Introduce tu búsqueda

Seminci 2026
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Elena Martín. Mostrar todas las entradas
    Elena Martín
    Elena Martín
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★☆☆
    Creatura
    Elena Martín Gimeno
    Cine para curar la urticaria


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: «Creatura». Dirección: Elena Martín. Guion: Elena Martin, Clara Roquet. Compañías productoras: Vilaüt Films, Lastor Media, Avalon P.C, Elastica Films, TV3, Filmin. Dirección de arte: Sylvia Steinbrecht. Fotografía: Alana Mejía González. Montaje: Ariadna Ribas. Reparto: Elena Martón, Oriol Pla, Alex Brendemühl, Clara Segura, Marc Cartanyà, Carla Linares y Teresa Vallicrosa. Presentación oficial: Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Duración: 112 minutos​.

    Dios nos salve del autorismo, pero la carrera de Elena Martín pide a gritos ser leída como una exploración constante, brava, de los paisajes abandonados del melodrama clásico. Ya lo demostró en las discusiones harapientas de Suc de síndria (2019), corto que firmaba Irene Moray (Bad Lesbian) y que serviría de píldora anterior al viaje que Creatura propone. También en los compases finales de Júlia Ist (2017), esa vuelta a casa sorprendida por una nostalgia pegajosa, en la que había algo de los escombros sobre los que crecen las primeras imágenes de la película que Martín presentó ayer en la Quincena de Cannes. En Creatura, vestirá la piel invadida por la urticaria de Aina, una joven encaminada (pareja estable y lejos del mundanal ruido, en una villa del Empordà), pero que somatiza todos los desarreglos que su cabeza no puede procesar.

    Partida entre presente y pasado, con un largo epílogo dedicado a las experiencias formativas que llevaron a la chica al desorden, Creatura nos trae una y otra vez a la brillante Génesis (Genèse, 2018), de Philippe Lesage; otro tanteo, ese mucho más discreto y cruel, alrededor de las semillas del disgusto. Más humanista aun sin ser perdonavidas, Martín confía en la ficción como andamio de momentos muy «verdaderos» o, por lo menos, verdaderamente reconocibles. El padre de Aina (Alex Brendemühl, ese actor de cine que es siempre teatro del bueno) la abraza un segundo, antes de dejarles la casa familiar a ella y a su novio, después de que se hayan mudado desde Barcelona como tantes otres jóvenes con proyectos a largo plazo. Por gracia de la pausa diminuta que él deja al separarse, y por la claridad de la planificación, queda claro que el contacto físico entre padre e hija, si breve, mejor. Oriol Pla, susodicho novio, aplaca su línea histriónica (lo aplaudíamos en Girasoles silvestres) pero no abandona la perplejidad. Sus chispazos de reacción descabellada ayudarán a transitar las lagunas confundidas a las que Aina nos lleva, aunque él también sea un poco capullo. Días más tarde, y por primera vez en mucho tiempo, madre (Clara Segura) e hija se tumban en la cama, hablando de la abuela como si no fuera con ellas, y se cogerán de la mano.

    El guion de Clara Roquet (Libertad) encierra y libera el potencial dramático de cada uno de esos momentos, preservándolos en el espacio seguro entre realismo y brillo. Roquet y Martín dibujan con precisión y sin prejuicios a todo su elenco, incluso a ese pretendiente bobo, Guillem (Boye), que medio «en bromi» une un intento de ligoteo con el franquismo y sus pantanos. Bajo el peso de la normalidad que calla hasta reventar, en la película todo el mundo sufre y se cuida lo mejor que puede y, con la compasión propia de les colegas, la de Roquet y Martín sostiene las carencias de sus hombres y las abraza. Oriol Pla no sabe cómo gestionar (la palabra es esa) el bistec emocional que le presenta su pareja, que ha perdido la capacidad de disfrutar, o de hacer como que disfruta, del sexo. El padre se siente incómodo, con razón, y sin medios para expresarlo.

