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    Crítica | Creatura

    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★☆☆
    Creatura
    Elena Martín Gimeno
    Cine para curar la urticaria


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: «Creatura». Dirección: Elena Martín. Guion: Elena Martin, Clara Roquet. Compañías productoras: Vilaüt Films, Lastor Media, Avalon P.C, Elastica Films, TV3, Filmin. Dirección de arte: Sylvia Steinbrecht. Fotografía: Alana Mejía González. Montaje: Ariadna Ribas. Reparto: Elena Martón, Oriol Pla, Alex Brendemühl, Clara Segura, Marc Cartanyà, Carla Linares y Teresa Vallicrosa. Presentación oficial: Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Duración: 112 minutos​.

    Dios nos salve del autorismo, pero la carrera de Elena Martín pide a gritos ser leída como una exploración constante, brava, de los paisajes abandonados del melodrama clásico. Ya lo demostró en las discusiones harapientas de Suc de síndria (2019), corto que firmaba Irene Moray (Bad Lesbian) y que serviría de píldora anterior al viaje que Creatura propone. También en los compases finales de Júlia Ist (2017), esa vuelta a casa sorprendida por una nostalgia pegajosa, en la que había algo de los escombros sobre los que crecen las primeras imágenes de la película que Martín presentó ayer en la Quincena de Cannes. En Creatura, vestirá la piel invadida por la urticaria de Aina, una joven encaminada (pareja estable y lejos del mundanal ruido, en una villa del Empordà), pero que somatiza todos los desarreglos que su cabeza no puede procesar.

    Partida entre presente y pasado, con un largo epílogo dedicado a las experiencias formativas que llevaron a la chica al desorden, Creatura nos trae una y otra vez a la brillante Génesis (Genèse, 2018), de Philippe Lesage; otro tanteo, ese mucho más discreto y cruel, alrededor de las semillas del disgusto. Más humanista aun sin ser perdonavidas, Martín confía en la ficción como andamio de momentos muy «verdaderos» o, por lo menos, verdaderamente reconocibles. El padre de Aina (Alex Brendemühl, ese actor de cine que es siempre teatro del bueno) la abraza un segundo, antes de dejarles la casa familiar a ella y a su novio, después de que se hayan mudado desde Barcelona como tantes otres jóvenes con proyectos a largo plazo. Por gracia de la pausa diminuta que él deja al separarse, y por la claridad de la planificación, queda claro que el contacto físico entre padre e hija, si breve, mejor. Oriol Pla, susodicho novio, aplaca su línea histriónica (lo aplaudíamos en Girasoles silvestres) pero no abandona la perplejidad. Sus chispazos de reacción descabellada ayudarán a transitar las lagunas confundidas a las que Aina nos lleva, aunque él también sea un poco capullo. Días más tarde, y por primera vez en mucho tiempo, madre (Clara Segura) e hija se tumban en la cama, hablando de la abuela como si no fuera con ellas, y se cogerán de la mano.

    El guion de Clara Roquet (Libertad) encierra y libera el potencial dramático de cada uno de esos momentos, preservándolos en el espacio seguro entre realismo y brillo. Roquet y Martín dibujan con precisión y sin prejuicios a todo su elenco, incluso a ese pretendiente bobo, Guillem (Boye), que medio «en bromi» une un intento de ligoteo con el franquismo y sus pantanos. Bajo el peso de la normalidad que calla hasta reventar, en la película todo el mundo sufre y se cuida lo mejor que puede y, con la compasión propia de les colegas, la de Roquet y Martín sostiene las carencias de sus hombres y las abraza. Oriol Pla no sabe cómo gestionar (la palabra es esa) el bistec emocional que le presenta su pareja, que ha perdido la capacidad de disfrutar, o de hacer como que disfruta, del sexo. El padre se siente incómodo, con razón, y sin medios para expresarlo.

    Será el plato de una dirección demasiado cargada de referencias y subrayados el que desequilibre la balanza. La cinta hubiera ganado frescura reduciendo los momentos de trascendencia ralentizada, muy pisada (Aina de niña en el agua, los sueños a lo Euphoria), y sosteniendo el silencio hacia los pasajes realmente irrepetibles de la formación y madurez del deseo de ella. El secretismo público de Chatroulette dio a millennials y GenZ más terreno para negociar con lo desconocido, con la responsabilidad y con la liberación que cualquier metáfora emocional venida del cine de festival medio. Aunque sí me interesa que Aina sueñe como Sam Levinson, si ello desdibuja los límites entre sueño y recuerdo y los lleva a otra parte… Pero Creatura, como Aina o cualquier adolescente, «va muy a saco» sin proponer, en realidad, nada especialmente nuevo.

    La destacaremos, en todo caso, por ese tercer segmento que recupera los orígenes de la sexualidad frustrada de la Aina de mayor. Elena Martín se arma de coraje y mira, como de reojo pero con claridad absoluta (por virtudes del montaje de Ariadna Ribas), hacia aquellos episodios comprometidos que el relato oficial habría preferido olvidar. Lo mejor, que logre poner imágenes adonde esa versión adulta y endurecida de sí misma no llega, sólo con palabras. Es cine para curar la urticaria. Es por ello que Creatura, aun tan artificiosa y didáctica, se yergue como un film imprescindible: hay que verla para hablarla, para hablarnos. ⁜

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