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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Un andantino

    || Críticas | ★★★★★
    Un andantino
    Alejo Moguillansky
    El tiempo pasa


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Argentina, 2023. Títuo original: Un andantino. Dirección: Alejo Moguillansky. Intérpretes: Margarita Fernández, María Villar, Cleo Moguillansky, Alejo Moguillansky. Guión: Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Fotografía: Inés Duacastella, Agustín Mendilaharzu, Alejo Moguillansky. Sonido: Marcos Canosa. Producción: El Pampero Cine & ArtHaus. Duración: 61 minutos.

    «Había una vez una película, había una vez un andantino». Así se presenta la pianista argentina Margarita Fernández en esta nueva obra de Moguillansky que podría resumirse en un «había una vez dos películas, había una vez un andantino». Durante los meses duros de la pandemia de 2020, El Pampero tuvo una efervescencia provocada por aquella incertidumbre y la necesidad de mantener ocupado el cerebro e intacta la creatividad. El parón obligado les hizo replantear modelos de rodaje (así surgen tres películas desde el confinamiento domiciliario como Lejano interior de Llinás, La edad media de Moguillansky-Acuña y Clementina de Mendilaharzu-Feldman); correspondencias fílmicas como las de Llinás con Matías Piñeiro, videos musicales, espectáculos de teatro y danza o incluso aventuras que parecían aparcadas de nuevo pero que dejaron alguna perla de las habituales bajo el nombre de El salón de los rechazados; todo ello sin olvidar que fueron lo suficientemente generosos como para abrir todo su catálogo durante aquellos meses para que pudiéramos disfrutar de lo que habíamos oído y leído sobre su obra pero nunca habíamos podido ver, algo habitual en la ceguera permanente que se retroalimenta entre ambos lados del Atlántico. Un andantino parece surgir de esa idea propuesta en el salón de los rechazados, un proyecto que pretendía retomar filmaciones descartadas, incluso películas completas, para darles otra vuelta, montarlas de otra manera o decidirse a exhibirlas porque habían cambiado las circunstancias que permitirían, ahora, ser interpretadas mejor (así se nos mostraron una escena de Castro o una película oculta de Moguillansky La noche submarina). Durante la filmación de la maravillosa La vendedora de fósforos, Moguillansky decide no incluir, incluso no terminar, una larga escena de media hora donde el trío de mujeres protagonistas ve Au hazard Balthasar mientras una de ellas, Margarita Fernández, célebre pianista argentina, explica el uso del andantino de la sonata en la mayor de Schubert en la película y su relación íntima con las imágenes.

    Valorado ahora, tras conocer ambas películas, la decisión fue acertada. El material eliminado ha dado para otra película que podría haberse titulado perfectamente «El tiempo pasa». Y dentro de la narración marcada por el ritmo frenético de trabajo del matrimonio que formaban María Villar y Walter Jacob en La vendedora de fósforos, donde el ritmo musical venía fijado por Ennio Morricone y su música para Hasta que llegó su hora, la inclusión de un largo interludio a propósito de Au hazard, Balthasar y su música seguramente no tenía cabida; podría haber arruinado la precisión matemática de la película de 2017 y nos hubiera hurtado, quien sabe, de esta experiencia, seis años después, utilizando las imágenes descartadas, montándolas de manera magistral, ahondando en la idea del paso del tiempo porque contamos con la presencia de María Villar y Cleo Moguillansky (lo de esta adolescente merecería mención aparte porque a su edad es capaz de componer personajes de una credibilidad y frescura inigualables) y ofreciendo, en poco menos de una hora, un auténtico catálogo artístico en el que cine y música dialogan de manera infatigable en una lección que, más allá de su carácter didáctico, ahonda en fundamentos cinematográficos básicos para la narración y el estilo de un grupo de cineastas fuera de norma; puede que outsiders, pero mis outsiders favoritos película tras película como son El Pampero. Moguillansky con ese material ofrece la deconstrucción de la famosa sonata en la mayor de Schubert D.959, la narración de Au hazard Balthasar marcada por el uso de esa música, su interrelación con la escena eliminada en 2017, los últimos momentos de la vida de Schubert y algo que, por aparentemente menor, resulta inevitablemente cercano, sencillo y emocionante, el tiempo que pasa... «y no perdona», como dice Fernández. Algo que Moguillansky recalca en sus imágenes poniendo el foco en su hija, la misma que contaba con 4-5 años de edad en 2017 y la que asomándose a la adolescencia ya es más mujer que niña, provocando en la película un contrapunto nostálgico de altísima calidad y compromiso.

    El afiche de Un andantino no esconde su origen. De la mutilada ilustración de La vendedora de fósforos con el rostro de Cleo surge el perfil de la pianista y en su cerebro la imagen del burro Balthazar. Los ojos de la pianista pueden ser los suyos pero también podrían ser los de Anne Wiacensky en su papel bressoniano, ése que provocó su relación con Godard y su inclusión en un círculo artístico al que por clase y educación no pertenecía, y ello porque también Moguillansky juega a la superposición-suplantación con las imágenes de Wiacensky y una fotografía de Fernández joven. Si la película es un puzle, el cartel lo refleja perfectamente, sólo nos faltaría Schubert en la cartelería, pero para ello se reserva el título en referencia a la célebre página musical, muy utilizada cinematográficamente pero nunca como hasta ahora explicada explicando la intención narrativa de Bresson al usar el andantino y manipularlo a su conveniencia para unir música y burro como una unidad; un movimiento dentro de la sonata de cuatro tiempos con forma A-B-A donde el tema de la primera sección nos vuelve al final pero modificado, algo ralentizado, con algunas notas eliminadas, transformada con un nuevo acompañamiento que Bresson exprime al máximo en sus imágenes contándonos la vida de un burro y jugando con la idea del paso del tiempo y la memoria perfecta del animal.

    Hay precisión milimétrica en el guion, en las imágenes, en la mezcla de presente y pasado, hay juegos irónicos con la música entre Schubert-Beethoven y los discutibles gustos musicales del director según su hija. Hay frases rotundas de las que provocan la demolición de la autoestima como ese «vos no sos Schubert», cuando Moguillansky compara su escena inacabada con la inacabada sinfonía del compositor al tiempo que recibe epítetos como «holgazán, indolente, haragán». Y hay humor, un contrapunto verbal que acompaña al musical porque si en algún momento el director piensa que están consiguiendo acabar aquella escena en ese mismo momento en que terminan de filmar Un andantino ahí está su Némesis particular en forma de Cleo para decirle que no, que más que terminar «la estamos recauchutando». Asistimos a una película que invita, invita a escuchar ese andantino completo como preámbulo, invita a pensar en lo que sintió la pianista la primera vez que lo tocó y soñó un andantino sin sección central, invita a recuperar la película de Bresson para, efectivamente, lo que cuenta Margarita Fernández sucede, musicalmente, como ella explica, pero invita siempre, y más que nada, a volver a la sección inicial del andantino, la de la infancia del burro y la infancia de Marie, pero, lo que determina la página más emocionante de la película, a la infancia de Cleo, a ese «a correr, a correr», que quien filma lanza a dos niños que corren llenos de alegría mientras suena Take it with me de Tom Waits cantado por María Villar. Una auténtica delicia de principio a fin.



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