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    Catherine Corsini
    Catherine Corsini
    || Críticas | FICX 2023 | ★★★☆☆
    Regreso a Córcega
    Catherine Corsini
    Regreso a ninguna parte


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Le Retour. Duración: 106 min. Dirección: Catherine Corsini. Guion: Catherine Corsini, Naïla Guiguet. Fotografía: Jeanne Lapoirie. Reparto: Esther Gohourou, Lomane de Dietrich, Estelle Lescure, Virginie Ledoyen, Aïssatou Diallo Sagna, Suzy Bemba, Denis Podalydès, Cédric Appietto. Compañías: Chaz Productions, France 3 Cinéma, Le Pacte.

    Hay quien cree, con cierto fundamento, claro, que las nuevas generaciones ya están tan impermeabilizadas al drama que sacude 24/7 el mundo, acostumbradas a la imperante frialdad y apatía respecto a las nuevas historias que están siendo contadas. Esto es verdad, como la mayoría de conjeturas, a medias: el arte y la producción cultural aún son capaces de removernos y estimularnos para, no diremos generar una reacción instantánea, pero sí en cambio dar que pensar, aunque sea con la almohada. Podría ser el caso de Le retour, nominada a la Palma de Oro en Cannes y estrenada ahora en España dentro de la sección Albar de la programación del FICX de Gijón, propone un viaje por partida doble. Por una parte, una familia que regresa a Córcega, su tierra primigenia, por causas laborales. Por la otra, la odisea que la misma familia tendrá que sortear como prueba de fuego absoluta. En el centro de esta ecuación se sitúa Khédidja, que trabaja cuidando los hijos menores de un clan parisino con considerable poder (y, por lo tanto, adinerada, haciendo hincapié en la brecha social). Khédidja se trasladará a la casa vacacional, en la isla corsa, y lo hará con sus dos hijas, Farah y Jessica, de un padre que, como se sabe enseguida, falleció años atrás.

    La primera escena del filme sirve como flashback contextual, como botón de detonación de una bomba afectiva que irá haciendo mella en los personajes a lo largo del recorrido en el que se embarca Le retour. En ella, Khédidja aparece con las dos niñas, aún pequeñas, abandonando su casa para iniciar una nueva vida. Esta disyuntiva fundacional, a modo de pecado original, será el primer conflicto, aunque no el único: Khédidja regresará al pueblo que la acogió para enfrentarse a sus propios fantasmas, de la misma manera que deberá asumir una nueva etapa (quizá la definitiva, que sirva como cierre) del duelo. En cualquier caso, rezuma esa presión por parte de las hermanas, que sospecharán que su pasado ha sido enterrado, aunque por su propio bien, hecho que dinamitará la relación. A partir de ahí, la hija mayor, Farah (impecable el trabajo actoral de Esther Gohourou) encabezará una búsqueda de su identidad por parte paterna, viajando a su pueblo natal, donde encontrará restos vivos de sus orígenes. El puzle se va completando, paulatinamente, en un proceso doloroso y no absenta para nada de tensión, recreada con efectividad.

    Le retour sirve también para entubar un drama al uso, añadiendo capas a medida que el metraje avanza. Por ejemplo, plasmando un romance lésbico, aludiendo de paso el coming of age de los primeros amores; o incluso reflejando de manera áspera las noches de exceso y descontrol a través del consumo ingente de drogas y alcohol. La película también sitúa en el centro de foco las dinámicas racistas y los dejes de una sociedad postcolonial que aún conserva más vicios que virtudes en materia de inclusividad y acogida. Todo esto alterará el contacto entre Farah y Jessica, que verán como su fraternidad se pone en riesgo por culpa de los celos, la incomprensión y la falta de responsabilidad afectiva, condicionada por factores personales pero también externos. Hay, además, una tímida y para nada punitiva, aunque sí reseñable, sensación de caduco en esta cinta. Las dinámicas racistas, mostradas sin tapujos a través de comportamientos y microviolencias, ya sea de forma positiva o directamente explícita, dilapidan Le retour, que probablemente se acabe empachando de ese sudor moralista que empaña los cristales de una ventana que fotografía, por otra parte, la falta de humanidad y empatía de un paisaje de verano hermoso, costanero y bucólico.

