Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta David O. Russell. Mostrar todas las entradas
    David O. Russell
    David O. Russell
    || Críticas | ★★★☆☆
    Ámsterdam
    David O. Russell
    El amor en todas las direcciones


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Amsterdam. Director: David O. Russell. Guion: David O. Russell. Productores: Matthew Budman, Christian Bale, Arnon Milchan, Anthony Katagas, David O. Russell. Productoras: 20th Century Studios, Canterbury Classics, New Regency Productions. Distribuida por Walt Disney Studios. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Daniel Pemberton. Montaje: Jay Cassidy. Dirección arte: Danielle Osborne. Diseño de Vestuario: Albert Wolsky, J.R. Hawbaker. Reparto: Christian Bale, Margot Robbie, John David Washington, Robert De Niro, Alessandro Nivola, Anya Taylor Joy, Andrea Riseborough, Chris Rock, Mike Myers, Michael Shannon, Matthias Schoenaerts, Taylor Swift, Zoe Saldana, Rami Malek.

    En el cine de Howard Hawks la puesta en escena no es más que la extensión de una cámara que imagina todo tipo de géneros para establecer con mirada cristalina una misma esencialidad, una misma obra ramificada en diversidad de títulos y relatos. El motor del cine de Hawks forma parte de un utillaje expresivo muy característico, afín a los grandes directores del cine clásico, que anteponían líneas de pensamiento muy personales a la hora de hacer funcionar todo el aparato expresivo de una película. Sus trabajos manejan constantes entrelazadas de unas películas a otras en un solo discurso de autor. Los misterios más asiduos del cineasta norteamericano residen en la amistad como elemento dominador de sus historias, sean comedias, aventuras, westerns o cine negro, hasta el punto de que los llamados héroes hawksianos marcan unas pautas muy concretas dentro de las relaciones humanas y pasionales. Su sentido de la camaradería, o su propia ambigüedad de roles de género en el ámbito laboral, académico, amoroso o familiar, constituyen un buen ejemplo en el que detenernos para analizar, o estudiar, el carácter emocional de sus personajes. Parece evidente que otros cineastas contemporáneos que buscan un sentido mismo a la tradición de los grandes contadores de historias del gran cine comercial americano, divaguen y fallen en el momento de poner a cero el contador de sus obsesiones. El rendimiento de muchos de ellos no depende de las correspondencias traducidas en sus discursos, a veces tan trilladas como masticadas, a base de infinitas referencias y legados. Dependen en parte de una herencia contaminada, que eleva a cineastas de fuertes ambiciones a vérselas de bruces con el rodillo de un sistema demoledor que no espera a nadie. David O. Russell pertenece a esa raza de directores que en un principio asomaba con nervio en el nuevo cine norteamericano, a su vez un cine que no inventaba nada, y que seguía a pies juntillas el lenguaje fílmico de los nuevos cines de los años setenta. Russell, como tantos otros, pretendían codificar conceptos y engranajes del renacido Hollywood, por citar ejemplos evidentes, rodar la misma América de Oliver Stone, Martin Scorsese o Francis Ford Coppola. Un enfoque que, dentro de la teórica modernidad, tome posesión estética, recargada, de movimientos perpetuos, en donde afloren un conjunto de ideas debidamente rehabilitadas.

    Russell ha sido, para muchos de una manera incompresible e inmerecida, un cineasta a tener en cuenta en el ecosistema hollywoodiense. La mayoría de las estrellas del cine contemporáneo han colaborado con el director, dado su grandilocuente forma de entender el sistema de estudios. Sin embargo a la misma par que ascendía cosechando parabienes y premios en la industria, crecía, exponencialmente, el núcleo de detractores, los cuales muchas veces no han pretendido indagar en sus mecanismos y si dejarse arrastrar por el rechazo sistemático. Filmografía irregular, fallida en la mayoría de sus trabajos, pero al mismo tiempo interesante en el análisis de orador y profeta del modo de vida americano.