    Será el plato de una dirección demasiado cargada de referencias y subrayados el que desequilibre la balanza. La cinta hubiera ganado frescura reduciendo los momentos de trascendencia ralentizada, muy pisada (Aina de niña en el agua, los sueños a lo Euphoria), y sosteniendo el silencio hacia los pasajes realmente irrepetibles de la formación y madurez del deseo de ella. El secretismo público de Chatroulette dio a millennials y GenZ más terreno para negociar con lo desconocido, con la responsabilidad y con la liberación que cualquier metáfora emocional venida del cine de festival medio. Aunque sí me interesa que Aina sueñe como Sam Levinson, si ello desdibuja los límites entre sueño y recuerdo y los lleva a otra parte… Pero Creatura, como Aina o cualquier adolescente, «va muy a saco» sin proponer, en realidad, nada especialmente nuevo.

    La destacaremos, en todo caso, por ese tercer segmento que recupera los orígenes de la sexualidad frustrada de la Aina de mayor. Elena Martín se arma de coraje y mira, como de reojo pero con claridad absoluta (por virtudes del montaje de Ariadna Ribas), hacia aquellos episodios comprometidos que el relato oficial habría preferido olvidar. Lo mejor, que logre poner imágenes adonde esa versión adulta y endurecida de sí misma no llega, sólo con palabras. Es cine para curar la urticaria. Es por ello que Creatura, aun tan artificiosa y didáctica, se yergue como un film imprescindible: hay que verla para hablarla, para hablarnos. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 08, 2023

    Crítica | Creatura

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 08, 2023

    El D'A barcelonés ya nos anunció en abril que el nuevo proyecto de Elena Martín, «Júlia Ist», se iba a convertir en una de las sensaciones de la temporada dentro del siempre parco cine español. Lo consigue con un retrato sobre los alumnos Erasmus que inician en Berlín un nuevo episodio vital. Una experiencia que pocas veces ha sido reflejada en pantalla. La joven directora y actriz nos recibe en la sala Beckett para charlar sobre este proyecto tan personal.


    Tengo la sensación que el cine no ha aprovechado demasiado la experiencia Erasmus.

    Sí, en parte la idea de hacer la película viene de que, cuando hicimos el Erasmus y descubrimos la intensidad de la experiencia, nos sorprendió mucho no encontrar en ficción el relato de un Erasmus. Y más cuando es un viaje que hacen al año muchísimo jóvenes en Europa. Además, para muchos de ellos significa su primea vez fuera de casa. Aunque claro, esta ausencia de historias nos vino bien para aprovechar el hueco.

    ¿Qué tiene de especial el Erasmus que lo hace diferente de otras historias de tránsito hacia la madurez?

    Al menos para mí, fue la sensación de extrañeza con la que lo afrontas. El tipo de conflicto al que te enfrentas en ese periodo recuerda a lo que te imaginabas que debería haber sido tu adolescencia y no lo ha sido. Lo que nos interesaba cuando escribíamos la película era que es un momento en el que casi estás en crisis por estar en crisis. Te sientes incómodo contigo mismo porque encuentras dificultades en algo que pensabas haber superado y no lo has hecho. Es que en realidad te vas siendo muy pequeño, aunque cuando lo comparas con otras generaciones, los 21 años no es una edad tan pequeña. Sin embargo, te sientes como un niño perdido por Europa. Está claro que más tarde en tu vida te encuentras con otras etapas que te marcan. Por ejemplo, para mí hacer la película ha sido un antes y un después, he crecido mucho en el proceso.

    ¿Cuánto hay de generacional en esta película? ¿Crees que puede conectar mejor con cierto tipo de público dependiendo de la edad?

    Pues antes de estrenar la película pensaba que sí. Luego me he dado cuenta de que no es así. Es cierto que hay muchos elementos que la unen con mi generación, pero las sensaciones internas de la película, esta especie de soledad y desubicación que trabajamos, no es tan ajena a mucha gente. El otro día, en un coloquio en los cines Balmes, una mujer mayor se acercó para decirme que se sintió identificada, que le recordó muchísimo a cuando ella vivió en Alemania. Júlia ist está hablando de una etapa vital efervescente de juventud muy específica, pero evoca a otras que han podido vivir distintas generaciones.

    A pesar de esa ausencia de referentes cinematográficos directos con el Erasmus, hay mucho cine que ha tratado ese momento de soledad y desubicación del que hablas en otros contextos. Está claro que de ahí también bebe Júlia ist, pero me da la sensación de que el anclaje narrativo está en las experiencias personales que habéis vivido.

