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    D'A 2017
    D'A 2017

    Júlia somos todos

    crítica ★★★★ de Júlia Ist (Elena Martín, España, 2017).

    Desde hace bastantes años, la sociología se ha encargado de etiquetar y catalogar a los nacidos en las distintas décadas a través de definiciones que en ocasiones acaban siendo demasiado generalistas y simplistas. Que si baby boomers, que si generación Z, que si generación Y, que si millennials… Leyendo la letra pequeña de cada una de ellas nos damos cuenta rápidamente de la imposibilidad de abarcar en una sola idea todos los matices de las personas nacidas en un periodo de tiempo, por no hablar del vergonzoso cariz primermundista de tales percepciones. Uno tiene la sensación que estos intentos acaban por ser una simple caricatura que ni define ni ayuda a entender una mucho más compleja realidad. Quizás habría que ir a acontecimientos o eventos que, aun teniendo un alcance amplio en la sociedad, afectan a lo íntimo de cada individuo; sucesos que tocan a una parte más o menos amplia de esa generación y que, aunque no la definen a ciencia cierta, ayudan a entender ciertos complejos y comportamientos. Y si pensamos en aquellos nacidos después de los años 80 en el viejo continente, es inevitable que nos venga a la cabeza el programa Erasmus. Este plan de movilidad académica nació en 1987 para fomentar el intercambio de estudiantes y profesores por distintos países europeos. Desde entonces, en el horizonte de la mayoría de estudiantes universitarios el Erasmus era un hito a conseguir, un logro a desbloquear. Todos los que la han (o, permítanme aquí la primera persona, hemos) vivido coincidirán en que es la primera gran experiencia de una vida. Con apenas 20 años, verse en un país desconocido pero con la falsa libertad de poder conseguir lo que uno quiera es una sensación que asusta y excita a partes iguales. Es un sentimiento difícil de asir, muy complicado de explicar, pero puede que Elena Martín lo haya capturado a la perfección en su ópera prima Júlia ist. Basándose, como no podía ser de otro modo, en su propia experiencia, y escrita junto con otros tres compañeros de carrera (la película es fruto del proyecto de fin de grado de la Universidad Pompeu Fabra de la propia Martín, Marta Cruañas, Pol Rebaque y María Castellví), la joven directora catalana nos muestra las debilidades y fortalezas de una joven que se enfrenta no solo a un mundo exterior extraño, sino también al descubrimiento de su propia identidad. Y así, la película se convierte en un fiel reflejo generacional sin pretenderlo, que es como mejor se consiguen estas cosas.

    En la primera clase a la que asiste Júlia en su periplo berlinés, el profesor de arquitectura reflexiona sobre distintas ciudades. Capitales como Roma o París son urbes que miran al pasado, que se asientan sobre toda la historia que ha acontecido en sus calles. Nueva York, sin embargo, fue diseñada mirando al futuro, pensando en lo que el hombre podría conseguir, hasta dónde podría llegar. Pero, ¿y Berlín? Berlín es una ciudad que se pensó para el presente. Tras ser destruida durante la guerra, la tuvieron que reconstruir pensando en las imperiosas necesidades de los habitantes de entonces, sin tiempo para pensar en lo que vendría ni muchas ganas de asomarse a todo lo que había pasado. La idiosincrasia de la capital alemana bien podría extrapolarse a muchos de estos estudiantes universitarios que emprenden el ansiado intercambio. La vida se conjuga en presente, carpe diem se convierte en el mantra a seguir, el pasado ya ni importa y pensar en el futuro se convierte en el ejercicio preferido de procrastinación. Así, Júlia se encuentra en Berlín una ciudad como ella, inmersa en un presente que hay que exprimir. Y en ese tiempo se da de bruces con la vida; la realidad siempre acecha a la vuelta de la esquina. Porque en el subtexto de la historia emana el retrato de esos jóvenes que lo han tenido todo, que son conscientes de su fortuna material, que pertenecen a esa difusa clase media acomodada a la que no le ha faltado de nada, pero que no está acostumbrada al conflicto emocional, que no se siente preparada para enfrentarse al arduo trabajo de encontrarse como personas.

