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    Fernando Franco
    Fernando Franco
    || Críticas | SEMINCI 2025 | ★★☆☆☆
    Subsuelo
    Fernando Franco
    ¿Funny Games?


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    España, 2025.Título original: Subsuelo. Duración: 115 min. Dirección: Fernando Franco. Guion: Begoña Arostegui, Fernando Franco. Música: Maite Arroitajauregi. Fotografía: Santiago Racaj. Compañías: Coproducción España-Uruguay; Blizzard Films, Ferdydurke, Kowalski Films, LAZONA, Cinekdoque, Canal Sur, ETB, Movistar Plus+, RTVE. Reparto: Julia Martínez, Diego Garisa, Nacho Sánchez, Sonia Almarcha.

    La imagen inicial no engaña: la calma que define el plano cenital de una piscina devenida fina lámina transparente debido a la ausencia de movimientos en su interior pronto se ve interrumpida por el impacto de una piedra que rompe la uniformidad del agua creando ondas agresivas en ella. La violencia es un impacto súbito, un golpe seco, un rumor que subyace bajo la cotidianeidad de los personajes esperando para explotar. La violencia, en Subsuelo, es un impulso de crueldad que se lleva a cabo con total irracionalidad: no importa quién sea el sujeto que recibe el gesto brutal ni los mecanismos que lo activan, tampoco hay intención por parte de Fernando Franco de entender el porqué de tanto dolor. La única certeza que la película ofrece es la preeminencia del horror sobre la vida, la total subordinación de la cotidianeidad de los personajes a la crueldad totalizadora de su propia brutalidad. Una brutalidad que se materializa en gestos, actitudes, acciones y lenguajes concretos, pero que permanece en todo momento abstraída de las causas que la motivan. Después de un extenso plano secuencia inicial, en el que Eva tontea con un viejo amigo frente a la mirada —y la cámara— moralista de su hermano Fabián, llega el impacto, literalmente; un inesperado —y absolutamente evitable— accidente de coche, que los espectadores observan a través de la grabación que Fabián hace del mismo, se convierte en el pretexto que le permite desplegar toda su crueldad sobre su hermana.

    El plano secuencia inicial captura una a tranquilidad en apariencia intrascendente, momifica en su interior hasta el más mínimo fragmento de realidad que contribuye a construir el carácter lúdico del momento: la felicidad está en el subtexto erótico de una conversación calmada, en una pequeña caricia que expresa deseo, en la contemplación parsimoniosa de una piscina iluminada por la luz de la luna. La imagen captura todos esos detalles porque la cámara sigue de forma ininterrumpida a los personajes a expensas de retratar cada matiz corporal, verbal o tonal que exprese su alegría. La ausencia de cortes permite que los demás elementos de la realidad por la que se deslizan —más que moverse— entren en el encuadre filtrados por su propia subjetividad: su presencia dentro del plano es directamente proporcional al peso que tiene dentro de los recuerdos de los protagonistas. El placer de los pequeños gestos está contenido en un plano secuencia, y el horror inasumible de la violencia, en un vídeo grabado con el móvil. Sin embargo, los momentos de felicidad de Eva previos al accidente no están exentos de violencia: su hermano la grabó durante toda noche y esas imágenes pronto se vuelven peligrosas. El constante acecho de una cámara, la transformación de la cotidianeidad de una persona en espectáculo audiovisual, no hace sino convertir cada uno de sus movimientos en el pretexto de una sospecha. La noche fatídica, Fabián filmó algo que debía permanecer en secreto: el vídeo se transforma así en material para la extorsión, y la imagen, en una herramienta con la que causar dolor o perpetuar la crueldad.

