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    Dublín 2015
    Dublín 2015
    A pigeon sat on a branch reflecting on existence

    El camino no elegido

    crítica a En duva satt på en gren och funderade på tillvaron (Roy Andersson, 2014)

    La lluvia le dijo al viento:
    -Empuja tú que yo azoto
    y tanto hirieron el soto
    que de las flores altivas,
    doblegadas pero vivas,
    yo sentía el sufrimiento.

    Robert Frost.

    Tan gracioso como una fractura de tibia y peroné. A simple vista, y carente de un contexto argumental adecuado, esta frase no tendría ningún sentido lógico, ya que la comicidad y el sufrimiento resultan dos términos antagónicos. Sin embargo, si preparamos al receptor por medio de una ilustración específica y una situación concreta, es posible que llegue a entender, e incluso a coincidir, con tan inaudita afirmación. Pongamos por caso un hombre cualquiera, al que habrá que otorgar una identidad y unos rasgos únicos para que el mensaje gane en empatía; por lo que lo llamaremos el señor Pernil Distendido; este señor se encontraba tomando relajadamente un café con coñac, unas gotas de licor 43, leche condensada, virutas de limón, un adarme de canela en polvo y unos granos de café enteros o, como se conoce comúnmente en Cartagena, un Asiático, en la terraza de una cafetería situada frente a una pista de fútbol donde un grupo de niños jugaba alegremente, aunque no al fútbol, ya que carecían de balón, sino a molestar lanzando bolas de papel higiénico bañadas en agua —o en algún otro elemento con que empapar el papel— a los despistados viandantes que acertaban a pasar por la improvisada campiña. Mientras Pernil terminaba su brebaje, se percató de que una guapa moza se acercaba hacia él a unos 50 metros, mientras se aproximaba, nuestro hipotético protagonista sacó su teléfono móvil para utilizarlo a modo de espejo y retocar su peinado, cuando comprobó que gran parte de los ingredientes que conformaban el café se habían atrincherado en su bigote, aportándole al mismo tiempo un agradable y refrescante aroma y una apariencia ridícula. Apurado, logró desembarazarse de la corteza de limón, los granos de café y, mientras luchaba ferozmente por eliminar sin éxito la canela, que se había extendido dramáticamente por sus mejillas y sus ojos, la simpática mujer pasó por su lado ofreciendo un cálido saludo, al que el señor Distendido se vio forzado a responder con una mano en la boca, la cara untada en un mejunje marrón, y los ojos entrecerrados del escozor. Espantada por semejante estampa, la mujer aceleró el paso dejando al pobre Pernil cabizbajo en su frustración. Cuando finalmente pudo recomponerse del bochorno, alzó su mirada para encontrarse de súbito con una enorme bola de papel higiénico húmeda que resbalaba por su cara causándole una hemorragia nasal, mientras un grupo de “icues” reía a mandíbula desencajada. Fuera de control, Pernil se lanzó como poseído hacia su venganza, consistente en patear ferozmente el balón de fútbol de los niños y hacerlo desparecer en el horizonte. Ya con la pierna enarbolada y la orden procesada por su cerebro, el desdichado personaje recordó que los muchachos no tenían ningún balón, así que el objetivo de su ira parecía ser un bloque de yeso esférico anclado al suelo a modo decorativo. El impacto era inevitable, por lo que, en una decisión desesperada, Pernil decidió dejarse caer para evitar romperse el pie contra el objeto decorativo, con la mala suerte de que aterrizó sobre su pierna mientras ésta impactaba contra el duro pavimento, ocasionando al mismo tiempo que su cabeza se dirigiera a toda velocidad hacia el bloque de yeso que, afortunadamente y salvándole la vida, no resultó ser más que un simple balón de fútbol. Tan gracioso como una fractura de tibia y peroné.