    Ámsterdam supone, siete años después de Joy, el nuevo artefacto para subrayar esa identidad de país a través de los actores, efigies y bustos en los que portar testamentos. Si piensas como Hawks es bueno conceder libertades al actor desde el punto de vista escénico, Russell emplea el carisma de sus famosos intérpretes, pero, a diferencia de Hawks, su frescura choca con una plantilla matemática y cuadriculada, quizás por el mero hecho de basarse en formulas teledirigidas que apenas hallan espontaneidad en los resultados. Sus cámaras se pegan a la piel de los actores, con primerísimos planos y lentes deformadas tejiendo encuadres claustrofóbicos, más propios de una película de terror que de una comedia. Ámsterdam se lee a través del operador omnisciente que quiere dominar nuestra mirada. La fotografía de Emmanuelle Lubezki se construye en derredor de luces tenues, focos orientados a mostrar una época del pasado lo suficientemente emborronada en la memoria. El tono vaporoso de la película apuesta por la melancolía en los colores, amarillos, ocres, y una hermosa distancia otoñal. Lo mejor de Ámsterdam es, alejándonos del ruido y del inconexo frenesí de su montaje, consigue levantar un tiempo suspendido, una epopeya de extraña belleza filmada con pulso errático y estilo marchito.

    En boca del Doctor Burt Berendsen (excelente Christian Bale), David O. Russell plantea los sucesos del relato desde su punto de vista. El recurso de la voz en off dialoga con la tradición del noir clásico, citemos El sueño eterno (1946) por ejemplo ( a vueltas con Howard Hawks), y esa misma idea, un whodunnit de asesinatos y pesquisas criminales, flota en el filme desde el inicio. Berendsen forma equipo con Harold (John David Washington), otro veterano de la Primera Guerra Mundial, a la par su mejor y más íntimo amigo. Narrada en tres tiempos, Ámsterdam ocurre a caballo entre los recuerdos de aquella guerra, y de las vivencias en esa ciudad junto a la enfermera que cura sus heridas (maravillosa Margot Robbie). Momentos, idílicos, románticos, contados mediante flashbacks y que a la larga suponen los mejores minutos de la película. Russell parece evocar, con cierta pretenciosidad sacada de contexto, las relaciones de amistad vistas en el cine de la nouvelle vague, como podrían ser las carreras por el Louvre o los bailes en cafeterías de los amigos de Banda aparte (Godard), o los triángulos amorosos de Jules et Jim (Truffaut). Las canales de la ciudad holandesa son el escenario ideal para dibujar un triste y decaído sentimiento de nostalgia por el pasado. El marco europeo contrasta con los otros segmentos, periodo de entreguerras, incurriendo en el desarrollo de una América conspiranoica, llena de enemigos. El último acto, deslavazado y confuso, y en donde el director acaba ahogándose, llevando la astracanada hacia el teatro del absurdo, el autor de El lado bueno de las cosas (2012) alude no solo a Hitchcock, sino a Tarantino o Wes Anderson. Abordar tantos frentes, multiniveles, de un lado y de otro, es lo que a la larga empaña a la película.

    Sin embargo esa apuesta fronteriza por los géneros si lo acerca, aunque sea en planos escorzos, a la imagen romántica de Howard Hawks. Se podría decir que Tres reyes (1990) era lo más próximo al sentido de la aventura de Río Lobo (1970) o de El Dorado (1966), también fiel a las características del cine de evasión clásico, con llamaradas al El tesoro de sierra madre (John Huston, 1948). En muchas de sus comedias reside el espirito lejano de las famosas screwball de Hawks y coetáneos, en esta última por cierto algo más subrayado en la performance del personaje de Bale, un doctor con ecos del Gary Grant de Me siento rejuvenecer (1952) o del aviador de Solo los ángeles tienen alas (1939). La comedia hawksiana está ligada a la amistad masculina y la figura femenina como contrapunto. En su filmografía se construyen una serie de pasajes temporales en los que el contexto histórico adopta vital importancia y las herramientas emocionales, a veces incluso histriónicas de los personajes, desembocan en una atmósfera característica del cine clásico de aventuras. Héroes y villanos dispuestos en un mismo tablero de juego.

