La frustración del éxito
crítica de The end of the tour (James Ponsoldt, 2015).
Realizador con una trayectoria, hasta el momento, corta pero suficientemente sólida dentro del último cine independiente, James Ponsoldt continúa demostrando con The End of the Tour (2015), su cuarto y notable trabajo, que lo suyo son las historias intimistas protagonizadas por personajes conflictivos e imperfectos. Su listón se había colocado muy alto con sus dos anteriores cintas, ya que con Tocando fondo (2012) facturó uno de los dramas sobre la adicción al alcohol más sinceros de los últimos tiempos, apoyado en una descarnada interpretación de Mary Elizabeth Winstead, mientras que con Aquí y ahora (2013) nos regaló un romance adolescente realmente delicioso y alejado de los convencionalismos y el almíbar habitual del género, extrayendo, de nuevo, dos fabulosos trabajos de la pareja protagonista, los “divergentes” Miles Teller y Shailene Woodley. Con The End of the Tour, Ponsoldt filma la que podría ser su película más arriesgada (al menos desde el punto de vista comercial) hasta la fecha, pese a contar con dos estrellas tan en alza como Jason Segel y Jesse Eisenberg como cabeza de cartel. La entrevista que unió durante cinco días al reportero de la revista Rolling Stone David Lipsky con el reputado novelista David Foster, en plena promoción de su emblemática obra literaria La broma infinita (1996), considerada unánimemente por la crítica como una obra maestra arriesgada y genial —más de mil páginas repletas de cientos de notas al final de las mismas, tocando todo tipo de géneros (distopía, política, sátira, tragicomedia, ciencia ficción)— , es, ni más ni menos, la excusa argumental sobre la que sostiene este filme.
La película, más que el típico biopic de manual, de esos que tanto gusta nominar a los Oscars en Hollywood, se centra más en la pequeña (y episódica) historia de amistad entre dos personas de caracteres completamente diferentes a las que, sin embargo, terminan uniendo más cosas de las que ellas mismas imaginaban antes de cruzar sus caminos. Jesse Eisenberg, con su sempiterno aire de chico raro, sabe dotar a su rol de Lipsky de ese entusiasmo propio del escritor en ciernes que ha publicado varios trabajos que han pasado sin pena ni gloria por los estantes de las librerías, y que encuentra la oportunidad de entrevistar a un novelista cuya inteligencia admira sobre todas las cosas y que toma como ejemplo a seguir. Sediento de zambullirse en la compleja psicología de su entrevistado, con el fin de escribir su mejor artículo fuera de la temática musical, cuando al fin convive con Foster bajo el mismo techo, lo que descubre es a una persona amigable y de trato fácil, pero, a la vez, tremendamente insegura y torturada, algo que contribuye a desmitificarlo a sus ojos. Sumido en una depresión crónica que le acompaña desde hace más de dos décadas (y que le llevaría al suicidio en 2008 a la edad de 46 años), y con continuos altibajos de humor, los celos patológicos, el miedo a ser un fraude para sus seguidores o la búsqueda de un entorno en el que ser aceptado por sí mismo y no por lo que representa (esas escapadas para bailar a la iglesia bautista), son las constantes en el día a día de un hombre que vive alejado del mundanal ruido con la única compañía de sus perros. Jason Segel, cuyo innegable talento para la comedia ha sido estupendamente explotado en las producciones de Judd Apatow o en la exitosa serie televisiva Cómo conocí a vuestra madre, se desmarca del tipo de personajes que había desempeñado hasta el momento, logrando la mejor actuación de su carrera en el papel de David Foster, de quien captura con maestría sus conflictos internos sin ahondar en los aspectos más sensacionalistas de su vida (presumibles coqueteos con la heroína y promiscuidad sexual, por ejemplo) dotándolo de una encantadora y desaliñada excentricidad que no va reñida con una gran fragilidad que se refleja en un comportamiento a menudo infantil.