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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Zi

    || Críticas | Sundance 2026 | ★★★★☆
    Zi
    Kogonada
    Volver a mirar(nos)


    Emilio M. Luna
    Cáceres |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «Zi». Dirección: Kogonada. Guion: Kogonada. Festival de presentación: Festival de Sundance 2026 (NEXT). Fotografía: Benjamin Loeb. Montaje: Kogonada. Música: Ryūichi Sakamoto. Reparto: Michelle Mao, Haley Lu Richardson, Jin Ha. Duración: 99 minutos.

    El cuarto largometraje de Kogonada emerge como respuesta al desengaño. El que vivieron el autor de origen surcoreano y el director de fotografía Benjamin Loeb en el proceso de desarrollo, rodaje y montaje de su anterior filme, Un gran viaje atrevido y maravilloso (A Big Bold Beautiful Journey, 2025), una producción de estudio, destinada a un amplio espectro espectatorial, en la que cada injerencia limitaba la visión del cineasta y del camarógrafo, reduciendo su aportación a una simple rúbrica. El resultado, alejado de la perspectiva del director, fue un fracaso a todos los niveles, paradigma, por otra parte, del cine comercial del siglo XXI, moldeado por ejecutivos y analistas de datos. Antes de todo ello, a pocas semanas de la premiere, Kogonada y Loeb decidieron viajar a Hong Kong en el verano de 2025. Allí, convocaron a amigos y a colaboradores habituales y rodaron en doce días una película con unas breves notas y un ínfimo presupuesto. Así nace Zi (íd, 2026), reencuentro personal y artístico para estos proscritos de la contemporaneidad. Una suerte de retorno esencial que anhela recuperar caminos perdidos; también reinstaurar el equilibrio, curarse en definitiva. No obstante, ciertas miradas tienen difícil acomodo en el cine del presente. La aceptación siempre llega tras la primera traición (a uno mismo).

    Precisamente, personajes incapaces de habitar el presente roturan la filmografía de Kogonada. Atados al pasado o esclavos de las expectativas, los individuos que protagonizan sus ficciones transitan errabundos sobre los puentes de la madurez, con la mirada deformada por la herencia emocional; y por ello bloqueados en un estadio vital. Les ocurría a Jin (Jon Cho) y a Cassey (Haley Lu Richardson), en la ópera prima del cineasta, Columbus (íd, 2017), una serie de paseos linklaterianos a propósito de vidas en stand-by, la de un traductor coreano y la de una joven guía turística a los que el azar une en una de las mecas de la arquitectura posmodernista estadounidense. Le pasaba a Jake (Colin Farrell), un mercader de té que vislumbra con pesadumbre un progreso poco propicio para la tradición y la artesanía, y que reconectará con su esencia a través de los recuerdos de un androide en After Yang (íd, 2021). Les sucedía a David (Farrell) y Sarah (Margot Robbie) en la mentada Un gran viaje atrevido y maravilloso. Dos personajes con deudas emocionales pretéritas que, de nuevo, les impiden avanzar en sus respectivas vidas y que encontrarán una insólita (y fantástica) vía de escape al pasado en el que hallar el instante justo en el que la brecha nace. Así, de esta forma, la melancolía y la incompletitud componen el mapa anímico del universo de Kogonada, con personajes que buscan abrazar un asidero; amarrarse a un futuro donde encontrar respuesta a muchas de las cuestiones que les atormentan.

    Con una pregunta, justamente, arranca el retorno a su Hong Kong natal de Zi (Michelle Mao), una joven violinista de prestigio que abandona momentáneamente su gira para hacerse unas pruebas. «¿Se puede estar perdida eternamente?», se cuestiona a sí misma tras visitar el cementerio donde se encuentran sus padres. Kogonada busca dar réplica a ello iniciando un viaje urbano por la capital asiática a través de los ojos de la protagonista, plasmando correspondencias con su largometraje debut. Si en Columbus el autor entregaba a los dos protagonistas un escenario custodiado por los edificios de gigantes de la arquitectura contemporánea como Eero Saarinen, James Polshek, Richard Meier o Leoh Ming Pei, en Zi la urbe hongkonesa, teñida de luz arrebolada, abraza a sus protagonistas como un secundario en discordia. De nuevo, el espíritu de Yasujirō Ozu se adueña del metraje, con la visión detallista y original de una ciudad en perpetuo movimiento, capturada a través de múltiples pillow shots que abren paso al deambular sin rumbo prefijado de una joven que sospecha que sufre algún tipo de anomalía cerebral, debido a que no deja de tener visiones de diferentes versiones de sí misma en circunstancias pasadas y futuras. Una paramnesia que, por otro lado, esconde la respuesta a la pregunta formulada al comienzo.

