Introduce tu búsqueda

Seminci 2026
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Alejo Moguillansky. Mostrar todas las entradas
    Alejo Moguillansky
    Alejo Moguillansky
    || Críticas | SEMINCI 2025 | ★★★★☆
    Pin de fartie
    Alejo Moguillansky, Luciana Acuña
    ¡Qué vulgaridad!


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Argentina, 2025. Título original: Pin de fartie. Dirección: Alejo Moguillansky. Codirección: Luciana Acuña. Elenco: Santiago Gobernori, Cleo Moguillansky, Laura Paredes, Marcos Ferrante, Luciana Acuña, Maxi Prietto, Laura López Moyano, Fernando Tur, Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Guion: Luciana Acuña, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Fotografía: Inés Duacastella y Tebbe Schöning. Edición: Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Música: Maxi Prietto. Sonido: Marcos Canosa. Producción: Laura Citarella y Ezequiel Pierri (El Pampero Cine). Duración: 106 minutos.

    Qué distintas son pero cómo se comunican entre sí las películas de El Pampero. Al final, entre un director y otro se notan los cambios de estilo, de propósito, de tono, pero siempre va a haber elementos comunes que las relacionan. Si El escarabajo de oro de Moguillansky parece anunciar las expansivas apuestas de Llinás en Historias extraordinarias o La flor; el cine íntimo de Citarella se asoma a sus colegas con Trenque Lauquen pero ya antes se anticipó con Ostende; si el más musical de los tres, Moguillansky, ahonda en la relación entre música, danza y teatro al plantear sus películas, Llinás parece querer hacer lo propio desde su visión del tango con sus obras sobre el Comando Corsini. El humor, innato en el cine de Llinás, se cuela en Moguillansky a través de Por el dinero y en La edad media y es adoptado por el último de ellos asomado a la dirección, Mendilaharzu, con su Clementina. El espíritu cooperativo del grupo necesariamente ha de provocar estos transvases de ideas y soluciones, entre otras cosas porque, lo normal, es que los cuatro, más otra serie de personas desde el lado técnico, intervengan en todas las películas de alguna manera, algo que también sucede con Pin de fartie, la última, y muy inteligente, película dirigida por Moguillansky.

    El título, que se crea visualmente al inicio del film mediante sugerentes combinaciones de letras que van más allá del juego léxico, apuntando, incluso, mensajes poco inocentes, se toma de una obra teatral de Beckett, Fin de partie. Este Pin de fartie final es lúdico, no significa nada, pero invita, ante situaciones aparentemente irreversibles y profundamente negativas, a adoptar soluciones imaginativas y optimistas. La película recoge ese espíritu de Beckett ante el absurdo de las relaciones personales cotidianas, de dos personas que se hablan pero no se escuchan, o no se entienden. Parejas convivientes que se aletargan sin mirarse y parejas que se aman y su lenguaje no termina de expresar lo que sienten. Ante el carácter definitivo de un fin de partida, con lo irreversible que supone dar por concluido algo, el cambio de dos letras parece hacer todo más llevadero, o provocar el mantenimiento de un bucle donde nada termina porque nadie quiere acabar, encontrándose los personajes cómodos en la repetición con variaciones, mínimas, pero que permiten asomarse al día a día. Moguillansky lleva al extremo el juego de parejas de Beckett. Lo que en la obra original es un rey ciego y su escudero, en permanente digresión y desencuentro, en la película se transforman en un hombre ciego y una joven que hace de especie de lazarillo a orillas de un lago suizo, Otto (Santiago Gobernori) y Cleo (Cleo Moguillansky).

    El juego y las combinaciones de Moguillansky y Acuña en el guion introducen a más personajes que suenan como reemplazos de esa pareja original, aportando aspectos psicológicos o de personalidad diferente y que funcionan en diálogos no pocas veces sin respuesta coherente pero que, al final, aportan un segundo sentido a las conversaciones. Así van desfilando una pareja (Laura Paredes y Marcos Ferrante) que se encuentra todas las semanas para ensayar la obra del dramaturgo mientras en su interior va creciendo una relación romántica que reprimen confundiendo los textos con la realidad que les gustaría vivir; otra pareja que forma la narradora que sirve de voz explicativa entre escenas (la propia Luciana Acuña) y un músico (Maxi Prietto, que interpreta las canciones creadas para la película); otra de dos sin techo que viven dentro de un contenedor de basura (Laura López Moyano y Fernando Tur); y la que forman la veterana pianista Margarita Fernández (por tercera vez en el cine de Moguillansky) y su hijo, interpretado por el propio director, en una especie de anticipada despedida mortuoria, sin olvidar otra pareja sin voz que aparece ante nosotros para revelarnos las "mentiras" del cine, cómo se crea el sonido de una película.

