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    Andréi Konchalovksy
    Andréi Konchalovksy
    || Críticas | ★★★★☆
    Miguel Ángel (El pecado)
    Andrei Konchalovsky
    Lo divino, lo etéreo


    Emilio M. Luna
    Cáceres |

    ficha técnica:
    Italia, Rusia, 2019. Título original: «Il peccato». Dirección: Andrei Konchalovsky. Guion: Elena Kiseleva, Andrei Konchalovsky. Compañías: Production Center of Andrei Konchalovsky, Jean Vigo Italia, RAI Cinema. Música: Eduard Artemev. Fotografía: Aleksandr Simonov. Montaje: Karolina Maciejewska, Sergey Taraskin. Reparto: Yuliya Vysotskaya, Orso Maria Guerrini, Alberto Testone, Jakob Diehl, Glen Blackhall, Adriano Chiaramida, Massimo De Francovich, Antonio Gargiulo, Riccardo Landi, Francesco Gaudiello, Federico Vanni, Anita Pititto, Nicola De Paola, Alessandro Pezzali, Nicola Adobati, Simone Toffanin, Roberto Serpi, Salvatore Pulzella. Presentación oficial: Festival de Roma. Duración: 134 minutos.

    En el tramo final de su carrera, Andrei Konchalovsky ha ubicado su narrativa en los intersticios de eventos históricos; trascendiendo lo legendario, incluso lo mítico, para retratar el estado de incertidumbre en espacios geográficos y poblacionales estancos, cuyo tiempo parece haberse parado y sus habitantes, ajenos, se hallan a la deriva. En las magníficas El cartero de las noches blancas (Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna, 2014), Paraíso (Rai, 2016) y Queridos camaradas (Dorogie tovarishchi!, 2020), el cineasta ruso se aproximaba al reverso de la Guerra Fría/inicio de la carrera espacial soviética, el final de la II Guerra Mundial y a las revueltas laborales de Novocherkask en los 60, respectivamente, siempre de forma tangencial, a través de personajes que acababan siendo engullidos por el contexto. Un proceso madurativo en el que el horror o la constatación de su existencia ejercerán de percutor del cambio. Una evolución que tendrá una equivalencia formal muy definida, con una puesta en cuadro tan barroca como lírica, donde los individuos vagan como fantasmas en vida a través de espacios muertos. Precisamente, en este último período en la filmografía del cineasta ruso lo estético resulta esencial, tanto o más que lo teórico. Un nivel de depuración que, empero, lo acercan a un clasicismo del que huyó en la cumbre mediática de su trayectoria como realizador.

    Su penúltimo filme, Miguel Ángel (El pecado) (Il peccato, 2019), pese a ser una producción con hálito de encargo, emula la anatomía de sus anteriores trabajos para descubrir los espacios sombríos del Renacimiento italiano a través de la figura de una de sus claves: Michelangelo Buonarroti, Miguel Ángel, una de las referencias en arquitectura, pintura y escultura más importantes de la historia del arte. A través justamente de esta, conocemos a esta época como un segmento de luz y alta fecundación artística. Sin embargo, Konchalovsky opta por una imagen verista; ponzoñosa y degradada, pero, a la vez, y eso es lo mágico, bellísima de los dos escenarios sobre los que se ubica la acción: Florencia y Roma. Una desmitificación que alcanza al personaje principal, ya que muestra a un Miguel Ángel representado más que como a un virtuoso como a un superviviente. Supérstite de una coyuntura política y social inestable, marcada por la enemistad entre los Médici y los Della Rovere, los linajes nobiliarios que definían el destino del pueblo transalpino, roturados por la influencia de la autoridad papal, trasunto de emperador que dirigía la política interior y exterior del país desde el Vaticano. Entremedias, Miguel Ángel no solo deberá defender su trabajo ante los cambios, sino también tendrá que combatir contra él mismo. Devorado por la dilatada factura de la Capilla Sixtina y también por su estatus, acompañado de admiración pero también de rivalidades –asoma la confrontación con su némesis, Rafael— y autoexigencia, el pintor y escultor de Caprese se sumergirá en una introspección cercana a la esquizofrenia, donde solo a través del diálogo interior encontrará el alivio a su desesperanza.