    Sí, totalmente, el guión está inicialmente basado en momentos que los cuatro guionistas habíamos vivido. Luego ya se fueron desarrollando y cada vez hay menos de experiencia real y más de ficción por una cuestión de construcción de guión, para que el conflicto funcionara. Pero lo cierto es que sí que se ha mantenido la esencia emocional de lo que queríamos contar, algo de lo que estoy muy orgullosa. Es totalmente autobiográfica en este sentido.

    El guión, como dices, está escrito a ocho manos por ti, María Castellví, Marta Cruañas y Pol Rebaque, que sois compañeros de carrera.

    Sí.

    ¿El proyecto nace justo al volver de Erasmus?

    El proyecto surge, de hecho, mientras estábamos de Erasmus. Somos buenos amigos desde el inicio de la universidad y teníamos muy claro que queríamos hacer el proyecto final juntos. Íbamos lanzando propuestas, pero cuando estábamos cada uno perdidos en una parte del continente, por Skype, surgió la idea. Al volver estuvimos todavía un año estudiando otras asignaturas y luego nos pusimos manos a la obra.

    ¿Cómo es escribir un guión entre cuatro?

    Ha habido muchas etapas de escritura. No hemos escrito todo el guión y luego lo hemos rodado, sino que hemos empezamos a escribir, rodamos, montamos, reescribimos, rodamos de nuevo… El guión lo terminamos el noviembre pasado, y el rodaje el mismo mes. Al principio escribíamos María y yo y Pol y Marta lo revisaban, hacían como de script editors; luego empezamos a escribir más Pol y yo y Marta hacía de script editor… durante toda la película el proceso ha ido mutando. Pero también ha ocurrido en otros ámbitos como la dirección, por ejemplo. Al principio estaba más desdibujado, pero luego se fue acercando más a mi punto de vista y ha acabado siendo así.

    Entiendo que, al final, la película la diriges tú, pero que es un proyecto de los cuatro: Pol ha hecho la fotografía, Marta se ha encargado de la producción, María es coguionista… ¿En qué punto decidís estos roles, o surge más de manera natural?

    No hubo un punto de inflexión, fue algo que se fue configurando solo, aunque también tuvo mucho que ver nuestro primer año de carrera. Por ejemplo, al principio parecía que Marta también haría dirección de arte, pero luego la producción fue muy ambiciosa con el hecho de ir a Berlín y quedó claro que se tenía que centrar en eso. Al principio yo no tenía que actuar, pero luego nadie nos convenció durante el proceso de casting para el papel de Júlia y decidimos que lo hiciera yo. Durante el primer año es cuando se fue configurando, porque era nuestro espacio de prueba para aprender.

    Por lo que hablas de cómo se fraguó la película, el modo de trabajo y otros elementos visuales, la comparación con Les amigues de l’Àgatha es inevitable.

    Entiendo que desde fuera se parezcan. Han salido ambas de la misma universidad, un año tras otro… pero el proceso desde dentro ha sido tan distinto que a mí me cuesta encontrar el vínculo. Se ve claramente que nos hemos formado en el mismo sitio, que tenemos un gusto por contar las historias desde la cercanía, con un componente local muy claro, hablando sobre lo concreto y los detalles. Aparte, somos de una misma generación y hablamos de un proceso de cambio, y ambos personajes tiene algo de introspectivo…Pero en cambio yo creo que Les amigues de l’Àgatha era mucho más observacional, la cámara intervenía menos, señalaba menos, y a nivel de montaje era mucho más pausado, había menos planos y tenía un poso casi documental.

    Les amigues de l’Àgatha parece mucho más una película construida en la sala de montaje, y en cambio en Júlia ist habéis buscado una película más guionizada.

    Sí, yo creo que Júlia ist es más narrativa. Les amigues de l’Àgatha cuenta muy bien una sensación, y es eso en lo que se centraron y no tanto en una trama o en unos giros de guión.

    ¿Y eso es algo que vosotros tenías claro desde el principio, el hecho de necesitar construir un guión para contar la historia?

