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    Nicholas Ray
    Nicholas Ray

    Duelos femeninos

    Sesión doble de westerns: Johnny Guitar (1954) + Woman They Almost Lynched (1953)

    Apenas un año separa al estreno de Woman They Almost Lynched (Allan Dwan, 1953) y el de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954). A esta última, el tiempo la ha convertido en título mítico de la historia del cine, mientras que la primera ha quedado como una de esas maravillas por descubrir que abundan en el cine clásico. Las dos fueron westerns atípicos por su absoluto protagonismo femenino. Tanto sus heroínas como sus supuestas villanas son mujeres que se enfrentan en el duelo final de rigor, y que llenan la pantalla con su fuerza arrolladora. Ambas, además, surgieron como modestas producciones en el seno de la Republic.

    En EAM analizamos con pasión este doble duelo. Tras los micros, Miguel Muñoz Garnica, Lourdes Esqueda y José Luis Forte.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por EAM
    diciembre 19, 2024

    Podcast | Duelos femeninos: «Johnny Guitar» (1954) + «Woman They Almost Lynched» (1953)

    por EAM | diciembre 19, 2024

    Cambio de luz

    Cineclub by BENQ: La casa en la sombra, de Nicholas Ray.

    Estados Unidos, 1951. 82 minutos. Título original: On Dangerous Ground. Director: Nicholas Ray. Guion: A. I. Bezzerides y Nicholas Ray, basado en la novela Mad with Much Heart de Gerald Butler. Fotografía: George E. Diskant. Música: Bernard Herrmann. Productores: John Houseman y Sid Rogell. Edición: Roland Gross. Intérpretes: Ida Lupino, Robert Ryan, Ward Bond, Charles Kemper, Anthony Ross, Ed Begley, Ian Wolfe, Sumner Williams, Gus Schilling, Frank Ferguson, Cleo Moore, Olive Carey, Richard Irving, Patricia Prest.

    «Es menester hacer que el mundo sea romántico. De esta forma, se podrá redescubrir su sentido original. La conversión romántica no es nada más que una comprensión cualitativa de potencial. Gracias a este procedimiento, el yo inferior se identifica con un yo superior; porque nosotros mismo somos una sucesión cualitativa de potencialidades cumplidas. Se trata de un procedimiento todavía bastante desconocido. En la medida en que le doy un significado más elevado a lo que es común, y una apariencia misteriosa a lo que es ordinario, así como la dignidad de lo desconocido a lo que se conoce –una apariencia de infinito a lo que es finito–, lo que estoy haciendo es volverlo todo romántico».

    De esta guisa definía Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, más conocido por su pseudónimo «Novalis», en qué consistía la mirada del artista romántico. Conviene aludir a las fuentes en este ámbito, por culpa de la abyecta banalización que de dicho concepto (romántico) se ha producido en todas las manifestaciones de la cultura popular y de la industria del entretenimiento. Aunque causa hasta rubor tener que señalarlo, el creador romántico no escribe novelas rosas, no cree indefectiblemente en los finales felices y no tiene una visión superficial de las relaciones humanas en la que bobas bellas durmientes se encuentran con no menos bobos príncipes azules y comen juntos perdices felizmente. El verdadero romántico, enfrentado ante el horror de la muerte, pretende extraer el sentido de la existencia a través de exprimirla al máximo; de ahí su afán por las pasiones intensas, por lo absoluto, por poder experimentarlo todo en libertad, pues las cortapisas sociales impiden ese cumplimiento de la potencialidad del que habla Novalis. O como muy bien señala lord Byron en sus Diarios: «El gran objetivo es la sensación: sentir que existimos, incluso en el dolor. Es este “vacío anhelante” el que nos lleva a jugar, a guerrear, a viajar, al exceso… Pero no son más que búsquedas [existenciales] intensamente vividas, y cuyo principal atractivo reside en la agitación que indefectiblemente conlleva su realización».