    Corsini apila su relato mediante dos partes claramente separadas: la primera, la de la llegada a Córcega, donde tiene el planteamiento identitario de la película y que utiliza los estándares tradicionales de un drama social, con todas sus denuncias y exaltaciones. La segunda mitad ya es otra cosa: un capítulo aletargado donde se invoca el espíritu de la fiesta en el sentido más oscuro, apelando a la tragedia juvenil y situando los personajes en medio del huracán: sobre todo haciendo énfasis en el uso de estupefacientes (hay quien pensará nimiamente en la Clímax de Noe). Corsini decide descender a sus personajes al averno en una suerte de Euphoria, buscando causar en el espectador el sentimiento de horror y angustia. pero también de perdón y exculpación. El problema es que el traspaso entre las dos porciones se hace tan brusco, que resulta contraproducente para la misma película.

    Los frentes son tantos que parece que Corsini, con la mejor de las intenciones, será incapaz de cerrarlas todas. No porque no pueda, no es una cuestión de mala praxis o falta de vocación, sino porque es potencialmente imposible. Por desgracia, los pronósticos se acaban cumpliendo, dando como resultado una historia de historias que se cierran de golpe, al galope y, por tanto, de una forma brusca y atolondrada. La ambición le juega en contra y, no obstante esto, el acierto en el casting y el trabajo de dirección (una delicia), logran contener el ritmo y ofrecer una radiografía pulcra sobre la estigmatización del inmigrante y el precio de la libertad. Un retrato que consigue conmover, como mínimo en momentos puntuales. ♦


    por Agus Izquierdo
    agosto 01, 2024

    Crítica | Regreso a Córcega

    por Agus Izquierdo | agosto 01, 2024
    || Críticas | ★★★☆☆
    La fractura
    Catherine Corsini
    Los colores de Europa


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Francia, 2021. Título original: «La Fracture». Director: Catherine Corsini. Guion: Catherine Corsini, Agnés Feuvre, Laurette Polmanss. Productores: Anne-Laure Labadie, Jean Labadie, Elisabeth Perez. Productoras: Chaz Productions. Distribuida La Aventura Fotografía: Jeanne Lapoirie. Música: Robin Coudert (Rob). Montaje: Frederic Baillehaiche. Diseño de producción: Toma Baqueni. Diseño de Vestuario: Rachel Raoult. Reparto:Valeria Bruni Tedeschi, Marina Foïs, Pio Marmai, Aissatou Diallo Sagna, Marin Laurens, Jean-Louis Coulloc´h, Ferdinand Perez, Camille Sansterre. Duración: 98 minutos.

    Leída bajo la epidermis de su título, La fractura (2021) alude a la rotura de huesos de nuestro cuerpo; sin embargo, en el cine de Corsini esa fractura evidencia la fragilidad de las relaciones sentimentales y de un sistema roto de tejidos cavernosos. La inquieta ansiedad que transmiten las imágenes de su última película aborda, desde las texturas telúricas, un estado de tensión constante, de mundo resquebrajado, que no se puede medir sino con los impulsos latentes de corazones a punto de estallar. Cámara nerviosa, trémula, demasiado irascible, sin retorno, que quiere encerrar el crisol de un mapa representativo de los cambios y movimientos sociales de la Europa de nuestro tiempo.