    El problema de Subsuelo no es que intente filmar dicha crueldad, sino que convierte sus imágenes en un expositor de lo ignominioso. Fabián extorsiona a su hermana, abusa sexualmente de ella y la graba sin su consentimiento para tener más material con el que seguir chantajeándola. ¿Cómo pone eso en escena Fernando Franco? En un principio, omitiéndolo, pero no porque quiera explorar la violencia desde sus márgenes, adentrándose en sus causas o efectos sin acercarse al hecho en sí, sino porque, al convertir en un estratégico fuera de campo lo que sucede cuando los hermanos se quedan solos, lo que termina haciendo es moldearlo, transformarlo en un misterio, en el punto de partida desde el que construir un thriller. Sin embargo, el director tampoco utiliza los moldes del género como una excusa a partir de la cual adentrarse en los sádicos comportamientos de Fabián; más bien, se sirve de ellos para convertir la atrocidad en el argumento de una ficción tensa y despiadada. Así, la puesta en escena de la crueldad del personaje es el fin único y último de la obra. Ya no se trata de preguntarse por qué los espectadores disfrutan observando la espectacularización de la violencia, como hacía Haneke en Funny games, sino de hacer de ella un objeto estético. Alcanzado el ecuador del metraje, el director muestra los vídeos escindidos, las torturas a las que Fabián somete a su hermana, y entonces las imágenes de Subsuelo se convierten en una extensión de las que él mismo graba. La película se transforma así en la propia fantasía del personaje: el argumento —tenue— y la tensión inicial de las imágenes subliman las acciones de Fabián, las insertan en un marco narrativo en el que tienen sentido. ¿Pero acaso no es ese su deseo, que su violencia obedezca a un orden mayor, que forme parte de un relato que pretende horrorizar a los espectadores tanto como él horroriza a su hermana?

    En determinado momento de Funny games, la protagonista encontraba el cuerpo inerte de su perro muerto, pero Haneke hacía mirar a cámara al joven que le había matado para evidenciar el carácter ficticio de las imágenes y, de paso, poner un espejo delante de los espectadores: ¿por qué seguís mirando?, ¿Qué tiene de interesante la estetización de la crueldad? En Subsuelo, el plano sostenido sobre el rostro de un perro que intenta salir de una piscina en la que Fabián le ha lanzado —y en la que terminará muriendo ahogado— es la más clara demostración de que aquellos cineastas que se declaran herederos de Haneke —Rubén Östlund a la cabeza— no han entendido nada de su acercamiento al horror. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 07, 2025

    Crítica | Subsuelo

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 07, 2025
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★☆
    La consagración
    de la primavera
    Fernando Franco
    De las pequeñas a las grandes incertidumbres


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    España, 2022. Título original: «La consagración de la primavera». Dirección: Fernando Franco. Guion: Fernando Franco, Bego Aróstegui. Compañías productoras: Blizzard Films, Lazona Producciones, Kowalski Films, Ferdydurke, Canal Sur Radio y Televisión, ICAA, Movistar Plus+. Música: Maite Arrotajauregi, Beatriz Vaca. Fotografía: Santiago Racaj. Montaje: Miguel Doblado. Reparto: Valèria Sorolla, Telmo Irureta, Emma Suárez. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 110 minutos.

    A Laura la conocemos a solas en un balcón, distraída, mordisqueando el borde de un vaso de gintonic. Dentro de casa, suena un greatest hit latino sin ambiente, que ella oye sin atender. Luego conoceremos que el gintonic tampoco le entusiasma. La chica está por estar, como la joven del vaso de El almuerzo de los remeros de Pierre-Auguste Renoir (1881), de ensimismamiento célebre gracias a la Amélie de Jean-Pierre Jeunet (2001). Claro que ella no es Audrey Tautou, y al cabo de juguetear con el borde, la copa se rompe. Oiremos el agrietarse con claridad, acompañado por un gesto de recogerse algo de dentro de la boca que podría parecer la nada, pero duele. Aunque la chica no estuviera nunca del todo ahí, la nueva película de Fernando Franco se propone acompañarla muy, muy de cerca.