    Así, la película de Konchalovsky, a través de su montaje, deliberamente abrupto cuando enfoca las obsesiones del creador –son continuos los contraplanos a las manos de los antagonistas—, se acerca al estado cercano a la locura de un hombre apasionado y clarividente en su trabajo, pero poco dotado para las relaciones sociales, que tenía en el tiempo a su gran enemigo. La muerte de su principal benefactor, el Papa Julio II –perteneciente al clan Della Rovere—, no solo resquebrajará la planificación de los proyectos acordados, sino que ejercerá de inicio de su última misión: el mausoleo al pontífice difunto por orden de la nueva autoridad, León X. Una tarea que le llevará al pueblo de Carrara para extraer el mármol necesario para esta empresa. Paralelamente a ello, Italia continuará con su división. Un hilo argumental que el director ruso cuidará como al rol principal. Porque, como comentábamos al inicio, el contexto, en realidad, es el gran protagonista del filme. Junto a las deslumbrantes recreaciones de la Florencia y Roma renacentistas, las referencias a los autores del momento son recurrentes. Desde Leonardo hasta Donatello, pasando por la sátira sexualizada de Aretino, el libreto escrito a cuatro manos por Elena Kiseleva y Konchalovsky le dedica su tiempo a pequeños detalles que resultan fundamentales para entender la resonancia de este atípico biográfico que sigue la estela de Bella y perdida (Bella e perduta, 2015) de Pietro Marcello, en el que lo mítico, lo fantástico y el dibujo coetáneo se entremezclan rompiendo las fronteras de la ficción. Como no podría ser de otra manera, Konchalovsky esculpe con mimo un atmosférico escenario —y en ocasiones escenas memorables, como la visita de Miguel Ángel a la habitación de Dante Alighieri, guía emocional del autor— en el que desvelar y desentrañar el alma de un genio. Un alma en el que convivían la virtud y la beldad pero también la duda y el tormento. ⁜


    Il peccato, Andrei Konchalovsky
    Presentada en la Festival de Roma.

    por Emilio M. Luna
    mayo 06, 2022

    Crítica | Miguel Ángel (El pecado)

    por Emilio M. Luna | mayo 06, 2022

    Cuerpos de lo histórico

    Crítica ★★★★☆ de «Queridos camaradas», de Andrei Konchalovsky.

    Rusia, 2020. Título original: Дорогие товарищи / Dorogie Tovarischi! Dirección: Andrei Konchalovsky. Guion: Andrei Konchalovsky, Elena Kiseleva. Producción: Alisher Usmanov, Andrei Konchalovsky Studios (Andrei Konchalovsky). Montaje: Sergei Taraskin, Karolina Maciejewska. Diseñador de producción: Irina Ochina. Fotografía: Andrey Naidenov. Sonido: Polina Volynkina. Efectos visuales: Alexander Serkov, Simon Assekritov. Diseño de vesturario: Konstantin Mazur. Reparto: Julia Vysotskaya, Vladislav Komarov, Andrei Gusev, Yulia Burova, Sergei Erlish. Duración: 120 minutos.

    El primer acto de Dear Comrades! llega a su fin cuando una masa de trabajadores se apelotona ante el Ayuntamiento de un pequeño pueblo de provincias. Amenazan con entrar en el edificio, alentados por la gravedad de su protesta: han vuelto a subir los precios de los alimentos y sus representantes no están respondiendo a sus reclamaciones. La tensión crece y, al cabo de unos minutos, el caporal de la policía ordena a sus hombres disparar contra la multitud. La acción nos sitúa algo lejos, en un parque tranquilo, acompañando a cuatro funcionarios cansados, que han huido del lugar. Sí oímos los disparos, pero con la potencia de unas palomitas o unos petardos al chocar contra el suelo. Solo caeremos en la cuenta de la gravedad de la situación cuando Lyudmila (Julia Vysotskaya) eche a correr, espantada, hacia donde proceden los tiros: su hija se encuentra entre los manifestantes. Lo que sigue va a recordarnos otra masacre popular en territorio soviético. Son pequeños fogonazos de muerte, que abaten a ciudadanos de forma aleatoria, como sin querer, como si los disparos que hacia ellos se dirigen no tuvieran objetivo alguno, como si fueran en realidad balas perdidas. La gente va cayendo sin que veamos los rifles, ni tampoco las caras detrás del gatillo. Un vendedor ambulante con su puestecito, en la retaguarda, una peluquera que muere entre violentos espasmos. Finalmente nuestra protagonista entra en escena, ayudando a dos mujeres; una de ellas ha recibido un balazo en la pierna: le practican un torniquete, con dificultad, para ponerla a salvo... Hasta que otra bala perdida atraviesa el cristal y acaba con ella. La masacre de Novocherkassk (2 de junio de 1962) se nos relata con una meticulosidad violenta y específica. Son planos abiertos y largos, que tienen hasta un punto periodístico, pero que, por su gratuidad y carácter explosivo, nos acercan al reino de lo absurdo, al disparate y a la broma.

