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    Clint Eastwood
    Clint Eastwood
    || Críticas | Streaming | ★★★★★
    Jurado Nº 2
    Clint Eastwood
    Tránsito final del gran cronista americano


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    USA, 2024. Título original: Juror 2. Director: Clint Eastwood. Guion: Jonathan Abrams. Productores: Adam Goodman, Clint Eastwood, Matt Skiena, Tim Moore, Jessica Meier, Jeremy Bell. Productoras: Warner Bros, Malpaso Productions, Lightnin Production Rentals. Distribuida por: Warner Bros. Fotografía: Yves Bélanger. Música: Mark Mancina. Montaje: Joel Cox, David Cox. Diseño de producción: Ronald R. Reiss. Dirección de Arte: Gregory G. Sandoval. Reparto: Nicholas Hoult, Toni Collette, Zoey Deutch, Gabriel Basso, Chris Messina, J.K. Simmons, Leslie Bibb, Adrienne C. Moore, Kiefer Sutherland.

    A estas alturas resulta imposible acercarse a la filmografía de Clint Eastwood sin relacionar su cine con estructuras y estilemas propios del cine clásico. Sin embargo, esta comparativa reside principalmente en su dilatada trayectoria como narrador omnisciente, siempre en paralelo a las herencias de sus maestros y, sobre todo, en la condición de hijo cultural de cineastas cuyo principal foco de interés habita en el arte de contar historias. El patrimonio de su obra percute en los idearios de ilustres como John Ford, Howard Hawks o Don Siegel, con los que comparte esa desnudez narrativa y cierta invisibilidad para adentrarnos rápido en el contexto de sus relatos, al mismo tiempo que sacrifica su arrolladora personalidad por una crepuscularidad escénica que guarda especial relación con el permanente ocaso del mundo. Sería erróneo considerar lo crepuscular un valor añadido de su madurez artística porque es evidente que su cine lleva siendo así desde hace más de 50 años. Tanto El aventurero de medianoche como Bronco Billy, ya anticipaban esa singular inclinación hacia el olvido y la muerte de ciertos estereotipos vinculados a la vieja América. Digamos que su obsesión por mostrar personajes al borde del precipicio deriva en un discurso fantasmal, de misterio, en donde excavar en el trance perpetuo de la humanidad. En la notabilísima Jurado Nº 2, los marcos referenciales de su obra se expanden para construir un fantástico mapa de conductas y conflictos en paralelo a su hondura personal dentro de la historia cinematográfica.

    Es presumible, dada su longevidad, considerar Jurado Nº 2 como la despedida final del maestro. Haría un programa doble perfecto con Medianoche en el jardín del bien y del mal, porque una y otra arrastran temáticas y enfoques muy parecidos. Revisándola esas correspondencias manifiestan una taumaturgia con sugerentes filos espectrales. Ambas están ambientadas en Savannah, Georgia, espejo de una zona, el sur de Estados Unidos, con un gran pasado colonial, además están presentes las sombras de la esclavitud, de la Guerra de Sucesión, o los fantasmas de la mismísima Escarlata O’Hara, solapando un estilo de vida heterogéneo que ha desarrollado una cultura al margen del resto del país. Por eso podríamos observar los planos con los que abre y cierra Medianoche en el jardín del bien y del mal, arrastrándose lentamente por las tumbas y lapidas del cementerio, con una cámara que se balancea a un lado y al otro hallando las claves telúricas que den conciencia y significado al origen de las raíces estadounidenses. Los dos filmes abren el paraguas del subgénero judicial demostrando la preferencia del director californiano por el cine de juicios. La sala del tribunal se erige como representación del teatro de la vida, así mismo cuestiona el sistema judicial estadounidense y la labor del jurado popular en línea directa con las intenciones éticas y morales del periodista interpretado por el propio Eastwood en la reivindicable Ejecución inminente. Añadamos que, en estas, y en tantas otras, el director se proyecta en torno a sus personajes entendiéndolos como guías o pilotos del espectador. Una transformación o trasunto por el que solaparse. Tanto el personaje de John Cusack como el de Nicholas Hoult en Jurado Nº 2 trabajan como escritores; el primero es testigo y ojos de un proceso de investigación por asesinato, en donde esa proyección registra las excentricidades y vicisitudes de la alta sociedad de Savannah, mientras el de Hoult escribe artículos de opinión en una revista local. Uno y otro interpelan al espectador situándose en los dos lados de la balanza. El interés de Eastwood es filmar una sociedad decadente en duermevela de la que surgen los principales razonamientos e inquietudes estéticas del realizador norteamericano.

    No debe extrañarnos, por tanto, considerar la figura de Eastwood como la del gran cronista norteamericano. Su cine ha transitado todos los caminos y paisajes del estilo americano, desde los comienzos de la vida en el Oeste, los cimientos de los primeros colonos, el germen de la civilización o del capitalismo, hasta las zonas más desérticas del continente, la vida rural y por encima de lo demás, la admiración por los personajes errantes (una paráfrasis o interpretación del cowboy clásico y un dibujo excelente del territorio y la pertenencia a un lugar). En verdad sus películas más representativas tejen un viaje por el decorado de América siendo la mayoría bellísimas road movies, en donde sus actores traspasan fronteras en una huida hacia delante. Es ahí donde juega el recurso escénico de un cineasta aventurero, y explorador. Eastwood no separa sus facetas de actor y director en una mixtura de personajes con pasados traumáticos y heridas sentimentales. Su interés recae en la descripción agónica del hombre. Más de una vez esos mismos personajes se ven forzados a la marginalidad, desterrados que ponen en entredicho la propia idea de la masculinidad. Los hombres de Eastwood son hombres temerosos, con muchas taras y pecados a sus espaldas. Bien sean padres ausentes, personas con inclinaciones fuera de la ley, alcohólicos o mujeriegos, rompen el establishment en un cuadro de descomposición masculina. También sabe mantener abiertos diálogos o ventanas entre unas películas y otras dándole amplitud a los rasgos afines a su imagen heroica, imagen de leyenda, que nada o poco tiene que ver con la imagen de sus protagonistas. El William Munny o Walt Kowalski buscan redimirse de acciones cuestionables del pasado. El ojo por ojo de sus primeros westerns o cintas de acción, muta en un sentido mucho más práctico y benévolo de la justicia. Estudia la heroica y cuestiona una y otra vez al héroe. La labor del director es darles la vuelta a los tropos del cowboy o del vaquero, para entablar un pensamiento digamos que abstracto, o si quieren fantasmal, del justiciero. Son ejemplos simbólicos la del predicador de El jinete pálido, una entidad que emerge de entre los bosques para ayudar al pueblo minero del yugo de los caciques, o la de Sin perdón acudiendo al rescate de las prostitutas sometidas al maltrato y vejación de los gobernantes del pueblo. Su idea del caballero andante choca con la violencia de mundos subyacentes, siendo la descripción de sus personajes grises, más cerca del mal que del bien.