    Sí, totalmente. Luego también hemos trabajado con la improvisación en los rodajes, por el hecho de no tener el guión cerrado completamente desde el principio, pero sí que es verdad que nuestra película se puede dividir en actos, está más estructurada, hay personajes que entran y salen, una trama modifica a la otra… Necesitábamos tener cosas sólidas de guión porque si lo improvisábamos todo no tendría coherencia. En algún momento que nos permitimos improvisar más hubo que frenar a algún actor porque se perdía el sentido. Este tipo de cosas no pasaban en Les amigues de l’Àgatha, porque eran tres amigas que construían su relación a través de lo que hablaban del pasado, eran unas amigas de infancia que compartían anécdotas que no sucedían en la película, y las cosas que sucedían en la película las podíamos comentar porque rodamos de manera cronológica. Nuestra amistad se iba construyendo y nosotras íbamos añadiendo cosas al guión con lo que había pasado en el rodaje. En el caso de Júlia ist hemos rodado totalmente al revés, lo hemos desordenado todo, por lo cual esto ya no podía ser tan bonito, teníamos que ligarnos al texto.

    Por lo que me comentabas, hicisteis casting para el papel de Júlia pero al final lo asumiste tú. ¿También hicisteis una selección para el resto de actores?

    La mayoría de los papeles se escribieron para ellos. Son compañeros con los que hice teatro en Els malnascuts de la Sala Beckett de Barcelona y en Berlín en la compañía P14, que es el germen de la compañía catalana. Hicimos casting para el personaje de Ben (que lo interpreta Jakob D’Aprile, que justo también es de la compañía P14 aunque yo no lo conocía) y para el personaje de la madre, que interpreta Anna Sabaté. El resto son amigos, como Laura Weissmahr, que fue compañera mía del colegio. Esto también es diferente respecto a Les amigues de l’Àgatha, porque ahí sí que se hizo un ejercicio de casting muy exhaustivo de tres meses para encontrar a estas cuatro amigas y luego hubo una fase muy larga de ensayos para construir las relaciones. En cambio, nosotros partíamos de unas relaciones ya construidas, así que la estrategia fue aprovechar relaciones que ya existían en nuestra vida para transformarlas en ficción creando otros vínculos.

    por Anónimo
    junio 22, 2017

    Entrevista: Elena Martín, directora de «Júlia Ist»

    por Anónimo | junio 22, 2017

    Júlia somos todos

    crítica ★★★★ de Júlia Ist (Elena Martín, España, 2017).

    Desde hace bastantes años, la sociología se ha encargado de etiquetar y catalogar a los nacidos en las distintas décadas a través de definiciones que en ocasiones acaban siendo demasiado generalistas y simplistas. Que si baby boomers, que si generación Z, que si generación Y, que si millennials… Leyendo la letra pequeña de cada una de ellas nos damos cuenta rápidamente de la imposibilidad de abarcar en una sola idea todos los matices de las personas nacidas en un periodo de tiempo, por no hablar del vergonzoso cariz primermundista de tales percepciones. Uno tiene la sensación que estos intentos acaban por ser una simple caricatura que ni define ni ayuda a entender una mucho más compleja realidad. Quizás habría que ir a acontecimientos o eventos que, aun teniendo un alcance amplio en la sociedad, afectan a lo íntimo de cada individuo; sucesos que tocan a una parte más o menos amplia de esa generación y que, aunque no la definen a ciencia cierta, ayudan a entender ciertos complejos y comportamientos. Y si pensamos en aquellos nacidos después de los años 80 en el viejo continente, es inevitable que nos venga a la cabeza el programa Erasmus. Este plan de movilidad académica nació en 1987 para fomentar el intercambio de estudiantes y profesores por distintos países europeos. Desde entonces, en el horizonte de la mayoría de estudiantes universitarios el Erasmus era un hito a conseguir, un logro a desbloquear. Todos los que la han (o, permítanme aquí la primera persona, hemos) vivido coincidirán en que es la primera gran experiencia de una vida. Con apenas 20 años, verse en un país desconocido pero con la falsa libertad de poder conseguir lo que uno quiera es una sensación que asusta y excita a partes iguales. Es un sentimiento difícil de asir, muy complicado de explicar, pero puede que Elena Martín lo haya capturado a la perfección en su ópera prima Júlia ist. Basándose, como no podía ser de otro modo, en su propia experiencia, y escrita junto con otros tres compañeros de carrera (la película es fruto del proyecto de fin de grado de la Universidad Pompeu Fabra de la propia Martín, Marta Cruañas, Pol Rebaque y María Castellví), la joven directora catalana nos muestra las debilidades y fortalezas de una joven que se enfrenta no solo a un mundo exterior extraño, sino también al descubrimiento de su propia identidad. Y así, la película se convierte en un fiel reflejo generacional sin pretenderlo, que es como mejor se consiguen estas cosas.