    Podríamos definir la caída de los ideales soviéticos como una «gran broma», por lo menos en la diégesis de «escrupulosa autenticidad histórica» que Andrei Konchalovsky ha construido para su último filme. Un dislate alargado y triste que acabó con las vidas de tantísimas personas, pero que, al fin y al cabo, no es más que el fin de una ilusión, un chiste malo; así lo encara el padre de Lyudmila, un exoficial al que ya nada parece importar y que ha decidido retirarse en sus aposentos para reírse del mundo y desempolvar viejos documentos. También ella podría acomodarse en la parcela que le ha sido destinada en esta debacle política, en la que proclamar insignias revolucionarias parece suficiente para ostentar un cargo. Pero la desaparición de su hija le ha transmitido el virus que transportaba la multitud airada, resquebrajando a su paso los fundamentos de la teología política que ha guiado toda su vida. No es la primera cinta de Konchalovsky en tratar una pérdida de fe, un viaje hacia el vacío ideológico; de hecho, Dear Comrades! funciona con facilidad como reverso socialista del fin del sueño nazi de Paraíso (2016). En ambas películas, la vocación política de dos políticos entregados se ve puesta en duda por las acciones del mismo sistema para el que trabajan, una caída que acaba con lo más íntegro de su ser. Formalmente, el mecanismo de enajenamiento personal de ambas películas es similar: recurrir al juego con la fragmentación y el desmembramiento de la figura humana para sustraerla de sus principios más esenciales. Relegar a les intérpretes al margen inferior de la pantalla, medio ocultos, seccionarles por la mitad entre el dentro y el fuera de campo (por la cabeza, de rodillas para abajo…), fraccionarles de forma aún más minuciosa y cubista con la ayuda de espejos. O, simplemente, aislarles en metacuadros, compartimentados entre marcos de puertas, paredes y ventanas.

    Las diferentes formas de habitar el espacio son un elemento expresivo central en el díptico de los absolutismos que conforman tanto Paraíso como Dear Comrades!. Cómo ocupan el campo los oficiales y altos cargos es, en esta última cinta, radicalmente diferente a cómo Konchalovsky juega con los cuerpos del pueblo. El poder político es recto, frío, se muestra solo en alineaciones estáticas, opacas en su uso de la composición de cuadro a base de líneas diagonales de bustos parlantes, estatuas monologantes de pie… El tratamiento visual sería parecido al de los hieráticos familiares de El gatopardo de Visconti, si no fuera porque en ocasiones se traspasa la frontera de lo rígido para llegar a un repunte cómico, del que no se salvan ni los ancianos cascarrabias ni los jóvenes soldaditos que los vigilan. En el extremo contrario quedan les individuos de la masa trabajadora, cuyos cuerpos se esparcen y repliegan en movimientos erráticos, como una bandada de pájaros en pleno vuelo. Todos equiparados bajo el look aplastante de la fotografía de Andrey Naidenov, de carácter digital y anti-fotogénico, que se cierra al artificio empático y nos constriñe a un imaginario de corte fotoperiodístico, donde toda la información queda al mismo nivel. Por ello, y en un breve meandro, conviene destacar otro de los aspectos más relevantes en lo que respecta al impacto discreto de esta puesta en escena dicotómica: un diseño de producción que cuida que el poder político se vista de mármol, con sus uniformes totalmente lisos e impolutos, mientras que el pueblo va arrugado, siempre con un punto maltrecho e integrado en las abarrotadas paredes de papel pintado que lo acompañan.