    De esta forma puede hacerse patente la predisposición del cineasta a cobijarse en lo dual y misterioso de sus personajes. El jurado número dos de su última obra dista igualmente de ser un hombre perfecto, volviendo a recurrir a la entretela y controversia del modelo de vida americano. No solo por la culpa y el dilema traducido directamente del libreto, sino también a la hora de plantearse la escritura visual, con ese inicio donde vemos el plano de una mujer guiada por su marido con los ojos vendados, y que gracias a un plano subjetivo tan característico y recurrente en el cine de Eastwood, se nos permite contemplar una vez descubierta la venda, el estanco o habitación del futuro bebé de la pareja. La fe ciega de los estamentos familiares, en este caso de su mujer (Zoey Deutch), una maestra de escuela embarazada, causan paralelismos con la justicia ciega y los fallos del sistema, por medio de su condición de salvadora, y de apoyo. La mujer es el ángel de luz para que su marido consiga enderezar su vida y olvidar así los errores y dramas del pasado. La soberbia escena de arranque ya articula en apenas un solo movimiento la interesante diatriba moral del excelente filme. Tampoco es nuevo, y suele ser habitual la manera de transitar los espacios de la vida familiar como paradigma de la felicidad autoimpuesta del cada día más hundido sueño americano. Recordemos las escenas familiares y románticas de El francotirador, en las que las heridas de guerra, y el cumplimento del deber, asomaban interponiendo un velo a la felicidad del matrimonio.

    Eastwood filma con tesón y elegancia una tragedia griega que no se reconoce como tal en sus parámetros visuales. La mayor virtud de la película reside en su talento para articular diferentes puntos de vista. Los precisos y eficaces saltos en el tiempo y los flashbacks dejan fluir una narrativa serena y cristalina al alcance de muy pocos cineastas contemporáneos. La cámara capta y teledirige el objetivo hacia los ojos y gestos del protagonista, las imágenes a contraluz pivotan en la mirada dubitativa, nerviosa, perturbada del Justin Kemp interpretado por Hoult, en una cascada de planos en donde la luz del sol se cuela por las rendijas de las persianas o ventanas en búsqueda de esa realidad tapada que no encuentra una salida cómoda. La excelente fotografía de Yves Bélanger, que vuelve a colaborar con el director tras Mula y Richard Jewell, se eleva en la colocación de un clima visual enrarecido (toda la trama parece estar a la espera de una tormenta de verano), con esos colores cálidos pero enturbiados próximos a la densidad de los pantanos del sur, y de la atmósfera húmeda y sudorosa de Georgia. Eastwood maneja los resortes de la puesta en escena evocando a muchos de los filmes rodados durante los años 90, a pesar de que su aspiración conecte mucho más con el cine de denuncia social de los años 60/70 – el John Frankenheimer de Los jóvenes salvajes, algunas películas de Elia Kazan, o Alan J. Pakula, y especialmente sus analogías con 12 hombres sin piedad de Sidney Lumet. También por supuesto recuerda en la escritura del guion – habilidoso primer borrador de Jonathan Abrams – a las novelas de abogados de John Grisham, y por ende a todas las adaptaciones cinematográficas que tuvieron su mayor impacto en los 90.

    El realizador de Un mundo perfecto pone en solfa algunas de las preguntas que venían obsesionándole desde siempre, narrando por encima de todo, un relato atemporal. Las redundantes imágenes de la balanza de la justicia, insertadas a lo ancho del metraje sin ningún tipo de discreción sobreponen una mirada incisiva y penetrante de dedo acusador muy parecida a la de los injertos de la estatua del cementerio en Medianoche en el jardín del bien y del mal. Si recordamos alguna de las frases más representativas de aquella película: “La verdad, como el arte, está en el ojo de quién la ve”, no nos sorprenderá el leitmotiv de Jurado Nº 2: “la verdad no siempre es justa”. Un viejo zorro como Eastwood supone que ante estas diatribas y axiomas uno tiende a preguntarse por cuál o cuáles son las líneas que separan los villanos de los héroes. La ambigua máscara de la justicia me hace pensar en ese final de El vengador sin piedad en el que el pistolero interpretado por Gregory Peck se confiesa al párroco de la iglesia después de haber ejecutado a los hombres equivocados por el asesinato de su esposa, en su condición tridente de juez, jurado y verdugo. Un western que guarda conceptos muy similares a los de la filmografía Eastwood, en la deconstrucción del imaginario y arquetipos del cine del Oeste, y en lo relativo también a la idea engañosa de tomar la justicia por la mano. A fin de cuentas, el realizador estudia y documenta la naturaleza de los hombres por medio del conflicto y del arrepentimiento.

    La fiscal Faith Killebrew (Toni Collette) se debate entre sus aspiraciones políticas y la verdad del caso. Por ella pasan todos y cada uno de los estados de conciencia del relato, siendo una de las puntas de lanza más importantes del filme. Una caracterización formidable, de peso, que se ubica en medio de las dos líneas de acción: por una parte, tenemos al condenado, un caso sencillo en el que las antipatías por el pasado delictivo y violento del acusado (Gabriel Basso), parecen prevalecer sobre las pruebas o hechos y luego hallamos a esa duda razonable que conduce al personaje a desviar la mirada hacia otro lado de la balanza. Excelentes los planos generales de la sala de juicios, sacándole partido al formato en scope, y la concatenación de cortes milimétricos de montaje que triangulan las miradas de los tres personajes, y que otorgan a la sala una sensación de espaciosidad infinita. Asimismo, los escorzos en donde Kemp posiciona su lugar determinante en el jurado, y las inteligentes maneras de alterar el relato de ficción alargan la omnisciente capacidad de Eastwood para integrarse en la historia. Una película rodada principalmente en interiores con apenas fugas al exterior. El realizador saca partido de esos escenarios íntimos, habituales de su cine, como las reuniones y discusiones en la barra de un bar y la transparente o cómoda relajación entre el abogado defensor (Chris Messina), y la fiscal, que nos retrotrae a las amigables conversaciones de los personajes del universo Eastwood, véanse por ejemplo las de Poder absoluto, o Million dollar baby.

    En verdad el imaginario de Clint Eastwood ha mantenido su marca o sello autoral muy por delante del complicado sistema de estudios, sus trabajos digamos más personales y menos comerciales se producen gracias a su productora Malpaso, aunque la mayoría de las veces sus películas se distribuyen bajo el respaldo de Warner Bros, que por otra parte le debe muchos de sus grandes éxitos de taquilla y algún que otro Oscar. Por eso es incomprensible el maltrato comercial y publicitario del desgraciadamente testamento final del actor de Los violentos de Kelly. Jurado Nº 2 parece sufrir los trances endémicos del streaming, un estreno muy limitado, más enfocado a Europa que a Estados Unidos en donde apenas un puñado de salas tuvieron la suerte de proyectar el filme. Su condición de cine para adultos y su empaque hubieran sido pasto y semilla de prestigio en los cines de hace una o dos décadas, sin embargo, ahora mismo sufre del delirio y las prisas del multiverso de las plataformas y del publico pasivo, domesticado por la parrilla de una oferta intercambiable. La paradoja fortuita y espontánea para Warner se descubre en la verdad que despierta el filme; un alegato amargo y desgarrador del alma humana, en un contexto fantasma, quebradizo e ilusionista. En cualquier caso, esto permite a Eastwood ocultarse entre bambalinas, estando presente fuera de campo, mucho más cómodo rehaciendo su americanismo. Las debilidades del realizador por las historias genuinamente americanas despliegan un mosaico excelso del american way life y como hemos dicho, su especial apego por los perdedores que dadas las circunstancias son empujados al extremo del ring. Pensemos en Luther Whitney, el ladrón de guante blanco de Poder absoluto, entrando a hurtadillas en el piso de su hija y llenándole la nevera en un segundo o tercer plano sin ser visto. Un ejecutor silencioso, que mantiene la calma y cuida de los suyos pero que también se debe a su condición de outsider, de soldado magullado e independiente, que en su retiro sabe cargar con toda la culpa sin miedo al juicio final. Por eso Eastwood escapa a las garras de los estudios ofreciéndonos en Jurado Nº 2 una despedida en voz baja, mejor en susurros, como sus cálidas melodías. Es mejor así porque a Jurado Nº 2 no le hace falta el CINE para serlo. ♦