    La película circula entre la pulcritud del entorno suizo al abandono del centro de Buenos Aires, de la estación de esquí y el chalet exclusivo a orillas de un lago centroeuropeo al desamparo de la cultura con la que el gobierno argentino somete a sus creadores con visitas a los míticos Gaumont de Buenos Aires. Porque lo que parece una fábula de relación de pareja, sea cual sea ésta, Moguillansky la aprovecha para acercarse cada vez más al presente de su país. Desde la plataforma de un mirador suizo, Otto y Cleo escuchan unas voces, y a través de los prismáticos se nos informa que hay mucha gente gritando, "¡viva la libertad, carajo!, ¿carajo?, ¡qué vulgaridad!". Sencilla y muy simple manera de enfrentarse políticamente a un discurso zafio, carente de profundidad y que apela a los bajos instintos humanos y que ha situado al cine como objetivo de destrucción. Frente al odio instaurado en la sociedad los personajes de Moguillansky-Beckett hablan, dialogan, no se entienden pero conversan, se expresan y no esperan asentimiento, pero sí, al menos, respeto, pueden moverse en paralelo, pero van juntos. En tiempos oscuros aportar al espectador, por lo menos, un asidero optimista, ya sea musical, coreográfico o emocional, como ese sentido homenaje sin palabras a Rosario Bléfari o la excelente escena en travelling musical en la orilla del lago con Otto y Cleo rememorando aquel videoclip excelente del propio Moguillansky con Les chevaliers en Eso que llaman amor, ahora transformado en Viene arrastrándose de Maxi Prietto, un anuncio del final que se nos acerca porque todo se acaba, pero hasta entonces, hasta ese día del partir, no dejarse vencer anticipadamente. ♦


    por Miguel Martín Maestro
    diciembre 02, 2025

    Crítica | Pin de fartie

    por Miguel Martín Maestro | diciembre 02, 2025
    || Críticas | ★★★★★
    Un andantino
    Alejo Moguillansky
    El tiempo pasa


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Argentina, 2023. Títuo original: Un andantino. Dirección: Alejo Moguillansky. Intérpretes: Margarita Fernández, María Villar, Cleo Moguillansky, Alejo Moguillansky. Guión: Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Fotografía: Inés Duacastella, Agustín Mendilaharzu, Alejo Moguillansky. Sonido: Marcos Canosa. Producción: El Pampero Cine & ArtHaus. Duración: 61 minutos.

    «Había una vez una película, había una vez un andantino». Así se presenta la pianista argentina Margarita Fernández en esta nueva obra de Moguillansky que podría resumirse en un «había una vez dos películas, había una vez un andantino». Durante los meses duros de la pandemia de 2020, El Pampero tuvo una efervescencia provocada por aquella incertidumbre y la necesidad de mantener ocupado el cerebro e intacta la creatividad. El parón obligado les hizo replantear modelos de rodaje (así surgen tres películas desde el confinamiento domiciliario como Lejano interior de Llinás, La edad media de Moguillansky-Acuña y Clementina de Mendilaharzu-Feldman); correspondencias fílmicas como las de Llinás con Matías Piñeiro, videos musicales, espectáculos de teatro y danza o incluso aventuras que parecían aparcadas de nuevo pero que dejaron alguna perla de las habituales bajo el nombre de El salón de los rechazados; todo ello sin olvidar que fueron lo suficientemente generosos como para abrir todo su catálogo durante aquellos meses para que pudiéramos disfrutar de lo que habíamos oído y leído sobre su obra pero nunca habíamos podido ver, algo habitual en la ceguera permanente que se retroalimenta entre ambos lados del Atlántico. Un andantino parece surgir de esa idea propuesta en el salón de los rechazados, un proyecto que pretendía retomar filmaciones descartadas, incluso películas completas, para darles otra vuelta, montarlas de otra manera o decidirse a exhibirlas porque habían cambiado las circunstancias que permitirían, ahora, ser interpretadas mejor (así se nos mostraron una escena de Castro o una película oculta de Moguillansky La noche submarina). Durante la filmación de la maravillosa La vendedora de fósforos, Moguillansky decide no incluir, incluso no terminar, una larga escena de media hora donde el trío de mujeres protagonistas ve Au hazard Balthasar mientras una de ellas, Margarita Fernández, célebre pianista argentina, explica el uso del andantino de la sonata en la mayor de Schubert en la película y su relación íntima con las imágenes.

