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    Americana 2023
    Americana 2023
    || Críticas | Americana 2023 | ★★☆☆☆
    BODIES BODIES BODIES
    Halina Reijn
    Y no quedó ninguna


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos. 2022. Dirección: Halina Reijn. Guion: Sarah DeLappe. Historia: Kristen Roupenian. Producción: Ali Herting, David Hinojosa. Fotografía: Jasper Wolf. Montaje: Julia Bloch, Taylor Levy. Música: Disasterpeace. Reparto: Amandla Stenberg, Maria Bakalova, Rachel Sennott, Myha'la Herrold, Pete Davidson, Chase Sui Wonders, Lee Pace, Conner O'Malley.

    Un grupo de post-adolescentes con muchas ganas de desmadre, alguna que otra compañía dudosa y una mansión aislada para ellos solos (¡peligro!) son los ingredientes principales de Bodies Bodies Bodies. Añade alguna que otra rencilla entre ellos y una alerta inminente de huracán y lo que tienes entre manos es, claramente, la antesala de una catástrofe. El filme de la realizadora holandesa Halina Reijn es un explosivo, preparado para detonar en algún momento, aunque no se sepa el cómo ni el cuándo pasará. Ni siquiera el por qué, aunque se hace el amago de apuntar hacia algunas hipótesis a lo largo de la película. Cuando Sophie (Amandla Sternberg) y su nueva novia Bee (Maria Bakalova) llegan al caserón donde se desarrollará toda la acción, se encuentran con que la fiesta ya ha empezado. Por la forma en la que son recibidas por los «amigos» de Sophie, se deja entender que algo no marcha bien. Aparte de Bee, que se desmarca del resto del grupo por su origen más humilde y su carácter inhibido, también desentona la presencia del cuarentón Greg (Lee Pace), un nuevo amorío de una de las compañeras, unos 15 años mayor que los demás y con un pasado algo enigmático. El recelo que ambos generan en el clan se supone que debe despertarnos, igualmente, algún tipo de alarma. Sin embargo, no tardaremos en darnos cuenta que, como que la novela de misterio de Agatha Christie de la que tomo prestado el título (eso es, el título políticamente correcto, menos mal que lejos quedaron esos Diez negritos originales), en la película de Reijn no podemos fiarnos de ninguno. Afuera, el temporal empieza, y dentro de la mansión sigue la fiesta, mientras el alcohol y las drogas fluyen sin control. La película se convierte durante unos instantes, en un videoclip con banda sonora de Slayyyter, Shygirl o Charli XCX. O así es hasta que Sophie hace parar la marcha, y la música a tope, para proponer un juego: bodies bodies bodies. La mecha queda, así, prendida.

    La primera media hora funciona como presagio de lo que está por venir. A partir del momento en el que se explica en qué consiste el juego (una especie de versión macabra del juego del Lobo y los aldeanos), el dispositivo narrativo de la propia película queda más que evidenciado y ya solo es cuestión de tiempo para que los muertos en el inocente party game se conviertan en cadáveres de verdad. En este impasse, un detalle interesante: una vez los plomos de la luz saltan y todo queda a oscuras, ya entrada la noche, los móviles que las jóvenes no dejan ni un segundo, empezarán a tomar más importancia, convirtiéndose la luz que estos emiten en un elemento visual imperioso. No obstante, aunque existan buenas ideas a nivel formal, Bodies Bodies Bodies está demasiado obcecada en presentarse a sí misma como una especie de irreverente Cluedo en versión zillennial, a modo de sátira algo vacía a toda una generación marcada por el lenguaje del tweet fuera de contexto y un exagerado victimismo. Este último punto, remarcado aquí hasta la saciedad, vale decir que quizás queda justificado en este caso, ya que al fin y al cabo estamos hablando de víctimas reales en un slasher. Pero, a nivel de su potencia como filme de misterio, como espectadoras no hemos pasado suficiente tiempo con ellas como para entender del todo qué motiva sus riñas, envidias, rencores,... Y aún menos como para jugar juntamente a ellas a adivinar quién es el o la homicida.