    por Alberto Sáez Villarino
    abril 08, 2015

    Crítica (II) | A pigeon sat on a branch reflecting on existence

    por Alberto Sáez Villarino | abril 08, 2015
    Lost River

    La cámara de los horrores

    crítica a Lost River (Ryan Gosling, 2014)
    este artículo contiene spoilers

    Detroit se ha convertido en la Pompeya del siglo XXI. Sepultada bajo los devastadores efectos del volcán económico conocido como “La gran recesión”, la ciudad que impulsó la economía estadounidense con el gran “boom” automovilístico, quedó reducida a escombros que ocultaron entre sus cenizas lo que un día fueron algunos de los edificios más prestigiosos del mundo. Muchos han sido los artistas que, tratando de captar el devastado paisaje post-apocalíptico, han retratado la otrora ciudad del motor para la creación de multitud de obras que reflejan la desolación más absoluta. El actor Ryan Gosling, emulando a otros artistas como el fotógrafo canadiense Philip Jarmain, ha utilizado el fantasmagórico escenario de la nueva Detroit para llevar a cabo su primer ejercicio tras las cámaras: Lost River. El recurso inicial al que apela Gosling es la metafórica presentación de la propia urbe dentro de un fantástico mundo irreal, para ello sitúa la acción en un pueblo encantado que vive bajo la maldición de un dragón misterioso. Parte de ese pueblo quedó sumergido por el agua, la otra parte, que no corrió mucha mejor suerte, se vio obligada a sobrevivir en un estado de caos donde los personajes más perversos tomaron el control, dejando a los ciudadanos indefensos en un medio hostil donde no existe representación de las fuerzas del orden, y los grandes héroes, o se marcharon huyendo del terror, o fueron aniquilados —asesinados o vendidos por piezas como pudo haberle pasado al mítico Robocop—. El entorno es la pieza fundamental de esta película en la que sus habitantes heredan el desamparo patrimonial y lo trasladan a su comportamiento. La angustia y la violencia son transmitidas como forma existencial de vida basada en la experiencia que cada individuo ha obtenido en el mencionado contexto.

    El guion establece desde el comienzo una única premisa que avanza de manera lineal hasta que, en un momento determinado, esa sencilla estructura narrativa se divide en dos líneas argumentales paralelas que sólo volverán a unirse en el desenlace. El director aplica ciertos conceptos y diálogos que juegan a despistarnos desde el comienzo, como la fantasmagórica ambientación o la onírica sensación perceptible en todo momento, que posteriormente comprobaremos no se trata más que de una estrategia procedimental, ya que ninguna de las acciones acontecidas responde a la lógica inverosímil del relato surrealista. Y aquí volvemos a la clave del filme, ese metauniverso subacuático donde el absurdo prevalece por encima de la razón o la ley, sin embargo, hasta la más cruda antinomia encuentra sentido gracias a unos personajes que reflejan el tradicional concepto de bondad y maldad inherente al ser humano y condicionante de su proceder en situaciones extremas. Personajes como Bones, Rat y Billy, mártires de las buenas causas que siguen en pie sólo por su necesidad de luchar. De los tres, Bones será el catalizador de todas las historias y, al mismo tiempo, el nexo que relacionará a todas las almas descarriadas que pueblan Lost River. Billy es la madre de Bones, tanto ella como su hijo pequeño, Franky, representan el presente del héroe y, al mismo tiempo, la justificación indirecta de sus actos amorales, ya que su forma de buscarse la vida —pérdida de la dignidad y la honradez— es robar tuberías de cobre para conseguir dinero con el que poder pagar la casa en la que viven. Rat personifica el futuro, la esperanza de una vida mejor que da sentido a toda esa lucha. Es al mismo tiempo la sensatez, la voz de la conciencia de Bones y, como veremos más adelante, su protectora.

    por Alberto Sáez Villarino
    abril 08, 2015

    Crítica (II) | Lost River

    por Alberto Sáez Villarino | abril 08, 2015
    Dearest

    El hombre del saco

    crítica a Dearest (Qin Ai De, Peter Ho-Sun Chan, 2014)

