Lynch, XXI
Ensayo de Aarón Rodríguez Serrano sobre el cine del siglo XXI
▶ Especial 13º aniversario de EAM: el cine del siglo XXI
Podría aducirse, sin duda, que David Lynch fue uno de los grandes enigmas del audiovisual durante la segunda mitad del siglo XX. De su alfarería siniestra en los cortometrajes de aprendizaje —o quizá, mejor dicho, de descubrimiento— hasta el aparente pacto con el clasicismo —y la industria— que supuso Una historia verdadera (The Straight Story, 1999), Lynch había reunido y organizado una filmografía convulsa pero extrañamente coherente. En su obra del siglo pasado se podían trazar —y muchos estudios de gran calidad como el de Quim Casas (2007) así lo detectaron— una serie de temas, figuras, líneas de fuga y movimientos que le convirtieron por derecho propio en uno de esos rutilantes autores que habían sabido aprovechar las posibilidades de esa gran categoría con la que cerró la fiesta en 1999: «la imagen postmoderna».
Sin embargo, en pleno 2021, cabe preguntarse —y aquí se encuentra el núcleo del presente texto— si, en realidad, toda aquella fastuosa colección de películas, cortometrajes, anuncios o capítulos de televisión no era sino una especie de boceto gigantesco, de ensayo general ante el tremendo temblor, el tremendo replanteamiento sobre la naturaleza de las imágenes —y, sobre todo, ante nuestra posición como consumidores ante ellas— que acabaría por estallar, cada vez con mayor virulencia, en los últimos veinte años. Lynch, por decirlo rápidamente, ya había consolidado su parcela en la Historia del Cine antes del cambio de milenio. Sin embargo, una mirada atenta frente a los materiales que llegaron después comienza a mostrar cómo su obra comenzó a horadar, consumir, nutrirse de dicha Historia para devenir una suerte de escritura mutante, irónica, desmesurada, pero también emocionante, placentera, e incluso —y reconozco ciertas dudas frente al adjetivo que voy a proponer—, sincera.
Sinceridad, entendida aquí como la continuidad de un gesto ensayado y prefigurado hasta, literalmente, sus últimas consecuencias. La «postmodernidad» de Lynch no es simplemente el apilamiento de citas: eso quedó clausurado en la jauría y el festín cinéfilo de Corazón Salvaje (Wild at Heart, 1990). Tampoco es la exploración acrítica de los formatos —al respecto, véase la reflexión de Carlos Gómez (2019: 106-123) sobre el uso del vídeo—, ni muchísimo menos el ya inevitable pacto fáustico con las nuevas plataformas de nuestros días lo que recubre y dirige su exploración personal. Antes bien, la sinceridad lyncheana tiene que ver con una cierta manera, un cierto diseño de lo que podría ser el audiovisual y lo que, a su vez, se puede esperar de una creación que lleva su nombre.
Algunas teorías interesantes formuladas en los últimos años —especialmente, a partir del extraordinario ensayo de Pacôme Thiellement (2020)— apuntan a una suerte de desencanto, de desafección casi ética del Lynch posterior a 1999. Una cierta desconfianza hacia los parámetros del mundo, hacia la posibilidad del encuentro con una cierta paz, una cierta armonía como las que pregona en sus discursos new age sobre meditación. La idea es, queda dicho, interesante pero incompleta: Lynch se ha limitado a desmontar con mayor fiereza los propios gestos cómicos de su anterior trabajo —véase el humor infantil, pero en el fondo profundamente angustioso, de la tercera temporada de Twin Peaks—, de igual modo que se ha atrevido a tirar con la misma fuerza de los elementos disruptores, la fealdad o el propio trazo de su escritura. Negando la mayor a la aparente estetización postmoderna —véase la profunda y buscada suciedad visual en muchos de los planos de Inland Empire (2006)—, lo que queda es algo más que un simple experimento digital o una obra narrativamente compleja —la orfebrería definitiva de los mind game films o de las estructuras de guion quebradas. Lo que queda, a la salida del cine, es la sensación de haber asistido a un texto cinematográfico que desafía cualquier convención previa con la que el espectador pudiera haber entrado en la sala.
por Aarón Rodríguez
febrero 08, 2021
febrero 08, 2021
Especial siglo XXI | «Lynch, XXI»
por Aarón Rodríguez | febrero 08, 2021