    por David Tejero Nogales
    diciembre 30, 2024

    Crítica | Jurado Nº 2

    por David Tejero Nogales | diciembre 30, 2024

    El ocaso del cowboy

    Crítica ★★★☆☆ de «Cry Macho», de Clint Eastwood.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Cry Macho». Dirección: Clint Eastwood. Guion: N. Richard Nash, Nick Schenk (Novela: N. Richard Nash). Productores: Clint Eastwood, Jessica Meier, Tim Moore, Albert S. Ruddy. Productoras: Malpaso Productions, Albert S. Ruddy Productions, Daniel Grodnik Productions, QED International. Distribuidora: Warner Bros., HBO Max. Fotografía: Ben Davis. Música: Mark Mancina. Montaje: David S. Cox, Joel Cox. Reparto: Clint Eastwood, Eduardo Minett, Natalia Traven, Dwight Yoakam, Fernanda Urrejola, Sebestien Soliz, Horacio García Rojas. Duración: 104 minutos.

    Medio siglo ha pasado desde que Clint Eastwood, aquel tipo duro que desenfundaba como nadie el revólver en los spaghetti-westerns de Sergio Leone o como el mítico Harry Callahan de la saga triunfalmente inaugurada por Don Siegel, tuviera la excelente idea de probar suerte como director por primera vez. El drama psicológico Escalofrío en la noche(1971), todo un antecedente de la taquillera Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987), fue una carta de presentación sorprendentemente sólida, primera joya de una serie de excelentes títulos, entre los que destacarían como cuasi obras maestras Sin perdón (1992), Los puentes de Madison (1995), Mystic River (2003) o Million Dollar Baby (2004). El Eastwood director se ha caracterizado por el clasicismo de su estilo, alejado de artificios narrativos o visuales inherentes a cualquier moda pasajera, por la variedad de géneros que ha abordado (ninguno se le resiste) y por su espléndida labor para extraer de sus actores los mejores trabajos. En 2008, todos pensamos que Gran Torino iba a ser su despedida del cine (al menos como actor) y entregó una de sus actuaciones más sentidas, desde la madurez interpretativa abrazada a sus 78 años, con el cascarrabias (y a la vez entrañable) personaje de Walt Kowalski, aquel veterano de la Guerra de Corea que aprendía a dejar a un lado sus prejuicios contra los inmigrantes asiáticos que “invadían” su vecindario al entablar amistad con un joven hmong. A partir de ahí, Eastwood se mantuvo detrás de las cámaras en un puñado de obras que, si bien mantuvieron un nivel aceptable, quedaron lejos de la maestría demostrada por el cineasta en sus mejores momentos. La sorpresa llegaría en 2018 con Mula (2018), donde pudimos volver a disfrutar de su presencia como actor en un personaje de traficante de drogas octogenario de un cárter mexicano, demostrando que, a sus 88 años, aún era capaz de levantar el interés de una película que sin su actuación no habría pasado de discreta. Este sí parecía que iba a ser su canto del cisne, pero con Eastwood nunca podemos estar seguros de nada y, tras la notable Richard Jewell (2019) –su mejor trabajo desde Gran Torino–, el director regresa como protagonista absoluto de su última cinta, Cry Macho (2021).

    Tiene su mérito que cada nuevo filme estrenado por Eastwood siga despertando un interés que solo los grandes directores consiguen provocar. Aún con sus altibajos, todas sus películas suelen ser sinónimo de cine interesante y bien acabado, y eso es algo de lo que también se esperaba (y, de alguna manera, ofrece) de Cry Macho, un trabajo ciertamente menor dentro de su filmografía que, sin embargo, tampoco trataba de ser mucho más de lo que es: una road movie nostálgica y sencilla, más cargada de buenas intenciones que de brillantes resultados. La historia de N. Richard Nash, que adapta su propia novela, nos traslada al Texas de finales de la década de los 70, donde Mike Milo, un viejo criador de caballos y estrella del rodeo retirada, se ve en la obligación de aceptar un último trabajo de su antiguo jefe y amigo: viajar hasta México para encontrar a su hijo adolescente y traerlo consigo de vuelta con el progenitor. El encargo no parece excesivamente complicado de ejecutar, en principio, pero con lo que el anciano de vuelta de todo no contaba era con encariñarse de Rafo, ese muchacho con fama de indomable, que malvive en las calles en compañía de un viejo gallo al que utiliza en peleas clandestinas, víctima de una situación familiar más de disfuncional, problemática, en la que la madre se pasa los días alcoholizada y metiendo bajo su techo a todo tipo de hombres de moralidad más que discutible. En efecto, lo que empieza como una deuda que Mike pretende saldar con su patrón, ya que su edad no le permitía seguir desempeñando otros quehaceres más físicos para él, termina convirtiéndose en un viaje (físico y emocional) de autodescubrimiento y redención para dos personajes diametralmente opuestos, el de un hombre en el ocaso de su vida, desesperanzado y resignado a pasar sus últimos años en soledad, y el de un chico con toda la vida por delante, a quien se le ofrece la oportunidad de reconducir una existencia que parecía encaminada hacia la delincuencia. Dos almas que salvan sus recelos iniciales para conectar de una manera mágica, siendo el sabio Mike una fuente inagotable de consejos y valores humanos para un Rafo que, a pesar de la ausencia de modelos a seguir en su vida, esconde un espíritu noble y receptivo a buenas influencias.

    por José Martín León
    septiembre 23, 2021

    Crítica | Cry Macho

    por José Martín León | septiembre 23, 2021

    Las 10 mejores películas de Clint Eastwood

    El último cineasta clásico en 10 películas.

    ▲ Fotograma: El jinete pálido.
    Pale Rider, 1985.

