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    Beth de Araújo
    Beth de Araújo
    || Críticas | Sundance 2026 | ★★★★☆
    Josephine
    Beth de Araújo
    No retorno


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «Josephine». Presentación: Festival de Sundance 2026. Dirección: Beth de Araújo. Guion: Beth de Araújo. Producción: Free Association / Kaplan Morrison / Kinematics / Spark Features. Fotografía: Greta Zozula. Música: Miles Ross. Montaje: Anisha Acharya, Nico Leunen y Kyle Reiter. Diseño de producción: Tom Castronovo. Dirección artística: Ayesha Janmohammed. Reparto: Mason Reeves, Channing Tatum, Gemma Chan, Philip Ettinger, Syra McCarthy, Eleanore Pienta, Michael Angelo Covino. Duración: 114 minutos.

    El plano subjetivo en el cine es aquel en que la mirada de un personaje se corresponde con la de la cámara, por lo que aquel está fuera de campo, ocupando el lugar de esta, y la pantalla muestra entonces lo que, en principio, vería ese personaje. Por lo general, en este tipo de planos, la cámara es al hombro, para plasmar mejor lo que vería un personaje cuya mirada también es móvil, inestable, y se puede prolongar el efecto más o menos según, en una misma secuencia, en un momento determinado, se quiera cambiar el punto de vista, o no. En este último caso, esa visión subjetiva dura todo lo que dure la escena en cuestión (como ocurre a menudo en la obra de Brian de Palma), o incluso el metraje entero, pues existe algún ejemplo clásico al respecto, como La dama del lago (1947), y algunos más recientes y complejos, como las impresionantes Enter the Void (2009) o Nickel Boys (2024). Más frecuente es, sin embargo, el subjetivo limitado en el tiempo, para producir un efecto concreto en la acción o el drama, cuando no responda a una pura variación estética. El cambio de perspectiva, con todo, suele quedar aquí en anodino, pues en estos casos la vuelta a la normalidad, por decirlo de alguna manera, resitúa al espectador en su visión habitual de los referentes, sin que el subjetivo anterior la haya condicionado en un sentido dramático. Pues bien, en Josephine tenemos una llamativa y lograda excepción de esta regla, porque el uso del subjetivo, desde el principio del metraje, en una primera escena que a priori no tiene mayor repercusión, sí va a condicionar el meollo narrativo. Ese primer uso va a justificar, en lo estilístico de la puesta en escena (al tener un antecedente formal, resulta luego más orgánico), su uso posterior, que enseguida adquiere también un gran sentido dramático.

    Esta película es la segunda de Beth de Araújo, tras realizar otro largometraje que ya gustó bastante a quien esto escribe, El club del odio, aunque ahí la arriesgada opción formal, con un único plano secuencia, quizá tomaba demasiada delantera sobre el contenido dramático. En esta segunda película, ganadora en el festival de Sundance, la correspondencia entre fondo y forma está más depurada, partiendo de ese uso inteligente del subjetivo. En concreto, es así cómo se plasma en pantalla la premisa del drama: el de una niña que, una mañana en un parque (no cualquiera, sino el parque del Golden Gate, pues la acción se ambienta en San Francisco), presencia una agresión sexual cometida por un desconocido contra una desconocida. Durante esos instantes se ha alejado de su padre, aunque este enseguida vuelve para protegerla, y el resto de la historia gira en torno a las secuelas traumáticas de la niña y cómo afecta a la relación con sus padres. Una premisa tan tremenda dota de ingredientes suficientes al conjunto del metraje para que este tenga siempre un conflicto subyacente y una tensión latente, sin más añadidos, de tal manera que escenas a priori cotidianas (la compra en un supermercado, el recreo en la escuela, un desayuno familiar, etc.) derivan hacia la incomprensión o la violencia, contándonos en el seno de una familia norteamericana lo que podría acontecer en cualquier otra, pues ninguna está libre de tal experiencia. De hecho, al igual que en su anterior película, Araújo (autora igualmente del guion, inspirado en algunas de sus propias experiencias) incide aquí en el retrato del extremismo personal en Estados Unidos, de las pulsiones de muchos ciudadanos de una sociedad enferma que pueden estallar en cualquier momento, en arrebatos de odio y de abuso. Lo interesante de Josephine es, precisamente, que lo hace desde la mirada de una niña hasta entonces inocente y bien atendida, con dos padres que la quieren, en un hogar cómodo, con sus compañeros de colegio y sus aficiones deportivas.

