El tormento y el éxtasis
Crítica ★★★★☆ de «Benedetta», de Paul Verhoeven.
Francia, 2020. Título original: Benedetta. Dirección: Paul Verhoeven. Guion: David Birke, Paul Verhoeven (Novela: Judith C. Brown). Productores: Saïd Ben Saïd, Michel Merkt, Jérôme Seydoux. Productoras: Coproducción Francia-Países Bajos (Holanda); SBS Productions. Fotografía: Jeanne Lapoirie. Música: Anne Dudley. Montaje: Job ter Burg. Reparto: Virginie Efira, Daphne Patakia, Charlotte Rampling, Lambert Wilson, Olivier Rabourdin, Clotilde Courau, Guilaine Londez. Duración: 131 minutos.
No existe mayor regocijo que comprobar cómo un director evoluciona a lo largo de las décadas, adaptándose a cada momento, sin perder esas señas de identidad que le hacen único. El del neerlandés Paul Verhoeven sería uno de estos casos. Desde sus inicios en el cine –se ha cumplido justo medio siglo desde el estreno de su ópera prima,
Delicias holandesas (1971)–, la provocación y el escándalo han acompañado a la mayoría de proyectos que ha abordado, fuese cual fuese el género que acometiera. El éxito le llegaría con su segundo trabajo,
Delicias turcas (1973), que convirtió a un rubio Rutger Hauer que no tenía ningún pudor en desnudarse, en un auténtico mito erótico de la época y en su actor fetiche en celebradas obras como
Katty Tippel (1975),
Eric, oficial de la reina (1977),
Vivir a tope (1980) –una película tan libre y rompedora que sería imposible de rodar hoy en día, recordada por algunas escenas de sexo explícito y, sobre todo, por una violación en grupo a uno de los chicos protagonistas– y
Los señores del acero (1985) –aventura medieval donde formó tórrida pareja con Jennifer Jason Leigh y que significó la entrada de Verhoeven en Hollywood, tras la notable acogida del no menos sórdido thriller pasional
El cuarto hombre (1983), de nuevo con la homosexualidad como ingrediente “polémico” (eran otros tiempos) en la trama–. A diferencia de lo que podrían haber hecho otros cineastas, tentados por la avaricia de pertenecer a la gran maquinaria del cine norteamericano, Verhoeven no perdió su mala baba característica, a pesar de abordar grandes proyectos del cine fantástico como la hiperviolenta
Robocop (1987),
Desafío total (1990) –posiblemente, el mejor vehículo de acción que ha conocido Arnold Schwarzenegger–,
Starship Troopers (1997) –espectacular sátira bélica, bajo apariencia de space opera cargada de humor negro, que fue incomprendida por gran parte de la crítica, así como un gran fiasco en taquilla, pero a la que el paso de los años ha colocado como título de culto– o incluso la minusvalorada
El hombre sin sombra (2000), donde el personaje encarnado por Kevin Bacon utilizaba su facultad para no ser visto con fines más allá de lo voyeurístico. También a Verhoeven se le criticó muchísimo en los 90 por esa hipersexualización de la mujer en dos cintas tan denostadas en su día como reivindicadas en la actualidad:
Instinto básico (1992) –Sharon Stone tocó el cielo con su papel de asesina bisexual– y
Showgirls (1995) –su particular
Eva al desnudo kitsch ambientada en el mundo del baile erótico en Las Vegas.
Continuó levantando ampollas con su regreso al cine europeo en las excelentes
El libro negro (2006) y
Elle (2016) –no obstante, acusada de frivolizar con la violación–, que confirmaron que el director sigue siendo un valor seguro para el buen cine, a pesar de que sus contribuciones son, lamentablemente, cada vez más espaciadas en el tiempo. Con
Benedetta (2021), que causó furor a su paso por el último Festival de Cannes, vuelve por todo lo alto, demostrando que, a sus venerables 83 años, su espíritu indomable y transgresor permanece tan inalterable como en los tiempos de
Delicias turcas. El material que tenía entre manos no podía ser más incendiario: la novela
Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy, de Judith C. Brown, sobre la relación amorosa que mantuvieron Benedetta Carlini, una monja mística del siglo XVI, y la hermana Bartolomea, una compañera del Convento de la Madre de Dios, de Pescia. La primera, proveniente de una familia de clase media, tomó los hábitos en su infancia, a los 9 años, cuando ya experimentaba visiones y supuestos mensajes de carácter divino, mientras que la segunda entró en la institución gracias a los padres de Benedetta, que pagaron su plaza cuando esta huía de los abusos que sufría por parte de su padre y hermanos. Ambas mujeres se convertirían en amantes entre las cuatro paredes del convento, al mismo tiempo que Benedetta, a golpe de enigmáticas manifestaciones “milagrosas”, iría ascendiendo en la jerarquía del lugar, hasta llegar a ser abadesa, a la temprana edad de 30 años. Esta historia, en otras manos, podría haber dado lugar a un sobrio drama histórico, dominado la solemnidad y la sutileza. Estos dos adjetivos jamás han formado parte del modo en el que Verhoeven enfrenta sus películas y, por supuesto,
Benedetta no es la excepción que confirme esa regla. El cineasta se entrega con fervor a la desatada inmersión de su protagonista a los placeres de la carne y los sufrimientos del alma que la colocan, prácticamente, al borde de la locura. Fanatismo religioso y pasión lésbica son dos ingredientes que, unidos en la misma película (y más si la dirige Verhoeven), solo pueden generar una explosiva polémica en estos tiempos en lo que la incorrección política parece despertar más susceptibilidades que cuatro décadas atrás. Acusada de blasfema por sectores ultracatólicos,
Benedetta es esa obra en la que su director ha decidido desmelenarse por completo, realizando una suerte de recopilatorio de todas las obsesiones que han caracterizado a su cine (sexo retorcido, violencia gráfica, ambigüedad moral de sus personajes), llevándolas al extremo y salvando con sabiduría multitud de escenas que están a un paso de caer en el ridículo, casi todas relacionadas con las alucinaciones de su protagonista.