    Este 31 de mayo se cumplen 91 años del nacimiento, en San Francisco, de una de las figuras más icónicas de la Historia del Cine, un hombre que ha sabido superarse y reinventarse con los años, permaneciendo en primera línea desde que Sergio Leone le convirtiera en toda una leyenda del Spaghetti Western. Hasta entonces, Clint Eastwood era uno más de los jóvenes y apuestos aspirantes a actores que trataban de hacerse notar en papeles muy secundarios en producciones de Hollywood, siendo la serie de televisión Cuero crudo (Rawhide, Thomas Carr, Ted Post, Christian Nyby, 1964), ese trampolín decisivo para que Leone se fijara en él y le ofreciera la gran oportunidad de su vida, esa que supo aprovechar (y cómo) en el papel de Joe, el pistolero vagabundo de Por un puñado de dólares (1964). El éxito fue tal, que director y protagonista volvieron a unir sus fuerzas en dos clásicos más que conformarían la conocida como Trilogía del Dólar: La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), junto a los míticos Lee Van Cleef y Eli Wallach. Las puertas de la meca del cine se abrieron definitivamente para Eastwood, que, con su contundente apariencia de tipo duro fue la elección de casting perfecta para thrillers de acción –Un botín de 500.000 dólares (Michael Cimino, 1974), Ciudad muy caliente (Richard Benjamin, 1984), En la cuerda floja (Richard Tuggle, 1984), En la línea de fuego (Wolfgang Petersen, 1993)–, westerns –Cometieron dos errores (Ted Post, 1969), Joe Kidd (John Sturges, 1972)– o cintas de aventuras y bélicas –El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), Los violentos de Kelly (1970)–. Incluso se permitió demostrar una saludable vis cómica en el western musical La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969) –junto a otro duro metido a las labores de hacer reír, Lee Marvin– y el muy taquillero díptico formado por Duro de pelar (James Fargo, 1978) y La gran pelea (Buddy Van Horn, 1980), donde encarnó a uno de sus personajes emblemáticos, el camionero Philo Beddoe, siempre acompañado de su inseparable orangután Clyde. Con el paso de los años, además, fue ganando en registros dramáticos, llenando la pantalla aun cuando la película estuviese por debajo de su altura –Golpe de efecto (Robert Lorenz, 2012)–.

    Aparte de Sergio Leone, otro fue el realizador fundamental para su crecimiento como actor: Don Siegel. Desde que colaboraron por primera vez en el thriller La jungla humana (1968), volverían a unir sus talentos en cuatro excelentes títulos más. El western cómico Dos mulas y una mujer (1979) –donde formó pareja con Shirley MacLaine–, El seductor (1971) –auténtica obra maestra que adaptó brillantemente la novela de Thomas Cullinan y donde Clint era el único hombre de la función, un soldado yanqui convertido en objeto de deseo de todas las mujeres de una escuela de señoritas–, Harry el sucio (1972) –Harry Callahan, el duro policía de San Francisco que impartía ley con una ligereza de gatillo pasmosa, fue uno de sus grandes personajes, gracias a este clásico del género que generó cuatro secuelas más, Harry el fuerte (Ted Post, 1973), Harry el ejecutor (James Fargo, Robert Daley, 1976), Impacto súbito (Clint Eastwood, 1983) y La lista negra (Buddt Van Horn, 1988)– y una de las cintas más representativas del cine carcelario, Fuga de Alcatraz (1979). Clint Eastwood aprendió muchísimo de sus maestros, Leone y Siegel, tanto que el mundo de la dirección acabó llamándole tanto o más que el de la actuación. Después de fundar su propia productora, The Malpaso Company, en1967, se atrevió a dar ese salto en 1971 con Escalofrío en la noche (1971), un fabuloso drama psicológico en el que extrajo de Jessica Walter una aterradora actuación como fan obsesionada con un locutor de radio, claro antecedente de la exitosa Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Un debut que sorprendió a quienes no tenían demasiada confianza en Eastwood como director y que fue solo el comienzo de una carrera impecable detrás de las cámaras, muchas veces protagonizando él mismo sus películas, como los cuatro formidables westerns en los que dejó constancia de su gratitud hacia el género que le vio nacer como estrella: Infierno de cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), El jinete pálido (1985) y su obra maestra, Sin perdón (1992), ganadora de los Oscars a mejor película y director. En su excelsa filmografía ha tocado casi todos los géneros, desencasillándose, incluso, de su imagen de duro. Solo hay que echar un vistazo a su segundo largometraje, Primavera en otoño (1973), con un maduro William Holden viviendo un amor con la adolescente interpretada por Kay Lenz, un sensible drama romántico que fracasó en taquilla, pero que el tiempo ha encumbrado como una de sus perlas más reivindicadas. No abandonó el cine de acción, pero supo darle un toque de calidad al género, a través de títulos como Licencia para matar (1975), Ruta suicida (1977), Firefox (1982), El sargento de hierro (1986) –donde se autorregaló uno de sus papeles más divertidos, el del malhablado sargento Tom Highway encargado de instruir a un grupo de novatos–, El principiante (1990) –trepidante Buddy Movie, muy del gusto de la época, donde compartió protagonismo con el pujante Charlie Sheen–.

    La comedia circense Bronco Billy (1980) –coprotagonizada por Sondra Locke, su pareja durante años y actriz fetiche en varios títulos más–, el drama ambientado durante la Gran Depresión El aventurero de medianoche (1982) –con su hijo Kyle Eastwood compartiendo plano junto a él–, Bird (1988) –magnífico biopic del saxofonista de jazz Charlie Parker, interpretado por Forest Whitaker en uno de los papeles de su vida– y Cazador Blanco, corazón negro (1990), interesante crónica alrededor de los avatares del rodaje de La reina de África (John Huston, 1951), supusieron un notable camino hacia esa madurez que se consumó en Sin perdón. Tras este western crepuscular, encadenó una serie de maravillosos filmes que no dejaban de sorprender por tratarse de ofertas de lo más variadas. Un mundo perfecto (1993) –con un Kevin Costner mejor que nunca–, Los puentes de Madison (1995) –una de las cumbres del drama romántico, en la que Eastwood ofreció su actuación más conmovedora, formando con Meryl Streep una pareja inolvidable– y Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), dejaron el listón tan alto que sus siguientes títulos, aun siendo muy interesantes, podrían catalogarse como menores. A este grupo pertenecen Poder absoluto (1997), Ejecución inminente (1999), Space Cowboys (2000) y Deuda de sangre (2002). Mystic River (2003) fue el inicio de otra serie de magníficas obras que mostraban lo mejor de Eastwood como director de actores. Million Dollar Baby (2004) –que le hizo ganador, por segunda vez, de los Oscars a mejor película y mejor director–, el díptico sobre la Segunda Guerra Mundial Banderas de nuestros padres (2006) y Cartas desde Iwo Jima (2006), El intercambio (2007) y Gran Torino (2008) fueron unánimamente alabadas por la crítica. Invictus (2009) –drama biográfico con Morgan Freeman boedando el rol de Nelson Mandela–, el drama fantástico Más allá de la vida (2010), el biopic J. Edgar (2011) –a mayor gloria del histrión Leonardo DiCaprio–, Jersey Boys (2014) –sobre la creación del grupo musical The Four Seasons–, El francotirador (2014) –con un estupendo Bradley Cooper dando vida al marine Chris Kyle–, Sully (2016) –la historia de un heroico piloto de avión, al que da vida Tom Hanks, que salvó a 155 pasajeros de un accidente aéreo–, 15:17 Tren a París (2018) –posiblemente, su peor trabajo–, Mula (2018) –donde demuestra continuar siendo capaz de comerse la pantalla al borde de los 90 años– y Richard Jewell (2019) –otro hecho real en el que su protagonista pasó de ser héroe nacional a sospechoso de un atentado en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996– completan, con gran profesionalidad, aunque con una inspiración alejada de sus mejores tiempos, una filmografía a la que se unirá próximamente Cry Macho (2021). El antepenúltimo mohicano considera que es una oportunidad idónea para hacer una (siempre subjetiva) selección de las 10 mejores películas de uno de los grandes directores de todos los tiempos, uno de los últimos clásicos.

    por José Martín León
    mayo 31, 2021

    Las 10 mejores películas dirigidas por Clint Eastwood

    por José Martín León | mayo 31, 2021

    La mirada nómada

    «Los puentes de Madison», Clint Eastwood.