    Me gusta la manera que Berendsen/Bale tiene de retorcerse ligando estructuras propias de los dibujos animados en su apuesta por el gag visual. El actor parece encontrarse comodísimo en una especie de cortometraje de los Looney Tunes con claros ecos del slapstick de los años treinta y cuarenta. Lástima que ese valor añadido quede algo enterrado por la acumulación de diálogos, un recurso que Russell agota y dilata con demasiada facilidad. Sobran las palabras, porque lo que aportan unos, lo restan otros. El lema menos es más de directores como Hawks no parece en Ámsterdam importar demasiado. En el lado opuesto la labor encomiable de la banda sonora de Daniel Pemberton. El compositor escribe una partitura deliciosa, sutil, bellísima, una música que sabe cómo evocar la naturaleza fabulesca del relato. Pemberton saca máximo partido de su tema principal, un tema que va expandiéndose como una criatura más de la película, incorporando diferentes arreglos y variaciones y sabiendo traducir el amor en cada nota. Los timbres líricos, y el uso de los instrumentos de viento, otorgan partículas suspendidas en el aire. En su leitmotiv sentimos la alegría, tristeza, y sobre todo melancolía de ese cine del presente que mira con espejos convexos al pasado. El compositor no duda en aderezar músicas que se adapten al contexto histórico, desde el jazzy, los coros celestiales, el pop, los sonidos del easy listening de maestros como Henry Mancini, o instrumentaciones más actuales, minimalistas, de texturas psicológicas. Melodías de amor, terciopelo sin caer nunca en lo relamido, circundan el grado de amistad que domina la película. La música es el mapa del tesoro y cada timbre, cada sonido, arcanas, brillantes, piezas de un gran rompecabezas.

    La inexorable conciencia del american dream rodea cada uno de los trabajos de David O. Russell; a partir de aquí, Ámsterdam manifiesta una curiosa tendencia acerca de la totalidad de una nación que le debe gran parte de su idiosincrasia a esos seres esquinados, perdidos, vagabundos y destartalados. El trío protagonista es el núcleo duro melancólico del relato, personas que desesperadamente buscan un lugar apropiado en el mundo. Corren de la mano hacia pasados imaginarios, como ellos, el espectador intenta comprenderlos, en nombre del amor tomamos todas las direcciones y caminos posibles. Ámsterdam es el amor de Estados Unidos a la vieja Europa, teñida de sueños y bohemia, de sensuales bailes en cascada; un albergue en el que despertar lejos de las fauces del endemoniado sueño americano.

    por David Tejero Nogales
    noviembre 12, 2022

    Crítica | Ámsterdam

    por David Tejero Nogales | noviembre 12, 2022

    El televisivo sueño americano

    crítica de Joy (David O. Russell, EE.UU., 2015).

    El del director y guionista David O. Russell con crítica y público viene siendo, en los últimos tiempos, un matrimonio bien avenido. Desde el drama pugilístico The Fighter (2010), cada estreno del neoyorquino levanta gran expectación y es saludado como una nueva apuesta de cara a los Oscars. Con la comedia sentimental El lado bueno de las cosas (2012) se apuntó un gran éxito en el que tuvieron mucho que ver Bradley Cooper, Robert De Niro y, sobre todo, una arrolladora Jennifer Lawrence que se hizo con la estatuilla dorada a la mejor actriz con tan sólo 22 años. La nueva rubia más codiciada de Hollywood casi repite la hazaña por segundo año consecutivo, esta vez como secundaria, en su siguiente colaboración con O’Russell, La gran estafa americana (2013), donde volvía a ser pareja de Cooper y De Niro se reservaba un pequeño papel secundario. En esta comedia llena de personajes mentirosos y sin escrúpulos, Lawrence fue pura dinamita capaz de borrar de escena a todo actor con el que compartiera plano, ya fuese el caracterizadísimo Christian Bale o la estupenda Amy Adams. La excelente ambientación del Nueva York de los setenta, el hábil montaje y unos diálogos punzantes e ingeniosos nos hicieron pensar que en O´Russell se hallaba un aventajado sucesor de Martin Scorsese. Unas expectativas que, por desgracia, se vienen abajo en el que es el tercer trabajo en conjunto de sus protagonistas con un director que parece haber aparcado la ambición artística que le caracterizaba hasta el momento por una desganada corrección. Ya desde su misma concepción, poco hay de interesante (y mucho menos, apasionante) en la historia que nos narra Joy (2015).