    Las fuentes rugen más fuerte cuando la chica, Laura (Valèria Sorolla), pase por su lado, como si la absoluta centralidad que la cámara le otorga fuera suficiente para vivir el mundo sobre la superficie cálida, rugosa y hondamente tangible de sus hombros. Sin gafas, su personaje nacería de la tradición del recato y del miedo a los hombres (reflejo naturalista de la prude): una más de aquellas que se etiquetan por «tímidas», como si ello las descartara inmediatamente. En efecto, es todo un reto anotar a cuántas direcciones pueden dirigirse los ojos de alguien que no puede mirarnos a la cara, y las pausas que pueblan de forma natural sus interacciones podrían sacar al conversador impaciente de sus casillas. La chica es primero tímida y, luego, todo lo demás. Eso es, tras el silencio que la define, se intuyen amagos de tantas otras cosas: algo de revulsión en aquella ceja arqueada con firmeza, chasqueos repentinos de curiosidad, indecisión y un poco de miedo en una cabeza que gira a ambos lados como liberada. Cuando ella baja la barbilla, nos preguntamos qué piensa, siente y quiere. La apuesta de Fernando Franco pasa por destilar (todas) las capas de nuestra simpatía, poco a poco.

    La consagración de la primavera, dar voto a las cosas que empiezan, no implica necesariamente explotar en luz y colores, sentir todo intenso o subir el volumen de la música hasta la matraca. A una semana de estudiar en Madrid, Laura se ha instalado Tinder y ya tiene una cita: un tipo con el que intercambia solo unas palabras antes de que la lleve de fiesta dura (algo de coca y líos en un bar es duro, si esta es la primera cita de tu vida). Tampoco es que ella haya decidido estar ahí, más allá de la pura inercia. Su proceso de ajuste emocional, gran palo de pajar de la película, se erigirá a base de ofrecer leves resistencias al torrente que es la primera edad adulta. En sus pequeñas grandes decisiones se esconderá el alma de un personaje que es pura memorabilia de aquellos pasitos y trastabilleos que nos fueron marcando. La chica se prueba un jersey que considera demasiado atrevido; le queda fenomenal. Se mira al espejo, corte de montaje, y ya no lo lleva. Que cada cual rellene ese paréntesis a base de sus propias rayadas ante el espejo.

    Las rayadas, cómo no, rebosan de la confluencia entre aquellos deseos que nos cuesta realizar y el miedo a la respuesta de un mundo que se nos escapa de control. Rayarse se mueve en la misma línea que crecer. Por ello, cuando Laura conoce a David (Telmo Irueta), nos planteamos cuánto de eso hay en sus silencios. David es algo mayor que ella y sufre parálisis cerebral, pero es sexualmente activo y enseguida le lanza un par de indirectas. La mirada empática de Fernando Franco se dedicará a partir de entonces a tomar el pulso a su relación: ella no responde inmediatamente al primer WhatsApp de él, agradeciéndole una visita. ¿Es raro? Cuando ella se entere de que él ha escrito un blog divulgativo acerca de la asistencia sexual (y que él mismo la usa), el tema saldrá y se omitirá a la vez, a base de silencios, que quien la haya observado de cerca deberá concretar. Esa caída de ojos, ¿era incomodidad o vergüenza? De las pequeñas a las grandes incertidumbres, sobre todo cuando Laura se proponga como asistente sexual de David (y se lo pida a su madre, una espléndida Emma Suárez). ¿Cuánto hay de rebeldía, cuánto de vértigo y cuánto de sí misma hay en su deseo? Puede que preguntándonoslo descubramos algo de nosotres mismes, hace mucho. Esta es la apuesta, sencillísima, de La consagración de la primavera. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    octubre 01, 2022

    Crítica | La consagración de la primavera

    por Mariona Borrull Zapata | octubre 01, 2022

    La resistencia al epitafio

    Crítica ★★★★ de Morir (Fernando Franco, España, 2017).