    El secuestro y tráfico de niños en China es una de las mayores preocupaciones de esta sociedad oprimida, que vive bajo las estrictas normas de un sistema que gobierna con implacable dureza a una población, cuyo crecimiento masificado forzó la activación de rigurosos planes de contención. Una de esas opresivas leyes prohíbe a las familias tener más de un hijo. Si combinamos la rigurosidad legislativa oriental y el creciente aumento del comercio negro infantil, las consecuencias para las familias damnificadas pueden ser atroces. Estos son precisamente los trágicos resultados que explora Peter Chan, creador de la fabulosa Comrades: Almost a Love Story (1996), con su nueva película, Dearest (Qin Ai De), en la que reconstruye una historia estremecedora cuyo mayor desconcierto reside en las similitudes extraídas de la terrorífica historia real en la que se basa. En ella, el reputado realizador chino se adentra en la pesadilla que deben vivir unos padres cuando toman conciencia de la desaparición de su hijo. La asfixia, el dolor, la angustia y la desesperación se multiplican debido a la imposibilidad de luchar contra un sistema frío e intransigente que no facilita las cosas a unas personas que atraviesan por el peor momento de sus vidas. La mencionada ley que sólo permite un hijo por familia, no contempla la posibilidad de que éste sea reemplazado en caso de desaparición o secuestro, a no ser que se presente el certificado de defunción. Por ello, si unos padres quieren, tras años de búsquedas inútiles, volver a tener un hijo, la ley se opondrá a no ser que lo den oficialmente por muerto, lo que aumentará exponencialmente el peso de la carga moral que supone sentir que se está sustituyendo al primero. Esto además pone fin a la búsqueda y permite que el sistema lo tache de sus “casos sin resolver”.

    18 de julio de 2009, un niño de tres años llamado Pengpeng bromea con su padre en un dialecto del sur de China, su madre, preocupada de que el pequeño se acostumbre a esa lengua relacionada con granjeros y gente de clase social baja, pide cariñosamente a Pengpeng que se comunique estrictamente en mandarín, y recrimina a su exmarido las costumbres arcaicas que enseña a su hijo. Instantes después, el niño será secuestrado por un hombre al que no somos capaces de ver. El espectador es consciente en todo momento de la captura, aunque sólo percibirá una borrosa figura que atrapa al niño y se lo lleva. Desde ese momento, la imagen de Pengpeng se congelará, su crecimiento y el consecuente cambio físico serán inexistentes para todos los que lo conocían y que, por mucho tiempo que pase, seguirán recordándolo como ese niño de tres años de despierta mirada y una cicatriz en la frente. Y aquí comienza la primera etapa —de la primera parte de la película—: la lucha hasta la extenuación. Tanto la energía como la economía de los padres se encuentran en un buen momento, por lo que invierten todos sus recursos en lo que creen la mejor opción: la ayuda ciudadana, así que ofrecen una recompensa para todo aquel que facilite una pista que pueda conducir al paradero del pequeño. Una decisión desaconsejada por la policía pero que aun así deciden llevar adelante con la esperanza de obtener la mayor asistencia posible. Sin embargo, el siguiente rótulo que vemos en pantalla, que nos conduce a la segunda etapa (primera parte) y nos advierte de que ya ha pasado un año de la desaparición, comienza a llenar de pesimismo a personajes y espectadores. Una sensación que se agravará con la llegada de las primeras decepciones tangibles: pistas falsas, bromistas, timadores y mafias especializadas se empeñarán en despojar de todo el dinero y la fuerza de voluntad a los desdichados padres quienes, movidos por su desesperación, se convierten en una presa fácil para toda una ralea de desaprensivos que terminarán por llevarlos a la ruina. La sociedad china recibe una fuerte crítica dirigida directamente a sus ciudadanos, gente sin escrúpulos que, o forma parte de las estafas, o las consiente impasible mientras suceden frente a ellos. Finalmente, Tian Wen-jun, el padre del desaparecido, tocará fondo (metafórica y literalmente) en una escena en la que se aprecia cómo está a punto de perder la vida por recuperar a su hijo.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 25, 2015

    Crítica | Dearest

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 25, 2015
    While We're Young

    Take a walk to the cool side

    crítica a Mientras seamos jóvenes (While We're Young, Noah Baumbach, 2014)

    «La ficción trata sobre mí, el documental habla de otra persona».

