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    Americana 2016
    Americana 2016
    Take me to the river

    Cabría preguntarse por qué algunas de las mejores películas que han podido verse en esta nueva edición del Americana Film Fest (el cual, nunca nos cansaremos de repetir, se está convirtiendo en una de esas citas cada vez más imprescindibles del panorama festivalero barcelonense) vehiculan sobre la idea de la familia. O mejor dicho, por concretar más: sobre la desmitificación de la familia como institución en la que sostenerse cuando tu mundo se viene abajo. Mentiríamos si asegurásemos que la mayor parte de las películas que hemos podido ver durante estos tres días concentran su discurso en esta idea destructora, pero lo cierto es que al menos dos de las mejores películas programadas sí lo han hecho; mientras que el resto han jugueteado con hacer tambalear el tótem familiar por un camino u otro. En la desconcertante Take me To the River (Matt Sobel, 2015) el viaje hacia una reunión familiar desde la progre California hasta la Nebraska que pone cara y ojos a la América más profunda no es más (ni menos) que la búsqueda, sin saberlo, de unos orígenes y un pasado lleno de sombras que aplasta el impulso inocente de un joven en su idea de la reafirmación identitaria, plegado ante la intransigencia y el terror de un entorno hostil. Por otra parte, en Krisha, la durísima y opresiva ópera prima de Trey Edward Shults donde resuena cierto espíritu cassavetiano (concentrado en esa idea de base autobiográfica donde resulta difícil encontrar la separación entre cine y vida), el personaje que da nombre al título del filme regresa al seno familiar después de haber provocado el caos. El anhelo de la reintegración en el núcleo, de la aprobación y la progresiva emersión de un drama latente conducen la película hacia la desnudez de un personaje aislado ante el dolor y cuyo rostro se convierte en paisaje de una pesadillesca desintegración emocional.

    Precisamente sobre la idea del dolor como motor que conduce el drama familiar hacia el terror y el thriller se construye una película como The Invitation (Karyn Kusama, 2015). Nuevamente, la base desde la cual desarrollar los acontecimientos y hacer mutar los géneros es una reunión de viejos amigos y de una familia que una vez fue pero que se consumió rota por el dolor de la muerte del hijo. La casa familiar, convertida ahora en un espacio frío y despojado de recuerdos, se configura como un lugar que anticipa la tragedia y donde se manifiesta el deseo de afrontar el dolor como forma de mantener el recuerdo, por una parte, y la reformulación del duelo como forma de evitar el sufrimiento, por otra, pudiendo generar, esta última vía, abominables perversiones de lo moral. Curiosamente, la casa, ese espacio de diseño laberíntico a veces, sirve también como lugar metafórico donde desarrollar otras dos películas que ponen en crisis el matrimonio para, posteriormente, refundarlo desde las cenizas. La casa de ensueño en la que van a desembocar el matrimonio protagonista de Digging for Fire (Joe Swanberg, 2015), es una casa prestada, un espejismo con fecha de caducidad en la que transcurre una despedida simbólica: la del paso de una juventud largamente prorrogada hacia la aceptación definitiva de la responsabilidad de un mundo adulto, los hijos y la vida conyugal. En The Overnight (Patrick Brice, 2015), como en la película de Swanberg, sin embargo, la casa es la máscara de una aparente vida perfecta que esconde en su interior una pareja en crisis. La reconstrucción de esa idea del matrimonio pasa igualmente por un ejercicio de desnudez (literal), en el que exorcizarse y sincerarse el uno con el otro a través del sexo. Las heridas de un contexto familiar maltrecho o los poco digeridos procesos de ruptura de los que provienen los personajes de They Look Like People (Perry Blackshear, 2015), King Jack (Felix Thompson, 2015), Wildlike (Frank Hall Green, 2013) o incluso de ese Rocky "Anna" de la casi pornográfica (sentimentalmente hablando) Blood Brother (Steve Hoover, 2015), marcan los destinos de unos personajes que buscan refundar sus relaciones. Ya sea a través de la aceptación de la paranoia individual del otro como vía relacional (They Look Like People); la búsqueda de la reconstrucción de la identidad propia por encima de la presión social (King Jack, Take me to The River); la huida de un entorno familiar abusivo y el deseo de una figura masculina que sustituya la idea del padre ausente (Wildlike); o bien por una infancia traumatizada de la que se busca una escapada perpetua, cautelosa de no repetir los errores sufridos en carne propia y abandonada a ese espíritu altruista y desinteresado por ayudar a los demás (Blood Brother). Incluso dentro del desenfrenado dinamismo, el histerismo, el desprejuiciado y salvaje humor corrosivo de una película tan viva como Tangerine (Sean Baker, 2015), el drama de sus personajes en sus facetas relacionales son los que acaban capitalizando los momentos finales de un filme, en el fondo, tan desolador para unos personajes como revitalizador para otros.