    La directora de Partir (2009) maneja el desasosiego de unos personajes habitualmente necesitados de amor. En su anterior filme, Un amor imposible (2018), dentro de parámetros del cine clásico, esculpía el rostro de una mujer en ruinas que tenía que soportar el rechazo de un romance intermitente. La escena de arranque, el cortejo en el baile del pueblo, con Rachel (maravillosa Virginie Efira) esperando a su cita, y el profuso detalle por las manos, planos cortos de pies, y círculos alrededor de la pista, acariciaban un vaporoso hilo conductor; esa voz en off que sería, en fuera de campo, la única cómplice directa con los espectadores. Las sinceras miradas vidriosas, empapadas de dolor, serán en su filmografía moneda común a la hora de comprender su obsesión por las relaciones sentimentales. En Un amor de verano (2015), las amantes mantienen una explosiva relación en la que Corsini explora la sensualidad, el paso efímero hacia el desencanto. Su bellísimo final con María (Cecile de France) leyendo una carta evoca sin remedio a La vida y nada más (Bertrand Tavernier, 1989), otro de esos finales con correspondencias amorosas en el que la luz resplandeciente del ocaso tapa las lágrimas negras del derrumbe. Un beso escrito, una duda razonable puesta de relieve en los ojos de las increíbles mujeres del universo Corsini. Tampoco olvidemos el plano final de El ensayo (2001), con la mirada desenfocada por las lágrimas de Nathalie (Emmanuelle Beart), vagando sin rumbo hacia ninguna parte como ensueño de un espacio voluble, movedizo e inseguro. Ese temblor, de cimientos débiles, es, en definitiva, el principal motor de su obra.

    La crisis de los chalecos amarillos es el pilar central de La fractura, y sobre ello, se construye el relato. Obreros y clase trabajadora invaden las carreteras haciendo de cada rincón un atrincheramiento. Las rotondas, pasan a ser espacios habitables en los que montar campamentos base. Las calles se inundan de gente mientras la otra Francia, la de la cotidianeidad, no puede quedar al margen del movimiento. Los manifestantes representan esa Francia magnánima que le debe al pueblo su identidad, mientras el espacio reducido del hospital se erige como parcela íntima de esa misma Francia tricolor, la del dolor personal e intransferible. De lo grande a lo pequeño, esos dos mundos, esos dos espacios, quedan representados. Es loable, por parte de la realizadora, filmar ese choque social, un dialogo a voz alzada entre ambas partes. Cierto que los subrayados agotan, exasperan, en ese lenguaje histérico en el que se balancea, pero la naturaleza caótica e irritante de La fractura ahonda en ese proceso critico que buscan sus autores.

    En el fragor de la batalla, cualquier ciudadano queda expuesto en una sala de urgencias. Una vez dentro no existen diferencias de clases o privilegios. La presión hospitalaria rearma el debate acerca del funcionamiento de un sistema sanitario al borde del precipicio. La fractura homenajea a esos profesionales que mantienen la actividad médica pese a los horarios y guardias en cadena. Los ojos de Kim (Aissatou Diallo Sagna), nos sitúan en el epicentro de esa noche de urgencias, testigo y guía, tanto de la directora, como de nosotros. La enfermera simboliza la perseverancia, paciencia y profesionalidad de muchos sanitarios en primera línea de batalla y que tras la pandemia del Covid tanto hemos revalorizado. Según palabras de la propia Corsini, su obra es una suerte de camarote de los Hermanos Marx en el que meterlo todo. Quizás la mezcla, drama y comedia, no logre hallar el foco, irregular manejo de los tiempos, ya que la mayoría de la acción transcurre durante una sola noche y sin embargo la narración en muchos de esos momentos se resiente de falta de dinamismo, como si ocupase los mismos espacios y le costara no girar en bucle. Lo que si interesa es el cuidado, el mimo, con el que retrata a sus personajes. Por un lado, la mentalidad burguesa de Raphaëlle (Valeria Bruni Tedeschi) y Julie (Marina Foïs), como esa pareja en crisis que debe recomponerse, llena de graves y profundas heridas; por otro, Yann (Pio Marmaï), parte de la marea color amarillo del exterior. Entre todos marcan una misma línea. Problemas individuales que a la postre acaban por ser colectivos. Raf es dibujante, y le encanta pintar camiones, Yann es camionero y quiere que las cosas cambien, apela a un careo o diálogo con Macron. Los dirigentes tienen que comunicarse con el pueblo. Los dos han sufrido accidentes en las herramientas naturales (manos, piernas) por las que subsisten en sus respectivos oficios. El contexto de 2018 no dista para nada de las preocupaciones por los que atravesamos en estos tiempos. Una crisis de alcance global que nos consume lentamente.

