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    Delmer Daves
    Delmer Daves

    «El tren de las 3:10» (1957)

    Programa número 8 del podcast «La última flecha».

    En 1957 vio la luz el sexto de los nueve westerns que Delmer Daves firmó en los cincuenta, y a la postre el más popular: El tren de las 3:10, del que James Mangold estrenaría un remake cincuenta años después. Poner ambas versiones en relación nos ilustra diferencias evidentes. La de Mangold, violencia y suciedad mediante, adapta el universo del género a las convenciones ideológicas y estéticas de su tiempo. Además de una visión abiertamente cínica, se permite ciertas concesiones a un cine de acción coetáneo mucho más rápido y furioso con detalles como el hacer explotar un caballo en una persecución. Más allá de la pirotecnia de la versión moderna, la comparación nos sirve para poner en valor las habilidades de Daves en la escritura puramente cinematográfica. Mientras que del filme del 57 nos quedamos con sus características grúas, planos secuencia y profundidad de campo que logran un control apabullante del espacio y el movimiento, pocos detalles resumen tan bien los problemas de la versión de 2007 como el que Mangold necesite trece planos para rodar algo tan —aparentemente— sencillo como el choque de una diligencia. Ambos trenes, pues, nos ofrecen una dialéctica clara entre la puesta en escena refinada por el Hollywood de mediados del siglo XX y su sustitución por el montaje efectista del contemporáneo.

    En el octavo capítulo de «La última flecha», el podcast de El antepenúltimo mohicano, Daniel M. Lourtau, Miguel Muñoz Garnica, Emilio M. Luna y José Luis Forte profundizan en la lectura comparada de ambas obras y repasan otros hitos de Daves como director de westerns.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por Emilio M. Luna
    noviembre 26, 2020

    Podcast: «El tren de las 3:10» (1957)

    por Emilio M. Luna | noviembre 26, 2020

    Falso culpable en San Francisco

    La senda tenebrosa, de Delmer Daves.

    Estados Unidos. 1947. Título original: Dark Passage. Director: Delmer Daves. Guion: Delmer Daves (Novela: David Goodis). Productora: Warner Bros. Pictures. Productor: Jerry Wald. Fotografía: Sidney Hickow. Música: Franz Waxman. Montaje: David Weisbart. Reparto: Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Bruce Bennett, Agnes Moorehead, Tom D'Andrea, Clifton Young, Douglas Kennedy, Rory Mallinson, Houseley Stevenson.

    Ahora que el cine atraviesa una época en que el envoltorio visual de sus películas, la proliferación de efectos especiales y los imposibles giros de guion, que buscan desesperadamente el factor sorpresa, son elementos que están a la orden del día, no está de más echar la vista atrás y remontarse a un tiempo en que la receta para el éxito era tan simple como tener una historia sólida, un director con personalidad al timón y unos actores cumplidores. Un tiempo en que el universo de las grandes estrellas de Hollywood estaba conformado por maravillosos actores, dotados de un carisma innato, difícil de encontrar en la actualidad, que les hacía resultar creíbles en cualquier papel que cayese entre sus manos. Humphrey Bogart fue uno de ellos. Un tipo bajito y más bien delgaducho, radicalmente alejado de la imagen de galán que triunfaba en la época, que, sin embargo, protagonizó una de las historias de amor más emblemáticas de todos los tiempos, la que vivieron Rick Blaine e Ilsa Lund en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), todo un éxito de taquilla, avalado, además, por el Oscar a la mejor película. Ahora bien, si Bogart estuvo perfecto en su encarnación de héroe romántico en tiempos de guerra, no cabe duda de que sus trabajos más recordados estarían enclavados dentro del cine negro, en general, y en sus cuatro colaboraciones junto a la actriz Lauren Bacall, en particular. En 1941, ella era una modelo de 15 años que comenzaba a formarse como actriz en la Academia Americana de las Artes Dramáticas, cuando su innegable fotogenia llamó poderosamente la atención del director Howard Hawks. Tanto fue así que confió en ella para que co-protagonizara junto a Bogart, por aquel entonces toda una estrella al servicio de la Warner Bros. (era el actor mejor pagado), Tener y no tener (1944), toda una obra maestra en la que la pareja derrochó una química que traspasó la pantalla. Todos recordamos aquel memorable diálogo, obra de los guionistas Jules Furthman, William Faulkner – adaptando la novela homónima de Ernest Hemingway–, en el que Bacall le dice a Bogart: “Sabes que no tienes por qué actuar conmigo, Steve. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Nada. O quizá, solo silbar. ¿Sabes silbar no, Steve? Solo tienes que juntar tus labios y silbar”. Aquello fue tan solo el comienzo de la leyenda.