    por Anónimo
    junio 16, 2017

    Crítica | Júlia Ist

    por Anónimo | junio 16, 2017

    Fin de fiesta

    Crónica número IV del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    Todo lo bueno termina. Y este D’A 2017 no podía ser menos. Atrás quedan más de diez días de cine que, como apuntábamos en la anterior crónica, difícilmente tendrá la oportunidad de encontrar su público. Y la sensación que nos deja es que el cine contemporáneo sigue siendo ese reducto estimulante donde habitan demonios, revoluciones, frustraciones y otros sentimientos humanos que, en forma de imágenes, atraviesan nuestras retinas para instalarse en ese lugar recóndito de nuestro cerebro reservado para los sueños. Lo cierto es que nos ha parecido ver las salas más llenas, colas y expectación ante pases que, en apariencia, parecían menos atractivos. A falta de datos oficiales por parte del festival, lo que nos dice nuestra intuición es que esta séptima entrega del festival no ha hecho más que confirmar la buena acogida de su programación en la capital catalana. Hablar de cita ineludible en el calendario cultural de la ciudad ya es casi un lugar común, así que ahora el D’A tiene por delante la difícil tarea de no estancarse, de continuar creciendo no solo en número de espectadores, sino también en calidad y repercusión. Pero mientras, hablemos del palmarés. Por un lado, un a priori insólito Premio del Público. The woman who left, de Lav Diaz, se va del festival como la película más valorada por el respetable. Aunque, con sus casi cuatro horas de duración, parece claro que el pase estuvo reservado a verdaderos fans del director filipino, cosa que no quita mérito alguno a una cinta que ya se llevó el León de Oro en el pasado festival de Venecia y que deja un hecho que, como mínimo, dice mucho de los gustos del público barcelonés. El Premio Talents D’A 2017 del jurado profesional ha ido a parar a People that are not me, de la directora israelí Hadas Ben Aroya y que, por desgracia, no cuadró en los planes del cronista que escribe. El jurado, compuesto por Nuria Vidal, crítica de cine, Jan Cornet, actor, y Mercedes Martínez-Abarca, miembro del comité de selección del Festival de Rotterdam, ha destacado «la capacidad de la directora de estar delante y detrás de la cámara, con una frescura y libertad que se transmite a los espectadores». Esperamos poder recuperarla pronto. El jurado de la crítica, compuesto por Carlota Moseguí, Paula Arantzazu Ruiz y Javier Osuna, ha concedido, en primer lugar, una muy merecida Mención Especial a «La película de nuestra vida», de Enrique Baró, que analizamos unas líneas más abajo. Finalmente, el Premio de la Crítica ha recaído en El futuro perfecto, de Nele Wohlatz, porque, en sus propias palabras, «mediante una sencilla puesta en escena despliega una serie de cuestiones de difícil articulación, desde la incomunicación del que acaba de llegar a un país nuevo al uso del lenguaje como herramienta de autoconocimiento».

    por Anónimo
    mayo 10, 2017

    D'A 2017 (IV) | críticas: Demonios tus ojos, La película de nuestra vida, Fixeur, Ceux qui font les révolutions à moitié n’ont fait que se creuser un tombeau

    por Anónimo | mayo 10, 2017

    Frágil

    Crónica número III del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    En una entrevista realizada a El País, el director del D’A asegura que, de las 75 películas que se proyectarán este año en el certamen, unas 60 no conseguirán estrenarse en el circuito comercial español. «Nosotros nos dedicamos al cine más frágil, […] el que tiene más dificultades». Es una sensación que nos acecha desde que llevamos cubriendo la cita de la capital catalana. La sensación de estar ante propuestas que, por desgracia, no encuentran su hueco en la maraña de estrenos, en una industria cada vez más centrada en el blockbuster. Y entonces nos asaltan sentimientos encontrados. Por un lado, la de sentirnos afortunados de haber podido descubrir y admirar verdaderas joyas como La chambre bleue, de Mathieu Amalric, Baden Baden, de Rahel Lang o John From, de Joao Nicolau. Por otro lado, la impotencia de saber que este cine arriesgado, diferente y resistente no podrá encontrar a su público. Y así, de este modo, año tras año, ahora que el festival encara su recta final, nos asaltan diversas preguntas, casi diría que existenciales. ¿Cómo puede ser que 20th Century Women, de Mike Mills, no tenga fecha de estreno, cuando, por ejemplo, es tercera en el ranking del premio del público? ¿Tendrá más oportunidades una película tan sensible como Días color naranja, de Pablo Llorca, de emocionar a nuevos espectadores? ¿Y qué ocurrirá con O ornitólogo, de João Pedro Rodrigues? ¿Conseguirá encontrar su espacio y sorprender a los más atrevidos? Por muy esquivas que sean las respuestas, desde aquí seguiremos cuidando y poniendo el foco sobre ese cine tan frágil como necesario.