    Noah Baumbach recurre a Godard para exponer el ideal de autoría documental cuando se trata de representar la realidad de forma objetiva e imparcial. Asimismo, su nueva película, Mientras seamos jóvenes (While We’re Young), comienza con un extracto de la obra The Master Builder, del dramaturgo noruego Henrik Ibsen. En este drama, Ibsen se adentraba metafóricamente, como también lo hace la comedia de Baumbach, en los temores de las generaciones de mediana edad ante la llegada de los prometedores y perspicaces jóvenes. Desde el comienzo de la cinta nos percatamos de que, al igual que en el resto de su filmografía, el director neoyorquino plantea un conflicto generacional. Sin embargo, en esta ocasión no parece que sea el temor a envejecer, ni la resistencia a aceptar la madurez propia de los eternos adolescentes del siglo XXI lo que obsesiona a los personajes de la película, sino más bien un simple caso de inadaptación al medio. El espectador se introduce de lleno en un mundo que conoce a la perfección, un mundo con unas reglas establecidas muy bien definidas que resultan imposibles de esquivar, por lo que o estás con el sistema, o estás contra él. Y posicionarse en el ámbito contracultural tecnológico, e ideológicamente primitivista puede parecer muy “cool” si eres un hypster de 24 años sin ningún temor a las ideas preconcebidas, pero para un matrimonio de 40, el hecho de escuchar música en discos de vinilo o ver películas en VHS puede parecer, a ojos del ciudadano medio con tendencia a prejuzgar a las personas, como un auténtico problema de adaptación más que como un deliberado comportamiento transgresor.

    Y en ésas se encuentra Josh, un director de documentales indeciso, creador de una única obra de cierta relevancia y estancado en su falta de resolución artística, que vive a la sombra de su suegro, un reputado documentalista. Tanto Josh como su mujer, Cornelia, están atravesando una etapa complicada a consecuencia de su condición de “matrimonio sin hijos”. Esta posición los distancia de sus amigos; sus estilos de vida han dejado de compartir aficiones comunes, por lo que, de nuevo, el no sentirse aceptados por un sector parental que trata de convertirlos al “lactancismo” continuamente, los moverá a buscar la manera de auto-convencerse de que no tienen por qué seguir las convenciones sociales establecidas “Tenemos la libertad que ellos no poseen… qué más da lo que hagamos con ella”, repite la pareja para evitar confesar que llevan años holgazaneando y perdiendo el tiempo en proyectos triviales.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 24, 2015

    Crítica | Mientras seamos jóvenes

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 24, 2015

    Unwelcome

    crítica a Coming Home (Viko Nikci, 2014)

    En 1984, Darryl Hunt fue condenado a cadena perpetua acusado de la violación y el asesinato de una joven reportera local. Tras varios años, el convicto, que se declaró inocente desde el primer día, fue reuniendo pruebas que contradecían la sentencia inicial del jurado, hasta que gracias a un test de ADN pudo finalmente probar su inocencia en el terrible suceso. Diecinueve años, una palmadita en la espalda y un “lo siento, pero así es la vida” después, el joven afroamericano salía de prisión. Había sido privado de su libertad por un error judicial exactamente la mitad de su vida. El documental que ha presentado Viko Nikci en el segundo día del Festival internacional de cine de Dublín, Coming Home, vuelve a mostrar uno de esos indignantes errores burocráticos aunque, si cabe, más incomprensible todavía. El filme comienza con la salida de la cárcel de Ángel Cordero, condenado a 13 años por intento de asesinato con arma blanca. Pese a que la inocencia de Ángel fue irrefutablemente probada, el joven hispano no fue puesto en libertad —condicional— hasta cumplir la totalidad de su condena. Nuevamente un ejemplo en el que la presunción de culpabilidad prevalece sobre la de inocencia (fundamento básico en cualquier sociedad democrática), sobre todo en este tipo de situaciones en las que el acusado no es de raza caucásica.

    «El documental va revelando poco a poco los detalles de la noche de autos, y como fue evolucionando el caso hasta convertirse en un formalismo burocrático desesperante y desamparado a causa de la holgazanería y la apatía sumarial.»

