EL COLOR DEL DINERO
crítica de About the Pink Sky (Sobre el cielo rosa) | Momoiro sora o, Keiichi Kobayashi, 2011
El color rosa no existe. En realidad sólo es una invención subvencionada por aquellos optimistas que buscan negar la evidencia: estamos condenados a vagar entre dos mundos, entre la luz y la oscuridad. O mejor dicho, a vivir permanentemente en una escala de grises que jamás se inclinará a favor del blanco más puro. Aplicados a la psicología, los colores definen innumerables estados de ánimo, pero también a la persona que refleja tal o cual tono, ya sea equivalente a una sonrisa (naranja) o a una mueca irascible (negro). Tan es así, que uno no puede aspirar a ser pesimista vistiendo de verde, ni siquiera de morado. No. El pesimista, como buen admirador de la depresión que se disfraza de luto, suele combinar gamas oscuras. Que no está el horno para bollos; y al fin y al cabo, el gris es de cobardes. El pesimista lo es de nacimiento, pero sólo durante la adolescencia, montaña rusa con aires melodramáticos, existe la posibilidad de que ese ingenuo en construcción se cambie de camiseta, optando por el rojo en lugar del marrón que, ciertamente, es un Marrón. De ahí que la popular frase “ver la vida de color de rosa” nos obligue a imaginar cosas extrañísimas, pues ¿dónde encaja ese aborto indefinido? El rosa es complejo, incluso algo cursi, aunque invita a soñar con un mundo diferente y, por tanto, apasionante. El rosa prestigia el cambio en detrimento del maniqueísmo que impera hoy día. Ya nadie se atreve a pensar en rosa; y por si fuera poco, nadie cree en él. El rosa se ha devaluado por culpa de ciertos señores y señoras que desconocen su verdadera significación: ellos piensan de manera primaria (RGB; CMY), y sin embargo, se resisten a no inventar, mezclando así el rosa con el verde oliva de su moreno natural.