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    Asif Kapadia
    Asif Kapadia
    || Críticas | Rizoma 2023 | ★★☆☆☆
    Creature
    Asif Kapadia
    Bailando sobre la nada


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2022. Título original: Creature. Dirección: Asif Kapadia. Música: Vicenzo Lamagna. Fotografía: Dan Landin. Reparto: Jeffrey Cirio, Stina Quagebeur, Erina Takahashi.

    Desde el nacimiento del cine sonoro, el musical ha sido un género visualmente placentero que, en sus mejores casos, ofrece un espectáculo de gran potencia estética en el que las melodías, los colores vibrantes y las coreografías imposibles se dan la mano para transmitir de forma directa, casi primaria, determinados sentimientos o emociones. Tanto en Sonrisas y lágrimas como en West Side Story, Los paraguas de Cherburgo o la más reciente La La Land, los números musicales suponen fugas casi oníricas en las que los personajes rompen con el sentido de realidad y se mueven por la pantalla con la desesperación propia del que no puede expresarse sino es moviéndose. Si la propuesta se lleva hasta el extremo, se obtienen cintas como Clímax, de Gaspar Noé, en la que la narración propiamente dicha desaparece, los cuerpos de los protagonistas se convierten en el único motor de la historia y los diálogos pasan a ser pequeñas costuras verbales que únicamente potencian la idea sobre la cual se construye la película. El enfant terrible francés crea un pequeño ecosistema que no es sino la sinécdoque de Francia en particular y cualquier país en general y demuestra la facilidad con la que una sociedad puede venirse abajo. Los personajes bailan poseídos por un espíritu lúdico que traspasa la pantalla para, más tarde, enloquecer por culpa de las drogas. Los cuerpos pasan de ser una herramienta de comunicación y socialización a convertirse en armas de doble filo que ponen en peligro su propia integridad y la de las personas que les rodean. Clímax es un cine físico tan gratificante como aterrador que coge de la mano al espectador y le pasea por las zonas más oscuras del ser humano después de haberle enseñado su mejor cara; que levanta un castillo de naipes perfecto para derribarlo delante de su mirada; que convierte el paraíso en una pesadilla empleando únicamente cuerpos y música; que juega con los contrastes y las expectativas para generar ansiedad y terror. En Creature, Asif Kapadia pretende llevar la propuesta de Noé aún más lejos y diseña una cinta carente de narración cinematográfica en la que el baile equivale tanto a la forma como al fondo.

    Basada en la obra de ballet homónima, la película es un ejercicio musical de extrema radicalidad —mucho más que Clímax— en el que no hay diálogos ni acción dramática expresada en códigos ortodoxos; sólo personas bailando incansablemente durante hora y media. El director no hace una adaptación cinematográfica, sino una trasposición literal del material original: la escenografía está compuesta por tres paredes; los protagonistas se relacionan a través de la danza; y los cambios de decorado se realizan de forma teatral. Desde el primer momento, la cinta está planteada como una sinfonía de cuerpos excitados por la música —a veces violenta, a veces pausada— hasta el agotamiento, que giran sin parar sobre el espacio, el tiempo y sobre sí mismos en un desesperado intento por evitar algo que tiene difícil descripción. Toda Creature funciona como un cubo hermético que se dobla sobre los pliegues de sus propias esquinas con la locura deslizándose por la piel de sus personajes.

    La radicalidad de la obra impide que el espectador pueda entrar en ella: la carencia de argumento no sería un problema si debajo de las imágenes hubiese algún tipo de discurso. Así, la inexistencia de un fondo propiamente dicho obliga a la forma a cargar con todo el peso de la cinta —que, teniendo en cuenta la exigencia que le reclama al espectador, es mucho. Pero Asif Kapadia tampoco consigue crear un aparato audiovisual funcional, puesto que parece estar más preocupado por diseñar una puesta en escena cinematográfica, que de ajustar bien los engranajes de las imágenes: la cámara, siempre en movimiento, alterna los planos generales y los primeros planos con el miedo a parecer teatral clavado en su objetivo y, a medida que avanza el metraje, su esqueleto va quedando al descubierto. No se puede negar que los primeros minutos de la película son un deleite visual —el director demuestra talento a la hora de reducir a los actores a su fisicidad para hacerlos girar como peonzas musculadas que exteriorizan su dolor a través de giros imposibles y acrobacias viscerales e impactantes—, pero el placer pronto deviene en tedio; y el tedio, en cierta irritación. La ausencia de altibajos, de recompensas o de algún tipo de cambio convierte Creature en una obra plana que no consigue nunca sobreponerse de su origen teatral. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 22, 2023

    Crítica | Creature (Asif Kapadia, 2023)

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 22, 2023

    La aclamación de Senna (2010, BAFTA), Amy (2015, Oscar) y Diego Maradona (2019) convierte a Asif Kapadia, realizador británico de origen indio, en uno de los grandes nombres del cine documental, lo que ha llevado al Festival de Mallorca a concederle el Evolution Visionary Award, dándonos la oportunidad de hablar con él en persona bajo el sol de Palma.


    Entrevista: Asif Kapadia, director de «Senna», «Amy» y «Diego Maradona».
    Texto de Juan Roures | Hotel Es Princep, Palma.

    Se le conoce especialmente por los documentales, pero ha dirigido también varias películas de ficción, ¿han influido los primeros en las segundas... o viceversa?

    Diría que principalmente mi experiencia con la ficción ha afectado cómo hago mis documentales, y quizá justo por eso estos han tenido más fama. Pero ahora me gustaría dedicarme a la ficción desde la perspectiva documentalista.

    El tema de sus documentales bien daría para varias películas de ficción...

    Pues sí, pero hay algo en determinados personajes reales que me vuelve sobreprotector; quiero retratarlos tal y como son. Yo por ejemplo amo a Muhammad Ali y no quiero ver a nadie interpretarlo, porque nadie puede ser tan bueno como él. No creo que ningún actor pueda convertirse en Ayrton Senna o Amy Winehouse, siquiera unos minutos, por bueno que sea. A mí me interesa la realidad de una persona, sobre todo sus imperfecciones, las cuales aparecen a menudo por casualidad durante la grabación, tras una intensa búsqueda. Ha dejado de interesarme ver a alguien fingir ser otra persona.

    Estos documentales comparten una decisión importante: no mostrar a los entrevistados. ¿Por qué?

    Siento que la gente habla con más honestidad cuando no grabas su imagen. Y obtener esa honestidad es muy difícil porque en nuestra mente la realidad suele variar: creces y ves la vida de otra manera, a menudo dulcificada. Pero mi trabajo es mostrar cómo era la realidad entonces. La rivalidad entre Senna y Prost, por ejemplo, es difícil de evaluar ahora que Senna ya no vive. Respecto a Amy Winehouse, era importante mostrar quién era en vida, cuando mucha gente fue horrible con ella. Yo busco lanzar a los espectadores al corazón de la historia, y creo que las entrevistas filmadas en la actualidad se convierten en huidas, porque rebajan la tensión y te sacan del relato principal, que no deja de ser un viaje al pasado.

    Cierra su último documental con Maradona aceptando por fin la paternidad de uno de sus hijos, la cual se había callado durante treinta años...

    ¡Sucedió mientras hacíamos la película! Con treinta años de retraso, sí. Lo negó todo ese tiempo. Y ahora creo que tiene once hijos reconocidos en total. Porque la historia se repitió en Nápoles en Sevilla, en Argentina... No puedo contar todas esas historias, claro, así que me centro en una de ellas, probablemente la más sonada.

    ¿Habría cambiado la perspectiva del documental de suceder esto antes de la producción?

    Creo que el proyecto habría permanecido igual, porque a fin de cuentas no iba a contar toda su historia. Con Amy abordé los problemas de adicción, que es un tema muy fuerte, y tuve que investigar mucho; no quería hacerlo otra vez. Maradona fue adicto durante mucho tiempo e hizo muchas cosas malas como resultado de ello, pero yo no quería entrar ahí, quería recordar a los espectadores por qué fue tan grande. Y es que, ahora Maradona es casi una leyenda mítica, la gente ha olvidado el gran futbolista que fue. La época de Nápoles es muy desconocida porque por aquel entonces los medios de comunicación eran otros. Yo quise volver y recordar eso. Esta no es una película sobre un hijo, sino sobre un hombre que decide mentir sobre su hijo, ¿y qué sucede? Que cae en las drogas. Pues bien, aquella fue la época que marcó tanto eso como que se convirtiera en el mejor futbolista del mundo, o sea lo peor y lo mejor de él.

    Los documentales suelen tratar de plasmar la realidad, pero la subjetividad es inevitable, ¿cómo lidia con esta dicotomía?

    En realidad me siento muy cómodo con eso: soy el primero que afirma que mis películas constituyen sólo mi perspectiva, si bien trato de abarcar lo máximo posible. En televisión se juega contrarreloj todo el tiempo y hay que conseguir alguna declaración cuanto antes, pero yo dedico años a cada película: si alguien que me interesa entrevistar me dice que no, espero lo que haga falta hasta ganarme su confianza. Por ejemplo, para hacer una película sobre Diego Maradona era imperativo hablar con su mujer, Claudia, quien no tiene buena relación con él y por tanto de entrada fue reacia a participar... Pero yo sabía que no podía hacer la película sin su punta de vista, así que esperé hasta conseguirlo. Mi trabajo como documentalista es pensar qué gente conocía al sujeto, quién estaba allí donde yo no pude estar. Sólo así puedo dar con material que nadie ha mostrado antes. Alguien puede relatarme un incidente que yo no tenga forma de mostrar, pero, una vez he entendido qué pasó, puedo recurrir a otro material que muestre esas mismas sensaciones. A final, para contar la historia con imágenes, debo recurrir a una realidad construida, es inevitable. Pasa lo mismo con cada libro adaptado al cine: hay que editarlo, librarse de cosas. En un documental no puedes contar cada minuto de una vida, tienes que recurrir a pequeños detalles en representación de un todo.

    Sus documentales son ciertamente extraordinarios y mucha gente lo piensa así; seguro que le han ofrecido hacer películas de muchas personalidades...

    No sería educado decir los nombres de las personas que he rechazado, pero han sido muchas [risas]. Tras Senna y Diego Maradona, muchísimas personalidades deportivas se me acercaron para que hiciera un documental sobre su vida. Yo soy gran amante del mundo del deporte y muchos de ellos son geniales, ¡pero también aburridos! Hacer una película sobre alguien brillante para mí no es interesante; lo que me atrae es esa humanidad que brota de los defectos. Quiero contar historias de personas con contrastes, que han sido muy amadas pero también muy odiadas, no siempre justamente. Aparte, a menudo siento que quienes buscan una película sobre ellos en realidad no están dispuestos a abrirse como un documental necesita, incluso que son realmente sus representantes los que anhelan la película. Hoy en día parece que la forma de confirmar que eres famoso sea tener una película sobre ti. Tienes miles de seguidores de Instagram, tienes una corporación internacional, tienes muchos patrocinadores... y sólo te falta la película, sea como personaje o incluso como actor. El mundo de la fama a mí no me interesa.

    A usted, ¿le ha cambiado la fama?

    Quizá cambia a la gente que me rodea más de lo que me cambia a mí, pues mi modo de trabajar sigue siendo el mismo. Es más, he hecho películas de las que estoy muy orgulloso que no han ganado ningún premio, así que no miro con otros ojos a las películas que sí han triunfado.

    Y su vida, ¿daría para un documental?

    No es la primera vez que me lo preguntan. Y posiblemente la respuesta sea positiva, ya que soy un director con un pasado poco convencional. A mí me interesan mucho las vidas que pueden verse como un viaje y mi existencia ciertamente ha sido uno. En 1997 yo era un estudiante y leí la biografía sobre Maradona de Jimmy Burns; fue muy controvertida porque hablaba de cosas que nadie había contado antes. Yo por aquel entonces me estaba educando en un contexto poco prestigioso: mi procedencia era india y pobre, así que tuve que escalar poco a poco, luchando duramente. Cuando empecé a hacer películas había muy poca gente de piel marrón o asiática en la industria. Para colmo mi contexto era musulmán, con lo que se me decía que no debía hacer películas, que no dejan de ser “falsas imágenes”... Pero con diecisiete años estuve en un rodaje por primera vez y fue increíble; decidí que quería viajar y descubrir el mundo. A raíz de eso, mi carrera ha sido muy internacional: he rodado en el desierto, en los Himalayas, el polo norte, Brasil, Italia, Argentina... De hecho, Amy es la única película que he rodado en casa.

    ¿Pero dejaría que alguien hiciera un documental sobre usted?

    Pues varios amigos que son cineastas me han planteado la posibilidad, pero siempre les digo lo mismo: que es demasiado pronto. Aún me queda mucho por vivir.

    por Juan Roures
    octubre 28, 2019

    Entrevista: Asif Kapadia, director de «Senna», «Amy» y «Diego Maradona»

    por Juan Roures | octubre 28, 2019

    Amar en tiempos revueltos

    Crítica ★★ de Ali & Nino (Asif Kapadia, Reino Unido, 2016).

    ¿Qué hace que una creación artística se convierta en una obra maestra? Semejante pregunta ha estado siempre subyacente en las páginas de quienes han analizado el arte en todas sus manifestaciones. Desde Platón y Aristóteles hasta nuestros días, esa escurridiza cualidad que parece darle vigencia a través del tiempo y del espacio a una producción humana adscrita a una época y a un lugar ha ido más allá de la condición de la obra artística «como un objeto estético intencional o, lo que es equivalente […], un artefacto (o producto humano) con función estética», según definición de Gerard Genette. Para Umberto Eco, «una obra maestra debe ser conocida; es decir, debe haber absorbido todas las interpretaciones que ha estimulado, que contribuyen a hacer lo que ella es». Semejante plusvalía, o como decía Walter Benjamin, «el aura» que obtiene un libro, un cuadro o un palacio con el paso del tiempo y el transitar de las generaciones, que seguirán acudiendo a ellos con renovada admiración), puede ilustrarse en la siguiente anécdota de Leopoldo Alas «Clarín». En su correspondencia personal, el escritor asturiano confesó sentirse emocionado al haber logrado acabar, con La Regenta (1884-1885), una obra maestra a una edad tan temprana (tenía treinta y tres años). A pesar de esta acertada convicción de su autor, el libro obtuvo una respuesta muy tibia, y no adquirió el estatuto de segunda mejor novela en lengua española del que goza actualmente hasta su valoración posterior por parte de los autores de la posguerra, quienes verían en sus páginas no solamente la indiscutible calidad formal a la que no fueron ciegos sus contemporáneos, sino un espíritu de desazón existencial plenamente moderno y que consagraría La Regenta como uno de los grandes textos de nuestras letras.

    En esta línea, con Ali & Nino estamos ante una película a la que, objetivamente, muy pocas tachas se le pueden poner. Para empezar, la realización de Asif Kapadia es tan sublime y precisa, tan exquisita, que los encuadres elegidos, la concatenación de planos y secuencias y los recursos visuales empleados (travellings, cámara lenta, etc.) prácticamente rozan la perfección en cuanto a su grado de adecuación entre forma y fondo. Si a ello le añadimos el cincelado guion de Cristopher Hampton, quien hoy por hoy es uno de los grandes de su oficio, se hace patente la calidad de los dos pilares sobre los que se asienta –o debería sentarse– cualquier cinta de construcción clásica como la que nos ocupa. Pero las virtudes «artesanales» de la pieza no acaban ahí: la delicada música de Dario Marianelli acompaña con elegancia las imágenes, las dota de una suave sensualidad; los actores interpretan con convicción y naturalidad a partes iguales –inevitable hacer un alto sobre la española María Valverde, que encarna a la protagonista femenina, Nino–; la fotografía de Gökhan Tiryaki combina con maestría el intimismo con la espectacularidad, y, finalmente, la ambientación histórica llevada a cabo por el departamento de arte, decorados y vestuario (a cargo de James Wakefield, Burak Yerlikaya, Stella Fox y Michele Clapton respectivamente) resulta deslumbrante, puesto que, sin caer nunca en un exotismo de postal, no descuida no obstante una serie de pinceladas de fascinación hacia una cultura que, a efectos prácticos, sucumbió víctima de las convulsas coyunturas que atravesó el mundo a lo largo del siglo XX.

    por Elisenda N. Frisach
    septiembre 15, 2017

    Crítica | Ali & Nino

    por Elisenda N. Frisach | septiembre 15, 2017
    Amy

    Amy Winehouse, retrato de una dama volátil

    crítica a Amy (Asif Kapadia, 2015).