    Para interpretar a esta niña, el casting cuenta con Mason Reeves, en su primer papel en el cine. Su interpretación se aleja de otras infantiles del cine dramático, porque es mucho más interiorizada, casi inexpresiva en largos trechos del metraje, aunque esto supone un acierto. Y es que así ciñe al interior del personaje ese sufrimiento que arrastra desde el crimen del que ha sido testigo, cuya sola vivencia nos lleva a interpretar cada gesto y cada mirada de Josephine de una manera completamente distinta a cómo lo haríamos en otras circunstancias, aunque el gesto y la mirada sean los mismos. Es sabido que a un niño se le dirige de forma muy distinta a un actor adulto, pues las instrucciones suelen ser más concretas y no se trabaja tanto el proceso interno, pero aquí da la impresión de que Reeves ha sido dirigida igual que un adulto, y eso se transmite en la madurez de una interpretación que, de repente, la exige afrontar una situación impropia de su edad. Araújo acierta asimismo en su trabajo con los otros dos actores principales, Channing Tatum y Gemma Chan, en los roles del padre y de la madre respectivamente, confirmando que el primero también es un actor dotado para el drama, aunque sea más conocido por sus papeles en los géneros de la comedia y la acción. Toda esta labor actoral es importante en una historia intimista cuyo impulso narrativo, como decíamos, viene esencialmente de un solo hecho, sin perjuicio de que luego sobrevengan incidentes derivados. Pero, además, si la dirección de actores es una de las grandes patas de la dirección total, la otra, la técnica, no se queda atrás. Al plano subjetivo se suman otras decisiones de puesta en escena, como en la discusión en torno a una mesa de los padres de Josephine con la policía o en la escena en el juzgado hacia el final, que se alejan del convencionalismo. Quizá no son del todo coherentes con una única visión formal, pero son efectivas y revelan la ambición de una cineasta que no teme abordar temas peliagudos y hacerlo con un tratamiento disruptivo y provocador, sin caer en el sensacionalismo. Josephine consigue todo eso y más, mostrándonos un punto de vista no insólito, pero sí curioso, igual que el de una niña que va descubriendo lo que la rodea en un mundo para el que no está preparada. ♦


    por Ignacio Navarro
    febrero 11, 2026

    Crítica | Josephine

    por Ignacio Navarro | febrero 11, 2026
    || Críticas | Americana 2023 | ★★☆☆☆ ½
    El club del odio
    Beth de Araújo
    Blanca barbarie


    Juan Velis
    Buenos Aires (Argentina) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Soft & Quiet. Dirección: Beth de Araújo. Guion: Beth de Araújo. Compañías productoras: Blumhouse Productions, Second Grade Teacher. Música: Miles Ross. Fotografía: Greta Zozula. Montaje: Lindsay Armstrong. Reparto: Stefanie Estes, Olivia Luccardi, Eleanore Pienta, Dana Millican, Melissa Paulo, Jon Beavers, Cissy Ly, Nina E. Jordan, Jayden Leavitt, Shannon Mahoney, Jovita Molina, Rebekah Wiggins. Duración: 91 minutos.

    La ópera prima de la realizadora norteamericana Beth de Araújo (de madre de raíces chinas y padre nacido en Brasil) empieza con un primerísimo plano de Emily (Stefanie Estes), una radiante maestra de kindergarden, notoriamente angustiada y frustrada. Está en el baño, desplomada en el inodoro. De pronto, levanta ante sus ojos un test de embarazo. La película introduce un atrayente primer enigma, ante la no evidencia certera del resultado de dicho test: ¿su desazón se debe a la fatalidad de un imprevisto embarazo no deseado o a la recurrente imposibilidad por concretarlo? El misterio no demorará mucho su resolución, acaso demasiado repentina.

    Es que Soft & Quiet presenta rápidamente a sus personajes, a través de una asertiva cámara en mano que articula un plano secuencia sostenido de principio a fin (con sus respectivos trucos de montaje para concretar el efecto), imponiendo un contexto de interrelación tal que no hace otra cosa que derribar cualquier vestigio de enigma y misterio latente. Lejos queda aquella primera acuciante intriga preliminar, punto central de caracterización de personaje que se retomará oportunamente, para dar paso al relato de un grupo de mujeres que se conocen poco, pero que no precisan de la constitución de un vínculo afectivo para afianzar su comunión. Las une la visión político-ideológica del mundo, una no tan sorprendente como podría esperarse. Hay una reunión secreta, clandestina, casi sectaria, en una capilla; y luego una serie de contingencias tan truculentas como descabelladas. Conviene no adelantar mucho más de la trama, salvo advertir que se trata de una película muy ágil y audaz pero a la vez exasperante, tan tajante en su visión crítica como predecible.