    Teniendo esto claro, en consecuencia, cuando califico –y no soy la única– a Nicholas Ray como el gran cineasta romántico de su generación, se entenderá que no lo digo porque narre bonitas y autocomplacientes historias de «chico encuentra chica…», sino por su capacidad de emplear las emociones –y especialmente las dos más arrebatadoras de todas, el amor y el odio– para construir relatos que indagan sobre la compleja posición que ocupamos las personas en relación con nosotros mismos y con quienes nos rodean, con los constructos culturales y familiares que nos definen y coartan y aun con el sentido ulterior de la vida misma. De ahí que la mayoría de sus realizaciones practiquen una peculiar mezcla genérica, merced a la cual, partiendo del film noir, o el wéstern, o el cine bélico, o el histórico, o… devengan en el fondo melodramas sobre la grandeza y la miseria de la condición humana; o mejor dicho, sobre aspectos concretos de la misma. ¿No es Llamad a cualquier puerta (1949) una dolorosa reflexión sobre la responsabilidad colectiva de lo que consideramos «el mal»? ¿O En un lugar solitario (1950) la amarga constatación de nuestra intrínseca incapacidad de vencer la soledad? Por no mencionar Más poderoso que la vida (1956), oscuro descenso a los infiernos del subconsciente, a ese tenebroso doppelgänger que comparte nuestro cuerpo; o Los dientes del diablo (1960), elogio de una forma de vida tan ajena a los valores occidentales que termina por devenir una velada crítica hacia los mismos. De hecho, los ejemplos podrían seguir infinitamente dentro de la carrera del realizador norteamericano, pero, a fin de no extenderme, señalar en suma que este es uno de los principales motivos, junto con su estilo, de una elegancia y precisión pocas veces igualadas, por los que se trata de un autor tan fascinante y, sobre todo, tan moderno.

    Sin saberlo, y si se me permite la boutade –porque creo firmemente que no existe el “proto-” nada–, contenido bajo un aparente clasicismo, Ray esbozaba una mirada posmoderna avant la lettre sobre la narración, al remitir sin complejos al corpus fílmico, tanto anterior como contemporáneo, de su práctica como cineasta, y al hacerlo, asimismo, con la voluntad sutilmente subversiva de distorsionar sus elementos preceptivos en aras de esa libertad romántica mencionada: la que faculta a los artistas para llegar a la inmanencia subyacente de lo aparencial. No es de extrañar, en consecuencia, que los exégetas de la Nouvelle Vague lo idolatraran, hasta el punto de que Jean-Luc Godard llegase a escribir, con motivo del estreno de Victoria amarga (1957): «Había el teatro (Griffith), la poesía (Murnau), la pintura (Rossellini), la danza (Eisenstein), la música (Renoir). Pero desde ahora hay el cine. Y el cine es Nicholas Ray». Como tampoco debe sorprender a nadie familiarizado con la filmografía del director estadounidense que en la obra que nos ocupa haya secuencias tan ajenas al estándar del Hollywood de la época como lo son una frenética persecución a pie rodada cámara en hombro desde el punto de vista del perseguidor, de forma que cuanto vislumbramos confusamente es la espalda del que huye, o un accidente de coche narrado mediante el volteo de la imagen y concluido con el plano desenfocado y oblicuo de lo que se atisba a través de la ventanilla, lo que coloca la mirada del espectador explícitamente en el interior del vehículo siniestrado. Ello prueba, por tanto, que La casa en la sombra no es una excepción en cuanto a esa voz refinadamente transgresora de Ray; es más, es posible que se trate de la película donde más nítidamente se aprecia esa amalgama genérica llevada a cabo con maestría por el autor americano, que en este caso en concreto va depurando paulatinamente el discurso del filme hasta dotarlo de una cualidad abstracta y lírica con el propósito de resaltar núcleo temático del mismo: la fuerza redentora del amor.

    por Elisenda N. Frisach
    diciembre 16, 2018

    La casa en la sombra (1951)

    por Elisenda N. Frisach | diciembre 16, 2018

    30 años después

    Chicago, años 30 (Party Girl, Nicholas Ray, 1959).

    Hay algo fascinante en el crédito de apertura de Chicago, años 30.


    Sobre un fondo azulado en el que se intuye el decorado barato de los grandes estudios, una tipografía relamida en amarillo nos informa de dos datos diegéticos básicos: un tiempo y un lugar. La escena se acompaña con una música sobredimensionada, melodramática, en la que las cuerdas dibujan una figura romántica que acompaña al movimiento descendente de la cámara. Cuando se introduce un plano la localización central de la cinta —el club, espacio para el deseo y para el despliegue del poder— el azul del fondo queda reemplazado por una deliciosa gama de rojos. Y, junto a ellos, las cuerdas dan paso a la sección de vientos y a un juguetón tema que dialoga con las muñequitas, bien sexuadas, que mueven sus piernas mecánicamente.


    Ese Chicago, años 30 con el que se conoce en nuestra piel de toro a la película de Ray es, en cierto sentido, mucho más mítico y ensoñador que la picante y quizá demasiado explícita Chica Fiesta que apuntaba el título original.