    por Anónimo
    mayo 07, 2017

    D'A 2017 (III) | Críticas: Los decentes, Le secret de la chambre noir, The levelling

    por Anónimo | mayo 07, 2017

    En primera persona

    Crónica número II del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    ¿Cómo se enfrenta un director a su primer largometraje? ¿Qué contar y cómo hacerlo? Puede que estas sean dos de las preguntas que más quebraderos de cabeza provocan en muchas escuelas de cine. Respuestas hay muchas, y ninguna mejor que otra, pero lo cierto es que en el D'A podemos rastrear algunas pistas gracias a secciones como Talents, donde participan realizadores con menos de tres películas en su haber, o Un impulso colectivo, una muestra de nuevos directores que producen sus películas de forma independiente. Este año, encontramos a dos jóvenes directoras catalanas que nos muestran un camino. Por un lado, y como clausura de esta edición, la maravillosa Estiu 1993, triunfadora en la pasada Berlinale, en la que Carla Simón pone en imágenes un hecho que marcó su infancia: con tan solo seis años queda huérfana, debe ir a vivir con sus tíos y acostumbrarse no solo a una nueva vida, sino a una nueva familia. Apunten esta película, porque su emotiva honestidad dará mucho que hablar este verano. Por otro, en Júlia ist, que analizaremos detenidamente unas líneas más abajo, Elena Martín dirige y protagoniza el año de Erasmus de una joven arquitecta basándose, en gran parte, en su propia experiencia personal. Dos realizadoras que han encontrado en sus propias vivencias las mejores historias para trasladar al público. Y en ese ejercicio, nos ofrecen retratos reales, plagados de detalles y destellos de vida que son verdaderos milagros cinematográficos. Disfrútenlas.

    por Anónimo
    mayo 04, 2017

    D'A 2017 (II) | Críticas: Júlia ist, El futuro perfecto, L’indomptée

    por Anónimo | mayo 04, 2017

    El triunfo de la sencillez

    Crónica número I del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    Primer fin de semana de D’A y primeras joyas inesperadas. Tras dar el pistoletazo de salida con Lady Macbeth, una película que nos sorprendió en San Sebastián y que por fin ha llegado a las salas españolas, el festival de la capital catalana nos ofrecía, especialmente en su sección Direccions, un buen puñado de títulos a los que acudir sobre seguro, ya que venían con el sello de distintos festivales internacionales. Hablamos de Personal shopper, de Olivier Assayas, Rester vertical, de Alain Guiraude, La larga noche de Francisco Sanctis, de Andrea Testa y Francisco Márquez, o O ornitólogo, de Joao Pedro Rodrigues. Películas que hacían que las colas a las puertas de los Aribau Club en plena Gran Vía barcelonesa tuvieran que girar la esquina hacia la calle Muntaner. A primera vista, parece que la asistencia a esta edición del festival está repuntando, y no solo por películas con premios en festivales, sino por otras que, inexplicablemente, aún no se han prodigado demasiado. Es el caso de Free fire, de Ben Wheatley, un crowd pleaser con muy mala lecha y buenas dosis de tiros que ayer llenó la Sala 1. Todo ello nos viene a demostrar que hay un público ávido de estas propuestas, que se agolpa a los pases por la incertidumbre de saber si llegarán a tener un estreno comercial. Y ahí es donde el D’A se mueve como pez en el agua.

    Goran | ★
    Nevio Marasovic, Croacia 2016 | Sección Talents.

