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    Crítica | Dos dies i l'eternitat

    || Críticas | Rizoma 2023 | ★★☆☆☆ ½
    Dos dies i l'eternitat
    Marc Esquirol
    La mejor juventud


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: Dos dies i l'eternitat. Dirección: Marc Esquirol. Guion: Marc Esquirol. Reparto: Miki Lloret, Sara Espías, Ferran Herrera, Silvia Alabart, Claud Hernández. Duración: 55 minutos.

    Xavier Dolan rodó su primera película, Yo maté a mi madre (2009), con tan sólo 19 años. La historia es conocida: con 16 escribió una novela visceralmente autobiográfica en la que narraba de forma descarnada su adolescencia herida por la mala relación con su madre, la ausencia de su padre y la imposibilidad de confesar dentro de casa su homosexualidad; poco tiempo después convirtió el texto en un guion y se marcó el objetivo de dirigir, producir y protagonizar una película construida con los retazos mudos de incomprensión y soledad de su propia vida. Así, el joven canadiense utilizó todo el dinero que le había dejado su abuela para sacar adelante un proyecto que era al mismo tiempo válvula de escape y costra mal cerrada. Cuando se vio necesitado de más capital, acudió a una productora canadiense que se enamoró del proyecto y le ayudó a terminarlo. En mayo de 2009, la cinta se estrenó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, recibiendo una ovación de más de nueve minutos y ganando los tres premios más importantes del certamen. La afilada osadía propia de la juventud fue motor suficiente para que Dolan se atreviese a saltar al vacío sin cuerda ni red de seguridad. La apuesta salió bien y el éxito de este primer trabajo le permitió rodar películas cada vez más arriesgadas, más líricas, y, por encima de todo, más humanas —y humanistas— en las que se esforzó en entender a sus personajes sin juzgarlos ni caricaturizarlos.

    Marc Esquirol ha seguido los pasos del enfant terrible y ha dirigido su ópera prima, Dos dies i l´eternitat, con apenas 22 años. La película cuenta la historia de Marc (Miki Lloret), un joven estudiante de cine que, para intentar paliar el dolor que le produce la reciente ruptura con su novia, se marcha de viaje a Francia con Laia (Sara Espías), una chica a la que conoció por Instagram y con la que, a fuerza de mantener incontables conversaciones por videollamada y de enviarse miles de mensajes en los que abrían en canal sus sentimientos, ha terminado construyendo una verdadera amistad —puede que algo más. La cinta funciona como un latido del corazón que escribe con sus propias huellas un presente inasible que se convierte en pasado en el preciso instante en el que es formulado como pensamiento. En determinado momento, el protagonista menciona que quiere dirigir una película; no sabe de qué ni sobre qué, pero quiere hacerla: los personajes, el argumento y el significado mismo de las imágenes que capte se irán creando a medida que la cámara se vaya contagiando de una realidad que es bosque de lágrimas y lienzo en el que fabular sobre la posibilidad de un mundo distinto, por felizmente libre. Así, el director presenta el tiempo como un enemigo contra el que medirse en una batalla cuya única desembocadura es el cementerio de la derrota. Los protagonistas, en su desesperado intento por salvar una juventud que se les escapa entre los dedos, corren hacia delante sin mirar atrás, porque saben que el mín imo gesto que suponga un regodeo en la tristeza no sería sino el mayor de los derroches.

    Marc Esquirol acierta a retratar una generación —la suya propia— asfixiada por la sombra de la incomunicación; sometida por unos estereotipos físicos que hacen sangrar la piel; hundida ante la imposibilidad de retener su pasado. Dos dies i l´eternitat funciona como un cuento construido desde la certeza de la derrota que busca inyectar algo de oxígeno tanto a los espectadores que comparten su rango de edad como a los que no. Ante la incapacidad de superar esas murallas que le oprimen, el director las pinta de azul para simular un cielo inalcanzable. La cinta se presenta desde el primer minuto como un ejercicio de libertad creativa en el que las cámaras lentas, las imágenes aceleradas, las diferentes texturas, la animación y el propio tono están al servicio de una historia que, como Yo maté a mi madre, pretende dinamitar con la insolencia propia de la juventud cualquier tipo de norma o estructura preestablecida. La película comparte con el cine de Dolan esa imperfección que se hace perfecta en todos sus desvaríos. Dicho de otro modo, no hay más formas de narrar esta cinta que la escogida por el director, y eso convierte todas las taras que pueda tener en algo inevitable, en el precio a pagar por sacarla adelante. Cabe destacar, también, la mirada transparente y lúdica de una Sara Espías que saca músculo interpretativo y ofrece un personaje en cuya sonrisa se alcanzan a ver todas sus tristezas. Para el final, queda la sensación de haber asistido al bautizo cinematográfico de un director que en un futuro no muy lejano puede hacer películas sumamente interesantes. ♦


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