    Es necesario reparar en que la película está rodada en los estertores de la década de los cincuenta, como bien mostrará ese color exuberante y esa gestión panorámica de los elementos compositivos en pantalla. Se trata, por tanto, de una mirada nostálgica, de un intento por reescribir lo que ya se ha reescrito sistemáticamente, un gesto melancólico –como lo es, por lo demás, casi todo el cine de Nicholas Ray y su giro constante en torno a los problemas del origen y del hogar. Digamos, quizá, que aquí el origen es estrictamente hablando, el cine. Y que por ello, tiene un sentido hermoso que la película comience sacralizando un tiempo en el que, por decirlo de alguna manera, todo el cine clásico era todavía posible. Sin duda, ese “Chicago, a comienzos de los años treinta…” es ya un territorio que no tiene nada que ver con la Historia, sino con nuestra pequeña historia de las imágenes. Y por ello parecería que Ray en realidad quería comenzar su cinta diciendo Érase una vez, que casi es lo mismo y que lo mismo podría significar en el frontispicio de la película. Al hilo de esto, y proponiendo una rigurosa excepción a la norma, puede que la traición castellana del título original no sea tan descabellada como parece. Ese Chicago, años 30 con el que se conoce en nuestra piel de toro a la película de Ray es, en cierto sentido, mucho más mítico y ensoñador que la picante y quizá demasiado explícita Chica Fiesta que apuntaba el título original. Pero hay, por supuesto, dos voces en oposición a partir de la mirada de un único narrador: en primer lugar, ese gesto que sueña con el Hollywood perdido, las pasiones y las balas de, pongamos por caso, von Sternberg. En segundo lugar, la escritura explícita del deseo y la necesidad de que los elementos carnales se impongan por encima del discurso mítico. Los violines del melodrama frente a los cuerpos ardientes de la sección de cuerda. La noche y el cine son ambas cosas: amor, nostalgia, deseo y pasión. Sin embargo, las cosas no pueden ser tan sencillas y Ray escenificará pronto una nueva división mucho más certera por la vía de la pobreza y el control. En primer lugar, mediante un fundido encadenado, se plantea un plano de contexto en el que quedan extraordinariamente delimitados dos espacios.

    por Aarón Rodríguez
    abril 29, 2018

    Cineclub: Chicago, años 30 (1959)

    por Aarón Rodríguez | abril 29, 2018

    El temor y el temblor

    Ensayo sobre Más poderoso que la vida (Bigger than life, Nicholas Ray, 1956).

    01. Sin dolor

    Nos gustaría comenzar por el siguiente plano:

    En una cama de hospital, a la hora de los miedos, Ed (un extraordinario James Mason) se retuerce de dolor. El espectador apenas puede detectar el aullido: la imagen es pura sombra a la que un pequeño destello de luz arranca levemente los detalles: un pómulo, una barbilla, una almohada que no puede contener tanto dolor.

    Sin embargo, hay un segundo plano en la imagen que se superpone en tiempo real: la medición exacta del dolor, convertido en pura gráfica, en elemento objetivo y tratable por la ciencia. La angustia del cuerpo humano tiene esos dos dobleces: el de lo real del cuerpo (que suda, que no puede dormir ni ser domesticado) y el de su representación científica, verificable y medible. Tanto es así que un simple diagrama de barras puede dar un valor exacto a un momento concreto de pánico y de desgarro. Sin embargo, cuando la cortisona parece funcionar sobre ese cuerpo herido, lo que la película muestra es, sorprendentemente, una escritura manual, liviana, casi sonriente.

    por Aarón Rodríguez
    febrero 04, 2018

    Cineclub: Más poderoso que la vida (1956)

    por Aarón Rodríguez | febrero 04, 2018
    Johnny Guitar, de Nicholas Ray
    TRAGEDIA INTEMPORAL
    Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954)

    La memoria del cinéfilo guarda en un lugar privilegiado instantes, frases, miradas, besos, muertes, canciones y paisajes bucólicos. Ha contraído una deuda con todos aquellos directores que a lo largo de su vida firmaron no ya obras de imborrable calado, sino verdaderos poemas que hablaban con creciente intensidad del amor y la pérdida, de los oscuros recovecos que componen nuestra psique. Allí, en ese terreno de difícil entrada y esquiva permanencia, reside Nicholas Ray. Uno de los grandes poetas americanos con cámara de cine. Un fumador empedernido –murió a causa de un cáncer de pulmón– que retrataba la vida en riguroso claroscuro, empeñado en trasladar las convenciones a cualquier habitación de atmósfera solemne, pero también de gravitar alrededor de personajes nostálgicos que buscan cobijo en el horizonte. Siempre cosidos a sus miedos, siempre en la cuerda floja. El mundo criminal, sin embargo, se filtraba a través de cierta reacción a las voces internas de los personajes: una caja de resonancias que vestían, a modo de coraza, contra el resto de la sociedad. Transportaban ese misterioso halo que cubre nuestros prejuicios generando empatía. Nicholas Ray pertenece a un grupo de narradores superdotados, donde reinan involuntariamente hombres de la talla de John Ford, Howard Hawks, Fred Zinnemann, Billy Wilder y John Huston.

    por Anónimo
    noviembre 05, 2012

    CINE CLUB | JOHNNY GUITAR (1954)

    por Anónimo | noviembre 05, 2012

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