    El tercer largometraje del director croata Nevio Marasovic gira alrededor de un hombre tranquilo, puede que demasiado. Goran, que da nombre a la película, lleva una vida sin sobresaltos en un frío pueblo de montaña: conduce un desvalijado taxi, se ha construido una pequeña cabaña donde pasa los fines de semana con su mejor amigo, es atento y cariñoso con su novia, que es ciega... La cinta arranca con un tono de comedia que explota la idiosincrasia de los personajes y de un entorno rural con sus tradiciones y estructuras familiares. Apoyándose en una música naif, envolviéndolo todo con una pátina de levedad y comicidad exagerada, en ocasiones parece que estemos ante el piloto de una sitcom. Marasovic arranca de este modo para que el viaje hacia el thriller sea todavía más impactante. Porque lo que retrata Goran es ese momento en el que hasta al más santo se le termina la paciencia cuando una serie de acontecimientos se unen para arruinarle a uno la existencia. Sin necesidad de enumerarlos, lo cierto es que los recursos narrativos utilizados para provocar el caos son de una casposidad sonrojante. Pero puede que ahí no esté el principal problema de la propuesta: bien llevado, esta histriónica representación podría funcionar como una cara B de la realidad que acaba por acechar a Goran. Es un juego de contrastes. Sin embargo, hay varios elementos que arrastran esta idea al desastre. El primero de ellos, y el más palmario, es que la mezcla de géneros no funciona. El toque rancio de comedia se arrastra durante toda la película y nunca deja que la naturaleza absurda que intenta plasmar aflore conforme se va volviendo más oscura. El resultado narrativo es un tanto irregular, siempre a trompicones, buscando un tono que nunca acaba de funcionar. En segundo lugar, Goran carece de un planteamiento visual atractivo que se ajuste al tránsito que intenta retratar. Por último, y puede que sea el más molesto y el culpable de que ni siquiera cuadre para un espectador centrado en el entretenimiento, Marasovic juega todas sus cartas expresivas a la mezcla de sonido. En su intento por dotar de profundidad psicológica a los sucesos y al personaje, el tratamiento sonoro acaba resultando irritante y desajustado, por no saber, de nuevo, conjugar distintos estilos y técnicas. Por todo ello, no resulta extraño afirmar que estamos ante una película fallida, clara en sus intenciones y en lo que quiere sugerir, pero que hace aguas a la hora de llevarlo a cabo.

    Hermia & Helena | ★★★
    Matías Piñeiro, Argentina, EE.UU. 2016 | Sección Direccions.

    Matías Piñeiro es un asiduo al festival. Hace dos años presentó en la sección Talents La princesa de Francia y el año pasado fue parte del jurado, realizando también el spot oficial del D’A (que se esconde, por cierto, en una escena de la cinta que nos ocupa). En Hermia & Helena, el director argentino vuelve a echar mano de referentes shakesperianos para construir una película juguetona, ligera y refrescante. Centrada en el personaje de Camila, quien se muda a Nueva York para cursar una beca justo después de que su amiga Carmen regrese a Buenos Aires tras realizar la misma, vuelva a reincidir sobre muchas de las premisas narrativas y visuales de Piñeiro: casualmente, la película se abre con un largo plano muy parecido al de su anterior película, observando un partido de fútbol desde un edificio. Pero más allá de estos pequeños detalles, lo que encontramos es un paso más en la complejidad de su narrativa y el refinamiento de sus formas. Y puede que esto último haga que, pese a contener un engranaje mucho más enrevesado (la cinta está construida a base de saltos temporales entre las dos ciudades), no pierda ni un ápice de sencillez y se disfrute de un modo tan orgánico como toda su anterior filmografía. Piñeiro hace fácil lo que se antoja difícil y utiliza esta estructura para imprimir un ritmo acompasado y siempre en movimiento a su historia.

    El cine de Piñeiro es un juego constante. Al director le gusta entretenerse con una situación, divagar con un personaje, detenerse en un instante… su mirada curiosa nos presenta un espacio donde cualquier dirección es posible, donde la vida puede cambiar de manera liviana con una pequeña decisión. En este caso, nos presenta al personaje de Camila (brillante y fresca Agustina Muñoz) para acompañarla en su tránsito por cosas que en otros ojos podrían parecer importantes, pero que en su piel se convierten en ligeros pasatiempos, en parte de la experiencia de vivir con una libertad y felicidad contagiosa. Es la misma libertad que se toma Piñeiro como director para decorar su estilo de pequeños divertimentos (extractos de Sueño de una noche de verano, una película que se cuela a medio metraje, una manera de dirigir los diálogos teatral y casi recitada…) que redondean una puesta en escena donde lo importante es disfrutar, relajarse y convertir cualquier brizna de drama en una excusa para librarse de toda atadura y seguir volando, seguir jugando.

    Días color naranja | ★★★★★
    Pablo Llorca, España 2016 | Sección Direccions.

