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    Cineclub: La senda tenebrosa (1947)

    Falso culpable en San Francisco

    La senda tenebrosa, de Delmer Daves.

    Estados Unidos. 1947. Título original: Dark Passage. Director: Delmer Daves. Guion: Delmer Daves (Novela: David Goodis). Productora: Warner Bros. Pictures. Productor: Jerry Wald. Fotografía: Sidney Hickow. Música: Franz Waxman. Montaje: David Weisbart. Reparto: Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Bruce Bennett, Agnes Moorehead, Tom D'Andrea, Clifton Young, Douglas Kennedy, Rory Mallinson, Houseley Stevenson.

    Ahora que el cine atraviesa una época en que el envoltorio visual de sus películas, la proliferación de efectos especiales y los imposibles giros de guion, que buscan desesperadamente el factor sorpresa, son elementos que están a la orden del día, no está de más echar la vista atrás y remontarse a un tiempo en que la receta para el éxito era tan simple como tener una historia sólida, un director con personalidad al timón y unos actores cumplidores. Un tiempo en que el universo de las grandes estrellas de Hollywood estaba conformado por maravillosos actores, dotados de un carisma innato, difícil de encontrar en la actualidad, que les hacía resultar creíbles en cualquier papel que cayese entre sus manos. Humphrey Bogart fue uno de ellos. Un tipo bajito y más bien delgaducho, radicalmente alejado de la imagen de galán que triunfaba en la época, que, sin embargo, protagonizó una de las historias de amor más emblemáticas de todos los tiempos, la que vivieron Rick Blaine e Ilsa Lund en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), todo un éxito de taquilla, avalado, además, por el Oscar a la mejor película. Ahora bien, si Bogart estuvo perfecto en su encarnación de héroe romántico en tiempos de guerra, no cabe duda de que sus trabajos más recordados estarían enclavados dentro del cine negro, en general, y en sus cuatro colaboraciones junto a la actriz Lauren Bacall, en particular. En 1941, ella era una modelo de 15 años que comenzaba a formarse como actriz en la Academia Americana de las Artes Dramáticas, cuando su innegable fotogenia llamó poderosamente la atención del director Howard Hawks. Tanto fue así que confió en ella para que co-protagonizara junto a Bogart, por aquel entonces toda una estrella al servicio de la Warner Bros. (era el actor mejor pagado), Tener y no tener (1944), toda una obra maestra en la que la pareja derrochó una química que traspasó la pantalla. Todos recordamos aquel memorable diálogo, obra de los guionistas Jules Furthman, William Faulkner – adaptando la novela homónima de Ernest Hemingway–, en el que Bacall le dice a Bogart: “Sabes que no tienes por qué actuar conmigo, Steve. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Nada. O quizá, solo silbar. ¿Sabes silbar no, Steve? Solo tienes que juntar tus labios y silbar”. Aquello fue tan solo el comienzo de la leyenda.

    Que el actor fuese 26 años mayor que la debutante actriz no fue obstáculo para que acabaran enamorándose y pasando por el altar un año después, formando uno de los matrimonios más unidos del mundillo artístico, que duró hasta el fallecimiento de él en 1957. Además, vistos los buenos resultados de su primera reunión en la gran pantalla, Bogart y Bacall volverían a ser pareja cinematográfica en tres proyectos más, a cual más inolvidable: El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) –a partir de una novela de Raymond Chandler–, La senda tenebrosa (Delmer Daves, 1947) y Cayo Largo (John Huston, 1948). De estos cuatro clásicos del cine negro, tal vez, el que goza de menos renombre, siempre ha sido el realizado por Daves. Sin embargo, aunque no llegara a alcanzar la categoría de obra maestra que sí ostentan las dos cintas dirigidas por Howard Hawks, hay que rendirse a la evidencia de que nos hallamos ante un título realmente fascinante. Jack L. Warner contrató a Delmer Daves para llevar a cabo la adaptación de Dark Passage, una novela de David Goodis, como vehículo para lucimiento de la pareja del momento. Daves, un realizador que sería más recordado por sus westerns –Flecha rota (1950), El tren de las 3:10 (1957) o El árbol del ahorcado (1959) son algunas de sus mejores aportaciones– y que aquel año también filmaría otra interesantísima historia de intriga como La casa roja , lejos de plegarse a las exigencias de los productores (algo que estaba a la orden del día en aquellos años), decidió tomar aquel potente material y realizar una jugada tan suicida como la de no mostrar el rostro de su estrella protagonista (Bogart) hasta una vez transcurrida una hora de película. Una licencia creativa, tan poco explotada por aquel entonces, como la del empleo de la cámara subjetiva, hace que el espectador viva los acontecimientos a través de los ojos de su personaje Vincent Parry, con los diferentes personajes que interactúan con él hablando d¡rectamente a cámara. También emplea la voz en off de Bogart para hacernos partícipes de los pensamientos y miedos de este hombre injustamente acusado de un asesinato, el de su esposa, que no ha cometido. Un héroe en la mejor tradición de los falsos culpables de Hitchcock.

    ▲LA SENDA TENEBROSA (DARK PASSAGE), de Delmer Daves.

    La enigmática mirada felina de Lauren Bacall, así como su sensual voz y una poderosa presencia escénica propia de las mejores femme fatale, son explotadas como nunca en esta película en un personaje del que, además, tanto el protagonista como el espectador recelamos en todo momento de sus intenciones. 