    por Mariona Borrull Zapata
    julio 04, 2021

    Crítica | Queridos camaradas

    por Mariona Borrull Zapata | julio 04, 2021
    Natalie Portman

    Memoria histórica

    Crónica de la octava jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Abordar figuras trágicas no suele ser fácil. Y cuando estas arrastran tras de sí una leyenda maldita el peligro de pervertir una visión íntima y desprejuiciada con la perspectiva consciente del tiempo puede llevar al traste las buenas intenciones. Era uno de los temores primordiales previos a Jackie (80/100). La última cinta de Pablo Larraín se ha presentado esta mañana en la Mostra con mucha expectación tras el exitoso paso de Neruda por la Croisette y con el importante añadido de tener como productor a otra fuerza creativa notable: Darren Aronofsky. Él mismo fue el que le ofreció al chileno encargarse de este proyecto, con la única condición de Natalie Portman fuera la protagonista. La decisión no podía ser más acertada, y la simbiosis que la actriz experimentó en Cisne negro ha vuelto a producirse. La mirada introspectiva con la que se estudia a Jackie Kennedy refleja la complejidad de una mujer a la que el mundo calificó de fría. Larraín, poco amigo de sentimentalismos, evoca una sensación incómoda muy subrayada por la compositora Mica Levi (autora también de la sonoridad de Under the Skin de Jonathan Glazer), que aquí sigue apostando por tracks donde la extrañeza y el misterio enrarezcan todos los sentimientos extrapolados. A través de Portman, uno puede atisbar parte de la inmensa desesperanza del personaje, de la tristeza contenida y agotamiento que el rostro de la actriz contiene siempre en el límite y que, a veces, lleva a una suerte de exageración teatral cuando las cámaras entran en las estancias de la Casa Blanca para presentarle al mundo aquello que hasta hace poco perteneció a su difunto marido. Larraín, traicionado en ocasiones por la morbosidad, contrapone una cara pública y falsamente complaciente a otra resentida y cínica que se mueve ebria por las habitaciones mientras en el tocadiscos suena la canción preferida de su esposo, el final del musical Camelot. Es la imagen de una mujer que ha perdido la ilusión. Jackie es un retrato crepuscular imbuido de nostalgia y anhelo sobre la pérdida dolorosa de un tiempo en el que los ideales todavía eran algo tangible y que hombres como John Fitzgerald encarnaron a la perfección, erigiéndose a su muerte los recuerdos de promesas que nunca llegarían a cumplirse. En ellos quedará materializada para siempre la memoria de ese Camelot que moriría con Mrs. Kennedy.

    El conmovedor retrato de Larraín ha tenido su réplica con The Journey (60/100), la cómica especulación de Nick Hamm sobre la conversación que llevó a los dos archienemigos de la política irlandesa, Martin McGuinness e Iain Paisley, a terminar forjando un trato de paz aparentemente imposible y una amistad por la que se les acabaría conociendo como The Chuckle Brothers. Sin ser un alarde de dirección, la película se beneficia de un tema y unas figuras que a los anglosajones les toca de cerca y que ha definido su Historia de manera imborrable; pero, sobre todo, se ve elevada por un casting impecable donde Timothy Spall borda la terquedad del veterano Paisley. Hamm, más conocido por ser artífice de aquella entretenida tontería que era The Hole con Thora Birch, ha recurrido aquí a unos mañas teatrales bastante caricaturescas que, en sus evidentes metáforas, restan bastante eficacia a un guion por otro lado bastante interesante, que apela a una percepción muy vigente sobre esos políticos incapaces de dar su brazo a torcer (eso los españoles lo sabemos bien) aunque eso conlleve perjuicios para la propia población que gobiernan. Ese concepto que tan bien retrata The Journey, habla de algo en lo que uno desea creer desesperadamente. Que dos políticos, por muy distintos que sean, por mucha animadversión que se tengan, deben ser capaces de limar asperezas para tomar decisiones por un bien común que trascienda orgullos personales. Es un optimismo mediocremente plasmado pero estamos tan faltos de él que es harto difícil no dejarse conquistar por el mismo, aunque sea un poco.

    por Unknown
    septiembre 10, 2016

    Mostra de Venecia 2016 (VIII) | Críticas: Jackie / Austerlitz / Planetarium / Paradise / The journey

    por Unknown | septiembre 10, 2016

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