    El mayor acierto de la película es, sin duda, la elección del casting. No hace falta ahondar mucho en internet para darse cuenta de que Pete Davidson, chico cómico y problemático, se adapta aquí a un papel que le va al dedillo, así como la sobresaliente Rachel Sennott que, tras brillar en la reciente Shiva Baby, parece haberse proclamado el rostro de su generación. Entre otros, destacan también una muy pertinente Maria Bakalova en su papel de corderito de Europa del Este enfrentada a una horda de jóvenes estadounidenses consentidas, o incluso un Lee Pace que abraza muy autoconscientemente su condición de daddy (en el sentido sexualizador del término) para toda una generación mucho más joven que él, como lo son las protagonistas. Sin embargo, aunque la película lucha por no quedarse en el chascarrillo del clickbait, o en el drama juvenil fácil, no llega a conseguir superar esa barrera. Una vez desvelado el primer giro de guion, el resto de metraje es previsible, como las réplicas de un terremoto que, progresivamente, van perdiendo fuerza. Hablando de temas de cierta actualidad (roles de poder en las relaciones, masculinidades problemáticas, una juventud sin rumbo…), no llega a proponer nada al respecto, ni desarrolla sus personajes de modo que sean especialmente empatizables. La nueva propuesta de A24 se queda en una película bien resultona a nivel formal pero, más allá de la sombra de lo que parece prometer en un inicio, poca cosa más.


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    marzo 28, 2023

    Crítica | Bodies Bodies Bodies

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | marzo 28, 2023
    || Críticas | Americana 2023 | ★★★★☆
    Emily the Criminal
    John Patton Ford
    Nada que perder, todo por ganar


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Emily the Criminal». Dirección: John Patton Ford. Guion: John Patton Ford. Producción: Tyler Davidson, Aubrey Plaza, Drew Sykes. Productoras: Low Spark Films. Fotografía: Jeff Bierman. Música: Nathan Halpern. Montaje: Harrison Atkins. Reparto: Aubrey Plaza, Theo Rossi, Jonathan Avigdori, Bernardo Badillo, Megalyn Echikunwoke, Gina Gershon. Duración: 95 minutos.

    La de Aubrey Plaza está siendo una de las trayectorias como actriz más curiosas e interesantes de su generación. La descubrimos formando parte de la cantera de la célebre sitcom Parks and Recreation, junto a otros cómicos como Chris Pratt, Nick Offerman o Amy Poehler, y pronto se convertiría en presencia recurrente en un puñado de interesantísimas comedias indies –Scott Pilgrim contra el mundo (Edgar Wright, 2010), Seguridad no garantizada (Colin Trevorrow, 2012), Ingris Goes West (Matt Spicer, 2017) ...– que explotaron una personalidad sarcástica y extravagante, potenciada por un físico de lo más particular. La oscurísima Black Bear (Lawrence Michael Levine, 2020) ya nos dejó ver unos registros hasta entonces ocultos de una actriz que aún tiene mucho (y muy diferente) que ofrecer, y ha sido 2022 el año de su despegue definitivo como la gran intérprete que siempre ha sido, fundamentalmente, gracias al enorme éxito de la segunda temporada de la serie de HBO The White Lotus, y, en menor medida, a su aplaudida actuación en esta Emily the Criminal, inédita en las salas de cine españolas, que puede ser descubierta a través de la plataforma digital Movistar Plus+. No deja de ser una verdadera lástima que una cinta que ha gozado de entusiastas críticas a su paso por Sundance y que ha optado en cuatro categorías importantes en los Independent Spirit Awards –dirección novel, guion novel, actriz protagonista y actor secundario– no haya tenido la oportunidad de pasar por la gran pantalla, ya que suponía una muy atractiva alternativa a tanta película de superhéroes, secuela o remake que evidencia la cada vez más preocupante falta de ideas que azota a Hollywood. John Patton Ford entrega con ella una excelente ópera prima, dotada de un prodigioso guion del que también él mismo firma, y que esconde, bajo su apariencia de electrizante thriller criminal, una agresiva crítica al agresivo mercado laboral estadounidense, mostrando a su protagonista, la Emily del título, más como una tenaz superviviente de un sistema en el que «o comes o te comen» que como una estafadora verdaderamente vocacional.

