Gris inerte
Crónica de la séptima jornada jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.
En la anterior crónica, Miguel Muñoz Garnica cuestionaba la presencia de un documental como
Beauys en la sección oficial de la Berlinale. Una pregunta convertida ya en pauta dentro de los festivales de cine europeo en la última década. La primera respuesta que se nos viene a la mente es sencilla: es una creación local. Pero, ¿y qué hay de la calidad de estas propuestas? El curso pasado, durante la celebración de la 73 entrega de la Mostra de Venecia, la prensa italiana criticó con virulencia la escasa relevancia artística de las películas nacionales proyectadas a concurso. Un contraste que se hizo más evidente al compartir dicho hueco con casi una decena de producciones norteamericanas, algunas incluso de gran presupuesto. «El cine italiano da la espalda a la Biennale», publicábamos en uno de los artículos dedicados ese septiembre. Pese a que la Berlinale tiene muy en cuenta su cine, no hay que bucear demasiado en su parrilla para encontrar una sección dedicada a este, no parece que los autores teutones lo tengan tan claro. El objetivo primordial, como venimos subrayando en los últimos días, es Cannes y el resto del circuito resulta bastante secundario. Autores como Kaurismäki o Sang-soo, primeros espadas de esta 67ª edición, se pueden permitir estrenar en cualquier plaza; su crédito sigue y seguirá intacto. Sin embargo otros títulos tendrán aquí el comienzo y final de su recorrido. Y, viendo la propia acogida de la platea, la factoría alemana tiene su destino marcado. Las opciones de distribución, por ejemplo, del citado documental de Andres Veiel son nulas, y su futuro parece centrado en la televisión. En cuanto a ficción se refiere, la creación de Thomas Arslan,
Bright Nights, un drama sobre las relaciones paterno-filiales con ecos del cine de Kelly Reichardt y el paradigmático nuevo cine islandés, no debe sobrepasar tampoco sus fronteras. Es el precio de lo anodino, de lo simple. Mucho más cuerpo tiene la última película de Volker Schlöndorff, todo un veterano –que ganó el Óscar extranjero con
El tambor de hojalata en 1979 (ya ha llovido)— que ha presentado
Return to Montauk, un trabajo de clara vocación comercial diseñado para el lucimiento de Stellan Skarsgård y Nina Hoss, pero que, más allá de ciertas referencias germánicas, es un largometraje cuya trama se desarrolla en Brooklyn, captando la esencia de la gran urbe estadounidense. Atendiendo al nivel general de la Berlinale, no desencaja, pero fuera de contexto es un filme solo decoroso que de nuevo pone sobre el tapete la reciprocidad entre industria y evento. Cabe recordar que la ganadora de los Lola Awards, los premios de la Academia, en 2013 fue una cinta como
Oh Boy, que cuatro meses antes había pasado por pena ni gloria por el apartado
deutsche. ¿Falta de criterio? O, ¿Falta de fe? Aun con todo esto, no descarten que
Beuys se lleve el Gran Premio del Jurado. Con o sin cine, a los jurados no hay quién los entienda.