    Que el actor fuese 26 años mayor que la debutante actriz no fue obstáculo para que acabaran enamorándose y pasando por el altar un año después, formando uno de los matrimonios más unidos del mundillo artístico, que duró hasta el fallecimiento de él en 1957. Además, vistos los buenos resultados de su primera reunión en la gran pantalla, Bogart y Bacall volverían a ser pareja cinematográfica en tres proyectos más, a cual más inolvidable: El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) –a partir de una novela de Raymond Chandler–, La senda tenebrosa (Delmer Daves, 1947) y Cayo Largo (John Huston, 1948). De estos cuatro clásicos del cine negro, tal vez, el que goza de menos renombre, siempre ha sido el realizado por Daves. Sin embargo, aunque no llegara a alcanzar la categoría de obra maestra que sí ostentan las dos cintas dirigidas por Howard Hawks, hay que rendirse a la evidencia de que nos hallamos ante un título realmente fascinante. Jack L. Warner contrató a Delmer Daves para llevar a cabo la adaptación de Dark Passage, una novela de David Goodis, como vehículo para lucimiento de la pareja del momento. Daves, un realizador que sería más recordado por sus westerns –Flecha rota (1950), El tren de las 3:10 (1957) o El árbol del ahorcado (1959) son algunas de sus mejores aportaciones– y que aquel año también filmaría otra interesantísima historia de intriga como La casa roja , lejos de plegarse a las exigencias de los productores (algo que estaba a la orden del día en aquellos años), decidió tomar aquel potente material y realizar una jugada tan suicida como la de no mostrar el rostro de su estrella protagonista (Bogart) hasta una vez transcurrida una hora de película. Una licencia creativa, tan poco explotada por aquel entonces, como la del empleo de la cámara subjetiva, hace que el espectador viva los acontecimientos a través de los ojos de su personaje Vincent Parry, con los diferentes personajes que interactúan con él hablando d¡rectamente a cámara. También emplea la voz en off de Bogart para hacernos partícipes de los pensamientos y miedos de este hombre injustamente acusado de un asesinato, el de su esposa, que no ha cometido. Un héroe en la mejor tradición de los falsos culpables de Hitchcock.

    por José Martín León
    julio 10, 2018

    Cineclub: La senda tenebrosa (1947)

    por José Martín León | julio 10, 2018
    La ley del talión (1956)

    La ley del talión (The Last Wagon, Delmer Daves, 1956)

    En lo más profundo de la noche el sonido de los tambores de los apaches rompe el silencio sepulcral. Mientras su hipnótico ritmo inunde las sombras el hombre blanco puede dormir tranquilo, los indios no atacarán, pero la siniestra paradoja es que es precisamente su incesante tam-tam lo que no deja conciliar el sueño a los asustados viajeros pálidos. En La ley del talión (The Last Wagon, Delmer Daves, 1956), los apaches son siempre una presencia casi fantasmal, apenas entrevistos en la oscuridad realizando una de sus danzas rituales alrededor de una hoguera o a plena luz del día surgiendo como espectros silenciosos en lo alto de una roca. Siempre lejanos, ajenos, despersonalizados para que la amenaza adquiera un aspecto casi sobrenatural e inhumano. Ellos son el enemigo, el otro oscuro que nunca podremos conocer y respetar porque solo percibimos su sombra acechante. No es extraña esta forma de presentar a los indios en las películas del oeste, pero no son muchas las que consiguen alcanzar tanta fuerza ominosa, tanta sensación de peligro sin apenas poder ver quién lo provoca, como en esta. Pareciera que el desierto y las montañas rocosas formaran un singular y espectral castillo gótico por el que deambularan espíritus vengativos de piel roja. Este carácter propio del mejor cine fantástico es uno de los grandes logros de este gran western de Delmer Daves, pero no es el único.