    Emily no ha tenido la suerte de nacer en el seno de una familia adinerada y, superados los 30, aún arrastra las deudas de préstamos adquiridos durante su época de estudiante en Nueva Jersey. Su bajo sueldo como repartidora en una empresa de catering es insuficiente para hacer frente a todos sus gastos y vive en un apartamento de esa jungla urbana que es Los Ángeles junto a dos compañeros a los que casi no conoce. Por si fuera poco, unos antecedentes con la justicia, por agresión a una ex pareja con la que mantenía una relación tóxica cuando era joven, no solo han impedido que acabase la universidad, sino que suponen una mancha difícil de obviar por los entrevistadores para los distintos empleos a los que trata de aspirar, algo que hace que su sueño de ser diseñadora gráfica parezca una meta casi imposible de alcanzar. Ante este poco alentador panorama, Emily no puede evitar aprovechar una enigmática oportunidad que se le presenta y que le promete ganar la cifra de 200 dólares en tan solo una hora. Este es el punto de partida de un filme que expone una situación ciertamente dramática y con la que gran parte de la audiencia puede sentirse identificada. Las dificultades para llegar a final de mes, la precariedad laboral, la estigmatización por errores del pasado... hay mucho de denuncia social en Emily the Criminal y, tal vez por eso, el guion nunca juzga a su protagonista por las cuestionables decisiones que toma, ya que son fruto de la desesperación ante un sistema que le cierra todas las puertas. Por otro lado, descubre que no se le da nada mal la vida criminal y cae seducida por la facilidad de conseguir importantes sumas de dinero, de manera rápida, dentro de una red de estafas con tarjetas de crédito. La película muestra, de forma paralela, cómo Emily va aceptando encargos cada vez más grandes (y peligrosos), y cómo escala peldaños dentro de la organización, involucrándose sentimentalmente con uno de los dos hermanos libaneses que le dan la oportunidad de vivir del engaño. El libreto de Patton Ford, en definitiva, plantea que cualquiera puede convertirse en un delincuente si la ocasión se presenta cuando has tocado fondo.

    Emily the Criminal, en su ajustadísima hora y media de metraje, ofrece un vibrante thriller en el que la sensación de angustia y auténtico peligro se sienten palpables, gracias a la veracidad que la magnífica Plaza aporta a una actuación dramática cargada de matices, totalmente alejada de aquellas salidas de tono cómicas que la encumbraron a la fama. Ella soporta sobre sus hombros (y una hipnótica mirada capaz de transmitir toda la adrenalina necesaria) una función en la que el resto de personajes tienen poca cancha para brillar, si bien Theo Rossi está muy bien como el amante y mentor de la protagonista. El director dirige con idéntico dinamismo las secuencias de los «trabajos» de Emily con las falsas tarjetas de crédito –fantástica esa incursión en el concesionario de coches de alta gama, donde solo dispone de ocho minutos para salir del lugar con un coche comprado, antes de que se descubra el engaño– y aquellos momentos, más mundanos, que muestran la vida cotidiana de la chica, su búsqueda de un trabajo mejor y los continuos baches que va encontrando en el camino. En este sentido, destaca la escena de la entrevista concertada por su mejor amiga con su jefa en la agencia de publicidad para la que trabaja. El dibujo que realiza la espléndida Gina Gershon en este brevísimo papel de directora de una empresa, carente de empatía o escrúpulos a la hora de proponerle a Emily ser una becaria a jornada completa, sin percibir un solo dólar durante, mínimo, los primeros seis meses, es, por desgracia, perfectamente reconocible dentro del complicado panorama laboral actual. Grandes empresas que se aprovechan de la delicada situación económica de muchas personas para hacerles trabajar el mayor número de horas por la mínima remuneración posible. Esta realidad queda muy bien plasmada en Emily the Criminal, la historia de una mujer que comienza a delinquir con la única intención de pagar sus viejas deudas para poder comenzar de nuevo, pero que rápidamente se ve atrapada en un submundo del que no es tan fácil volver a salir. John Patton Ford se ha ganado nuestra atención con este primer trabajo tras las cámaras y esperamos grandes cosas de él en el futuro, pues su película es de las que hacen que amemos el buen cine independiente norteamericano, ese que cuenta historias inteligentes y sugestivas, que calan en el espectador gracias a sólidos guiones y excelentes actores que desaparecen dentro de sus complejos personajes como la hace la enorme Aubrey Plaza en su desesperada Emily.


