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    Crítica | Tangerine

    Tangerine

    Supervivencia callejera

    crítica de Tangerine (Sean Baker, EE.UU., 2015).

    La idea detrás de una película puede surgir de varias maneras, ya sea desde un recuerdo, un suceso, una imagen o un texto. Menos frecuente, aunque también hay ejemplos de ello, es que la historia nazca a partir de una localización concreta, construyendo en su marco una narrativa en torno a los personajes y las acciones que en ella se suelen observar. Esto permite focalizar desde un comienzo la trama y a la vez anticipar las necesidades concretas de presupuesto. Y es que el lugar donde se quiere rodar es una decisión que se suele tomar en una fase tardía de la preproducción, condicionándola a la narración pretendida. Cuando en cambio se toma el camino inverso, aparecen una serie de elementos predefinidos, sobre todo si el decorado en cuestión es muy característico y peculiar. Esto es lo que ocurre con la zona alrededor de las calles Highland Avenue y Santa Mónica Boulevard en Los Ángeles, un hervidero de marginalidad en el seno de una urbe universal en que proliferan personajes de todo tipo, y en particular prostitutas y drogadictos. Su profesión vagabunda y sus interacciones sobre la marcha invitan así a un cine de exteriores, y si de verdad se apuesta por reproducir su modo de vida, podemos estar ante el conocido como cine de guerrilla. Se une así la forma con el fondo, reflejando a través de la pobreza de medios y la libertad de pautas técnicas y dramáticas las experiencias de quienes viven de forma miserable pero independiente. El anterior calificativo de hervidero es además oportuno para remarcar otro rasgo propio de este lugar, como es su clima cálido y veraniego incluso en la misma Nochebuena en que discurre el metraje casi a tiempo real de Tangerine (2015).

    Esta nueva obra de Sean Baker, cineasta ya especializado en un cine de bajo presupuesto y seres a la deriva, opta ahora por seguir las vicisitudes de unos cuantos habitantes del citado barrio de Los Ángeles. Para ello arranca con la discusión de dos cortesanas de nuestro tiempo, y transexuales para más señas, porque el novio de una de ellas, Sin-Dee (Kitana Kiki Rodriguez), le ha engañado con otra mientras ella estaba en la cárcel. Recién salida de prisión, decide entonces buscar a la desvergonzada amante con la compañía reacia de su amiga, Alexandra (Mya Taylor), al tiempo que en paralelo asistimos a las rutas de un taxista armenio, de nombre Razmik (Karren Karagulian), que no tiene reparos en entablar relaciones con mujerzuelas como las dos citadas mientras su familia le espera en casa para celebrar la navidad. Estas revelaciones se realizan con todo más adelante, por lo que al principio se nos muestran unos personajes hacia los que sentimos pena y empatía, para luego revelarnos su faceta más censurable, hasta que al final se presentan con su plenitud de virtudes y defectos, que hacen que terminemos por aceptarlos tal como son. En este sentido, es manifiesta la compasión y comprensión que Baker y su guionista Chris Bergoch profesan hacia el mundo que retratan, alternando episodios a priori intrascendentes con la trama principal, como por ejemplo cuando un cliente no quiere pagar a Alexandra y los dos se enfrentan en la calle hasta que aparece la policía y zanja la disputa, no arrestándolos, sino dejándoles ir tras haber hecho las paces. En este mismo sentido, la sensibilidad que subyace tras la fachada hostil que se ven obligadas a mostrar las protagonistas para salir adelante se revela de manera significativa cuando Alexandra paga, esta vez para poder cantar en el escenario de un local medio vacío. En presencia eso sí de su amiga y de la amante que ya han encontrado, olvidando todas ellas por un momento sus conflictos para disfrutar de cierta complicidad en medio del acoso al que suelen estar sometidas.

    Tangerine

    «La única pega es que quizás el final no está a la altura de todo el atrevimiento anterior, y deja cierto sabor agridulce, pero en cualquier caso no traiciona la honestidad y el impacto de una propuesta que, pese a su naturaleza, debería ser todo menos marginal entre los espectadores». 


    Desde la perspectiva técnica, es mayor aún la innovación, pues toda la película está rodada con un iPhone 5s, al que se añadieron unos adaptadores anamórficos para mejorar la calidad final del producto. Ello se reforzó todavía más en el montaje utilizando la aplicación Filmic Pro, con sus posibilidades añadidas a nivel de enfoque o compresión. Más allá de las lógicas ventajas dinerarias de la combinación de estas pocas herramientas, la misma permitió grabar con gran dinamismo y flexibilidad. Una cámara de estas características puede seguir a los personajes casi de incógnito y con gran proximidad, a la vez que manejarse con soltura en espacios pequeños, como el interior de un coche o una cafetería de donuts. De hecho, el equipo carecía de permiso para rodar en este último local, donde comienza y termina la trama resolviendo los protagonistas sus conflictos, y se le dejó utilizarlo siempre que no interfirieran con la clientela potencial. Y eso era algo que también garantizaba el tamaño reducido del aparato fotográfico. Hablando precisamente de fotografía, por incidir en el tercer elemento convergente que mencionábamos al principio, tras el decorado y la técnica, la iluminación aparece dotada de una marcada saturación. Con ello se acentúa la calidez intrínseca de la localización y al mismo tiempo se refleja el estado de ánimo pasional y encendido de sus residentes, o al menos de los que aquí acaparan el relato. Lo más llamativo del mismo no son sin embargo éstas y otras apuestas estilísticas o narrativas, sino la propia energía que subyace en el conjunto, inherente a su tratamiento tan improvisado y clandestino como medido y refinado, energía que sale a relucir gracias al acierto de los componentes anteriores. Junto a ellos no hay que dejar de mencionar otros como una banda sonora que mezcla con desparpajo temas clásicos y modernos, o unas interpretaciones honestas y coherentes por parte de caras poco conocidas. La única pega es que quizás el final no está a la altura de todo el atrevimiento anterior, y deja cierto sabor agridulce, pero en cualquier caso no traiciona la honestidad y el impacto de una propuesta que, pese a su naturaleza, debería ser todo menos marginal entre los espectadores. | ★★★★ | 


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2015. Dirección: Sean Baker. Guion: Sean Baker & Chris Bergoch. Presentación oficial: Festival de Sundance 2015. Productoras: Duplass Brothers Productions / Through Films. Fotografía: Sean Baker & Radium Cheung. Montaje: Sean Baker. Vestuario: Shih-Ching Tsou. Reparto: Kitana Kiki Rodriguez, Mya Taylor, Karren Karagulian, Mickey O’Hagan, James Ransone. Duración: 88 min.

    Póster: Tangerine
    Feelmakers

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