    En la primera clase a la que asiste Júlia en su periplo berlinés, el profesor de arquitectura reflexiona sobre distintas ciudades. Capitales como Roma o París son urbes que miran al pasado, que se asientan sobre toda la historia que ha acontecido en sus calles. Nueva York, sin embargo, fue diseñada mirando al futuro, pensando en lo que el hombre podría conseguir, hasta dónde podría llegar. Pero, ¿y Berlín? Berlín es una ciudad que se pensó para el presente. Tras ser destruida durante la guerra, la tuvieron que reconstruir pensando en las imperiosas necesidades de los habitantes de entonces, sin tiempo para pensar en lo que vendría ni muchas ganas de asomarse a todo lo que había pasado. La idiosincrasia de la capital alemana bien podría extrapolarse a muchos de estos estudiantes universitarios que emprenden el ansiado intercambio. La vida se conjuga en presente, carpe diem se convierte en el mantra a seguir, el pasado ya ni importa y pensar en el futuro se convierte en el ejercicio preferido de procrastinación. Así, Júlia se encuentra en Berlín una ciudad como ella, inmersa en un presente que hay que exprimir. Y en ese tiempo se da de bruces con la vida; la realidad siempre acecha a la vuelta de la esquina. Porque en el subtexto de la historia emana el retrato de esos jóvenes que lo han tenido todo, que son conscientes de su fortuna material, que pertenecen a esa difusa clase media acomodada a la que no le ha faltado de nada, pero que no está acostumbrada al conflicto emocional, que no se siente preparada para enfrentarse al arduo trabajo de encontrarse como personas.

    por Anónimo
    junio 16, 2017

    Crítica | Júlia Ist

    por Anónimo | junio 16, 2017

    En primera persona

    Crónica número II del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    ¿Cómo se enfrenta un director a su primer largometraje? ¿Qué contar y cómo hacerlo? Puede que estas sean dos de las preguntas que más quebraderos de cabeza provocan en muchas escuelas de cine. Respuestas hay muchas, y ninguna mejor que otra, pero lo cierto es que en el D'A podemos rastrear algunas pistas gracias a secciones como Talents, donde participan realizadores con menos de tres películas en su haber, o Un impulso colectivo, una muestra de nuevos directores que producen sus películas de forma independiente. Este año, encontramos a dos jóvenes directoras catalanas que nos muestran un camino. Por un lado, y como clausura de esta edición, la maravillosa Estiu 1993, triunfadora en la pasada Berlinale, en la que Carla Simón pone en imágenes un hecho que marcó su infancia: con tan solo seis años queda huérfana, debe ir a vivir con sus tíos y acostumbrarse no solo a una nueva vida, sino a una nueva familia. Apunten esta película, porque su emotiva honestidad dará mucho que hablar este verano. Por otro, en Júlia ist, que analizaremos detenidamente unas líneas más abajo, Elena Martín dirige y protagoniza el año de Erasmus de una joven arquitecta basándose, en gran parte, en su propia experiencia personal. Dos realizadoras que han encontrado en sus propias vivencias las mejores historias para trasladar al público. Y en ese ejercicio, nos ofrecen retratos reales, plagados de detalles y destellos de vida que son verdaderos milagros cinematográficos. Disfrútenlas.

    por Anónimo
    mayo 04, 2017

    D'A 2017 (II) | Críticas: Júlia ist, El futuro perfecto, L’indomptée

    por Anónimo | mayo 04, 2017
    Blue Heron
    PUBLICIDAD

    Estrenos

    Mostra de Valencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Diputación
    PUBLICIDAD

    Plataformas

    Suscripción