platillos imaginario.

    Capitán América: El soldado de invierno

    Todo vale en un mundo donde Scarlett Johansson luce sin estridencias y Samuel L. Jackson —para variar— toma el dinero y corre, mientras que Chris Evans es —para variar— el cociente de una división entre pollo y arroz. Buena genética, sin duda. Un maniquí con gesto pretendidamente afectado. Su intervención, eso sí, se antojaba homérica: nunca fue tan difícil inyectar vida a un personaje en continuo movimiento. Hay asimismo una escena muy movida en la que justo antes de saltar al vacío —en dirección a un barco mercante cuya tripulación, perteneciente a SHIELD, ha sido secuestrada por ¿unos soviéticos? ¿No eran rusos? ¿En qué año transcurre la acción?—, Steve Rogers conversa con Natasha Romanoff acerca de una posible cita con alguna mujer, y es entonces cuando él interrumpe el ameno coloquio para lanzarse como un misil y aterrizar estilísticamente en el agua y trepar por una cadena cual peligroso polizón y colarse en la nave gracias a un sutil y estudiado movimiento a lo Gervasio Deferr para reiniciar ya la travesía que interrumpió al inicio —22 kilómetros en 30 minutos— del filme, viento en popa a toda mecha con el escudo cortando el silencio y algo todavía más frágil, uno-dos-tres-cuatro-cinco-seis-siete, y ocho son los hombres que caen como plumas. Los golpes se rifan y el Capi a duras penas siente algo parecido a la insuficiencia cardiorespiratoria, absolutamente cero bajo la noche sin estrellas porque la estrella es él y es su escudo, y en su sentir de patriota representa a un país que, irónicamente, es lo contrario a lo que él mismo representaba en los años 40. Por aquel entonces, el muy rubio y hoy víctima de las inyecciones de botox Robert Redford, quien interpreta a un tiburón con poder en SHIELD, sólo era un niño que mojaba la cama. Quizá entonces los malos sí disparaban a matar. No como ahora, que hacen pupita y, si el objetivo —veáse Steve Rogers cubierto tras su escudo— es abatible a la altura de los pies, ellos perseveran en hacer diana en la diana-escudo. Un despropósito. Y encima los presuntos comunistas no tienen acento. Ya no se inventan comunistas como los de antes. Ahora hay que reinventarlos. Porque "la diplomacia", escucharán hoy, "es una tirita". | ★★★★ |

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Estados Unidos, 2014, Captain America: The Winter Soldier. Director: Anthony Russo, Joe Russo. Guión: Christopher Markus, Stephen McFeely (Cómic: Joe Simon, Jack Kirby). Productora: Marvel Studios / Marvel Entertainment / Sony Pictures Imageworks (SPI). Fotografía: Trent Opaloch. Música; henry Jackman. Reparto: Chris Evans, Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Robert Redford, Toby Jones,Cobie Smulders, Emily VanCamp, Anthony Mackie, Sebastian Stan, Frank Grillo, Hayley Atwell, Georges St-Pierre, Maximiliano Hernández.

    Captain America. The Winter Soldier poster
    El fulgor efímero

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