    14 de abril de 2010. El volcán islandés Eyjafjallajökull entra en erupción. Una enorme nube de ceniza cubre el cielo europeo, lo que provoca el cierre del espacio aéreo y la cancelación de miles de vuelos durante los días siguientes. Europa se paraliza. Durante toda la semana las noticias no hablan de otra cosa: pérdidas millonarias para las aerolíneas, pasajeros sin poder llegar a sus destinos, cancelación de vacaciones… Pero, ¿realmente todo se detiene? ¿Realmente la vida no se abre paso entre toda esta falsa tragedia? Con ecos de Linklater y cierta semejanza temática y estilística al cine de Jonás Trueba, Pablo Llorca, un cineasta que lleva años proponiendo nuevas miradas desde los márgenes de nuestra cinematografía, construye una road movie sencilla de redescubrimiento a través de los paisajes del viejo continente.

    Con Europa paralizada, el joven artista Álvaro debe buscar rutas alternativas para volver a Madrid desde Atenas. Sin poder recurrir al avión, sus opciones pasan por medios de transporte mucho más «humanos». Es decir, formas de desplazamiento donde somos más conscientes del movimiento y del desplazamiento espacial. Trayectos que permiten el encuentro fortuito con otras personas donde afloran diálogos y emociones, donde se puede volver a sentir. Así, Álvaro conoce a un grupo de estudiantes en pleno Interrail. Con una de ellas, una joven sueca que habla perfectamente español, establece una relación especial: ambos comparten lectura, Los papeles póstumos del Club Pickwick, y poco a poco van descubriéndose a sí mismos mientras recorren los lugares de una Europa en descomposición; una Europa de fábricas abandonadas, de teatros cerrados y en el olvido; una Europa que parece haber querido volar tan alto y tan rápido que se ha olvidado de lo verdaderamente importante. La sombra de la crisis y de la vorágine de nuestros tiempos se hace evidente en todo lo que les rodea, mientras ellos están dispuestos a exprimir cada segundo del viaje que emprenden juntos. Días color naranja es un viaje hacia la sencillez a diversos niveles. En primer lugar, hacia la conciencia humana del espacio y del tiempo, evidenciado, como apuntábamos, en el uso de cierto tipo de medios transporte (primero viajan en tren, luego en bus y, finalmente, Álvaro deberá aprender a montar en bicicleta para realizar una parte del camino). Pero también encontramos un viaje de crecimiento, del paso a la madurez a través del encuentro de un amor alejado de sentimentalismos y clichés románticos, donde los roles impuestos por la sociedad se desvanecen para encontrar a dos personas que aprenden la una de la otra. En último lugar, Llorca se desprende de cualquier prerrequisito técnico para rodar en libertad, porque al fin y al cabo lo que importa es que la imagen sirva como testigo del encuentro, no como un artefacto de representación más preocupado por su propia existencia. Y es ese compromiso con la simplicidad el que explica la manera de concluir el viaje. Al final, la nube se diluye, el camino llega a su fin, y hay que regresar a la realidad. Así, tomando como referente las palabras de Dickens, los jóvenes amantes se despiden con la certeza de que lo vivido es ya un recuerdo: «Despidámonos de nuestro viejo amigo en uno de esos momentos de pura felicidad, que, buscándolos bien, siempre habremos de hallar para que vengan a alegrar nuestro vivir transitorio.» Una película preciosa, llena de matices, de miradas, de vida. Una película a la que regresar una y otra vez y que, en su humildad, nos debería hacer reflexionar sobre el estado actual de cierto cine obsesionado por las formas.

    Europa | ★★
    Miguel Ángel Pérez Blanco, España 2017 | Sección Talents.

    Una fiesta que termina y otra que empieza. El fin de la celebración de la entrada en el año 2018 y la búsqueda de una rave para celebrar el inminente estreno del milenio, a pocos minutos de que empiece el año 2000. Dos parejas que se buscan y se tocan. Dos espacios, dos momentos… ¿o uno solo? Miguel Ángel Pérez Blanco nos propone en su primer largometraje un trance alucinado e hipnótico a través de dos realidades temporales separadas por 18 años pero que en imágenes se convierten en un continuum. Esta especie de fiesta distópica que parece haberse alargado durante todo ese tiempo sin que apenas haya cambiado o variado nada se establece como una potente metáfora de nuestro continente. No hay otra referencia a Europa más allá del título. Blanco construye una experiencia fílmica donde el presente se entiende a través de la extensión sin límites de un pasado y un futuro no demasiado lejano. Y en esa construcción, la pareja protagonista vive asediada por un continuo fuera de campo donde parece habitar una realidad paralela. La atmósfera, creada a partir de un sonido incesante (como la lejana reverberación de la música electrónica de una fiesta), las luces de neón en medio del bosque y la inevitable oscuridad de la noche subrayan esa concepción de un espacio hostil que parece haber entrado en bucle.