    Lo primero que llama la atención es que O’Russell se fijara para su siguiente proyecto en la historia real de Joy Mangano, una atribulada madre soltera republicana de Long Island que, dotada desde pequeña de una gran creatividad para los inventos, consiguió convertirse en una exitosa empresaria, patentando utensilios como The Miracle Mop —conocida como la fregona americana—, que encontraron gran recibimiento entre las amas de casa norteamericanas de la década de los noventa y convirtieron a Joy en multimillonaria y rostro reconocible de los espacios de teletienda. Vale que estamos ante uno de esos relatos que ensalzan el sueño americano, ese que habla de la consecución de las metas a través del sacrificio y la determinación, y que tanto suelen calar en la audiencia. Al igual que Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) le supuso a Julia Roberts la oportunidad de obtener un papel a medida con el que ganó su único Oscar, dando vida a un personaje similar que, de la nada y sin ningún tipo de preparación académica, consiguió trabajar en un despacho de abogados, Joy solo puede entenderse como un vehículo de lucimiento exclusivamente diseñado para que Lawrence vuelva a deslumbrar, superando incluso el hándicap de la edad, con ese indudable carisma que siempre la eleva por encima del guion más malo. Porque sí, en esta ocasión el libreto parece tener más del universo femenino algo disparatado de la co-guionista Annie Mumolo —La boda de mi mejor amiga (Paul Feig, 2011)— que de la visión corrosiva de O’Russell, aportando muchos elementos ficticios que no hacen más que desvirtuar la auténtica historia de Joy Mangano. Así, la cinta muestra los esfuerzos de su protagonista por sacar adelante a su desastrosa familia —compuesta por unos padres separados, un ex-marido con el que sigue manteniendo una extraordinaria relación que les permite seguir compartiendo techo, varios hijos, una hermana envidiosa de su talento y una abuela que en ningún momento pierde la fe en que su nieta termine siendo alguien importante en la vida—, y su camino, lleno de trabas (falta de oportunidades, robos de ideas, amenazas de desahucio), hasta alcanzar el éxito.

    por José Martín León
    enero 07, 2016

    Crítica | Joy

    por José Martín León | enero 07, 2016
    La gran estafa americana, de David O. Russell

    Un 'Dream Team' sin remanente de genialidad

    crítica de La gran estafa americana | American Hustle, de David O. Russell, 2013

    ¿Quién mató a Sam 'Ace' Rothstein? Más importante aún: ¿cuándo se produjo realmente? ¿Al principio o al final? ¿En el minuto dos o en el ciento sesenta y..., tras años de fiebre pituitaria y extorsiones y vidas ahogadas en el Mojave? ¿O quizá simultáneamente, futuro regurgitado que atenta contra las expectativas del boquiabierto público? ¿Era la bomba lapa una ruptura del andamiaje narrativo? Pues, sí y no. Scorsese no pretendía eyectar su universo, ni sus rasgos formales; buscaba, en cambio, (re)instaurar el milimétrico sentir audiovisual que ya —tarde, muy tarde— en 2006 le granjearía el Óscar a mejor director. ¿Cómo saldar, pues, la deuda contraída también por David O. Russell con el maestro de Queens? Baste un suspiro y una media sonrisa para describir las sensaciones que provoca La gran estafa americana, que, no me disparen todavía, algo de pufo/tufo académico tiene/despide. Un fraude (como idea temática, se entiende) inelegante, que cubre el oropel con pintauñas irresistiblemente suizo, mezcla de codicia y sueños truncados. Superficialidad desde una superficie angosta, donde Christian Saben aquel que diu Bale, Amy Adams, Bradley Roller Cooper, Jennifer Lawrence y Jeremy Renner lo dan todo y por el camino encumbran a su director, quien se empacha de una época setentera con un filón tanto en la vertiente musical como en la textil. Que avanza sin artificio pero sin pausa, midiendo las intenciones y el background de su discurso: he aquí una fastuosa pieza de museo que promete calcificarse sin alterar el imaginario de sus hoy adeptos, ya sean críticos o cinéfilos con hechuras o humildes consumidores de golosinas varias. Nadie sufre, y tampoco a nadie le importará que sus magníficos actores ganen algún premio. Su contribución trasciende, desde cualquier ángulo, su propio caché actoral. Transmiten la psicología y a ratos proyectan una atmósfera —inquietudes sin pulir, celos que erosionan hasta romper el tejido—, e incluso una postura colectiva que más allá de transformarse en evidente rivalidad, casa a la perfección con el Todo.

    por Anónimo
    enero 30, 2014

    Crítica | La gran estafa americana

    por Anónimo | enero 30, 2014
    Crítica de El lado bueno de las cosas - Silver Linings Playbook
    MENTES DESAFINADAS
    El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, David O. Russell, 2012)