    Quizás, para encontrar una respuesta a la pregunta inicial, haya que echar la vista atrás. A ese tiempo en el que Nicholas Ray ya empezaba a hacer tambalear los cimientos de la familia como pilar fundamental sobre el que se sostiene parte del Sueño Americano, cuando filmaba la mutación de ese padre interpretado por James Mason en alguien imprevisible, paranoico y violento en Más poderoso que la vida (Bigger Than Life, 1956). Incluso cuando sacaba a relucir aquello que se esconde tras las grandes casas (la casa, nuevamente), las familias desintegradoras de madres castradoras y padres anulados, que marcaban los vaivenes existenciales de una juventud titubeante y desconcertada en Rebelde sin causa (Rebel without a Cause, 1955). Mucho antes de Cassavetes o de que el cine de la modernidad, capitaneada por la Nouvelle Vague, abogara por “matar al padre”. La idea de la familia como institución en crisis viene de lejos. Y como buen heredero de ese cine de la modernidad, el indie norteamericano, desde su nacimiento, ha hecho suyas unas mismas inquietudes que se mantienen a veces latentes para, acto seguido, salir a la luz en momentos verdaderamente sorprendentes e insospechados. Como ese juego de manos e insinuaciones en el asiento trasero de un coche entre el Dr. Manuel Mireles y una joven partidaria del movimiento popular de autodefensa que, en Cartel Land (el imprescindible y nihilista trabajo documental de Matthew Heineman) marca tanto el principio del fin del liderazgo del líder de las Brigadas de Autodefensa de Michoacán (la pérdida de apoyos a la causa, las traiciones y la ruptura de una familia, cuyo impacto emocional se explicita incluso por voz propia), como la de un movimiento dividido y corrompido, mientras sus imágenes desafían la mirada, nos lanzan al vacío y nos remueven en la butaca con incómodas preguntas sin respuesta alguna.

    por EAM
    marzo 15, 2016

    Especial Festival Americana 2016

    por EAM | marzo 15, 2016

    El Festival Americana crece, y no sólo en calidad, uno de los distintivos de un evento dedicado en exclusiva a recopilar lo mejor de la cosecha independiente norteamericana del año anterior. Para su tercera edición, aumenta el número de títulos presentados: 16 títulos (por 11 de la entrega anterior) repartidos en 30 sesiones (12). Todo un atracón de espíritu indie que permitirá al público que asista a los Cinemes Girona del 3 al 6 de marzo presenciar trabajos tan alabados por la crítica como Krisha, ganadora en el South by Southwest de Austin; King Jack, una de las favoritas de la prensa estadounidense; o Tangerine, una de las sensaciones del 2015. Precisamente su autor, Sean Baker, que hace una semanas nos concedió una entrevista en exclusiva, será el gran protagonista del festival ya que se proyectará también su anterior filme, Starlet, que estuvo presente en la edición 2012 del Festival de Locarno. Estos largometrajes estarán acompañados por Digging for fire, The invitation (ganador en Sitges), Wildlike (imagen de cabecera) y Trumbo en el apartado Tops. Dos secciones más completan el programa: Next, con Take me to the river y The ovenight como cintas más destacadas; y, Docs, con dos obras monumentales en su parrilla: In Jackson Heights, de Frederick Wiseman, y Cartel land de Matthew Heineman, nominado al Óscar. Abrirá fuego el día 3 People places things y cerrará el certamen Trumbo, el biopic encabezado por el candidato a los premios de la Academia Bryan Cranston. Recordar que EAM estará una vez más en el Americana Film Fest de la mano de Daniel Jiménez Pulido. No se lo pierdan.

    Sección TOPS

    Digging for Fire de Joe Swanberg.
    King Jack de Felix Thompson.
    Krisha de Trey Edward Shults.
    Tangerine de Sean Baker.
    Starlet de Sean Baker (2012).
    The Invitation de Karyn Kusama.
    Wildlike de Frank Hall Green.
    Trumbo de Jay Roach (Clausura).