    En los primeros compases de La senda tenebrosa asistimos a la huida de Parry de la prisión de San Quintín en el interior de uno de los barriles que porta un camión. Después de robar el coche a un tipo demasiado curioso –le somete a un incómodo interrogatorio– que le recoge, aparece de la nada una misteriosa mujer (Bacall, por supuesto) que le ofrece su ayuda y termina escondiéndole en su casa. Ella es Irene Jansen, una pintora que se ha sensibilizado con el caso de Parry, al que cree inocente, después de que su padre pasase por unas circunstancias similares, siendo también juzgado por el asesinato de su mujer, siendo inocente. La enigmática mirada felina de Lauren Bacall, así como su sensual voz y una poderosa presencia escénica propia de las mejores femme fatale, son explotadas como nunca en esta película en un personaje del que, además, tanto el protagonista como el espectador recelamos en todo momento de sus intenciones (¿en serio alguien puede llegar a incurrir en un delito por ayudar a un extraño sin que detrás exista algún tipo de interés?). Lo cierto es que la química entre la pareja funciona, como es de esperar, a las mil maravillas y su inevitable romance, lejos de entorpecer la trama criminal, está perfectamente introducida en la historia. El magnífico libreto, obra del propio Daves, da cancha a un puñado de interesantísimos personajes secundarios que se cruzan en el camino de Parry, no ya en su continua escapada de la policía, sino en su búsqueda por descubrir la identidad del verdadero asesino de su esposa. Todos ellos conforman una maraña de mentiras, traiciones y alguna que otra improvisada alianza, desde un taxista habituado a moverse en ambientes turbios y que pone en contacto al prófugo con un cirujano que transforma su rostro; un extorsionador (el hombre que le había recogido en la carretera, encarnado por un estupendo Clifton Young) que busca sacar rendimiento económico a su información y, sobre todo, Madge Rapf (una inmensa Agnes Moorehead), la mujer que testificó en contra de Parry en su juicio, sin duda, el personaje más maquiavélico de la función. Todas y cada una de estas personas están dibujadas en el guion de forma tan ambigua (incluso los roles de Bogart y Bacall que, siendo los buenos de la película, también se mueven en unos terrenos que bordean peligrosamente la ilegalidad cuando no caen directamente en ella) que se consigue el buscado efecto de que desconfiemos de todos ellos y no sepamos nunca, a ciencia cierta, en quién se puede confiar y en quién no.

    ▲Lauren Bacall en LA SENDA TENEBROSA.

    Un título que se ha ganado, por derecho propio, un lugar de honor dentro de las filmografías de todos sus nombres implicados. Un clásico nada menor, emocionante y absorbente, repleto de momentos memorables.


    La senda tenebrosa es una intriga policial absolutamente magnífica, dirigida con excelente pulso por Daves, que sabe otorgarle a la historia un ritmo trepidante que no deja espacio para el aburrimiento. Pese a que Bogart aparece durante la mayor parte de la misma fuera de escena o con el rostro cubierto por un vendaje, lo cierto es que realiza una interpretación formidable, perfectamente apoyado por un reparto en el que todos los actores brillan a gran altura, especialmente ellas, Bacall y Moorehead. La música de Franz Waxman sabe crear la sensación de constante amenaza que el relato requería y la magistral fotografía de Sidney Hickow saca un extraordinario partido a esa ciudad de San Francisco que sirve de escenario a la intriga. A diferencia de muchas películas similares de la época, en las que la mayoría de las escenas tenían lugar en interiores, esta se muestra mucho más generosa en momentos que acontecen en exteriores. De este modo, las características calles empinadas, los tranvías o el espectacular puente Golden Gate funcionan muy bien como ese paisaje urbano en el que se mueve Parry en su obsesiva búsqueda de respuestas. Aparte de la sabia utilización de la ya mencionada narración subjetiva, La senda tenebrosa destaca por una fuerza visual inusitada en secuencias como aquella tan onírica que tiene lugar en la consulta del cirujano, cuando nuestro héroe, como consecuencia de la anestesia, sufre unas alucinaciones en las que aparecen los rostros distorsionados de los personajes involucrados en la trama, o aquella en la que presenciamos el fatal desenlace de Madge. En definitiva, este es un título que se ha ganado, por derecho propio, un lugar de honor dentro de las filmografías de todos sus nombres implicados. Un clásico nada menor, emocionante y absorbente, repleto de momentos memorables. El verdadero significado de la palabra tensión está presente en escenas como la de Lauren Bacall sorteando dos controles policiales con el preso fugado oculto en el asiento de atrás de su coche; el interrogatorio al que Parry –al que delata un temblor de manos por el nerviosismo– es sometido por un policía de incógnito en el restaurante, o la pelea con el chantajista en la colina, bajo el Golden Gate. Un laberíntico camino, plagado de espinas y contratiempos, que culmina, eso sí, como mandaban los cánones de la época, con la pareja formada por Bogart y Bacall reencontrándose en el puerto de Paita, en Perú, y fundiéndose en un idílico baile que servía de feliz broche final a la historia. Algo que fue, muy probablemente, una ligera concesión ante las exigencias de los estudios, que no empañan, a pesar de todo, las múltiples bondades de tan maravilloso ejercicio de suspense en estado puro. Uno que habría firmado con los ojos cerrados el mismísimo maestro Alfred Hitchcock, pero que fue obra de un eficiente (e inspiradísimo) artesano como Delmer Daves.


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid



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