    El mestizo Comanche Todd (un excepcional Richard Widmark, capaz de pasar de la más extrema violencia a la ternura más sutil de manera prodigiosa en el mismo plano) es un fugitivo de la ley que se ha criado entre los indios que le dan su sobrenombre. Desde el primer momento del filme se nos muestra, cuando es perseguido por unos implacables caza recompensas, cómo la experiencia y lo que ha aprendido de ellos le sirve y le ayuda a sobrevivir. La caravana en la que viaja hecho prisionero por un brutal sheriff es atacada por los apaches y todos son asesinados. Bueno, todos salvo algunos jóvenes que habían aprovechado la noche para refocilarse y hacer el gamberrete entre las aguas de un río cercano. Esto salvará sus vidas. Comanche Todd, de forma milagrosa, y creedme que decir milagrosa no es ninguna metáfora en este caso, también saldrá con vida de la incursión apache. Y eso que estaba esposado a la rueda de un carro y este es empujado por un precipicio… Bah, no nos importa: Richard Widmark es de acero. Los jóvenes e inexpertos blancos supervivientes se verán así perdidos en territorio apache, nada más y nada menos que en el Valle de la Muerte, allí donde los nativos gobernados por Gerónimo marcan su ley. Solo Comanche Todd podrá ayudarlos a salir de ese lugar infernal si tienen suerte.

    por José Luis Forte
    octubre 24, 2013

    Cine Club | La ley del talión (1956)

    por José Luis Forte | octubre 24, 2013
    El tren de las 3:10 | 3:10 to Yuma
    crítica de El tren de las 3:10 | 3:10 to Yuma, Delmer Daves, 1957

    Delmer Daves se forjó como guionista en el viejo Hollywood, siendo su primer trabajo el de colaborador para el libreto de la película del gran Erich von Stroheim La reina Kelly (Queen Kelly, 1929). No fue acreditado en ella, pero sí en su segundo encargo: una película de colegiales deportistas, So This Is College (Sam Wood, 1929), ese género tan en boga en los albores del sonoro que suponía una verdadera prueba de fuego para los escritores con sueños de grandeza que la maquinaria hollywoodense se encargaba de desinflar. Así lo contaba de manera magistral Budd Schulberg en su novela El desencantado (The Disenchanted, 1950), una lectura fascinante no solo para los amantes de la literatura, sino también para los apasionados por el cine, que recomiendo con fervor (por si esto pudiera servir de algo, ejem). Daves se pasa a la dirección y demuestra ser uno de esos artesanos capaces de enfrentarse a cualquier proyecto y dejar tras de sí un buen puñado de excelentes películas y alguna que otra obra maestra. Algo que directores con mayor prestigio y notoriedad no llegan a igualar. El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, 1957) es todo un clásico dentro de un género, el western, en el que Delmer Daves firmó cuando menos otros tres geniales largometrajes: Flecha rota (Broken Arrow, 1950), La ley del talión (The Last Wagon, 1956) y El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, 1959). Una encendida defensa de los indios, una fiera diatriba contra los mismos y un ejemplo perfecto de la unión de melodrama y filme del oeste respectivamente. Si tenemos en cuenta que El tren de las 3:10 se trata de un western psicológico, veremos que en lo relativo a los temas tratados Daves podía con lo que le echaran. Su mérito estribaba en hacerlo bien.

    Sin dejar de lado la parte aventurera ni la ración de tiros habitual en el género (una película del oeste sin tiroteo no solo resulta inconcebible, sino que se nos antoja que debe de ser aburrida a muerte), en el western psicológico se incide de manera especial en qué es lo que pasa por la mente de los protagonistas, son sus dilemas morales los que toman el protagonismo enfrentando con ellos también al espectador a situaciones en las que antes de disparar hay que pensar. El ejemplo paradigmático y quizá más famoso sea Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952), con ese Gary Cooper sufriente abandonado a su suerte por todos los que le rodean, aunque ya había excelentes muestras de esta vertiente en la que prima lo reflexivo ante la acción: Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, William A. Wellman, 1943) o El pistolero (The Gunfighter, Henry King, 1950), por destacar dos de mis favoritas. En El tren de las 3:10, el guionista Halsted Welles, basándose en un relato de Elmore Leonard, encierra a sus dos protagonistas en una habitación y allí los mantiene enfrentándose en una guerra psicológica de antología.

    por José Luis Forte
    agosto 07, 2013

    Cine Club | El tren de las 3:10 (1957)

    por José Luis Forte | agosto 07, 2013
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