    Sección NEXT

    People Places Things de James C. Strouse (Inauguración).
    Cronies de Michael Larnell.
    Take me to the River de Matt Sobel.
    The Overnight de Patrick Brice.
    They Look Like People de Perry Blackshear.
    Yosemite de Gabrielle Demeestere.

    Sección DOCS

    America Recycled de Noah Hussin, Timothy Hussin.
    Blood Brother de Steve Hoover.
    In Jackson Heights de Frederick Wiseman.
    Prophet’s Prey de Amy Berg.
    Cartel Land de Matthew Heineman.

    por Emilio M. Luna
    febrero 19, 2016

    Ya se conoce la programación completa de la III edición del Festival Americana de Barcelona

    por Emilio M. Luna | febrero 19, 2016
    Tangerine

    Supervivencia callejera

    crítica de Tangerine (Sean Baker, EE.UU., 2015).

    La idea detrás de una película puede surgir de varias maneras, ya sea desde un recuerdo, un suceso, una imagen o un texto. Menos frecuente, aunque también hay ejemplos de ello, es que la historia nazca a partir de una localización concreta, construyendo en su marco una narrativa en torno a los personajes y las acciones que en ella se suelen observar. Esto permite focalizar desde un comienzo la trama y a la vez anticipar las necesidades concretas de presupuesto. Y es que el lugar donde se quiere rodar es una decisión que se suele tomar en una fase tardía de la preproducción, condicionándola a la narración pretendida. Cuando en cambio se toma el camino inverso, aparecen una serie de elementos predefinidos, sobre todo si el decorado en cuestión es muy característico y peculiar. Esto es lo que ocurre con la zona alrededor de las calles Highland Avenue y Santa Mónica Boulevard en Los Ángeles, un hervidero de marginalidad en el seno de una urbe universal en que proliferan personajes de todo tipo, y en particular prostitutas y drogadictos. Su profesión vagabunda y sus interacciones sobre la marcha invitan así a un cine de exteriores, y si de verdad se apuesta por reproducir su modo de vida, podemos estar ante el conocido como cine de guerrilla. Se une así la forma con el fondo, reflejando a través de la pobreza de medios y la libertad de pautas técnicas y dramáticas las experiencias de quienes viven de forma miserable pero independiente. El anterior calificativo de hervidero es además oportuno para remarcar otro rasgo propio de este lugar, como es su clima cálido y veraniego incluso en la misma Nochebuena en que discurre el metraje casi a tiempo real de Tangerine (2015).

    Esta nueva obra de Sean Baker, cineasta ya especializado en un cine de bajo presupuesto y seres a la deriva, opta ahora por seguir las vicisitudes de unos cuantos habitantes del citado barrio de Los Ángeles. Para ello arranca con la discusión de dos cortesanas de nuestro tiempo, y transexuales para más señas, porque el novio de una de ellas, Sin-Dee (Kitana Kiki Rodriguez), le ha engañado con otra mientras ella estaba en la cárcel. Recién salida de prisión, decide entonces buscar a la desvergonzada amante con la compañía reacia de su amiga, Alexandra (Mya Taylor), al tiempo que en paralelo asistimos a las rutas de un taxista armenio, de nombre Razmik (Karren Karagulian), que no tiene reparos en entablar relaciones con mujerzuelas como las dos citadas mientras su familia le espera en casa para celebrar la navidad. Estas revelaciones se realizan con todo más adelante, por lo que al principio se nos muestran unos personajes hacia los que sentimos pena y empatía, para luego revelarnos su faceta más censurable, hasta que al final se presentan con su plenitud de virtudes y defectos, que hacen que terminemos por aceptarlos tal como son. En este sentido, es manifiesta la compasión y comprensión que Baker y su guionista Chris Bergoch profesan hacia el mundo que retratan, alternando episodios a priori intrascendentes con la trama principal, como por ejemplo cuando un cliente no quiere pagar a Alexandra y los dos se enfrentan en la calle hasta que aparece la policía y zanja la disputa, no arrestándolos, sino dejándoles ir tras haber hecho las paces. En este mismo sentido, la sensibilidad que subyace tras la fachada hostil que se ven obligadas a mostrar las protagonistas para salir adelante se revela de manera significativa cuando Alexandra paga, esta vez para poder cantar en el escenario de un local medio vacío. En presencia eso sí de su amiga y de la amante que ya han encontrado, olvidando todas ellas por un momento sus conflictos para disfrutar de cierta complicidad en medio del acoso al que suelen estar sometidas.

    por Ignacio Navarro
    enero 10, 2016

    Crítica | Tangerine

    por Ignacio Navarro | enero 10, 2016

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