    por José Martín León
    marzo 28, 2023

    Crítica | Emily the Criminal

    por José Martín León | marzo 28, 2023
    || Críticas | Americana 2023 | ★★☆☆☆ ½
    El club del odio
    Beth de Araújo
    Blanca barbarie


    Juan Velis
    Buenos Aires (Argentina) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Soft & Quiet. Dirección: Beth de Araújo. Guion: Beth de Araújo. Compañías productoras: Blumhouse Productions, Second Grade Teacher. Música: Miles Ross. Fotografía: Greta Zozula. Montaje: Lindsay Armstrong. Reparto: Stefanie Estes, Olivia Luccardi, Eleanore Pienta, Dana Millican, Melissa Paulo, Jon Beavers, Cissy Ly, Nina E. Jordan, Jayden Leavitt, Shannon Mahoney, Jovita Molina, Rebekah Wiggins. Duración: 91 minutos.

    La ópera prima de la realizadora norteamericana Beth de Araújo (de madre de raíces chinas y padre nacido en Brasil) empieza con un primerísimo plano de Emily (Stefanie Estes), una radiante maestra de kindergarden, notoriamente angustiada y frustrada. Está en el baño, desplomada en el inodoro. De pronto, levanta ante sus ojos un test de embarazo. La película introduce un atrayente primer enigma, ante la no evidencia certera del resultado de dicho test: ¿su desazón se debe a la fatalidad de un imprevisto embarazo no deseado o a la recurrente imposibilidad por concretarlo? El misterio no demorará mucho su resolución, acaso demasiado repentina.

    Es que Soft & Quiet presenta rápidamente a sus personajes, a través de una asertiva cámara en mano que articula un plano secuencia sostenido de principio a fin (con sus respectivos trucos de montaje para concretar el efecto), imponiendo un contexto de interrelación tal que no hace otra cosa que derribar cualquier vestigio de enigma y misterio latente. Lejos queda aquella primera acuciante intriga preliminar, punto central de caracterización de personaje que se retomará oportunamente, para dar paso al relato de un grupo de mujeres que se conocen poco, pero que no precisan de la constitución de un vínculo afectivo para afianzar su comunión. Las une la visión político-ideológica del mundo, una no tan sorprendente como podría esperarse. Hay una reunión secreta, clandestina, casi sectaria, en una capilla; y luego una serie de contingencias tan truculentas como descabelladas. Conviene no adelantar mucho más de la trama, salvo advertir que se trata de una película muy ágil y audaz pero a la vez exasperante, tan tajante en su visión crítica como predecible.

    Beth de Araújo decide abordar un tópico habitual en el cine de género actual, tendiente a generar un automático impacto revulsivo y a la vez crítico en las audiencias: el odio acérrimo y resentimiento social de clase, expuesto aquí de manera explícita. La narrativa sitúa el punto de vista en un puñado de fervientes supremacistas blancas pro-Trump, que enfatizan indignadas que las marchas del Black Lives Matter y los enérgicos feminismos del Time’s Up están derrumbando terminantemente el esquema tradicional de la familia como histórica institución simbólica.

