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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Bravo, Burkina!

    || Críticas | Rizoma 2023 | ★★★☆☆ ½
    Bravo, Burkina!
    Walé Oyéjidé
    Remordimiento y memoria


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Bravo, Burkina!. Dirección: Walé Oyéjidé. Guion: Walé Oyéjidé. Música: Ali Helnwein. Fotografía: Jake Saner. Reparto: Hafissata Coulibaly, Aissata Deme, Mousty Mbaye, Noël Minoungou, Alain Tiendrebeogo. Duración: 64 minutos.

    Se han hecho en los últimos años bastantes películas sobre la crisis de los migrantes: desde Tori y Lokita —premio del 75 aniversario de Cannes— de los hermanos Dardenne, pasando por Deephan —Palma de Oro en el certamen galo— de Jacques Audiard, hasta llegar a la reciente Yo, Capitán —León de plata a mejor director y premio a mejor actor emergente en la pasada edición de Venecia— de Mateo Garrone. Todas ellas tienen en común tanto la puesta en escena hiperrealista como el haber sido realizadas por directores europeos, cuya intención no es otra que retratar los laberintos burocráticos que tienen que atravesar los migrantes para conseguir un permiso de residencia; la angustia que les provoca la negativa de los países occidentales a acogerles; las dificultades que tienen que sortear para, sencillamente, poder sobrevivir; o los comportamientos racistas que sufren día sí y día también. Sólo Aki Kaurismaki en la maravillosa El otro lado de la esperanza apuntaba con sutileza algo que el resto no había hecho: que estas personas sienten un gran dolor al tener que abandonar su país, su cultura y su religión por pura necesidad, dejando atrás toda su vida —familiares, amigos, trabajos, sitios cargados de recuerdos y un largo etcétera. En Bravo, Burkina!, Walé Oyéjidé se propone refutar las cintas anteriores, cambiando el punto de vista desde el cual se narra la obra y desvelando, en el proceso, nuevos lugares desde los que observar una realidad profundamente injusta y cruel.

    La película sigue los pasos de un niño nigeriano que, tras vivir durante años entre los brazos de la pobreza extrema y ver cómo los habitantes de su pueblo se marchaban a otros países, con la desesperación tatuada en la mirada, en busca de un futuro mejor, decide irse a Italia sin avisar a sus padres con la intención de trabajar las horas que hagan falta, de esforzarse al máximo, de sacrificar todo lo necesario, para poder tener una existencia digna. Unos años después, ha cumplido, en apariencia, sus objetivos y ha conseguido un empleo más o menos decente, una casa y nuevas amistades. La tranquilidad de la que disfruta se ve entonces acosada por unas pesadillas recurrentes en las que un hombre enmascarado le arrastra hacia un río de remordimientos y culpabilidades.

    La idea de Walé Oyéjidé es, como ya se ha mencionado arriba, mostrar la otra cara de la moneda de la inmigración; romper los férreos prejuicios racistas que anidan en la mente del espectador; y reconstruir sobre la pantalla el dolor de un chico que no puede afrontarlo a través de las imágenes perdidas de una memoria, la suya, que, como todas, está en constante batalla contra el paso del tiempo. La cinta funciona como un laberinto onírico en el que los sueños y los recuerdos se mezclan arbitrariamente tras la mirada herida de un protagonista que es incapaz de pronunciar la palabra felicidad porque, como bien le dice otro personaje, «lo ha ganado todo, pero también lo ha perdido todo». Bravo, Burkina! critica los constantes abusos a los que el sistema capitalista en general y Occidente en particular somete a los países más empobrecidos; denuncia con fervor el racismo de una Europa que deshumaniza a todas esas personas desesperadas que, huyendo del hambre y la guerra, abandonan lo poco que tienen para poder tener un horizonte que observar; y advierte sobre los peligros de perder la conciencia de clase.

    El núcleo de la cinta no es otro que el dilema al que se enfrenta el protagonista; que se ve obligado a marcharse de su pueblo para poder vivir no ya con comodidades, sino con sus necesidades básicas resueltas, perdiéndose, como consecuencia, en un limbo de soledad y culpa en el que la tranquilidad destaca por su ausencia y en el que el desligamiento de lo físico y lo sentimental le impide en todo momento sonreír. El director compone así un canto humanista que arroja sobre la pantalla unas imágenes profundamente hermosas que se mueven entre la ensoñación y la realidad lírica y que emocionan al espectador tanto por su fuerza estética como por su visceralidad emotiva. Y en el centro de todo esto, las magníficas interpretaciones de los actores consiguen que el público empatice con ellos pese al carácter fragmentario y las rupturas narrativas de una obra, original en sus planteamientos y notable en su desarrollo, que ofrece un nuevo prisma desde el que observar una realidad cada vez más desasosegante. ♦


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