    Estados Unidos, 1995. Título original: The Bridges of Madison County. Director: Clint Eastwood. Guion: Richard LaGravenese (Novela: Robert James Waller). Productora:: Warner Bros. / Amblin Entertainment / Malpaso Productions. Fotografía: Jack N. Green. Música: Lennie Niehaus. Montaje: Joel Cox.Reparto: Clint Eastwood, Meryl Streep, Annie Corley, Victor Slezak, Jim Haynie, Sarah Kathryn Schmitt, Christopher Kroon, Phyllis Lyons, Debra Monk, Richard Lage.

    Francesca camina por el puente de madera atusándose el vestido blanco mientras la cámara, tímida, se mantiene a cierta distancia. Las miradas entre Robert y Francesca se suceden. El plano y contraplano parecen abrir los ojos para captar una naturaleza que, solo por unos momentos, es jardín del mundo. Los encuadres no encierran a Francesca, tan cómplices ya de la escena como el ruido de los pasos sobre el quejicoso suelo. Anteriormente, Elia Kazan intuyó en Esplendor en la hierba (1961) que la esencia del melodrama juvenil debía concebirse como una fuerza que arrasaba el plano en el instante en el que Bud Stamper abandonaba el coche y contemplaba la cascada cuyo torrente parecía emborronarse a medida que la cámara se sedimentaba en los ojos surcados por cataratas de frustración de la joven pareja. Eastwood abandona el agitado caudal de Kazan y opta por mostrar el encuentro de dos almas en unos inconmensurables océanos de espacio descritos por Whitman. Un océano de espacio cuya distancia se mide ya no en esa cámara que se aferra al cuerpo de Francesca como punto cardinal, sino en la mirada de la mujer a través de la pequeña rendija resquebrajada en la madera del puente. Esa mirada a través de la rendija (imagen I) probablemente condense uno de los gestos clave en la carrera de Eastwood: la del testigo invisible situado más allá de las postales, una obsesión por el punto de vista individual y el contraplano subjetivo de todas aquellas miradas anónimas. Decía Whitman también que la hoja de hierba no es menos que el día de trabajo de las estrellas y hay algo de eso la mirada de Francesca. En el cine de Eastwood sobrevuela un pensamiento intuitivo, una necesidad de trascender reafirmando al individuo y su relación original con el universo como proclamaba Waldo Emerson.

    por Javier Acevedo Nieto
    abril 25, 2020

    Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995)

    por Javier Acevedo Nieto | abril 25, 2020

    Disparen al monstruo

    Crítica ★★★☆☆ de «Richard Jewell», de Clint Eastwood.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Richard Jewell. Dirección: Clint Eastwood. Guion: Billy Ray. Productoras: 75 Year Plan Productions, Appian Way, Misher Films, The Malpaso Company, Warner Bros. Música: Arturo Sandoval. Fotografía: Yves Bélanger. Montaje: Joel Cox. Diseño de producción: Kevin Ishioka. Producción: Jennifer Davisson, Leonardo DiCaprio, Clint Eastwood, Jonah Hill, Jessica Meier, Kevin Misher, Tim Moore. Reparto: Paul Walter Hauser, Sam Rockwell, Kathy Bates, Jon Hamm, Olivia Wilde, Wayne Duvall, Dexter Tillis, Desmond Phillips, Nina Arianda, Ian Gomez, Randy Havens, Mike Pniewski, Niko Nicotera, Dylan Kussman, Beth Keener, Billy Slaughter, David Shae, Shiquita James, Deja Dee, Kendrick Cross, Jill-Michele Melean, Mitchell Hoog, David Lengel, Marc Farley, Victoria Paige Watkins, Charles Green, Shawn Weston Thacker. Duración: 131 minutos.

    Richard Jewell encajaba en un perfil. Tal y como expone muy en crudo la agresiva periodista Kathy Scruggs (Olivia Wilde): un hombre obeso, soltero, fanático de las armas, la ley y el orden que vive con su madre. Con esa descripción, uno puede armar la perfecta historia del incel resentido que termina poniendo una bomba en mitad de un evento multitudinario. Ese es el relato que, según expone la película, trató de armar el FBI para cargarle el muerto al protagonista: Jewell, un vigilante de seguridad durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, fue quien detectó una mochila con explosivos colocada en mitad de un concierto, y quien ayudó a despejar la zona y minimizar los daños. No obstante, pronto empezó a ser investigado como sospechoso, y su filtración a la prensa precipitó las cosas. La maquinaria de juicios paralelos, titulares sensacionalistas y «análisis» pormenorizados de tertulia matinal se puso en marcha —es sintomático, por cierto, que frente a lo marcianos que parecían los honestos periodistas de Spotlight y Los papeles del pentágono, todo esto nos resulte tan familiar—. Richard Jewell encajaba en un perfil, y en este detalle que tanto se resalta el guion encuentra la forma más efectiva de tender un puente entre una historia de hace veinticinco años, un modelo de heroísmo clásico demodé y los ecos de la actualidad. Porque la trama, inequívocamente alineada con Jewell, no busca contrarrestar a ese arquetipo de white trash psicopático con un retrato del protagonista más cargado de matices y profundidad. No, el filme no hace otra cosa que darle una unidimensionalidad de distinto signo: el tipo que cree de forma inocente en los valores de la ley, el orden y la seguridad y que no hace más que enarbolar, como los héroes hawksianos o walshianos, su profesionalidad irrenunciable. El tipo que convierte al hacer bien su trabajo en su mayor expresión identitaria.

    Richard Jewell no sería la misma película si, frente a ese heroísmo clásico, no tuviéramos las etiquetas con las que buena parte del cine americano de hoy tendería a despachar a semejante personaje. Una de las películas más nocivas sobre el racismo que se han hecho en los últimos años, BlacKkKlansman, se escudaba en la muy tranquilizadora noción de que el racista es un otro que nada tiene que ver nosotros, poco más que un retrasado mental al que mirar con superioridad. Y, casualidad o no, el actor Paul Walter Hauser (que da vida a Jewell en el filme que nos ocupa) encarnaba en ella a uno de los miembros del KkK, de cuyo aspecto repulsivo y falta de luces Spike Lee hacía continuas chanzas. Eastwood, por su parte, no dedica demasiado tiempo a señalar a los villanos y pone casi toda la película al servicio de la intimidad de Jewell. A explorar cómo su mero estar llena las escenas y carga de emoción sus relaciones personales con su abogado y su madre. La confianza de Eastwood en su heroísmo sin ambages no resulta más que un punto de partida, una forma de llegar al cogollo de la historia: la afirmación de la dignidad del supuesto perdedor. La fijación de Jewell por el orden deja emerger ciertos aspectos de su personalidad que pueden ser más problemáticos, pero la integridad de sus convicciones arrasa con todo. El detalle que mejor define al personaje, el mismo que convence a su abogado de su inocencia, es que sea capaz de convencer con su simple mirada.