    Valorado ahora, tras conocer ambas películas, la decisión fue acertada. El material eliminado ha dado para otra película que podría haberse titulado perfectamente «El tiempo pasa». Y dentro de la narración marcada por el ritmo frenético de trabajo del matrimonio que formaban María Villar y Walter Jacob en La vendedora de fósforos, donde el ritmo musical venía fijado por Ennio Morricone y su música para Hasta que llegó su hora, la inclusión de un largo interludio a propósito de Au hazard, Balthasar y su música seguramente no tenía cabida; podría haber arruinado la precisión matemática de la película de 2017 y nos hubiera hurtado, quien sabe, de esta experiencia, seis años después, utilizando las imágenes descartadas, montándolas de manera magistral, ahondando en la idea del paso del tiempo porque contamos con la presencia de María Villar y Cleo Moguillansky (lo de esta adolescente merecería mención aparte porque a su edad es capaz de componer personajes de una credibilidad y frescura inigualables) y ofreciendo, en poco menos de una hora, un auténtico catálogo artístico en el que cine y música dialogan de manera infatigable en una lección que, más allá de su carácter didáctico, ahonda en fundamentos cinematográficos básicos para la narración y el estilo de un grupo de cineastas fuera de norma; puede que outsiders, pero mis outsiders favoritos película tras película como son El Pampero. Moguillansky con ese material ofrece la deconstrucción de la famosa sonata en la mayor de Schubert D.959, la narración de Au hazard Balthasar marcada por el uso de esa música, su interrelación con la escena eliminada en 2017, los últimos momentos de la vida de Schubert y algo que, por aparentemente menor, resulta inevitablemente cercano, sencillo y emocionante, el tiempo que pasa... «y no perdona», como dice Fernández. Algo que Moguillansky recalca en sus imágenes poniendo el foco en su hija, la misma que contaba con 4-5 años de edad en 2017 y la que asomándose a la adolescencia ya es más mujer que niña, provocando en la película un contrapunto nostálgico de altísima calidad y compromiso.

    El afiche de Un andantino no esconde su origen. De la mutilada ilustración de La vendedora de fósforos con el rostro de Cleo surge el perfil de la pianista y en su cerebro la imagen del burro Balthazar. Los ojos de la pianista pueden ser los suyos pero también podrían ser los de Anne Wiacensky en su papel bressoniano, ése que provocó su relación con Godard y su inclusión en un círculo artístico al que por clase y educación no pertenecía, y ello porque también Moguillansky juega a la superposición-suplantación con las imágenes de Wiacensky y una fotografía de Fernández joven. Si la película es un puzle, el cartel lo refleja perfectamente, sólo nos faltaría Schubert en la cartelería, pero para ello se reserva el título en referencia a la célebre página musical, muy utilizada cinematográficamente pero nunca como hasta ahora explicada explicando la intención narrativa de Bresson al usar el andantino y manipularlo a su conveniencia para unir música y burro como una unidad; un movimiento dentro de la sonata de cuatro tiempos con forma A-B-A donde el tema de la primera sección nos vuelve al final pero modificado, algo ralentizado, con algunas notas eliminadas, transformada con un nuevo acompañamiento que Bresson exprime al máximo en sus imágenes contándonos la vida de un burro y jugando con la idea del paso del tiempo y la memoria perfecta del animal.

    Hay precisión milimétrica en el guion, en las imágenes, en la mezcla de presente y pasado, hay juegos irónicos con la música entre Schubert-Beethoven y los discutibles gustos musicales del director según su hija. Hay frases rotundas de las que provocan la demolición de la autoestima como ese «vos no sos Schubert», cuando Moguillansky compara su escena inacabada con la inacabada sinfonía del compositor al tiempo que recibe epítetos como «holgazán, indolente, haragán». Y hay humor, un contrapunto verbal que acompaña al musical porque si en algún momento el director piensa que están consiguiendo acabar aquella escena en ese mismo momento en que terminan de filmar Un andantino ahí está su Némesis particular en forma de Cleo para decirle que no, que más que terminar «la estamos recauchutando». Asistimos a una película que invita, invita a escuchar ese andantino completo como preámbulo, invita a pensar en lo que sintió la pianista la primera vez que lo tocó y soñó un andantino sin sección central, invita a recuperar la película de Bresson para, efectivamente, lo que cuenta Margarita Fernández sucede, musicalmente, como ella explica, pero invita siempre, y más que nada, a volver a la sección inicial del andantino, la de la infancia del burro y la infancia de Marie, pero, lo que determina la página más emocionante de la película, a la infancia de Cleo, a ese «a correr, a correr», que quien filma lanza a dos niños que corren llenos de alegría mientras suena Take it with me de Tom Waits cantado por María Villar. Una auténtica delicia de principio a fin.



    por Miguel Martín Maestro
    septiembre 26, 2023

    Crítica | Un andantino

    por Miguel Martín Maestro | septiembre 26, 2023

    Por amor al arte

    Crítica ★★★★☆ de «Por el dinero» de Alejo Moguillansky.