    Europa pertenece a ese tipo de cine que apela al espectador de manera directa. Blanco necesita de la predisposición del público a abrirse y adentrarse en el viaje que propone. Se trata de una película que debe sugerir en el momento del visionado y que su reflexión posterior debe apuntar siempre al estado de ánimo en ese instante, al choque emocional y sensorial que nos provocan sus imágenes. Blanco pone a dialogar atmósferas, diálogos, ideas y conceptos que deben traspasar la pantalla y llegar hasta cada butaca. Pero el ejercicio como espectadores debe ser activo. Y ahí surge la paradoja en la que se encuentra el que escribe estas líneas. Desde un análisis frío y distante, Europa es una propuesta interesante y calculada, muy trabajada para lograr poner en imágenes una potente metáfora. Sin embargo, pensada in situ, puede que por ese exceso de cálculo tan evidente, resulte una película críptica, hermética hasta el punto de rechazarte como espectador.
    por Anónimo
    mayo 01, 2017

    D'A 2017 (I) | Críticas: Días color naranja, Hermia & Helena, Europa y Goran

    por Anónimo | mayo 01, 2017

    Imagen: Paraíso (Рай, 2016).

    La primavera parece haberse instalado por fin en la capital catalana y con ella, como de costumbre, llega el anuncio del D’A. Esta séptima edición arrancará con una de las películas más sorprendentes e interesantes el último festival de San Sebastián. El día 27 de abril Lady Macbeth de William Oldroyd dará el pistoletazo de salida a diez días repletos del mejor cine de autor repartidos en sus cuatro secciones que se cerrarán con Estiu 1993, la bellísima ópera prima de Carla Simón. Direccions es el motor del festival; acoge las películas más esperadas dirigidas por cineastas de referencia y que han dado mucho que hablar en el circuito internacional de festivales. Películas como el desolador documental Bitter Money de Wang Bing (premio al mejor guión en Orizzonti Venecia 2016), lo último de Denis Côté, Boris sans Béatrice, la esperadísima Free Fire de Ben Wheatley y Hermia & Helena del director argentino Matías Piñeiro, un asiduo al festival barcelonés, comparten sección con la ganadora del León de Oro en Venecia 2016, The Woman Who Left, de Lav Diaz, y con dos protagonistas del pasado Festival de Cannes: Rester Vertical de Alain Guiraude y Personal Shopper de Olivier Assayas. Otro de los platos fuertes lo encontramos en la sección Transicions, que acogerá el estreno en España de 20th Century Women, de Mike Mills. Pero la verdadera razón de ser del D’A es su apuesta por el nuevo talento. De ahí el nombre de su sección competitiva, Talents, con cintas dirigidas por directores con un máximo de tres largometrajes en su filmografía. Es el lugar perfecto para descubrir y dejarse sorprender, y esperamos que lo hagan nombres como Pedro Aguilera con Demonios tus ojos (a concurso en Rotterdam 2017), Miguel Ángel Pérez Blanco con Europa, Marilia Rocha con A cidade onde envelheço o Gastón Solnicki con Kékszakàllu (premio FIPRESCI en Venecia 2016). Fuera de competición, además, también se podrá ver La larga noche de Francisco Sanctis, de Andrea Testa, ganadora del Bafici 2016. Por último, en Un impulso colectivo se dan cita un buen puñado de propuestas del conocido como “otro cine español”: autores en los márgenes de la industria que arriesgan y se atreven con otras formas de entender el cine, ajenos a tendencias o prescripciones. Aquí encontramos propuestas interesantes como Julia ist de Elena Martín, La maldita primavera de Marc Ferrer, Los objetos amorosos de Adrián Silvestre o El último verano de Leire Apellaniz. El festival organiza, además, junto con la Filmoteca de Cataluña, una retrospectiva sobre el director mexicano Amat Escalante. (VBP)

    Programación en la web oficial del VII D'A Film Festival.

    por Anónimo
    abril 05, 2017

    Programación del D'A 2017: el mejor cine de autor llega a Barcelona

    por Anónimo | abril 05, 2017
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