|| Críticas | SEMINCI 2025 | ★★★★☆
Pin de fartie
Alejo Moguillansky, Luciana Acuña
¡Qué vulgaridad!
Miguel Martín Maestro
Valladolid |
ficha técnica:
Argentina, 2025. Título original: Pin de fartie. Dirección: Alejo Moguillansky. Codirección: Luciana Acuña. Elenco: Santiago Gobernori, Cleo Moguillansky, Laura Paredes, Marcos Ferrante, Luciana Acuña, Maxi Prietto, Laura López Moyano, Fernando Tur, Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Guion: Luciana Acuña, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Fotografía: Inés Duacastella y Tebbe Schöning. Edición: Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Música: Maxi Prietto. Sonido: Marcos Canosa. Producción: Laura Citarella y Ezequiel Pierri (El Pampero Cine). Duración: 106 minutos.
Argentina, 2025. Título original: Pin de fartie. Dirección: Alejo Moguillansky. Codirección: Luciana Acuña. Elenco: Santiago Gobernori, Cleo Moguillansky, Laura Paredes, Marcos Ferrante, Luciana Acuña, Maxi Prietto, Laura López Moyano, Fernando Tur, Margarita Fernández, Alejo Moguillansky. Guion: Luciana Acuña, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Fotografía: Inés Duacastella y Tebbe Schöning. Edición: Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Música: Maxi Prietto. Sonido: Marcos Canosa. Producción: Laura Citarella y Ezequiel Pierri (El Pampero Cine). Duración: 106 minutos.
El título, que se crea visualmente al inicio del film mediante sugerentes combinaciones de letras que van más allá del juego léxico, apuntando, incluso, mensajes poco inocentes, se toma de una obra teatral de Beckett, Fin de partie. Este Pin de fartie final es lúdico, no significa nada, pero invita, ante situaciones aparentemente irreversibles y profundamente negativas, a adoptar soluciones imaginativas y optimistas. La película recoge ese espíritu de Beckett ante el absurdo de las relaciones personales cotidianas, de dos personas que se hablan pero no se escuchan, o no se entienden. Parejas convivientes que se aletargan sin mirarse y parejas que se aman y su lenguaje no termina de expresar lo que sienten. Ante el carácter definitivo de un fin de partida, con lo irreversible que supone dar por concluido algo, el cambio de dos letras parece hacer todo más llevadero, o provocar el mantenimiento de un bucle donde nada termina porque nadie quiere acabar, encontrándose los personajes cómodos en la repetición con variaciones, mínimas, pero que permiten asomarse al día a día. Moguillansky lleva al extremo el juego de parejas de Beckett. Lo que en la obra original es un rey ciego y su escudero, en permanente digresión y desencuentro, en la película se transforman en un hombre ciego y una joven que hace de especie de lazarillo a orillas de un lago suizo, Otto (Santiago Gobernori) y Cleo (Cleo Moguillansky).
El juego y las combinaciones de Moguillansky y Acuña en el guion introducen a más personajes que suenan como reemplazos de esa pareja original, aportando aspectos psicológicos o de personalidad diferente y que funcionan en diálogos no pocas veces sin respuesta coherente pero que, al final, aportan un segundo sentido a las conversaciones. Así van desfilando una pareja (Laura Paredes y Marcos Ferrante) que se encuentra todas las semanas para ensayar la obra del dramaturgo mientras en su interior va creciendo una relación romántica que reprimen confundiendo los textos con la realidad que les gustaría vivir; otra pareja que forma la narradora que sirve de voz explicativa entre escenas (la propia Luciana Acuña) y un músico (Maxi Prietto, que interpreta las canciones creadas para la película); otra de dos sin techo que viven dentro de un contenedor de basura (Laura López Moyano y Fernando Tur); y la que forman la veterana pianista Margarita Fernández (por tercera vez en el cine de Moguillansky) y su hijo, interpretado por el propio director, en una especie de anticipada despedida mortuoria, sin olvidar otra pareja sin voz que aparece ante nosotros para revelarnos las "mentiras" del cine, cómo se crea el sonido de una película.
La película circula entre la pulcritud del entorno suizo al abandono del centro de Buenos Aires, de la estación de esquí y el chalet exclusivo a orillas de un lago centroeuropeo al desamparo de la cultura con la que el gobierno argentino somete a sus creadores con visitas a los míticos Gaumont de Buenos Aires. Porque lo que parece una fábula de relación de pareja, sea cual sea ésta, Moguillansky la aprovecha para acercarse cada vez más al presente de su país. Desde la plataforma de un mirador suizo, Otto y Cleo escuchan unas voces, y a través de los prismáticos se nos informa que hay mucha gente gritando, "¡viva la libertad, carajo!, ¿carajo?, ¡qué vulgaridad!". Sencilla y muy simple manera de enfrentarse políticamente a un discurso zafio, carente de profundidad y que apela a los bajos instintos humanos y que ha situado al cine como objetivo de destrucción. Frente al odio instaurado en la sociedad los personajes de Moguillansky-Beckett hablan, dialogan, no se entienden pero conversan, se expresan y no esperan asentimiento, pero sí, al menos, respeto, pueden moverse en paralelo, pero van juntos. En tiempos oscuros aportar al espectador, por lo menos, un asidero optimista, ya sea musical, coreográfico o emocional, como ese sentido homenaje sin palabras a Rosario Bléfari o la excelente escena en travelling musical en la orilla del lago con Otto y Cleo rememorando aquel videoclip excelente del propio Moguillansky con Les chevaliers en Eso que llaman amor, ahora transformado en Viene arrastrándose de Maxi Prietto, un anuncio del final que se nos acerca porque todo se acaba, pero hasta entonces, hasta ese día del partir, no dejarse vencer anticipadamente. ♦