    El mar es un signo escurridizo. Según la estación, su imagen puede mutar sus significados de forma extrema. El mar veraniego invita más bien a la contemplación de sus orillas, con sus castillos de arena, su marea multicolor de bañadores y sombrillas: es un símbolo de la continuidad vital, de los rituales consensuados para vivir el paso del tiempo como esperanzadora repetición de ciclos. Para que el goce del verano presente sea completo, es fundamental la convicción de que habrá un verano que viene. La observación del mar invernal, por el contrario, empuja a extender la mirada hacia sus aguas, opacas e infinitas: da un sentido instantáneo a su popularidad como simbología mortuoria manriqueña. Así lo parece entender Fernando Franco en la introducción de Morir, situada durante las vacaciones de un septiembre lluvioso en la inconfundible costa cantábrica. El plano de apertura es el de su protagonista, Marta (Marian Álvarez), emergiendo de entre las aguas profundas en una playa solitaria. Al silenciar el ruido vacacional, este escenario queda liberado de su ilusión de continuidad, disponiendo así al espíritu para la gran pregunta desde la que arranca la cinta: ¿y si no hay verano que viene? La enfermedad de Luis (Andrés Gertrudix), el novio de Marta, anunciada en esta introducción destapa al momento la implacabilidad de la pregunta. Cuando todo lo que nos rodea deja de ser percibido como repetible, a efectos prácticos el mundo ya es otra cosa. La playa es otra cosa, el bingo (al que más avanzado el metraje acude Marta en sus escasos momentos de descanso) es otra cosa. Espacios diseñados para un ocio al que el aliento de la muerte anunciada convierte en imitación yerma de vitalidad.

    Luis y Marta llevan a cabo un juego que consiste en reconocer covers extrañas de canciones famosas. Y de eso se trata. Morir de forma anunciada no es solo un instante, sino un proceso en el que enfrentarse a nuevas versiones de lo ya conocido. No solo de la playa o del bingo, sino de quienes nos rodean. Este reversionamiento incluye al propio Luis. A nuestros ojos, que son también los de Marta, su muerte se adelanta en cada lapso en el que la rendición precede a la entrega. Esos momentos en los que las ficciones vitales que se enuncian en verbos futuros se convierten, para Luis, en engaños de esperanza que derribar con furia. Sin contar posibles víctimas. Lo que plantea Franco es que, de hecho, este derrumbe tiene una víctima inmediata en Marta. El relato se centra no tanto en la muerte anunciada de Luis como la muerte no tan evidente de ella, desde quien se filtra toda nuestra percepción. La pareja que forman ambos personajes se adivina desde un principio como un mundo vedado y angosto. La pulsión controladora de Luis es intuible como norma previa, y su enfermedad no hace más que darle cancha para cargar a Marta ya no solo con la responsabilidad de su dependencia emocional, sino física: morir es el acto definitivo de egoísmo. El cambio de clave por el cual la nueva versión de Luis, consumida por esta egolatría impiadosa, queda liberada. Como si la nueva cover de la vieja canción, sin cambiar las palabras, rehiciera sus significados. Cuando la pareja escucha una versión de «Heroes» de David Bowie, las archiconocidas palabras suenan: «We can beat them, just for one day; We can be heroes, just for one day». Pero es otro mensaje con otra voz: el «podríamos ser héroes» se siente más como un «podríamos haber sido héroes».

    por Miguel Muñoz Garnica
    octubre 09, 2017

    Crítica | Morir

    por Miguel Muñoz Garnica | octubre 09, 2017

    Olvidados y elegidos

    Crónica número V de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.

    Es un lugar común que al comenzar a leer un libro, un artículo o un texto cualquiera dedicado a un cineasta clásico las primeras líneas estén dedicadas a explicitar su condición de olvidado. Si exceptuamos a John Ford, Alfred Hitchcock o algún otro autor de renombre semejante, y siempre que no sea alguna de sus películas en concreto, que entonces también, nos encontraremos las mismas líneas repetidas hasta lo carnavalesco contándonos la historia de que hoy su obra no se recuerda, se ignora, se desconoce, se… En fin, toda la retahíla habitual. Hay que admitir que es un truco perfecto para ganarse la simpatía del posible lector. Si ocurre que este en verdad lo desconoce, se creerá en la posición de descubrir algo ignoto que tan solo él y unos pocos privilegiados más compartirán casi en secreto. Y en el caso contrario, el de conocerlo, se sentirá uno de esos elegidos para la secta del saber oculto de lo cinematográfico que lo hará superior al resto de los mortales. Para el escritor, tanto si lo cree de verdad como si no, también es un recurso fantástico para dar inicio a sus líneas si las palabras se le atragantan en el arranque, esas que sabemos que muchas veces son las más complicadas, o para dar valor, que devendrá frívolo, a lo que desarrollará a continuación. Si sabemos que la actualidad barre el pasado sin misericordia alguna y que tampoco es extraño encontrarse con loas a lo nuevo cantadas, por lo general, por quienes más desconocen lo viejo, no deberá sorprendernos que el caso contrario también se dé en quienes comentan, reseñan, estudian o charlan a la salida de una proyección sobre cine. Porque el amor es ciego y la pasión no nos hace infalibles. (JLF)