    Catherine Corsini navega, salvando las distancias, entre la narrativa de Louis Malle (naturalismo, relaciones afectivas) y los intereses sociales de Robert Guédiguian, en paralelo a la histórica tradición del cine de denuncia francés. Ventanas por las que asomarse al mundo. La fractura conserva parte de esa tradición, y aun asumiendo algunas carencias, por ejemplo un montaje monótono, de altibajos, y las dudas a la hora de insertar comedia y drama, el resultado final es, sin duda, muy interesante. ⁜

    por David Tejero Nogales
    julio 30, 2022

    Crítica | La fractura

    por David Tejero Nogales | julio 30, 2022

    Cannes 2021 (#3)

    Tercera crónica de la 74ª edición del Festival de Cannes.

    Decía nuestro compañero Miguel Muñoz Garnica en un tuit, esa herramienta, por llamarla de alguna manera, que perfectamente podría haber creado Paul Verhoeven en ficciones pretéritas, lo siguiente: «La provocación suele tener fecha de caducidad. Y para mí, la de «Benedetta» pasó hace décadas. Ni molesta ni apasiona […] Verhoeven filma en los cuerpos el deseo igual que la violencia: limitándose a exhibirlos». Una aseveración a contracorriente, atendiendo a su acogida en Cannes —párrafos más abajo tienen la valiosa, por otra parte, réplica de nuestra compañera Mariona Borrull Zapata—, en la que nos centramos en su última frase: «Verhoeven filma en los cuerpos el deseo igual que la violencia: limitándose a exhibirlos». Porque, así es, el cine de Verhoeven poco o nada ha evolucionado. Aquel cineasta proscrito en los 90 ahora es celebrado sin haber cambiado demasiado los ingredientes de su cóctel fílmico. Su cine sacude por impacto, como lo hace un toro de lidia, más que por un ejercicio de orfebrería. Su afán polemista –y el de una platea ávida de ello— hace el resto. Verhoeven siempre fue Verhoeven, no en cambio el ejercicio crítico, que se ha ido readaptando a la contemporaneidad buscando reivindicar causas y saldar afrentas que esconden la incapacidad a la hora de afrontar la lectura de las imágenes.

    En tiempos de corrección polémica, es aplaudida la figura que aporta justo lo contrario, que se ríe de una realidad cada vez más etérea e insignificante. Que Cannes explote de júbilo por una dosis elevada de violencia, humor negro, desnudos y mofa a la religión (cristiana en este caso), habla de los tiempos que vive el circuito de festivales. A final se trata de la celebración de que el cine de autor va a combatir con sus armas (estas armas) al cine comercial, porque auguramos que Benedetta será todo un éxito en salas, pero igual lo hace con fórmulas caducas, con propuestas que basan su andamiaje en discursos primarios y que solo dan, justamente, lo que pide el público y terminan por olvidarse de la misma manera. Es el caso del anterior trabajo del cineasta, Elle (2016). Obras lúdicas, que se guiñan el ojo a sí mismas y la trayectoria de su autor, pero que no dejan de ser entretenimientos engordados mediáticamente en los que el cine, siempre, parece ser lo de menos. Dicho esto, Verhoeven ha logrado descongelar unos ánimos aletargados en estos cuatro primeros días de certamen. Es quizá la otra noticia que emerge: la incapacidad de los nuevos autores de ofrecer algo distinto. Pero ese es otro tema que abordaremos en crónicas vénideras.

    ▼ Críticas
    «Benedetta», Paul Verhoeven.
    «La Fracture», Catherine Corsini.
    «Everything Went Fine», François Ozon.
    «Cow», Andrea Arnold.
    «Stillwater», Tom McCarthy.
    «Where is Anne Frank?», Ari Folman.

    por VV. AA.
    julio 10, 2021

    Cannes 2021 (#3) | Críticas: «Benedetta», «La Fracture», «Everything Went Fine (Tout s'est bien passé)», «Cuestión de sangre (Stillwater)», «Cow» & «¿Dónde está Ana Frank?»

    por VV. AA. | julio 10, 2021

    Emancipación (casi) absoluta

    crítica de Un amor de verano (La belle saison, Catherine Corsini, Francia, 2015).

