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    Crítica: Por el dinero

    Por amor al arte

    Crítica ★★★★☆ de «Por el dinero» de Alejo Moguillansky.

    Argentina, 2019. T.O: Por el dinero. Dirección: Alejo Moguillansky. Guión: Luciana Acuña, Walter Jakob, Alejo Moguillansky. Fotografía: Inés Duacastella. Edición: Walter Jakob, Mariano Llinás, Alejo Moguillansky. Música: Gabriel Chwojnik. Productora: Laura Citarella. Compañía Productora: El Pampero. Sonido: Marcos Canosa. Intérpretes: Alejo Moguillansky, Luciana Acuña, Matthieu Perpoint, Gabriel Chwojnik, Vladimir Durán, Rodrigo Moreno. Duración: 79 minutos. Presentación festival Cannes 2019.

    Hay en Por el dinero la lucidez espléndida de la comedia triste, del gag visual o corporal que va conduciendo, poco a poco, gota a gota, hacia un tremendo pesimismo no exento de entusiasmo residual. Hasta dónde el artista es capaz de resistir, de entregarse, de (mal)vivir aferrado a su pasión, sin poder desvincularse de trabajos prosaicos y demoledores para su autoestima, es el eje central de la propuesta cuyo abanico se abriendo y dispersando en múltiples capas sin perder de vista la referencia que la motiva. La película tiene su origen en una obra de teatro del mismo título y con idéntico elenco, pero frente al frecuente error de filmar lo teatral, el grupo de El Pampero tiene argumentos y armas suficientes para que del teatro surja el cine y no se aprecie la deuda frecuente que anula lo cinematográfico devorado por lo escénico. En palabras de su director: «Al igual que los personajes de Por el dinero, la película es Cervantes y Don Quijote al mismo tiempo. Es un retrato financiero de aquellos de nosotros que lo hicimos y es quizás la película más autobiográfica jamás producida por El Pampero Cine. Se aventura a responder una pregunta que siempre nos han hecho: ¿de qué vives? ¿Cómo financian sus películas? ¿Cómo te ganas la vida? Tal vez esta comedia de aventuras arroje luz sobre un tema tan espinoso». Por el dinero es puro cine, es cine de aventuras y de viajes, es cine de islas del tesoro y de troupes circenses a la búsqueda de los dólares. Hay amor y hay crimen, hay arte y hay ambición, hay desesperación pero también hay la satisfacción de hacer lo que se desea.

    Las películas de El Pampero se retroalimentan, las referencias entre unas y otras son frecuentes y no sólo porque sus actores sean los mismos sino porque en sus tramas los guiños a situaciones de otras obras son evidentes. Aquí mismo el movimiento de los actores en el momento en que se dirigen a ensayar su obra teatral en el primer acto de la película se reproduce en la última película de Moguillansky, Día de caza (2020), y el desenfrenado y hasta histérico perpetuum mobile de ésta tiene su origen en aquélla, como si estuviéramos en un spin off acelerado y autónomo provocado por la “falta de dinero”, pero es que esta falta de dinero parecería tener un origen en otra película de Moguillansky si nos atenemos al carácter autobiográfico de lo que se nos cuenta, El escarabajo de oro. Porque es la ausencia de dinero el leitmotiv de Por el dinero; cómo en tiempos de mercantilismo y adoración del capital hasta convertirse en la única guía de comportamiento, todavía existen personas que prefieren dedicarse a aquello que les gusta, hipotecar su propia vida para sacar adelante un proyecto artístico con la esperanza, casi siempre vana, de que en el futuro llegará ese dinero que les permitirá vivir solamente de la creación sin perder el tiempo en actividades paralelas necesarias para subsistir, aunque la pregunta surge de inmediato, ¿cuánto durará ese entusiasmo que se nutre sin necesidad de recompensa monetaria?

    Por el dinero, Alejo Moguillansky.
    El reto de El Pampero.

    «Todos en El Pampero saben cómo se puede hacer dinero, pero hasta el momento resisten en este castillo de ingenio, frescura, admiración por los clásicos (Godard circula en Por el dinero como el fantasma de esa libertad decreciente) y sublimación del contar historias que es su cine».