    por EAM
    septiembre 27, 2017

    Festival de San Sebastián 2017 (V) | Críticas: «Pororoca», «Morir», «Borg/McEnroe», «From Where We've Fallen» & «The Seed of Violence»

    por EAM | septiembre 27, 2017
    La herida, de Fernando Franco

    fecha| septiembre, San Sebastián 2013.
    texto| redacción.

    Fernando Franco se ha convertido, por derecho propio, en uno de los directores del año dentro de la industria española. El gran éxito de 'La herida' nos desvela un nuevo modelo de cine, más cerca de la autoría europea y que se aleja de los cánones habituales del cine patrio. Aprovechando la promoción del filme en San Sebastián dialogamos de forma distendida con el realizador sevillano. 


    Después de dirigir algunos cortos y de ser el montador de películas como Blancanieves o No tengas miedo, Fernando Franco se ha estrenado en el largometraje con una película discreta en cuanto a su producción pero que ha conseguido despertar admiración tras su paso por San Sebastián a finales de septiembre. La herida no sólo ha supuesto una sorpresa por haber participado en la Sección Oficial de la 61ª edición del Zinemaldia siendo la ópera prima del director, sino que además se ha llevado el Premio Especial del Jurado y la Concha de Plata a la mejor actriz para Marian Álvarez —y un mes después en Toulouse—. La herida es la historia de una chica que debe lidiar, sin saberlo, con un trastorno límite de la personalidad cuyas consecuencias se dejan ver en su relación afectiva hacia los demás. Ésta es la entrevista realizada en San Sebastián al director Fernando Franco.

    La manera en que se narra La herida es muy realista: cámara en mano, se persigue sin cesar a la protagonista… Al estilo, quizás, de los hermanos Dardenne. ¿Por qué escogiste esta manera de filmar?

    Este proyecto en su origen iba a ser un documental. Pero por una serie de motivos decidí que no era una buena idea, digamos casi a nivel de ética cinematográfica, y decidí trasplantarlo a la ficción. Entonces yo creo que de alguna manera esa idea inicial que yo tenía de un documental como retrato de un personaje muy cercano se ha acabado filtrando a la puesta en escena de la película. Referentes que podían ser para mí en su momento como el cinéma vérité, acaban por convertirse en ficción y asumen la forma de cineastas que están influidos por eso mismo, como son los Dardenne o los Kerrigan… Entonces, yo de alguna manera mamo de las dos tetas, por un lado del cine documental de los 60 y 70 y por otro lado de las películas de las que hablabas tú.

    ■ La información que tenemos de Ana la vamos conociendo a lo largo de la película. Llegamos a conocer al padre, pero no sabemos cuál es el problema que tiene con él. ¿Por qué?

    Tiene que ver con el punto de vista. La película está construida desde el punto de vista de ella. Nosotros vamos donde ella va, miramos donde ella mira… y al final sabemos lo que ella sabe. Si por un lado este tipo de trastornos son producidos por lastres del pasado, y que es a lo que alude el título de la película, la herida, no son realmente claros aquí. Son difusos. Hay una mezcla de elementos a los que no puedes ponerle nombre y apellidos, pero sí que hay un sentimiento que es como un lastre que va gangrenando. Por esta cuestión de respetar el punto de vista, decidí que tampoco nosotros entendiésemos que algo de su relación a la que aludías con el padre le pudiera generar una reacción concreta, pero me interesa más esa reacción que el nombre y los apellidos de lo que es exactamente.

    por Unknown
    octubre 15, 2013

    Entrevista | Fernando Franco, director de la 'La herida'

    por Unknown | octubre 15, 2013

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