    «La trama, inequívocamente alineada con Jewell, no busca contrarrestar a ese arquetipo de white trash psicopático con un retrato del protagonista más cargado de matices y profundidad. No, el filme no hace otra cosa que darle una unidimensionalidad de distinto signo: el tipo que cree de forma inocente en los valores de la ley, el orden y la seguridad y que no hace más que enarbolar, como los héroes hawksianos o walshianos, su profesionalidad irrenunciable».


    Por lo demás, Eastwood mantiene aquí la línea revisionista del heroísmo americano que inició con El francotirador. Su recuperación de los protagonistas típicos del cine de Hawks o Walsh se combina con una llamativa desconfianza en las instituciones estadounidenses. Es llamativo que el personaje que salga peor parado sea un agente del FBI, y que la pérdida de la admiración de Jewell por el buró se exprese de forma tan clara en un plano detalle que puntúa una de las últimas escenas del filme: el logo de la institución sobre una puerta transparente que el protagonista acaba de cerrar tras de sí. Es llamativo, también, que haya sido carne de polémica, por su supuesto carácter machista, la escena en la que la periodista se acuesta con el agente para sacarle la información y que no se haya leído en su dimensión figurada más evidente: el intercambio sexual como perfecta metáfora de la relación entre medios y poderes políticos. Frente a estos supuestos garantes del orden democrático, Eastwood traza al héroe en una soledad que brota con toda su fuerza en uno de los planos más expresivos del filme: Jewell paseando de noche a su Beagle, dispuesto en leve contrapicado y a contraluz de la hilera de flashes que le acosan sin descanso. La escritura de un monstruo en riguroso directo | ★★★☆☆


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Madrid-Pamplona


    ▼ Richard Jewell, Clint Eastwood.
    La revisión del héroe clásico.

    por Miguel Muñoz Garnica
    enero 14, 2020

    Crítica | Richard Jewell

    por Miguel Muñoz Garnica | enero 14, 2020

    La sabiduría del viejo lobo

    Crítica ★★★★ de «Mula», de Clint Eastwood.

    Estados Unidos, 2018. Título original: «The Mule». Director: Clint Eastwood. Guion: Nick Schenk (Artículo: Sam Dolnick). Productores: Clint Eastwoood, Dan Friedkin, Jessica Meier, Tim Moore, Kristina Rivera. Bradley Thomas. Productoras: Imperative Entertainment / Warner Bros. / Bron Studios / Malpaso Productions. Distribuida por Warner Bros. Fotografía: Yves Bélanger. Música: Arturo Sandoval. Montaje: Joel Cox. Reparto: Clint Eastwood, Bradley Cooper, Michael Peña, Taissa Farmiga, Dianne Wiest, Laurence Fishburne, Ignacio Serricchio, Alison Eastwood, Andy García, Clifton Collins Jr.

    Aún está reciente el estreno de The Old Man and the Gun (David Lowery, 2018), la película que ha supuesto la despedida, por la puerta grande, de un veterano del cine como Robert Redford. Esta generación de mitos vivientes se va desvaneciendo del celuloide, dando paso a nuevas generaciones que, sin duda, les toman como modelos a seguir. Clint Eastwood es otro de esos viejos lobos que llevan años avisando con un inminente adiós que, de momento, nunca ha llegado a materializarse. Así, cuando pensábamos que su fabulosa interpretación del cascarrabias Walt Kowalski en Gran Torino (2008) iba a suponer su testamento cinematográfico como intérprete, volvería a aparecer, cuatro años más tarde, en la más bien discreta Golpe de efecto (Robert Lorenz, 2012), donde se erigió, sin problemas, lo mejor de la función. Ahora, Eastwood vuelve a sorprendernos, a sus imponentes 88 años, con un nuevo papel a su medida, sacado de un artículo del New Yok Times Magazine. “Una mula de la droga de 90 años en los cárteles de Sinaloa”, firmado por Sam Dolnick, que tenía como protagonista a Leo Sharp, un nonagenario que, por circunstancias de la vida, pasó de cultivar lirios con gran éxito (llegó a ser premiado en certámenes internacionales por su labor horticultora) a convertirse en una de los mayores contrabandistas del cártel mexicano dirigido por “El Chapo” Guzmán. Mula (2018), la película que nos ocupa, sin llegar a alcanzar la maestría del Eastwood más lúcido –Sin perdón (1992), Los puentes de Madison (1995), Mystic River (2003) o Million Dollar Baby (2004) son trabajos, a estas alturas, difícilmente igualables–, sí puede considerarse su obra más estimable desde Gran Torino, repitiendo personaje anciano de fuerte carácter y de vuelta de todo, desencantado con los tiempos que corren. Un rol que le sienta como anillo al dedo y en el que el actor despliega toda la sabiduría adquirida durante una trayectoria de más de seis décadas en las que ha ido reinventándose continuamente, pasando de ser una estrella de los spaghetti-westerns durante los 60 al héroe duro de acción nacido a raíz del éxito de Harry el sucio (Don Siegel, 1971), revelándose, en el camino, como uno de los mejores directores que ha dado el cine norteamericano, capaz de cualquier género con idéntica eficacia.

    Mula nos presenta a Leo Sharp, un hombre que ha vivido su vida como ha querido, equivocándose muchas veces pero asumiendo las consecuencias de sus errores con resignación. Su pasado como veterano de la Segunda Guerra Mundial ha hecho que no conozca el miedo a prácticamente nada y ha dedicado más tiempo de su larga existencia a cuidar de las diferentes especies de flores que ha cultivado que a su propia familia, a la que no ha dejado de fallar en reiteradas ocasiones. Sharp es mostrado como un tipo simpático, despreocupado y mujeriego, que estuvo muy lejos de ser el marido y padre ejemplar para los suyos, a quienes ha dejado en la estacada en aniversarios o celebraciones familiares, como la boda de su hija, a la que no acudió y que le costó que todos, a excepción de su incondicional nieta, le diesen la espalda. También es un hombre anclado en el pasado, a quien le cuesta aceptar el papel fundamental que las nuevas tecnologías desempeña en la sociedad actual, oponiéndose totalmente al uso de internet o esos teléfonos móviles que odia con todas sus fuerzas. Tal vez por ello, llegó un momento que su negocio empezó a quebrar y las fuertes deudas, con amenazas de embargo por parte de los bancos incluidas, hicieron que aceptara una oferta para comenzar a realizar portes en su destartalada furgoneta para una banda de narcotraficantes. Para ellos, el viejo es alguien casi invisible para la DEA, ya que su avanzada edad y el hecho de no haber tenido ni una sola multa en toda su trayectoria como conductor apenas levantarían sospechas. Para Sharp, bautizado dentro del gremio como “El Tata”, no es más que un medio para obtener (mucho) dinero fácil y rápido con el que solventar su economía y, de paso, tratar de ganarse de nuevo el cariño de familiares y amigos. El guion de Nick Schenk no se detiene a juzgar la amoralidad de unas acciones que, evidentemente, están fueras de la legalidad, sino que trata de justificar, dentro de lo que cabe, los motivos que llevan a un ciudadano ejemplar de 90 años a tener que desempeñar semejantes delitos para poder salir adelante en el tramo final de su vida, dibujando, de paso, a un Sharp bastante más ingenuo y honrado de lo que, seguramente, ha sido en la realidad.

    por José Martín León
    marzo 11, 2019

    Crítica | Mula

    por José Martín León | marzo 11, 2019
    Sully

    Last Action Hero

    crítica ★★★★ de Sully (Clint Eastwood, Estados Unidos, 2016).