    Beth de Araújo decide abordar un tópico habitual en el cine de género actual, tendiente a generar un automático impacto revulsivo y a la vez crítico en las audiencias: el odio acérrimo y resentimiento social de clase, expuesto aquí de manera explícita. La narrativa sitúa el punto de vista en un puñado de fervientes supremacistas blancas pro-Trump, que enfatizan indignadas que las marchas del Black Lives Matter y los enérgicos feminismos del Time’s Up están derrumbando terminantemente el esquema tradicional de la familia como histórica institución simbólica.

    Próxima a abordajes satíricos recientes de tópicos semejantes —la obscena distinción entre ricos y pobres, los republicanos versus demócratas—, Soft & Quiet fuerza el reenvío a populares estrenos como El menú (The Menu, Mark Mylod, 2022), El triángulo de la tristeza (The Triangle of Sadness, Ruben Östlund, 2022), o la menos masiva e independiente La caza (The Hunt, Craig Zobel, 2020). El debut de Araújo comparte con estos títulos —que también abrazan los horizontes estéticos del horror— la característica común de fijar sus propósitos conceptuales de manera bien declamada y pronunciada. Hay lugar, no obstante, para ciertas discordancias internas: las categóricas motivaciones o impulsos de sus protagonistas, conducidas por el odio de clase, parecen anunciar cierto estallido final que se adivina pirotécnico y sanguinario; pero la cámara, tan movediza como furtiva, opta en varios momentos por el fuera de campo, acentuando ciertos gestos o acciones puntuales desde el sonido (un tremendo alarido en el momento de un golpe, por ejemplo) que bloquean así la estilización en forma de violencia gráfica.

    Otro punto acaso problemático es este exceso de afirmación de lo impiadosamente real en la naturaleza patente de sus personajes, que pasan de aparentar ser estrategas intelectuales a salvajes fieras adoctrinadas, blanca barbarie. Esta es ciertamente la representación que la directora quiere ofrecer de este equipo como recorte de un concepto de modelo social global y generalizado. Pero el problema es que, finalmente, no hay subtexto posible, como tampoco hay concatenación de vértigo o persecuciones magníficamente orquestadas.

    Aún sin la necesidad de salpicar sangre y vísceras como búsqueda de una estetización extrema, la película (d)enuncia a modo de reafirmación el horror próximo de lo real: ese implacable desmoronamiento ético-social que nos llevará a la propia destrucción y que podríamos encuadrar bajo la concepción de la más descarnada misantropía. ¿Acaso el cine misantrópico es plausible de ser comprendido como una crítica voraz y aguda al sistema? ¿Merece este tipo de arrojos a la sátira política, deudora de rasgos estilísticos del horror, un reconocimiento apropiado? A lo mejor sí, y esta primera aventura de Beth de Araújo podría significar un inicio prometedor. Pero también se admite la duda y la desconfianza ante ciertos tratamientos que exponen tan desmesuradamente estos arquetipos enfrentados en pos de reiterar un panfleto político que muchas veces nos termina haciendo confluir en las contradicciones: más allá de las ideologías y trasfondos de pertenencia de clase, la conclusión común es que la desdichada humanidad merece la urgente extinción. El regodeo en el odio formal hacia el ser humano como un horizonte privilegiado para el cine de horror contemporáneo resulta tan eficaz como polémico y controvertido.

    En Soft & Quiet lo único verdaderamente «suave» y «tranquilo» es la reservada estratagema que Emily introduce con una mueca de indisimulado orgullo al explicarle a sus compañeras que «deben ideologizar a la población de manera suave y solapada…». En definitiva, estamos ante una concatenación de acentuados gestos de crueldad, mordacidad y patetismo en personajes que, de tan salvajes, casi que relativizan la atrocidad de sus discursos. Se trata de un sucio camino de diálogos arteros y racistas que no puede más que desembocar en la efectivización física de esa carga de represión moral: como resultado, tenemos una declaración cinematográfica misantrópica que saca a relucir lo más salvaje e inescrupuloso de la preeminencia del ser humano en el mundo (y la fuerza infranqueable de un pérfido y latente ideario conservador que en amplios sectores sigue más vivo que nunca). Con todo, es una película despojada de artificios y efectismos, en donde la caracterización de personajes constituye el punto más atractivo y, a la vez, el más problemático de la cuestión.


    por Anónimo
    marzo 19, 2023

    Crítica | El club del odio

    por Anónimo | marzo 19, 2023
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