    Argentina, 2019. T.O: Por el dinero. Dirección: Alejo Moguillansky. Guión: Luciana Acuña, Walter Jakob, Alejo Moguillansky. Fotografía: Inés Duacastella. Edición: Walter Jakob, Mariano Llinás, Alejo Moguillansky. Música: Gabriel Chwojnik. Productora: Laura Citarella. Compañía Productora: El Pampero. Sonido: Marcos Canosa. Intérpretes: Alejo Moguillansky, Luciana Acuña, Matthieu Perpoint, Gabriel Chwojnik, Vladimir Durán, Rodrigo Moreno. Duración: 79 minutos. Presentación festival Cannes 2019.

    Hay en Por el dinero la lucidez espléndida de la comedia triste, del gag visual o corporal que va conduciendo, poco a poco, gota a gota, hacia un tremendo pesimismo no exento de entusiasmo residual. Hasta dónde el artista es capaz de resistir, de entregarse, de (mal)vivir aferrado a su pasión, sin poder desvincularse de trabajos prosaicos y demoledores para su autoestima, es el eje central de la propuesta cuyo abanico se abriendo y dispersando en múltiples capas sin perder de vista la referencia que la motiva. La película tiene su origen en una obra de teatro del mismo título y con idéntico elenco, pero frente al frecuente error de filmar lo teatral, el grupo de El Pampero tiene argumentos y armas suficientes para que del teatro surja el cine y no se aprecie la deuda frecuente que anula lo cinematográfico devorado por lo escénico. En palabras de su director: «Al igual que los personajes de Por el dinero, la película es Cervantes y Don Quijote al mismo tiempo. Es un retrato financiero de aquellos de nosotros que lo hicimos y es quizás la película más autobiográfica jamás producida por El Pampero Cine. Se aventura a responder una pregunta que siempre nos han hecho: ¿de qué vives? ¿Cómo financian sus películas? ¿Cómo te ganas la vida? Tal vez esta comedia de aventuras arroje luz sobre un tema tan espinoso». Por el dinero es puro cine, es cine de aventuras y de viajes, es cine de islas del tesoro y de troupes circenses a la búsqueda de los dólares. Hay amor y hay crimen, hay arte y hay ambición, hay desesperación pero también hay la satisfacción de hacer lo que se desea.

    Las películas de El Pampero se retroalimentan, las referencias entre unas y otras son frecuentes y no sólo porque sus actores sean los mismos sino porque en sus tramas los guiños a situaciones de otras obras son evidentes. Aquí mismo el movimiento de los actores en el momento en que se dirigen a ensayar su obra teatral en el primer acto de la película se reproduce en la última película de Moguillansky, Día de caza (2020), y el desenfrenado y hasta histérico perpetuum mobile de ésta tiene su origen en aquélla, como si estuviéramos en un spin off acelerado y autónomo provocado por la “falta de dinero”, pero es que esta falta de dinero parecería tener un origen en otra película de Moguillansky si nos atenemos al carácter autobiográfico de lo que se nos cuenta, El escarabajo de oro. Porque es la ausencia de dinero el leitmotiv de Por el dinero; cómo en tiempos de mercantilismo y adoración del capital hasta convertirse en la única guía de comportamiento, todavía existen personas que prefieren dedicarse a aquello que les gusta, hipotecar su propia vida para sacar adelante un proyecto artístico con la esperanza, casi siempre vana, de que en el futuro llegará ese dinero que les permitirá vivir solamente de la creación sin perder el tiempo en actividades paralelas necesarias para subsistir, aunque la pregunta surge de inmediato, ¿cuánto durará ese entusiasmo que se nutre sin necesidad de recompensa monetaria?

    por Miguel Martín Maestro
    julio 18, 2020

    Crítica: Por el dinero

    por Miguel Martín Maestro | julio 18, 2020
    Blue Heron
    PUBLICIDAD

    Estrenos

    Mostra de Valencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Diputación
    PUBLICIDAD

    Plataformas

    Cap al cel
    Suscripción