    En pie frente a una gran ventana, Chesley Sullenberger, Sully, contempla abstraído la inmensidad vertical de la arquitectura neoyorquina. Incapaz de emitir sonido o articular movimiento alguno, avista horrorizado cómo un enorme avión se cuela entre los edificios y se estrella sin remedio en la fachada de un rascacielos. Son los estragos del “nine-elevenismo” jugando cruelmente con la memoria de un veterano, pensamos, pero en la mirada de ese hombre hay más historia reciente que nostalgia. Entonces despierta y recuerda que no está donde debería, en Carolina del Norte comiéndose un filete a la parrilla con su segundo de a bordo, el piloto Jeff Skiles, sino que sigue en Nueva York porque, en algún momento cercano al despegue, una bandada de pájaros impactó contra los motores de su avión y lo hizo enfrentarse a su identidad oculta. Amantes del minimalismo artístico y la independencia productiva, olvídense de austeridades innecesarias y de historias contadas con modestia por una voz temblorosa y difusa condicionada por el fuerte shock post-traumático. Aquí hemos venido a presenciar la hazaña de un héroe, un relato hagiográfico que recurrirá al énfasis y la pirotecnia narrativa que sean necesarios con el propósito de rendir justo homenaje al último titán en pie. Y si hay alguien en el panorama cinematográfico que entienda y conozca la figura del héroe, ése es Clint Eastwood, un realizador capaz de desarticular los mecanismos de la lógica social, la esencia humana, y ponerlos al servicio de sus directrices para evidenciar que, por mucho que nos cueste admitirlo, en ocasiones, la suerte de la humanidad recae sobre una sola persona, un hombre sin capa y sin una fuerza descomunal, pero que es capaz de trasladar por los aires a 155 personas y hacerles poner los pies en la tierra tras descender en caída libre durante 208 segundos.

    Es precisamente ese número lo único que ha permanecido intacto en la memoria de Sully entre el aluvión de confusos datos mediáticos, una cifra que le devolvió la lucidez al piloto, justo en el instante adecuado, para evitar que por culpa de un error de apreciación estadístico, perdiera el crédito y el honor que se había ganado de pleno derecho. Un avión, 150 pasajeros, cinco miembros de la tripulación, dos motores rotos y una única pista despejada para aterrizar: el río Hudson. El protagonista tuvo que tomar la decisión más importante de su vida y, contra todo pronóstico, 155 personas salieron con vida de esa aeronave gracias a la pericia de un piloto con más de 40 años de experiencia. ¿Podría existir algún escenario más idóneo? Pues, para la aerolínea y las empresas aseguradoras, no hay ninguna duda de que sí. De repente, la pesadilla aérea de Sully da paso a otra burocrática, y mientras la opinión popular lo encumbra de manera unánime como una representación mesiánica del nuevo milenio, los expertos en negligencias laborales se empeñan en rebatir los hechos y las pruebas fehacientes —o vivientes—, con absurdos datos y algoritmos, dejando que una pregunta comience a expandirse como un virus sin control: ¿héroe salvador o temerario incompetente? Eastwood establece la estructura narrativa de la película según una hibridación genérica que combina el drama real con algo cuyos patrones conoce de memoria: el western.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 07, 2016

    Crítica | Sully

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 07, 2016
    El francotirador

    Teóricamente matar es muy sencillo. No se necesitan grandes aptitudes, ni un gran intelecto, ni siquiera razones. Es barato. Es irreversible. Tenlo en cuenta. Debe ser silencioso. Mírate: tu cuerpo mismo puede servir de bate de béisbol y tus brazos de soga. Uno puede convertirse en asesino no ya de la noche a la mañana, como quien decide dejar el tabaco, sino en cuestión de segundos. Es rápido o es torpe, apunte, según la pericia y el tiempo de que disponga el verdugo, y si éste ha quedado o no después con algún amigo para ir al cine. El asesinato no comprende de clases, une a la baja y en modo alguno discrimina colores. Todos los asesinos en serie son daltónicos. A veces, no obstante, logran discernir entre víctimas y hasta se arrepienten de la praxis empleada con tal o cual hijo de Dios. Los hay chapuceros, de navaja pasional y llanto fácil; y los hay también que escuchan ópera mientras filetean el fiambre. Ay qué rico, Puccini. Y mastican quince veces —ni una más ni una menos— el primer bocado aún crudo, rojizo como los mofletes de Heidi. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que tu vecino es uno de ellos, y si no, poco le falta; pues aun creyendo él que Puccini es el título de una canción de Raffaella Carrà, no desprecia nunca la fanfarria sintética ni el distinguible swing de Luis Miguel. Que es otra forma de homicidio sin atenuante. Cualquiera, en fin, puede linchar o resultar muerto casi de improviso. Es barato y tiene difícil reescritura. Sólo hay que saber cabalgar a la Bestia, o más bien dejarse llevar por ella. Y si no me crees, fíjate en el conductor del Audi de Relatos salvajes, que tras desquitarse con un siempre efectivo "¡La concha de tu madre!" acompañado de una peineta ondeando a 120 kilómetros por hora, pincha neumático y se ve literalmente con la mierda y los pises en el parabrisas de su auto clase A. Y si todavía no me crees, si no concibes cómo la aparente normalidad puede encubrir tragedias mayores, recupera al impoluto e introvertido sastre de Caníbal, por citar un ejemplo reciente. Hay muchas formas, distintas estrategias a seguir, diferentes víctimas y también un amplio catálogo de verdugos con denominación de origen. No daré más detalles, no soy psiquiatra forense. Y, al fin y al cabo, nunca me he atrevido a matar a nadie. Quién soy yo para colgar etiquetas.

    El progreso de una sociedad democrática al parecer se mide por su capacidad para distinguir clases de violencia: de primera y de segunda; institucional e individual (del individuo); legal o ilegal. Con traje o pantalón bombacho. Con drones o AK-47, sobrevolando el horror o adentrándose en él a golpe de puñal. Asistimos estos días a la creciente expansión del IS, o Estado Islámico, al tiempo que Clint Eastwood estrena su última película, El francotirador, que cuenta la historia del ya legendario sniper Chris Kyle, texano de cuna convertido a SEAL en la guerra de Irak, geografía de vida y muerte desde tiempos cada vez más remotos. Allí llegó Kyle y, sobre una losa agrietada, armó su fusil y batió un récord, quizá el peor de todos los imaginados: el de número de víctimas (más de 160) para mayor gloria de su letal gatillo. "Cuando llega el momento", viene a decir el soldado, "no dudo". "Es mi trabajo, mi obligación: proteger a mis compañeros, a mi país; que es el mejor país que existe". El rubicundo cowboy fue educado a la manera en que se hacen los buenos americanos de ruedo, cerveza y misa dominical. Su padre le inculcó los modales de un tío hecho y derecho, con sentido de la justicia y una moral a prueba de obús. Sin maltrato físico, demostrándole a su hermano pequeño y a él quién mandaba ahí. Sus valores, claro está. Y el Altísimo, que dicen tiene barba y vigila siempre atento, como un Big Brother en plano picado.