    En cierta manera, el cuarto filme de Kogonada aborda la incertidumbre identitaria cambiando su habitual puesta en cuadro, dominada por el plano medio, cerrando el foco y tejiendo desde el primer plano las relaciones entre la protagonista y dos personajes que aparecerán –¿o ya estaban?— en su camino. Huelga decir que el tiempo en Zi está envuelto en el relativismo. Una no-estructura cronológica que hace que la propuesta del realizador surcoreano juegue con los tropos de la ciencia-ficción distópica, que se colarán en los intersticios de su alma de tardo coming-of-age o de romántico generacional. Las entradas de Elle (Haley Lu Richardson) en escena, una sonidista devenida superviviente de un terremoto emocional, y la posterior del ex prometido de esta, Min (Jin Ha), facultativo en la clínica neurológica donde se ha hecho las pruebas la protagonista, darán cuerpo a un triángulo amoroso que se adentra en los condicionales vitales como si de azar borgiano se tratara. En puridad, asumir el drama de las vidas no vividas que conforman una penitencia que no solo define el presente sino aumenta el lastre del mañana.

    La joven Zi, interpretada por una sensacional Michelle Mao, le devuelve la mirada, desde su ternura, desde sus lágrimas, volviendo a la referencia de Ozu, a la musa del autor nipón, Setsuko Hara; en una composición maravillosa, pura sensibilidad que trasciende el homenaje –como ya ocurriera con el personaje de Cassey, en el primer filme del director[1]. No terminan ahí las equivalencias, como no podría ser de otra forma, en consonancia con la cinefilia simétrica de Kogonada, otrora videoensayista y reputado docente. Por un lado, es inevitable rememorar una de las obras clave de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7, 1966), protagonizada por una cantante (Corinne Marchand) que camina perdida por París esperando el dictamen tras someterse a unos test médicos, y cuya angustia irá en aumento tras pasar por la mesa de una tarotista. Por otro, menos evidente, las que mantiene con En la playa sola de noche (Bamui haebyun-eoseo honja, 2017), el drama más pesimista de Hong Sang-soo, que parte a su vez de una deriva personal que se irá difuminando con cada parada, con cada encuentro; siempre desde cierta ensoñación, también desde el extrañamiento. Zi se mueve en esa frontera, entre lo insólito y lo entrañable, como demuestra la escena en la que se despide Min, en la que canta una canción de John Denver, «Leaving on a Jet Plane» (1966). Un instante tan singular como emocionante, que subraya una narrativa que huye de cualquier lógica y abraza la lírica sin complejos. Así, desde su modestia, desde su naturaleza etérea, Zi es algo más que un aparataje estético, es un precioso regalo que nos invita a volver a mirar, a volver a encontrar(nos). Se le atribuyó a Carl Gustav Jung que en la belleza está la verdad. Durante un suspiro la encontramos en los enigmáticos ojos de Michelle Mao; en la voz de Haley Lu Richardson; al son de una canción de Alanis Morissette en un karaoke del extrarradio; en las partituras de Ryūichi Sakamoto —al que el filme reverencia en sus créditos—; en una simple película; en esta película. No todos lo que vagan están perdidos; es una suerte que Kogonada se haya reencontrado, que retorne a su camino. ♦


    1| MUÑOZ GARNICA, MIGUEL. Melancolías simétricas. https://www.elantepenultimomohicano.com/2017/12/critica-columbus.html
    Fotogramas: Sundance Film Festival & ZiTheMovie Instagram.


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