    La película empieza por el final, aquí no hay piscina en la que flote un guionista venido a menos, sino los cuerpos ensangrentados de una pareja tumbados boca abajo sobre la orilla de la playa. Los muertos son la señora Acuña y su marido, porque en esta película los protagonistas conservan su nombre real salvo el del propio director, que se acoge al anonimato de la referencia genérica, hallazgo llevado a cabo por una pareja de policías colombianos (los directores Durán y Moreno) que recuerdan a los Dupont y Dupond tintinianos o, más cercanos en tiempo y arte, a los policías de Bruno Dumont en su P’tit Quinquin. A partir de ese inicio se reconstruye en un largo flashback el recorrido del grupo formado por los fallecidos y el resto del elenco a partir del testimonio de uno de ellos, el actor y bailarín Matthieu Perpoint, Perpoint en la película, el último en llegar. Saber los porqués de esa muerte no resulta tan relevante como conocer los porqués que han llevado a ese grupo artístico a una playa colombiana que ha sido transformada en la isla de Robinson Crusoe por mero efecto de la imaginación y, también, de la creación artística. Enfrentados a un sucesivo camino de reveses económicos plagado de éxitos artísticos, los actores sienten cada vez más próximo el aliento de esa ausencia de dinero que les obliga a dar clases, a filmar spots institucionales, a hacer jingles para anuncios... Es el choque entre realidad y deseo, entre la imposibilidad de subsistir con aquello que les gusta y la culpabilidad de sentirse prostituidos creando o trabajando en lo que da dinero sin satisfacción. Moguillansky se centra en el mundo del teatro para hacer su representación, pero daría lo mismo si hubiera usado el cine como referencia. En esas sinergias constantes que se aprovechan en el grupo, partir de una obra para crear otra parece marca de fábrica, y en El Pampero saben, porque hasta ahora lo llevan a gala, qué es crear, hacerlo con poco dinero, sin recibir subvenciones, obteniendo escaso resultado económico y alcanzar un prestigio y un reconocimiento entre cierta cinefilia que casi nadie ha conseguido de manera tan unánime y con una obra que ya alcanza la docena de películas con un nivel admirable.

    Y si algo respeta Moguillansky en su película, como El Pampero en el resto de su obra, es la inteligencia del público y la capacidad de empatizar con su sentido de la narración, de los diálogos superpuestos, del constante ir y venir de personajes que hasta fuera de campo siguen hablando «de lo suyo»; y uso la mención al respeto al espectador porque, siendo como es, una obra extremadamente crítica con el mundo del arte, los artistas y todo lo que se mueve a su alrededor, ya sean instituciones oficiales, subvenciones o festivales, en ningún momento hay lugar para despreciarlo, para reírse de él, para hacer mofa de sus gustos o mal gustos. Al contrario, el grupo sabe que sin público no hay arte ni artista que resista, que puede haber comercio o negocio disfrazado de arte, que no hay mejor venganza contra los simulacros artísticos que suponen los festivales que asaltar «la banca» y robar el primer premio ya decidido antes de empezar el festival. A Moguillansky, como a Llinás, como a Citarella y a todo el grupo de técnicos que están detrás de ellos, les queda la facultad de fabular con libertad absoluta para llegar a la platea, y esta puede ser el de una sala alternativa teatral de Buenos Aires, la del Festival de Cannes, al que por primera vez han llevado una película fieles como han sido siempre a estrenar en Bafici, o una niña que, película tras película, crece con nosotros como es Cleo, que ha pasado de soñar con Balthazar y Bresson a divertirse con Astérix y el pase privado que sus padres y amigos representan en esta peculiar huida a ninguna parte que supone Por el dinero, cuyo desarrollo difumina ese comienzo dramático por la superposición del absurdo y el humor, pero en cuya conclusión advertimos esa desesperanza del artista que no ve futuro a su empeño. Sea ajuste de cuentas o sea suicidio, el resultado final es el del alto precio que se paga por la libertad artística, el de la condena al escaso reconocimiento y al nulo rendimiento económico. Todos en El Pampero saben cómo se puede hacer dinero, pero hasta el momento resisten en este castillo de ingenio, frescura, admiración por los clásicos (Godard circula en Por el dinero como el fantasma de esa libertad decreciente) y sublimación del contar historias que es su cine. Ojalá nos dure | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid




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