    por Anónimo
    febrero 19, 2015

    El peligro de idolatrar al hombre equivocado

    por Anónimo | febrero 19, 2015

    Vida y obra de un patriota

    crítica a El francotirador (American Sniper, Clint Eastwood, 2014) / ★★★★

    Pocos países salieron tan bien parados de la Segunda Guerra Mundial como Estados Unidos. Convertidos ya en potencia mundial, sus habitantes comenzaron a conocer lo que significaban todas esas libertades que les habían prometido —excluyendo a las clases minoritarias, por supuesto—. La población estaba acomodándose cuando, en 1962, la sombra de unos misiles apuntando a sus emblemáticos rascacielos forzó a los estadounidenses a sacrificar, de algún modo, su libre albedrío; se atrincheraron en sus casas, temerosos de las consecuencias que acarrea el poder o, como dijo el maestro B.B. King “Paying the cost to be the boss”. Afortunadamente todo quedó en un susto —un susto de intensidad DEFCON 2—, y tras trece largos días, la situación se normalizó. Norteamérica se hacía fuerte, respetable y, sobre todo, temible. Los ciudadanos permanecieron inalterables durante casi cuarenta años en su fortaleza infranqueable, decidiendo la gracia y la suerte del resto del mundo hasta que llegó el 11 de Septiembre de 2001. La caída de las Torres Gemelas supuso la reinstauración del miedo endémico norteamericano. Un temor casi olvidado que se intensificaría y se expandiría a lo largo de toda la población, dentro de una atmósfera de amenaza y odio que multiplicaría el riesgo de xenofobia y caos armamentístico. Lo que muestra Clint Eastwood en su última película, El francotirador (American Sniper), no es más que otro episodio de las consecuencias de ese estado de alarma.

    No hay duda de que América necesita a sus héroes patrióticos, y los héroes necesitan a Eastwood para no perder su función fundamental, la heroicidad. El cine, por mucho que nos pese, sigue precisando de una romántica mirada propagandística que nos recuerde el aroma de los grandes clásicos. Con 84 años, el director ha creado estilo y escuela, se ha ganado el derecho de hacer el cine que le gusta y, desde luego, no parece oportuno venir ahora a dar lecciones morales a una de las pocas leyendas vivas que quedan del séptimo arte. En esta ocasión, el realizador nos ofrece una película biográfica sobre el francotirador más letal de los Estados Unidos. El tipo era un sociópata prejuicioso condicionado por esa instauración del miedo y la generalización del odio hacia los árabes que comentábamos al comienzo. Es cierto que Eastwood ensalza la figura del soldado hasta la práctica santificación, pero como uno de los “padres” fundadores del old school style americano, es evidente que va a proteger a los suyos, Eastwood está haciendo, por lo tanto, exactamente lo que el protagonista de El francotirador. La cinta comienza con Chris Kyle en lo alto de un tejado con la mira de su fusil de largo alcance enfocando a una mujer y su hijo que se dirigen hacia un convoy estadounidense con una granada en las manos. En el momento crítico, el director introduce un flashback explicativo que nos dará una idea de cómo ha acabado el protagonista en esa situación, en la que la decisión sobre si dos personas viven o mueren recae sobre él sin ninguna consecuencia. Entonces vemos a Kyle cuando era un niño, defendiendo a su hermano pequeño de un abusón en el patio del colegio. Al llegar a casa, su padre, aficionado a la caza, les da una lección sobre los valores que han de seguir. “No seas un abusón, no te metas con nadie, pero siempre has de defender a los tuyos”. Ahí encontramos la perfecta analogía —apología— de los francotiradores, y así nos lo muestra la película. Desde las alturas, Kyle es el salvador del equipo de tierra “los soldados se sienten protegidos sabiendo que tú miras por ellos desde ahí arriba”.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 28, 2015

    Crítica | El francotirador

    por Alberto Sáez Villarino | enero 28, 2015

    Walking Like a Man

    crítica de Jersey Boys | Clint Eastwood, 2014

    Como ha expresado Spike Lee en varias de sus películas, para tener éxito en la escena afroamericano-estadounidense, o sabes rapear o sabes encestar. De esta forma la música ha actuado como salvoconducto de diferentes grupos marginales para salir de su violento ambiente callejero. Sin embargo, lo que en principio parecía la materialización del sueño americano, se convertiría después en un mundo todavía más peligroso, lleno de traiciones, egoísmo y muertes prematuras. Así pues, desde la famosa rivalidad entre costas en la cultura hip hop (saldada con la muerte de, entre otros, sus dos líderes principales, 2pac y Notorious Big), hasta la creciente lista de integrantes del nefasto “Club de los 27”, la industria —actualmente liderada por la todopoderosa Universal Group— no ha dejado de evidenciar la corruptela de su estructura corporativa. Esa turbia faceta interna, alcanzó su grado más ostentosamente deshonesto en el italoamericano entorno de Nueva Jersey, donde las conexiones de famosos con la mafia estuvieron siempre a la orden del día, sobre todo en aquellos disolutos años 60 cuando los jóvenes, hijos de inmigrantes, querían escapar del delantal al que estaban destinados en el “Nuovo Vesuvio” de turno regentado por un despótico Artie Bucco. Artistas como Frank Sinatra o Tommy DeVito, co-protagonista de esta Jersey Boys, no dudaron en relacionarse con el prosopopéyico Chicago Outfit con el fin de lograr un patrocinio que los sacara para siempre del bullicioso asfalto de Little Italy.

    Sin embargo, no es fácil salir del “hood” cuando se viene de una cultura tan jerárquicamente organizada y familiar como la de Frankie Valli. Un joven querido por todo el barrio de Belleville y beatificado por sus amigos, no sólo por su honradez moral, sino también por su forma de cantar —Su hijo es un santo, y también suena como uno, decía el bocazas de verbo rápido de DeVito mientras adulaba a los padres de su mejor amigo. Clint Eastwood vuelve al musical para adaptar la obra homónima de Broadway, al tiempo que realiza su particular hagiografía del icónico líder del grupo The Four Seasons que revolucionó las listas musicales con su distintiva voz de falsete. Eastwood, fiel a su estilo, presenta un trabajo muy serio, elegante y bien documentado, en el que se realiza un desarrollo ejemplar de los personajes al tiempo que se nos introduce de lleno en la trama por medio de un dinámico enfoque narrativo múltiple y autodiegético con tendencia a atravesar la cuarta pared desde el principio del metraje. Un director en la cima de su carrera al que poco (o nada) le queda por demostrar. Consciente de que no es su mejor filme, y puede que extendiéndose más de la cuenta en alguna explicación innecesaria (sobre todo en episodio correspondiente al tercer, y menos atractivo, narrador), este compositor aficionado, teclista de corazón y eterno “Man with no name”, se hace una película para él mismo, disfrutándola desde la creación de sus rápidos diálogos, con la ayuda del sensacional guionista de Annie Hall, Marshall Brickman, hasta la post producción. De la misma manera que hizo con el biopic sobre Charlie Parker en 1988 (Bird), o en el posterior Piano Blues (2003), con el que puso su grano de arena a la genial serie musical producida por Martin Scorsese, The Blues.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 28, 2014

    Crítica | Jersey Boys

    por Alberto Sáez Villarino | junio 28, 2014
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