    Pero Ángel está dispuesto a perdonar, él sólo quiere recuperar su vida después de haber sido humillado, castigado y estigmatizado perpetuamente por un error del sistema penitenciario. El mayor problema vendrá cuando tenga que enfrentarse a la realidad del exterior y se dé cuenta de que su castigo no ha hecho más que empezar. Nikci, vecino de la mujer del acusado, olvida de forma deliberada la lucha de Angel por adaptarse a la sociedad libre, para mostrar su historia desde la perspectiva de la relación padre-hija, una hija que lo culpa por haberla desatendido “egoístamente”. Sin importarle la inocencia de su padre, la adolescente no es capaz de dejar que el protagonista vuelva a formar parte de una vida que ya ha rehecho junto a su madre y su nuevo padre. De esta manera podemos apreciar las dos condenas injustas a las que Cordero tiene que hacer frente, la institucional y la sentimental. El documental va revelando poco a poco los detalles de la noche de autos, y como fue evolucionando el caso hasta convertirse en un formalismo burocrático desesperante y desamparado a causa de la holgazanería y la apatía sumarial. El sistema legislativo estadounidense recibe una severa reprimenda por parte de un director que muestra a los criminales con un sentido del honor y la justicia mucho más lógico y racional que el revelado por los representantes de una ley inverosímil. “No hay que dejar que la cárcel te animalice”, dice un hombre bondadoso y cariñoso que asume su castigo como un purgatorio en el que aprender a ser mejor persona, evidenciando al mismo tiempo el poder perverso que las prisiones ejercen sobre los presos, en una condena que genera comportamientos mucho más encaminados al odio y al resentimiento que a lograr un genuino efecto correctivo, convirtiéndose, cada vez más, en un incremento del problema y no en la búsqueda de una efectiva solución, que parece demasiado complicada y costosa de encontrar. | |

    Alberto Sáez Villarino
    Enviado especial al Jameson Dublin International Festival 2015


    Ficha técnica
    Irlanda. 2014. Título original: Coming Home. Director: Viko Nikci. Guion: Viko Nikci. Duración: 86 minutos. Montaje: Viko Nikci. Música: Rori Coleman. Fotografía: Robert Flood. Intérpretes: Documental. Angel Cordero. Presentación en el Festival de cine internacional de Dublín.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 24, 2015

    Crítica | Coming Home, de Viko Nikci

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 24, 2015
    99 Homes

    Desde el desprecio

    crítica a 99 Homes (Ramin Bahrani, 2014)

    Con la llegada del nuevo milenio se cumplían —metafóricamente— los pronósticos que vaticinaban el fin del mundo. La iniciada recesión financiera era motivo suficiente para dar crédito a los malos augurios con los que hechiceros, agoreros, pitonisas y adivinos nos habían bombardeado durante los últimos años del siglo XX. Estados Unidos encontró un subterfugio muy efectivo contra esa crisis económica espoleada por el pinchazo de la burbuja del sector informático. Gracias al boom inmobiliario, mientras otros países comenzaban a notar los devastadores efectos producidos por su mala gestión y la corrupción, Norteamérica sufrió un nuevo ciclo de expansión económica a partir del año 2003. Sin embargo, como es habitual en este tipo de explosiones bursátiles, se exprimieron egoístamente hasta el completo agotamiento de recursos los posibles medios de regeneración global, originando, al comenzar la década actual, que la hegemonía financiera de los Estados Unidos llegara a un punto crítico. 99 Homes muestra los resultados directos de ese contexto, resultados que van desde el comportamiento de los agentes inmobiliarios y su degeneración moral, hasta las consecuencias en las familias de clase media, una clase media que fue suprimida por completo, con lo que la sociedad quedaría dividida tan solo en ricos y pobres, como en los sistemas de castas más arcaicos. La nueva película de Ramin Bahrani examina esta debacle inmobiliaria y sus consecuencias más devastadoras, yugos hipotecarios ocultos en una letra pequeña que condenaba de manera deshonesta e impúdica a familias que firmaban, por medio de contratos con intereses de auténtica usura, su propia sentencia de muerte.

    En Estados Unidos es admisible un concepto que en España se lleva reclamando desde hace tiempo: La dación en pago. Un acto por el cual la entrega de la vivienda sirve como pago total de la hipoteca cuando el propietario se ve incapaz de afrontarla. No obstante, ese “lujo” también está sujeto a una legislación concienzuda que siempre beneficia al banco. Si la reventa o subasta de la vivienda no cubre la deuda acumulada, el banco continuará embargando más propiedades o, en su defecto, se incluiría al ciudadano en una lista de morosos con la que se le bloquearía durante años el acceso a cualquier ingreso. Por este motivo surgieron, como una plaga de comadrejas, agentes inmobiliarios de la calaña de Rick Carver, dispuestos a sacar beneficio de las desgracias ajenas. Su estrategia consiste en comprar todas las casas que han pasado a ser propiedad del banco a precios muy reducidos, para posteriormente revenderlas por mucho más dinero. En ocasiones, el especulador ofrece una liquidación de 3500 dólares a los propietarios que van a perder su hogar, pagando posteriormente el resto de la deuda y logrando un beneficio mucho mayor. Dennis Nash es un joven obrero que, víctima de la recesión laboral, se queda sin trabajo y, por lo tanto, sin modo alguno de pagar su hipoteca. El señor Carver es el encargado de arrebatarle su vivienda, en la que se había criado y en la que vive junto a su madre y su hijo. Sin embargo, y por un irónico giro del destino, ese malvado hombre se convertirá también en su salvador al ofrecerse a convertirlo en su mano derecha.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 23, 2015