    La demostración más palpable y quizá violenta de que estás sumido en la locura es anunciar a gritos que no estás loco, que es el mundo que te rodea el que no te entiende, un mundo embrutecedor donde la paranoia presta cobijo a tus conspiradores, a la toxicidad de una civilización deshecha. Contra ello luchaba lapidariamente un pelirrojo llamado Rorschach, antiguo vigilante de una América decrépita, según él infestada de enfermedades y parásitos humanos que personificaban el Mal. Era la suya una visión rígida pero conectada a los traumas infantiles, como dispondría Freud en sus famosas tesis psicológicas. Todo o casi todo debería tener un porqué, y eso mismo busca el protagonista de El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012), un tipo cualquiera desgastado por la erosión de un matrimonio roto por un episodio extramarital: el entregado amante estalla al descubrir a su mujer en la ducha con un profesor de Historia —calvo y fláccido, para más señas—, cuyo rostro queda como un whopper (que no vemos) tras la brutal paliza que recibe de este despechado entrañable. Lo cuento amargamente, pero el filme de David O. Russell evita toda amargura reconcentrada e inicia la terapia —adaptación homónima del libro de Matthew Quick— en un psiquiátrico, a espaldas de un protagonista convencido de que tiene que cambiar para recuperar a su mujer.

    Jennifer Lawrence y Bradley Cooper en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook)
    DOS NOMINADOS OSCAR | Jennifer Lawrence y Bradley Cooper
    Positividad, positividad, positividad. A los cinco minutos está fuera de ese edificio que evoca la turbación de otro inolvidable: el de Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco. Su madre, una Jackie Weaver que asiente con estupor, le devuelve a su Filadelfia natal, a la de los Eagles, a la de Benjamin Franklin y a la de su obsesivo padre, quien tuerce el gesto —en parte incrédulo, en parte nervioso— ante la inesperada vuelta de su hijo. Este primero participa en apuestas ilegales y padece un trastorno obsesivo-compulsivo que le obliga a hablar del azar y las estadísticas concernientes a su club de la NFL como el “yuyu”. Un personaje a la medida del Robert DeNiro menos sobreactuado de los últimos tiempos: el director de la magnífica The Fighter dirige con inteligencia y con un control eficiente de los tiempos, del tono y los ademanes que deben acompañar a sus diálogos. Y es que, esta película se beneficia de poseer un director que es también guionista, pero uno que ha absorbido cada línea del texto original, que conoce a la perfección ese microcosmos americano asaltado por el desamor y la histeria. Silver Linings Playbook cuenta con eso que los entendidos llaman un reparto coral, donde cada una de las piezas es (im)permeable a la trascendencia dramática del resto: los arcos de transformación se describen sutilmente en el transcurso de una trama redonda, cuyo nudo no para de arrancarte sonrisas gracias a situaciones que son en realidad dignas de la mejor tragicomedia, ya que basculan conmovedoramente entre esa clase de humor que desarma por su limpieza (y punch) y la catarsis familiar más perniciosa.

    Cámara al hombro, en permanente movimiento —siempre al servicio de la narración, y no al revés—, asistimos a una clase magistral de autoayuda sin pretensiones: ese anonadado que despierta a sus padres a las cuatro de la mañana para mostrarles su desacuerdo con Hemingway y el trágico final de Adiós a las armas (al menos el más popular, pues existen cuarenta y siete finales), conocerá a una joven viuda que le instará a ofrecer antes de pedir. Inflamable y rabiosamente sexy, Jennifer Lawrence reafirma que es una actriz llamada a grandes empresas: lo tiene todo, y encima es un placer para la vista. Es una actriz total. Algo parecido ocurre con Bradley Cooper, quien ya demostró que no es sólo un guapo con suerte en Sin límites. Asimismo, David O. Russell potencia su sencillez estilística como cineasta: no precisa de grandes florituras para contar buenas historias. Admirador de la música de Led Zeppelin —ya escuchamos una canción de la mítica banda inglesa en The Fighter—, se vale de sus acordes para inyectar la dosis necesaria de electricidad. El alto voltaje de las películas que trascienden.

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Estados Unidos, 2012. Título original: Silver Linings Playbook. Director: David O. Russell. Guión: David O. Russell (libro: Matthew Quick). Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Danny Elfman. Reparto: Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Jacki Weaver, Chris Tucker, Julia Stiles, Anupam Kher, John Ortiz, Shea Whigham, Dash Mihok, Paul Herman, Brea Bee.

    Silver Linings Playbook poster
    por Anónimo
    enero 25, 2013

    SILVER LININGS PLAYBOOK | CRÍTICA

    por Anónimo | enero 25, 2013

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción