Muertos muy vivos
Primer capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.
Pasear por la Croisette en cualquier momento del día durante la celebración del Festival de Cannes es asistir a una pasarela del esteticismo más vacuo. No importa demasiado el rango, solo prevalece la apariencia, el cinismo de brocha gorda que, por otra parte, encaja a la perfección con la idiosincrasia de un certamen que presume, sin complejo alguno, de un elitismo estomagante, rebajado, por suerte por su verdadero y a veces difuso leitmotiv: el cine. Por supuesto, no hemos venido a subrayar lo ya marcado. La gloria de Cannes emerge de un mito construido durante décadas a priori inquebrantable. Cannes ahora mismo solo es el reflejo de lo que la sociedad demanda; la misma que se agolpa en los aledaños del Palais, esperando una instantánea que haga el día más llevadero o demandando una invitación, cartel y pajarita mediante, que le permita la entrada a este teatro de los sueños, donde algunos encuentran, valga la paradoja, a Morfeo en no pocas ocasiones. Es el resultado, todo hay que decirlo, de la exigencia que plantea un evento de estas características, que obliga al respetable a guardar colas de más de una hora bajo un sol castigador. No suena muy apetecible, ¿verdad? Más si los acreditados deben completar forzadamente su día con la elaboración de piezas y críticas que justifiquen su presencia en la Costa Azul. La decisión de la organización de eliminar del pase matutino de la película de competición y trasladarlo a la noche anterior –a las 22:00h— provocó una fuerte marejada entre la prensa que, con gran celeridad, fue solucionado abriendo de nuevo las puertas del Lumière a primera hora de la mañana como manda la tradición. En un universo que no para de innovar hay temas innegociables. Y Cannes, por encima de todo, es un festival para la prensa. Y esta necesita aire. Un respiro que, cinematográficamente hablando, llegó con la proyección de su cinta inaugural, The dead don’t die [crítica de Alberto Sáez]. Una propuesta de Jim Jarmusch ligera y desenfadada que contiene todos los códigos del cine del autor de Akron (Ohio) y cuya principal lectura se antoja como una antítesis de las primeras frases de este prólogo —y que tiene su extensión en el rostro de Bill Murray durante la gala inaugural—, a propósito de la identidad perdida de una sociedad abrazada al materialismo como único motor vital. Bienvenidos a la 72ª edición del Festival de Cannes | E.L.
por EAM
mayo 16, 2019
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