    Crítica | 99 Homes

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 23, 2015
    The Fool (Durak)

    Los Olvidados

    crítica a The Fool (Durak, Yuri Bykov, 2014)

    Lev Nikoláievich Myshkin o, el príncipe Myshkin, es el protagonista de una de las obras más importantes de la literatura universal. Nos referimos, por supuesto, a El idiota (The Idiot, 1869), de Dostoievski. Este idiota, que representaba la figura del aristócrata, dotado de unos valores que se irían perdiendo paulatina en el Moscú del siglo XIX, no era denostadamente llamado de tal manera por una falta de inteligencia, juicio o discreción en su carácter, sino por su ingenuidad, que lo llevaba a ser víctima de toda clase de burlas y objetivo de desaprensivos caraduras, quienes se aprovechaban de su inocencia para lucrarse sin compasión a su costa. El director, guionista y compositor Yuri Bykov, compatriota del propio Fiodor, presenta con su The Fool (Durak), una evolución de esa pérdida de valores, en la que transforma el ideal mesiánico dostoievskiano en una maldad secular e inherente a los ciudadanos de un pequeño pueblo ruso, descendiente del realismo mágico más pesimista. Encontramos en este microcosmos a dos tipos de “fool”. Por un lado, el presentado en la segunda escena de la película, cuando el protagonista, Dima Nikitin, su padre y su madre son tachados de tontos en una definición que se acerca mucho a la del príncipe Myshkin. Se les llama tontos, incluso idiotas, por su carácter humano, bondadoso, aferrados a la idea de respeto por el prójimo. Por otro lado tenemos al idiota burgués, que ha perdido definitivamente cualquier atisbo de educación, modales y respeto. Este “fool” se aproximaría mucho más a un Imbécil, cuya B queda convertida abruptamente en una especie de P esputada sin compasión, al tiempo que se sobreacentúa la posterior vocal tónica, É, para infligir, a continuación, todo el peso fonéticamente peyorativo en la C, que se prolonga y se arrastra sin piedad hasta el límite en el que deja de ser una C para convertirse en una Z. Un imbécil que queda tan deformado conceptualmente en la película como morfológicamente en nuestra descripción.

    La primera escena que se nos muestra es la de un vehemente drogadicto que, en un violento ataque fruto del síndrome de abstinencia, agrede brutalmente a su mujer y a su hija acusándolas de haberle robado el dinero que necesita para comprar su dosis. Esta escena será fundamental para entender el discurso moral que se llevará a examen a lo largo de toda la película. A consecuencia de esa discusión, se rompe una tubería y, en lo que parecía una inspección rutinaria, Dima, un estudiante de arquitectura, descubre una grieta en lo que pudiera ser un pilar maestro. Alertado, el protagonista se dirigirá al exterior del edificio para comprobar espantado que esa grieta se extiende amenazante desde el suelo hasta el piso noveno, por ambas fachadas del edificio, suponiendo una inminente amenaza que podría derrumbar la construcción en cualquier momento. Consciente de que el concejal de obras públicas no hará nada al respecto, como no lo ha hecho en los pasados 40 años, el héroe decide hablar directamente con la alcaldesa, que se encuentra celebrando, junto al jefe de policía, el de bomberos, el de servicios médicos, y el propio jefe de infraestructuras, su cincuenta cumpleaños en un restaurante. Dima, que calcula que los cimientos del edificio no resistirán durante más de 24 horas, trata de exponer su teoría a los mandatarios de la ciudad basándose en la inclinación de la edificación y el severo daño ocasionado por las dos enormes grietas. Su objetivo será convencer a la cúpula municipal de poner en marcha un dispositivo de emergencia para desalojar a las 820 personas que viven en el inmueble.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 22, 2015

    Crítica | The Fool (Durak)

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 22, 2015

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