    Estos días nuestro viejo continente vive revuelto. La amenaza terrorista, la crisis de los refugiados, el auge del populismo y, en especial y como consecuencia de ello, la anunciada salida del Reino Unido de la Unión Europea, han venido a trastocar una agenda que se antojaba próspera y pacífica antes de que estallara la crisis económica. Con la consolidación de la sociedad de consumo y la llegada de la sociedad tecnológica, los ciudadanos habían alcanzado un estado de confort insospechado, carentes de preocupaciones que sobrepasaran su vida privada, y esperanzados ante un futuro que, siguiendo un crecimiento exponencial, auguraba cada vez más bienestar. Sin embargo los acontecimientos de los últimos meses han trastocado estas expectativas, y como reacción ha aumentado la politización de la gente de a pie. Consciente de que ya no podía confiar en los gobernantes como conductores de su felicidad, ha tomado la calle y las redes y propagado sus denuncias y exigencias. En nuestras fronteras el movimiento se habría iniciado con el 15M y llegaría hasta hoy en día, plasmando una inusual movilización política si se compara con la más estable década pasada. Pero nos interesa aquí el reflejo de este contexto en una época anterior, la del mayo del 68, donde la reciente construcción europea y el tardío imperialismo colonial pronosticaban igualmente la riqueza socioeconómica: en cambio los estudiantes, izquierdistas y otros desencantados se levantaron contra lo que consideraban una quiebra de los principios de igualdad y solidaridad. Entonces los dirigentes reaccionaron y se lograron avances, sin ignorar una convivencia que nos ha unido desde hace siglos, con un espíritu que conviene traer a colación para no olvidarlo hoy en día. Y sobre todo resultó fructífera esta corriente porque sus ramificaciones fueron profundas y numerosas, destacando en los años posteriores al estallido en París las reivindicaciones que emprendió el llamado Movimiento de liberación de las mujeres.

    Es curioso que, como en parte ha puesto de manifiesto este resumen, a lo largo de la historia la lucha contra la opresión y la desigualdad se ha centrado en temas de un nivel macro, debido a un enfoque que pese a todo reflejaba la de los propios líderes que se cuestionaban. Y estos líderes casi siempre han sido hombres. Se ha olvidado así hasta fechas recientes otro grado de desigualdad existente desde el origen de la humanidad, pero patente sobre todo entre las cuatro paredes de un hogar o de un despacho, sin que su problemática pudiera adquirir mayor visibilidad. Hablamos de la desigualdad de género, que por extensión abarca el movimiento LGTB, al derivar de una interpretación del sexo como relación ortodoxa de poder, donde por naturaleza debe existir algún tipo de dominación. Por ser la discriminación más arraigada, es la que más cuesta superar. Y como decíamos ello se ha obstaculizado por visiones varoniles, en las políticas o el arte, que rara vez han sabido plantear el problema en sus debidos términos. Centrándonos en la cinematografía francesa, tenemos por un lado películas como La vida de Adèle (La vie d’Adèle – Chapitres 1 et 2, Abdellatif Kechiche, 2013) que han llamado la atención sobre las relaciones lésbicas, pero siguiendo una narrativa convencional y marcada por la mirada más fascinada que cómplice de su director; y por otro lado cintas como Después de mayo (Après mai, Olivier Assayas, 2012), que retratan ese mundo de demandas juveniles de finales de los años 60 o aquí en concreto de principios de los 70, pero de nuevo con un protagonismo masculino. Entre ambas, o más bien frente a ellas, se estrena ahora Un amor de verano (La belle saison), enmarcado en el mismo contexto parisino y el mismo año (1971) que el citado filme de Assayas, y girando en torno a la relación entre dos jóvenes con cierta diferencia de edad que incluso recuerdan física y mentalmente a los personajes de la obra de Kechiche.

    por Ignacio Navarro
    junio 28, 2016

    Crítica | Un amor de verano (La belle saison)

    por Ignacio Navarro | junio 28, 2016

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