    Próxima a abordajes satíricos recientes de tópicos semejantes —la obscena distinción entre ricos y pobres, los republicanos versus demócratas—, Soft & Quiet fuerza el reenvío a populares estrenos como El menú (The Menu, Mark Mylod, 2022), El triángulo de la tristeza (The Triangle of Sadness, Ruben Östlund, 2022), o la menos masiva e independiente La caza (The Hunt, Craig Zobel, 2020). El debut de Araújo comparte con estos títulos —que también abrazan los horizontes estéticos del horror— la característica común de fijar sus propósitos conceptuales de manera bien declamada y pronunciada. Hay lugar, no obstante, para ciertas discordancias internas: las categóricas motivaciones o impulsos de sus protagonistas, conducidas por el odio de clase, parecen anunciar cierto estallido final que se adivina pirotécnico y sanguinario; pero la cámara, tan movediza como furtiva, opta en varios momentos por el fuera de campo, acentuando ciertos gestos o acciones puntuales desde el sonido (un tremendo alarido en el momento de un golpe, por ejemplo) que bloquean así la estilización en forma de violencia gráfica.

    Otro punto acaso problemático es este exceso de afirmación de lo impiadosamente real en la naturaleza patente de sus personajes, que pasan de aparentar ser estrategas intelectuales a salvajes fieras adoctrinadas, blanca barbarie. Esta es ciertamente la representación que la directora quiere ofrecer de este equipo como recorte de un concepto de modelo social global y generalizado. Pero el problema es que, finalmente, no hay subtexto posible, como tampoco hay concatenación de vértigo o persecuciones magníficamente orquestadas.

    Aún sin la necesidad de salpicar sangre y vísceras como búsqueda de una estetización extrema, la película (d)enuncia a modo de reafirmación el horror próximo de lo real: ese implacable desmoronamiento ético-social que nos llevará a la propia destrucción y que podríamos encuadrar bajo la concepción de la más descarnada misantropía. ¿Acaso el cine misantrópico es plausible de ser comprendido como una crítica voraz y aguda al sistema? ¿Merece este tipo de arrojos a la sátira política, deudora de rasgos estilísticos del horror, un reconocimiento apropiado? A lo mejor sí, y esta primera aventura de Beth de Araújo podría significar un inicio prometedor. Pero también se admite la duda y la desconfianza ante ciertos tratamientos que exponen tan desmesuradamente estos arquetipos enfrentados en pos de reiterar un panfleto político que muchas veces nos termina haciendo confluir en las contradicciones: más allá de las ideologías y trasfondos de pertenencia de clase, la conclusión común es que la desdichada humanidad merece la urgente extinción. El regodeo en el odio formal hacia el ser humano como un horizonte privilegiado para el cine de horror contemporáneo resulta tan eficaz como polémico y controvertido.

    En Soft & Quiet lo único verdaderamente «suave» y «tranquilo» es la reservada estratagema que Emily introduce con una mueca de indisimulado orgullo al explicarle a sus compañeras que «deben ideologizar a la población de manera suave y solapada…». En definitiva, estamos ante una concatenación de acentuados gestos de crueldad, mordacidad y patetismo en personajes que, de tan salvajes, casi que relativizan la atrocidad de sus discursos. Se trata de un sucio camino de diálogos arteros y racistas que no puede más que desembocar en la efectivización física de esa carga de represión moral: como resultado, tenemos una declaración cinematográfica misantrópica que saca a relucir lo más salvaje e inescrupuloso de la preeminencia del ser humano en el mundo (y la fuerza infranqueable de un pérfido y latente ideario conservador que en amplios sectores sigue más vivo que nunca). Con todo, es una película despojada de artificios y efectismos, en donde la caracterización de personajes constituye el punto más atractivo y, a la vez, el más problemático de la cuestión.


    por Juan Velis
    marzo 19, 2023

    Crítica | El club del odio

    por Juan Velis | marzo 19, 2023
    || Festivales |
    Americana 2023
    Introducción
    Ten F*cking Years.


    Emilio M. Luna
    Barcelona |

    por Emilio M. Luna
    marzo 07, 2023

    Americana 2023 | Ten F*cking Years (Anotaciones sobre su programación)

    por Emilio M. Luna | marzo 07, 2023

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