    Algunos finales son tan coherentes que a la hora de examinarlos nadie se explica cómo ocurrieron. Llegan de improviso, pregonados eso sí durante meses —incluso años— en tabloides de dudosa catadura moral. Nadie esperaba que lo inevitable fuera así, tan sórdido, un déjà vu en donde la futura víctima es en realidad un muerto ya resucitado, o sea un zombi que vaga por este mundo con su pena rondándole. Como esos hipocondríacos que no viven por miedo a vivirlo todo, intensamente, y terminar muriendo sin zapatos ni extremaunción. No conviene jugársela con funambulismos imposibles; a veces la meta se esconde tras una nebulosa de heroína y cocaína y barbitúricos y alcohol, cuyo fin suele ser una portada bien cuca en The Sun o en Daily Mirror. De ahí la sorpresa: no hay palabras ni píxeles suficientes para describir la catástrofe; sólo presagios (o tal vez risas en prime time a costa de tal o cual famoso que encuentra su depresión en nuestro momentáneo éxtasis televisivo) que se acaban cumpliendo de una forma u otra, casi siempre trágica. Un caso extrapolable al modelo de "artista meteórico" que representa Amy Winehouse, quien el 23 de julio de 2011 fichó por el club de los 27 —integrado por Jimi Hendrix, Brian Jones, Jim Morrison, Janis Joplin y Kurt Cobain— no tanto a causa de un suicidio en diferido sino por un fallo cardíaco que echó por tierra su juventud y su talento ya visto (y oído) en dos álbumes como Frank y Back to Black. Este primero una sugerente aproximación a voces jazzísticas —estilo Billie Holliday, Sara Vaughan o Nina Simone— que trascienden el propio jazz y hasta la música como arte, adquiriendo el estatus de figuras mitológicas; y este último crónica desnuda de su tempestuoso noviazgo con Blake Fielder-Civil, un asiduo de la noche londinense en busca de chicas fáciles que costearan su halagüeño, pero cazurro, tren de vida. Jaco incluido. Así conoció a Amy, que no esperó siquiera a la segunda cita para declararle su amor incondicional ("Si estoy con un hombre, le haré sentir como un rey (...) Si alguien se porta horriblemente mal conmigo, tú serás quien vaya a su casa con un bate de béisbol"), sin concesiones, en tanto le rizaba algunos pelos churretosos que aparecían por debajo de su sombrero gris.

    La intrahistoria, sin embargo, no define a Amy como marioneta, desvalida y frágil, controlada por su hombre sin más argumento que la ingenuidad misma inherente a ciertos tópicos de índole sexual: su voz pastosa, su genio autodestructivo, su flow indecible, sus fortalezas y sus debilidades se forjaron mucho tiempo atrás, en aquel oscuro rincón donde habitan los monstruos. Así, ni Fielder-Civil se dedicó a vampirizarla con premeditación y alevosía, ni Amy a dejarse llevar hasta el acantilado sin oponer resistencia o hacerse algunas preguntas incómodas, e inútiles también. Las mismas que ustedes y yo nos hacemos a diario, y cuyas respuestas sólo unos privilegiados logran no ya descifrar sino intuir tras el bosque en silencio. Con la escopeta junto a la mecedora. Ojo avizor. Sin duda la cantante británica intuía, antes incluso del éxito que le depararon singles como Rehab, You Know I'm No Good, Love Is a Losing Game o Back to black, que la fama también puede carbonizar a los más duros de mollera, y que su carácter y su sensibilidad para con la música (no mostraba querencia por los arreglos de post-producción) jamás aceptarían las tramposas veleidades de una industria que acaricia con hierro candente a sus productos.

    por Anónimo
    julio 15, 2015

    Crítica | Amy

    por Anónimo | julio 15, 2015

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